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Crónicas de la Nada

Crónicas de la Nada

La vida sigue

La vida sigue

Apenas ayer lo estábamos llorando, criticando a la vida que es injusta, y a la muerte que es cruel con los buenos.

No hubo misericordia, y de repente, sin aviso, se lo llevó.

Hoy, tomamos de nuevo las herramientas para seguir construyendo el futuro que no tenemos asegurado, y que tan arteramente la suerte le negó a él.

Tomamos también la espada en la otra mano para luchar contra las injusticias que tapizan el mundo. Quizá no sea mucha nuestra fuerza, pero siempre hay un molino de viento a modo para derribarlo.

A todos nos duele su partida, porque se fue convirtiendo en el hermano de todos, pero comprendemos que el duelo terminó cuando volvió al seno de la tierra. De ahí en adelante, sigue la lucha, los problemas, los triunfos, las cotidianidades, y todas esas nimiedades que componen la vida tal y como la conocemos.

No es que nos olvidemos, sino que la vida sigue y es tan corta que no podemos salirnos por nuestra voluntad antes de que termine la función.

Tampoco podemos quedarnos a vivir y retozar en el pasado. La vida sigue y no permite bajarnos del tren. Quienes se quedaron en la última estación nos dicen sólo "hasta luego" y los volveremos a ver cuando todos lleguemos a Casa.

Nadie sabemos hasta donde podemos llegar con el boleto que nos dieron. Lo sabremos porque en cada estación está el nombre de quienes deben quedarse ahí.

No hay opción, debemos seguir aunque nos duela dejarlos.

El descanso

El descanso

 

Cada domingo, don Beto dejaba el trajinar de sus negocios, la política, los amigos, y se iba a su rancho.

Era un hombre rico, con grandes propiedades, en uno y otro lugar. Había hecho mucho dinero, aunque no siempre con negocios totalmente limpios, pero de alguna manera, mantuvo siempre su respetabilidad.

Por eso, cada domingo, con la conciencia tranquila se iba a su rancho. Igual podía irse a Las Vegas, a una playa, o a cualquier rincón distante del mundo. Tenía dinero de sobra para ello,  y tiempo suficiente para dedicárselo.

Pero él se iba a su rancho. Todos los domingos, todas las vacaciones.

Con tanta riqueza, pensábamos que era un enorme predio, con árboles por todos lados, una casa lujosa, animales y un sinfín de cosas con que entretenerse.

La verdad, es que el rancho de don Beto era un erial. Unos cuantos chaparros y árboles deshojados componían el panorama. Se podía ver quien venía por el camino, porque nada obstruía la vista.

No había mucho que hacer. La casa sí era grande, pero seguía teniendo el mismo aspecto de cuando él era niño. Alrededor, las otras construcciones agonizaban en sus paredes de piedra y muros descascarados.

Ahí creció, y de ahí salió para convertirse en hombre importante.  Ahí se quedaron sus padres y ahí murieron.

Cuando la heredó nada le hizo, sólo la mantuvo. Pero cada domingo iba a su rancho, a su casa. Al frente de la vivienda, el techo se prolongaba hacia el frente, sostenido por unas columnas de madera. Ahí, a la sombra, sacaba un sillón grande sin recuerdos, y se sentaba a leer, o a quedarse viendo el horizonte.

Ya más maduro, sólo se sentaba y se dormía, como cualquier anciano de pueblo. Toda la tarde en el fresco inexistente de esas regiones.

Así pasaba las tardes, pudiendo estar en cualquier otro lugar.

Pero sólo ahí, nos decía, encontraba la paz que el espíritu requiere para seguir adelante.

Valentía

Valentía

Un montón de gente se amontona en una esquina. Esperan con ansiedad un camión que los lleve a su trabajo.

Ya no es tan temprano. El tiempo se consumió en la espera.

Por la avenida, cientos, quizá miles de coches avanzan a vuelta de rueda. La vialidad destruida de la ciudad no los deja avanzar más.

La gente espera. Muchos de ellos nunca han tenido coche, y tal vez no lo tendrán. No lo desean, a decir verdad.

Todo lo que quieren es que su transporte llegue. Tienen que llegar a tiempo a su empleo, al taller, a la oficina, a la escuela. Cada uno tiene un destino distinto.

Se ven preocupados. Saben que en cualquier camión puede ir una banda de asaltantes.

O que en una esquina cualquiera puede surgir una balacera.

Si entran a una tienda, les puede tocar un asalto. O ver como le roban el vehículo a alguien a punta de pistola o fusil de asalto.

Es un panorama que asusta, pero ya no sorprende.

Y sin embargo, ninguno de ellos se queda en casa. Todos salen a la hora adecuada, y van a trabajar, a estudiar, a pasearse.

Enfrentan el temor y la estadística que los aprisiona. Luchan con el arma del trabajo contra la situación que los ahoga, que les exprime el bolsillo, y les saquea la esperanza.

No hay crisis, ni económica ni delincuencial, ni política, n i de ningún tipo que los detenga.

El ejemplo arrastra. Ninguno de ellos se va a ir a vivir a otra parte.

Aquí nacieron, aquí crecieron, aquí vieron nacer a sus hijos y aquí tienen sepultados a sus muertos.

La ciudad es su vida, nuestra vida.

Hoy Monterrey sufre por unos cuantos de sus hijos que la violentan.

