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Crónicas de la Nada

Crónicas de la Nada

La competencia

La competencia

No compito con Nadie.

No me interesa si Alguien o Todos tienen mejores coches, mejores casas, mejores carteras.

Tampoco pienso en los triunfos de Otros. Es demasiado estresante, porque depender del avance de Tantos para marcar tu propio éxito es extenuante.

Por eso, hace mucho tiempo decidí competir Conmigo. Solamente.

Es difícil, porque Muchos están en el mismo camino, y Alguien siempre procura ponerse a tu lado, para compararse.

Desde que decidí competir sólo Conmigo he descubierto un impulso desconocido. Y tranquilidad, porque ni modo que al derrotarme, el yo mismo se enoje Conmigo.

No hay frustración, sólo triunfos.

En ese entonces, no percibía cuán difícil es esa competencia, porque no sabía de cuánto era capaz.

He descubierto que puedo  trabajar largas jornadas cuando lo hago en algo que creo., Que puedo enfrentarme a los necios, cuando siento tener la razón. Aún a riesgo de perder.

Que los triunfos siempre están sazonados con esfuerzo, sudor, y a veces sangre, pero por pequeños que sean, siempre son razonables.

Mucho he aprendido, porque cada día logro derrotarme. Mucho he avanzado, porque cada día logro triunfar.

 

El regalo del Gigante

El regalo del Gigante

Es un gigante con alma de niño.

Cada mañana, cuando el deber arranca las cobijas y me avienta de la cama cuando el Sol todavía no inicia su trabajo, me topo con él, siempre inquieto.

Es el mismo siempre, pero se viste diferente.

A veces, se ve, enorme, recortado al horizonte, presumiendo de su magna presencia.

Otras veces, atrapa los rayos del sol, que pugna por brincarlo, y luego nos regala una pléyade de luces que opacan el amanecer. Y vaya que eso es difícil.

Hay días en que se muestra con un enorme sombrero de nubes, señal inequívoca de que habrá lluvia. Cerro con sombrero, seguro aguacero, decían los abuelos cuando veían el Cerro de la Silla con su cumbre envuelta en nubes. Y sigue siendo válido, al menos para él.

Pero hay mañanas en que me sorprende. Hay mañanas en que se vuelve todo un artista.

Este día atrapó una nube y la tendió, flotante, alrededor de él, como un bufanda celestial.

Envolvió la luz del sol y creó uno propio, que destacaba a su espalda, mientras hilos de luz creaban una aureola luminosa que nos dio el recibimiento al nuevo día.

Pocos la vieron, la prisa del día los envolvió y no atinaron a ver ese gigante con alma de niño que cada mañana nos regala una visión distinta del mundo.

 

Una página diaria

Una página diaria

 La vida es un libro que vamos escribiendo cada día.

Siempre está dispuesto el tintero, la página en blanco, y aunque la inspiración no llega, la vida nos va dando elementos para ir creando esa historia, que al final, será nuestra vida.

De cuando en cuando es bueno hojear las páginas que hemos ido dejando, porque nos ayuda a entendernos. Siempre vamos a encontrar buenos momentos, y podemos revivirlos por un instante.

No mucho, porque corremos el riesgo de quedarnos para siempre en el pasado, y el libro de la vida tiene que seguir escribiéndose siempre.

Nunca sabemos cuándo se acerca el final. Éste llega, simplemente, y muchas veces el protagonista ni siquiera alcanza a conocerlo. Lo dejamos para los otros.

Cada día hay que escribir. Cada día hay que vivirlo con la pluma en ristre y el tintero lleno. Siempre algo nuevo, agregando nuevos personajes para poder completar la historia de la vida, que como todo libro, se va formando de pequeñas historias que se enlazan.

Escribimos con tinte indeleble, y no podemos cambiar ni una coma de las páginas anteriores. Pero en las siguientes, tenemos total libertad.

Y la libertad, es el regalo más hermoso que podemos tener.

 

La caridad está en chino

La caridad está en chino

Una mañana soleada, insólita en el enero que apenas balbuceaba su primer día.

La ciudad se veía vacía, salvo por algunos desafortunados a quienes la fortuna no les sonreía, y la necesidad los empujaba a salir a trabajar mientras los demás dormían la resaca del año  viejo, o celebraban aún la llegada del nuevo.

Entre esos estábamos nosotros, pero con la ventaja de disfrutar la ciudad como pocas veces se puede. Cuando sus calles están vacías, nadie las goza porque precisamente están solas debido a que todos están en casa, o paseando en los mismos lugares.

La basura, papeles vagabundos, rodaba por el asfalto, y los únicos personajes eran los vagabundos que buscaban su festín de Año Nuevo entre los botes de basura.

Éramos tan pocos que al paso de nuestro auto, la gente nos saludaba con esa expresión de quien camina por lugar desconocido y de pronto ve un rostro, y apela a la familiaridad humana, para no sentirse solo en el mundo.

Así recorrimos toda la ciudad, buscando historias. Ya avanzada la mañana, vimos una pequeña camioneta que circulaba delante de nosotros. Una de sus llantas se balanceaba como si fuera a desprenderse con vida propia.

Poncho, camarógrafo, lo advierte, y en el primer semáforo en rojo toma el carril de la derecha.

-          Le voy a decir que su llanta está mal, hay que empezar el año con buenas acciones- dice, mientras detiene el auto a la altura donde, espera, el otro se detendrá.

Así pasa. Por la ventanilla asoma un joven, casi adolescente. Sus ojos rasgados y su piel pálida denuncian su origen.

Poncho baja el vidrio de la ventanilla para decirle que su llanta puede zafarse en cualquier momento. El otro pone una cara de desconcierto. No entinde.

-English? – responde.

No habla español. Y el inglés lo champurrea, nada más. Y nosotros no hablamos chino, y el inglés se diluye en nuestros labios.

-La llanta, the Wheel, es todo lo que atinamos a decir.

Sus ojos  rasgados no logran abrirse. Su boca forma una interrogante. Su mirada vuelve al frente. No sabe si lo insultamos, si le pedimos algo, si sólo lo saludamos.

El coche arranca, y con él nuestra oportunidad de hacer una buena acción.

Definitivamente , a veces, hacer obras buenas, está en chino.

Enero 1 de 2011

La mañana de Navidad

La mañana de Navidad

La mañana de Navidad, todos saltábamos de la cama temprano, y corríamos al nacimiento a ver que había dejado Santa Clós.

No había pinito, sino la rama de algún huizache que formaba una cúpula arriba de las figuras de José, María, los borreguitos, y esa mañana, del Niño Dios.

En vez de estrellas, brillaban luces de colores  y se reflejaban sobre  las espinas de las ramas, quizá como mudo presagio de lo que esperaba a ese Niño que por ahora estaba en el pesebre que le compartían los animalitos.

Ahí estaban los regalos. Cosas que nunca pedíamos, pero igual nos traía Santa Clós.

Eran tan emocionante tomarlos, desenvolverlos y esperar la sorpresa de algo inesperado.

Ningún otro juguete valía tanto como el de Navidad. La máquina de ferrocarril que llegó a los cuatro años, todavía anda por ahí, perdida entre los trebejos del ahora abuelo, en algún rincón del patio de la casa familiar.

Era roja, como la Navidad, con unas llantas enormes, con la mitad de la altura del vehículo. Usaba baterías grandes, y caminaba echando humo –bueno, eso en mi imaginación- y haciendo un sonido parecido al “pu-pu”.

Lo más sorprendente –y que no se rían los niños de ahora- es que cuando topaba en la pared, viraba por si sola, y volvía a emprender el camino, eternamente mientras le duraran las pilas.

Como todos, salimos a la calle a presumir el regalo.

Eran tiempos de inocencia, en que los vecinos salían con sus niños, y sonreían al ver jugar a todos en medio de las calles, con sus triciclos, carritos empujados por energía infantil, es decir, por la mano, las pelotas, juegos de té y muñecas que no hablaban para las niñas.

Se perdió todo eso, dicen algunos.

No se perdió, simplemente, lo heredamos a nuestros hijos.

 

(Escrito el 25 de diciembre del 2010)

El dragón juguetón

El dragón juguetón

 El hombre subió en el enorme armatoste, que ya dejaba escapar su ronroneo. No como el de un gato, ni un tigre, sino como el de algún ser mitológico de esos que ya no alcanzaron a llegar a nuestros cuentos.

Era como un rugido apagado constante, y ensordecía todo alrededor.

Bien podía ser esa enorme máquina un gigante, o un dragón amenazando con abrir las entrañas de la tierra para esconderse y desde ahí buscar como dominar el mundo.

El hombre esperó unos minutos. Si hubiera traído una armadura brillante, lo hubiera confundido con un caballero medieval arriba de un dragón.

No, su indumentaria era simple. Mezclilla y una camisa parda, de color indefinido, que nunca, ni de nueva, fue bonita.

La máquina comenzó a moverse, lentamente, primero, luego con mayor fuerza. Su brazo, enorme como un edificio, se dobló y empezó a rascar la tierra. El cuerpo giró 180 grados, con una gracia digna de un cisne.

Las uñas en que terminaba el brazo arañaron un montón de escombro, piedras pesadas que se movieron con la liviandad de una pluma de ave.

Era poderoso el dragón. Nada se oponía a su fuerza. La tierra fue hendida por sus garras, el pavimento quedó horadado por su toque.

Un tanto indeciso por algunos minutos, sus movimientos adquirieron elasticidad y finura. Su cuerpo giraba de un lado a otro, y luego, con suavidad, el brazo tocaba apenas las cosas. Tomó un par de piedras, con la misma suavidad que una leona toma a sus cachorros con sus fauces, y las puso junto a un montón de escombros.

La máquina, tres veces mayor que cualquiera de los autos que pasaba por ahí, se movió. Con docilidad, se dejó conducir hasta la parte alta del escombro. Su brazo, caballeroso se posó en tierra para que el cuerpo del armatoste subiera elegantemente, como si lo hiciera por una escalera.

Arriba, giró a un lado y otro, luego bajó, se elevó otra vez con la fuerza del brazo que ahora se veía diestro y todopoderoso, y de pronto, todos quienes lo veíamos comprendimos que el hombre aquel no trabajaba ya. Estaba jugando.

Su trascabo era su parque de diversiones, su cabalgadura insólita, y su amigo de juegos. Mover aquellas rocas era juego de niños para ellos. Al abrir la tierra en surcos enormes, era un niño que se ensucia la ropa por escarbar en el jardín de la casa  del vecino.

Al mover el dragón mecánico, tenía su propio juego mecánico. Si se divirtió todo el día, moviendo piedras, escarbando la tierra y llenando las cajas de los camiones que llegaban al lugar.

Un niño grande, con un juguete grande.

Compañero

Compañero

El famoso termo verde se fue de parranda durante el fin de semana.

No sé dónde se quedó, pero decidió no llegar a casa.

No es la primera vez que se pierde, y siempre vuelve. Es tan conocido, que donde quiera que se quede, lo devuelven. por si acaso no quiere regresar.

Un termo pequeño, taza grande, roja y con el nombre de un periódico en el costado, entra de sustituto.

Pero ninguno es como el termo verde. Ninguno ha enfrentado aventuras, viajes, olvidos,.

Ninguno tiene impregnado el bouquet del café mañanero como él. Mientras voy en el auto intento dar un sorbo al café, pero algo lo impide. Está atorado en el compartimiento, que está hecho exactamente al tamaño del otro, no al de él.

Además, está cerrado. No logro abrirlo antes de que cambie el semáforo, y el ansia de cafeína se queda en el paladar.

La siguiente vez, a una mano, lo tomó pero no se abre. algo está mal en su tapa giratoria.

Unas gotas escapan y puedo probarlo, pero le falta sabor. Ser melindroso no es mi estilo. Igual lo beberé completo, aunque sea en gotas.

Sólo al final del viaje logró arreglar la tapa, y el café fluye, libre, para ser bebido. Perdió temperatura. En fin, no se salvará.

Extraño el termo verde, compañero de mil días.

Pero se fue, libre. Veremos ahora si realmente es mío.

Lo deje ir, si vuelve es mío.

Si no vuelve, seguramente terminará en un bote de basura o rodando por las calles.

Quien lo encuentre seguramente lo verá como basura.

Yo lo veo como compañero, como amigo.

El Milagro

El Milagro

 

Fue arduo el trabajo, y de varias tardes.

Ese sábado, lo que pensaron serían unas horas, se convirtió en una jornada de doble turno. En los días previos, habían pedido ropa, juguetes y zapatos entre sus amigos, para ir a repartirlos en una pequeña población de 18 familias, adecuadamente llamada El Milagro.

En la visita previa, encontraron que esa gente vive de milagro. En medio de un páramo, con la nada como vecina, adultos y niños han aprendido a arrancarle minutos de vida a esa tierra, a base de esfuerzo, sacrificio y estoicismo.

Un poco de ropa, algunos víveres, y la solidaridad de los otros, podía aliviarlos un rato. Fue como comenzaron a trabajar, buscando entre amigos y familiares, aquellos que ya no ocuparan y que pudiera servir.

Volvió a revivir el paradigma de que lo que para uno es basura, para otro es un tesoro. Los pantalones abandonados pasaron a ser más valiosos que los exhibidos en los aparadores de Nueva York, y los zapatos, más codiciados que los que desfilan por las pasarelas.

Unos días antes, todo parecía irse al caño del drenaje. No fluía ayuda. Así, resignados, decidieron empezar a clasificarlo el sábado por la tarde, víspera de la visita.

Nadie supo cómo, pero se llenaron las 18 bolsas destinadas a las 18 familias. Hubo que llenarlas de nuevo.

Con los poquitos víveres, se hicieron paquetes que milagrosamente alcanzaron para todos. Cuando estaban terminando, llegó un nuevo donador: traía 18 despensas que se sumaron a las otras.

La jornada se volvió larga, pero todos alcanzarían, incluso las familias de pueblos vecinos, que llegan también en busca de lo que le regalen. Algunos necesitan más, otros menos. Pero entre ellos, definitivamente, ricos no hay.

El domingo llegó, y todos partieron. Algunos nunca habían visitados esos lugares, donde el único entretenimiento es mirar los cerros, tan lejanos como la prosperidad.

En medio de la nada, encontraron la gente, que se aglomeró ante ellos, esperando el regalo. Los que no se acercaron fueron los que ahí vivían. A ellos siempre les llevan, y siempre se quedan con nada, porque la gente de los pueblos vecinos se adelanta y se lleva lo mejor.

Por eso la gente El Milagro siempre es pobre. Porque hasta los pobres les quitan lo poquito que les llega.

Esta vez no. Cada familia se llevó ropa para todos. Una niña, de la mano de su mamá iba feliz. Igual que todos, alcanzó juguete. Era una muñeca algo despeinada por los juegos bruscos de su primera dueña, pero era tan bonita como su ilusión.

Su rostro radiante fue las mejores gracias que el grupo recibió.

Volvieron a casa, cansados, pero conscientes de que el milagro se repitió. Por mucho que dejaron, ellos se llevaron el regalo más grande.

Lo llevaban dentro de su corazón.

 

 

Fe mundana

Fe mundana

Alrededor de la Basílica de Guadalupe la fe se confunde con lo mundano.

En un mismo espacio, conviven las manifestaciones del fervor que los regiomontanos tienen en la Virgen de Guadalupe, y unos metros más allá, las acciones de todos los dias, rayan en lo pagano.

Así como se rinde culto a la Virgen y a la réplica de la tilma de Juan Diego que existe en el altar mayor, la gente no deja de venerar los churros, ya sean rellenos o simples, los caramelos de sabores y colores, ya sea en forma de bastón o de paleta, y las comidas tradicionales que desde muy  temprano provocan comezón en el olfato y el paladar a los madrugadores.

Desde  temprana hora, la Basílica de Guadalupe, que se ubica en la colonia Independencia, comenzó a tomar vida.

Una familia siguió la  tradición vistiendo a su niña con el manto de la Madre de Dios, otro que disfrazó al niño como Juan Diego. Algunos que llevaron flores.

A un lado del atrio, entre la Basílica y la antigua iglesia, un mar de veladoras hablaba de la fe de la gente. A pesar de que estaba lleno, la gente seguía llegando a dejar una veladora encendida, hacer una oración, y retirarse, con la fe de que la Virgen los había escuchado y pronto se cumpliría el milagro.

 

La enseñanza

La enseñanza

El tipo nos dio muy amablemente los buenos días con una dicción medio ininteligible.

Quizá por eso sus siguientes palabras se perdieron antes de llegar a nuestros oídos, y se esparcieron entre la indiferencia y el olvido. Era tarde para llegar al evento. HabÍa que evitar pérdida de tiempo, acelerar el paso y encontrar pronto el lugar.

Nos detuvimos, indecisos, al inicio del enorme corredor de esa escuela universitaria. Ningún letrero orientaba a los desorientados. No había más opción que preguntar, porque si preguntando se llega a Roma, debe ser mucho más fácil llegar a un auditorio universitario.

No había nadie más a la vista en aquel vasto recinto. Sólo el hombre aquel, con su escoba en la mano, que seguía viéndonos mientras caminábamos, sin saberlo, a la nada. Volvimos sobre nuestros pasos para preguntarle por el lugar que buscábamos.

Sin afán de reproche, pero sin dejar de hacernos notar nuestra soberbia, nos dijo suavemente que ahí no encontraríamos nada. Nuestro destino estaba lejos, en la otra esquina del campus.

- Por eso les pregunté, porque están viniendo muchos a preguntar.

Nadie es profeta en su tierra, pensé, pero el lugareño siempre conocerá más rincones que el extranjero.

Todos los días se aprende algo nuevo. Esta vez, aprendimos donde está el auditorio B, y recordamos -lo que implica aprender lo olvidado- que hasta el más humilde sabe más que nosotros en algún tema.

Y también aprendimos que la única manera de aprender todos los días es aceptar hacer el rídiculo desde temprano.

Las naranjas

Las naranjas

Cada dos o tres sábados, había en casa varias bolsas grandes, llenas de naranjas.

Redondas, de buen tamaño, muy anaranjadas, dándole dignidad a su nombre. A veces venían toronjas, coloradas con las mejillas de quienes las cortaban. Siempre jugosas y sabrosas.

No había límites, coman lo que quieran, decía papá, quizá conocedor del diente afilado que teníamos los cuatros varones de la familia.

Por más que fueran las naranjas, duraban tres o cuatro días. Nunca completaron una semana en casa.

No nos preocupaba que se acabaran. Ya volvería el papá con más cualquier día de esos.

Con el tiempo he visto que la vida era como esas naranjas. De niño la consumes sin recatos, de adolescente, la desperdicias sin temor, de adulto, la vives con cautela, en la edad madura la valoras, y en la vejez, la extrañas.

Porque a diferencia de las naranjas, nadie te traerá más minutos, más horas. Ni una partícula de tiempo.

Todo tiempo pasado fue mejor, dicen los viejos. No, el mejor tiempo es el actual. El pasado se fue, y el futuro quizá no lo viviremos. Quien vive de recuerdos, se quedó en el pasado. El que vive ya el futuro, vive en una esperanza que puede ser cruel si no llega. Y no llegará si no trabaja ahora en ella.

Sólo tengo un segundo a la vez. Nadie me asegura que mis dedos podrán llegar hasta la tecla que marca el punto final de esta crónica de la nada. No sé si el sol brillará para mí esta tarde. No sé si mañana existe en mi agenda.

Vivo hoy, el momento. Si logro traspasar el umbral del futuro, para convertirlo en hoy, este momento será un bonito recuerdo.

Como el de las naranjas de mi niñez.

La Musa fiel

La Musa fiel

No estaban lejos.

Las encontré, sentadas, contando historias inverosímiles, y jugando al  dominó.

Eran tres o cuatro Musas que perdían el tiempo, desilusionadas de la infidelidad de sus protegidos, que desperdician el talento regándolo por el camino por donde siguen a las Quimeras, que son coquetas naturales, pero nunca se dejan atrapar.

Cuando por fin las abrazas por la cintura, se vuelven humo, desaparecen y vuelven a materializarse allá donde no puedas alcanzarlas.

Las Musas saben de infidelidades. Y saben de esperar.

La mía estaba ahí, con las otras, construyendo castillos en el aire  con un dominó de15 puntos que sacaron de su imaginación.

Nada dijo cuando nuestras miradas se cruzaron. Una sonrisa apareció en sus labios,  dejó su lugar a otra que llegaba, y se acercó a mí.

Tomados de la mano, dejamos ese lugar, refugio de Musas abandonadas.

Como siempre, no hubo reclamos ni escenas. Mi Musa sólo sabe ver al futuro, pero con los pies en el presente.

Otra vez será inspiración de mis desvaríos, y guiará mi pensamiento para ir formando las ideas que compartiré con otros.

Amante fiel, compañera perpetua, aquí está mientras mis dedos plasman lo que mi mente maquila, y le da forma, la moldea, convirtiendo el barro de mis palabras en hermosa cerámica de frases.-

Bienvenida la Musa.

 Bienvenido yo.

Gourmet

Gourmet

Cada vez que alguien ofrece requesón, recuerdo inevitablemente una tarde en el camino a Ameca, Jalisco.

Veníamos de un pueblito con nombre de pescado, y muchas casas blancas con techos rojos de teja. Huachinango se llamaba.

Era un espectáculo para la vista, y para los recuerdos.

Fue una de esas andanzas de la vida que caen por casualidad, y que a los 17 años aceptamos sin preguntar. Vamos, te dicen, y te vas.

A medio camino, todos con hambre, el líder de la caravana se detuvo ante un ranchero que ofrecía sus quesos. No supimos que negoció con él, pero nos llamó a comer, y los adolescentes, siempre con hambre, nos acercamos sin pena alguna a devorar lo que hallamos.

Nos dieron requesón con agua de una cascada cercana. Agua fresca, límpida, tan transparente como nuestro espíritu de entonces.

Nunca probamos comida tan deliciosa. Nunca he encontrado esa combinación perfecta de hambre permanente, ambiente campirano, compañía agradable, comida simple, sazonada con la aventura de viajar solo a tan corta edad.

Eso eliminó para siempre la posibilidad de volverme un gourmet. Ahora disfruto las comidas simples, a veces de cosas tan simples como un pan relleno de frijoles, huevo y aguacate.

Disfruto los tacos recalentados en un comal de hojalata, en el rincón de una construcción cualquiera, con la misma delicia que un rib eye en el mejor restaurante.

Será que realmente lo que disfruto es la vida.

 

Cada quien su interés

Cada quien su interés

Los papás felices porque de la nada, había surgido una casa que ahora les entregaban.

Unos meses antes, un huracán llenó los cauces del río a cuyas orillas vivían, y Elena y Santos se quedaron sin nada.

Los cauces se volvieron fauces que devoraron todo.

El amanecer los sorprendió con los pies hundidos en el lodo, sin más pertenencias que la ropa mojada que vestían, sin amigos en la ciudad, con el corazón lleno de angustia y sin una respuesta al qué vendrá.

La lluvia seguía cayendo, y las gotas de agua corrían por sus rostros, confundiendose con esas lágrimas de impotencia que tampoco podían detener. Las tragedias siempre le pegan más duro al más pobre, y Elena y Santos eran pobres entre los pobres.

Pero la solidaridad humana hizo brotar, como arte de magia, una casa parecida a la de sus sueños. En su humildad, no ansiaban un palacio, sólo cuatro paredes blancas, de concreto limpia para llenarla de ilusiones. Una casa como las tantas que Santos construía cuando salía a trabajar de albañil cada semana.

Ahora la tenían, sólo por ser damnificados. Felices, tomaron la llave. Sólo Adrián, su hijo de cuatro años, no estaba feliz.

¿Por qué, Adrián? ¿por qué no estas contento?, le preguntóa la señora tan amable con sus ojos azules y su pelo rubio, tan distinto a la de la Elena,

El niño, regordeto por los genes indígenas que cargaría toda la vida y dejaría a sus descendientes, abrió más los ojos, y respondió, con simpleza:

- Porque en la otra casa, yo tenía una pelota. Y aquí no.

Todos rieron, menos el niño. Cada quien tiene sus propios intereses.

Mis juegos

Mis juegos

Tengo una armónica que a veces se pierde, pero algunas tardes me sale al camino, y exige ser tocada, aunque las notas que salen son inarmónicas y a duras penas se adivina una melodía coherente.

A veces hace pareja con la guitarra, que no se encela cuando se queda sola, dentro de su estuche, por semanas enteras, y siempre está solícita y ansiosa de ser abrazada y tocada alguna noche de bohemia improvisada.

También tengo una cámara fotográfica que en otras épocas habría servido para ganarme la vida, pero ahora, es sólo para mostrar mi óptica de la vida, de mi ciudad, de mi paso por el mundo.

Un balero, de esos tradicionales, distrae mi atención a ratos, y un telescopio me deja ver de cerca la Luna, mi cómplice, eterna enamorada.

La navaja mágica hace milagros, porque con ella se puede arreglar cualquier cosa, desde una manguera que tira agua, hasta el mueble que se le aflojó una pata.

Son mis juguetes, los que me entretienen en esta segunda infancia que se aferra a vivir conmigo.

Cuando era niño, jugábamos al béisbol, a los carritos, a los vaqueros, a los pilotos de autos, a un sinfín de juegos donde el principal ingrediente era la imaginación.

Ahora, la imaginación sigue, pero los deseos se van cumpliendo, con pequeños artefactos que en ese entonces eran eso, deseos, y hoy, el bolsillo tiene los recursos para adquirirlos, aunque la verdad, casi todo llega en Navidad o en los cumpleaños, como una muestra de cariño de quienes me aman a pesar de mis defectos y caprichos.

Ahora veré las estrellas, quizá descubra algún cometa, y tal vez –sin pensarlo- descubriré algún secreto pudoroso en una de las tantas ventanas lejanas que ahora estarán cerca.

Más no es el fin. Lo que importa es que podré seguir jugando, como cuando era niño, y eso me mantendrá joven por siempre.

Las madrugadas

Las madrugadas

Me gustan las madrugadas, más que los atardeceres.

Es emocionante ver como la luz va diseminando su manto sobre el mundo, casi de manera imperceptible, mientras el mundo sigue indiferente a la caricia que le hace el sol.

Cada amanecer es como una nueva esperanza. Es salir del túnel oscuro con la fe de que el día será mejor que la noche anterior.

Cada día nuevo ofrece una oportunidad de mejorar, de acabar con las crisis, de perdonar y ser perdonado, de volver sobre los pasos y reiniciar, de empezar nuevos proyectos.

Hasta una nueva vida podemos inventar.

Los amaneceres son hermosos. El cielo se viste de colores nuevos. En las mañanas frías se pone travieso, y pinta las nubes de rojos caprichosos, y les cambia la personalidad.

Las pone alegres.

El mundo, aunque indiferente, va tomando vida y cuando el día termina de vestirse, ya hierve en actividad total.

Pero quizá lo que más me gusta de las madrugadas y los amaneceres, es que pocos lo ven. Van tan aprensivos por el día que inicia y lo qué tendrán que hacer, que no les da tiempo para contemplar el regalo visual que nos regala la Vida.

Lo dejan todo para los pocos que nos damos el tiempo de voltear al cielo, y aceptar el regalo.

 

Vida plena

Vida plena

Definitivamente no voy a viajar a la Luna. Tampoco seré campeón olímpico, y probablemente tampoco ni me voy hacer millonario.

Al menos en esta vida.

Pero a cambio, creo que he vivido lo que muchos otros no tienen oportunidad.

La vida es la misma para todos, pero nos da una visión diferente a cada uno. Y a lo largo de ella, vamos alimentándola hasta cambiarla totalmente.

Coincido con Amado Nervo, que decía que cada uno es el arquitecto de su propio destino. Yo agregaría que desgraciadamente, no somos los albañiles de la obra, y es por eso que a veces las paredes se caen, o no quedan en la dimensión exacta.

No importa. He aprendido a vivir con eso. Y si hay otra vida, y recuerdo ésta, seguramente vigilaré al máximo el mínimo detalle, para hacer una obra maestra de mi vida.

No me quejo de ésta, porque ha sido plena en la medida que lo he querido. He vivido momentos difíciles que acrisolaron el carácter y me enseñaron a valorar lo verdaderamente valioso.

Como todos he sufrido, y me di cuenta que el dolor es el principal testigo de que estaba vivo.

A cambio, he disfrutado al máximo un sinfín de momento, sencillos, simples, pero significativos.

He viajado y conocido amigos en diversos lugares. He estado en sitios donde la mayoría no asienta su pie. He conocido  gente que ha influido para cambiar al mundo,  hasta he intercambiado ideas con ellos.

Sobre todo, he amado y he sido amado. La tengo a Ella, y quizá esa es la diferencia.

Quizá es lo que hace que mi vida sea plena, pase lo que pase.

La sencillez

La sencillez

La vida pasa, pero no se detiene frente a él.

Sentado en la soledad de una tarde de plaza, lee una revista, mientras su bicicleta descansa a un lado.

Está absorto en su lectura, y el mundo podría acabarse frente a él sin que él lo note.

Eligió buen lugar: la sombra de un encino, de esos que tan fácil crecen por esas tierras, y que abundan en las plazas viejas.

Quizá son contemporáneos, la plaza, el encino y él en su edad indefinida.

La bicicleta espera, como una fiel cabalgadura, con la ventaja de que no se come el pasto, así que no arriesga a su jinete a una multa.

El hombre hizo un alto en su camino para disfrutar la combinación perfecta de la soledad del lugar, la sombra al filo del mediodía, y la lectura.

Envidiable posición para quienes junto a él pasamos sin poder bajarnos del carrusel del trabajo. Giramos alrededor de su figura, sin que se de por enterado.

Tal vez se lo ha ganado. Seguramente ha pedaleado en la bicicleta de la vida por muchos años. Hoy descansa, disfrutando de esos placeres tan simples a los que todos podemos aspirar sin morir en el intento.

Bien por Él. Nosotros seguiremos cabalgando en la bicicleta que la vida nos dé hasta llegar a un destino donde podamos descansar, leer sin interrupción y disfrutar la sencillez a su máxima expresión.

Una novia encantadora

Una novia encantadora

 

 

Entrar a La Habana es como llegar a una cápsula del tiempo.

Autos con medio siglo de andar rodando por las calles y caminos de la isla, se asoman a cada paso.

Las edificaciones, majestuosas aún en su letargo,  le confieren un cierto halo de misterio.

A los lados del camino, la gente camina sin prisas, como si la vida estuviera resuelta.

El verde es el color que predomina, incluso sobre el gris del cemento y el avejentado amarillo de muchos edificios.

Pareciera que el mundo se hubiera detenido a finales de los cincuentas del siglo pasado, cuando el progreso apenas iniciaba su camino ascendente.

Sólo lo parece. La verdad es que bajo esa máscara antigua, hay una Habana que vibra de alegría, y que muestra una cara distinta de modernidad.

Es como una muchacha con los vestidos de la abuela.

Hay música en todos lados, baile espontáneo de niños y grandes. El bullicio se esconde por sus calles, donde la apariencia contrasta con la actitud.

A cada paso surge un joven que ofrece tabaco, música, un lugar donde comer, y mucha platica. A media distancia, la vista se adhiere a la cintura de alguna muchacha, y a un par de ojos negros, azules, verdes, donde uno se pudiera perder por siempre.

Una copa de ron sella la amistad con la ciudad. Una Habana que siempre será femenina, y que una vez mas, como novia encantadora, prepara su mejor sonrisa y el más cálido de sus abrazos, para recibirnos.

 

Amor juvenil

Amor juvenil

Los uniformes rojo y blanco destacan sobre el gris panorama urbano. Son dos niños casi, prófugos de los carritos y muñecas, que juegan al amor.

Los veo desde el anonimato del coche, auspiciado por la luz del semáforo, tan roja como la playera que visten, delatora inmisericorde de su grado escolar. Seguramente son alumnos de alguna secundaria cercana, que antes de llegar a casa, se despojan de su timidez para disfrutar un instante de un amor adolescente tan limpio como una pompa de jabón.

Igual flotan en el embrujo del beso que se prolonga más aláa del pudor de una mirada curiosa, la mía, que se alterna de la eternizada luz roja del semáforo a la felicidad que emana de aquellos niños.

Quizá por un instante el tiempo se detuvo para que ellos disfrutaran ese beso casto, conjugación perfecta del verbo amar. Conjugación sin malicia, sin lujuria, solo envalentonado por el deseo imperioso de estar juntos.

Quizá ese reposo nos alcanzó a quienes los vemos, porque el reloj no avanza, y el tiempo nos permite una pizca de eternidad.

En veinte, no, en cinco, tal vez en tres años esos jovencitos serán otros, distintos, y aunque el amor triunfe sobre el tiempo y la edad de los dos, no será tan inocente y esplendoroso como ese que hoy viven, y que la luz roja del semáforo, cómplice eterna del paisaje urbano de mi ciudad, permite me compartan.