Los demás sufrimos con ella. Y con ella saldremos adelante.

Porque sabemos vencer al miedo y la angustia que corroe la existencia.

Traemos la valentía en los genes, y la fomentamos día a día, luchando por recuperar lo perdido a fuerza de trabajo y de ahínco.

Sin violencia ni resentimientos.

 

Añejamiento

Añejamiento

Siempre van los dos, solos, no tan juntos que puedan tropezar uno con otro, pero tampoco tan separados que no se puedan alcanzar a dar la mano.

Ella, siempre con sus libros. A veces él los carga, mientras ella lo escucha. a veces ríe, seguramente de algo gracioso que él le dice.

Si fueran más jóvenes, parecerían novios. Aunque él nunca la toma de la mano, ni ella se apoya en su brazo, se percibe la unión perecedera, inalámbrica, como dirían los muchachos de hoy.

Los he visto juntos por tres décadas, desde que ella era una adolescente que cada tarde lo esperaba a la vuelta de la casa.

Niños nosotros, los veíamos como parte del paisaje. Ella, hermana del amigo de juegos. Él, nunca supe como se llama.

Pero ahora los veo por las mañanas, cuando seguramente él la acompaña a tomar el camión que la lleva a la escuela donde da clases. Igual que entonces, forman parte del paisaje humano que le da escenografía a m vida.

Nunca los ví apasionados. Ni siquiera cuando eran más jóvenes. Ahora, tres décadas después, su amor tiene esa madurez que le va dando el añejamiento.

Para tomarlo en copa de cristal, como los buenos vinos.

 

Héroe de la historia

Héroe de la historia

Se acercó sin disimulo hasta la ventanilla del coche.

Bien vestido, el anciano no denotaba tener necesidad alguna. Por tanto, no buscaba unas monedas.

Se acercó a decirme que el conoció a los fundadores de las principales empresas. Que fue amigo de algunos, y conocido de otros.

Fue ensartando una historia tras hora, narrando brevemente hilos de la historia. Gente que hoy vive en monumentos o en los libros, fue pasando por su mente.

Recordó que él también hizo historia, al colocar algunas de las antenas que hoy lucen en los cerros de la ciudad.

Fue su vida, ser ingeniero y trabajar en esos proyectos, entonces, visionarios de la ciudad. Hoy los vemos con triste indiferencia, a fuerza de tenerlos ahí siempre. Son edificios que no se comparan a los retos que implican las nuevas construcciones.

Pero en ese tiempo sí. No había la tecnología de ahora, ni la capacidad académica, dijo mi interlocutor. Todo era experiencia nueva, y había que innovar y sacar adelante las tareas. Como fuera.

Estuvo cerca de 15 minutos. Primero pensé que estaba robando mi tiempo, pero no quise despedirlo. Luego me dí cuenta que me estaba compartiendo el suyo. Su tiempo y su historia.

Se fue como llegó, sin saludar ni despedirse. Caminando por entre el río de gente, héroe anónimo de mil batallas, que ahora es un simple viejo.

Tal y como lo seremos todos. Ojalá entonces, tengamos suficientes historias y alguien que quera escucharlas de cuando en cuando.

Dos puertas

Dos puertas

En casa de Roberto y Teresita había dos puertas en la entrada.

Curiosa característica, porque siempre las casas tienen una puerta al frente y otra atrás. Entrada y salida.

La entrada es siempre para recibir a los amigos, a los seres queridos. Es el refugio de quien llega a casa, cansado, a veces derrotado por el día. Es el arco triunfal cuando la jornada fue satisfactoria, y es la entrada al paraíso del hogar.

Dos puertas no las vemos en todos lados. Si acaso en los centros comerciales, donde es para recibir clientes, no amigos.

O en las iglesias, donde van tan pocos que una bastaría. Pero dónde quedaría nuestra esperanza si ahí se pierde la fe de recibir las ovejas descarriadas.

En una casa, dos puertas parecen excesivas. Pero no cuando conoces a sus dueños. Será que una puerta no es suficiente para recibir a todos los amigos. Los de ellos y de sus hijos.

Será que es una casa donde todos caben, donde todos son bien recibidos, sin importar la hora. Puertas que se abren para convertir ese hogar en centro de reuniones para encender el fuego que acalora y justifica refrescarse con unas cervezas.

Puertas  siempre abiertas para recibir a los voluntarios que buscan trabajar a deshoras en bien de otros que ni siquiera conocen.

Puertas dispuestas a recibir a quien busca sólo un poco de plática y una sonrisa amable.

Ya no están las dos puertas, quizá porque la humildad ganó. Hay una sola, y una ventana enorme que igual permite la entrada de todos.

Tardes de lluvia

Tardes de lluvia

Me gusta la lluvia.

Me gusta verla, sin mojarme, por la ventana recién lavada, recorriendo los caminos que parecían olvidados, y donde por siglos, mucho antes que fuéramos siquiera un deseo en las ilusiones de nuestros padres, han ido trazando su huella.

Cuando era niño por fuera -pues ahora sólo lo soy por dentro, y cuando el oficio de ser adulto me deja tiempo- me asomaba a la ventana cuando llovía para ver el regimiento celestial descender de las alturas, perfectamente ordenados y sincronizados, para invadir amistosamente el mundo terrenal.

Caían en una sincronía absoluta, sin perder nunca el paso, sin cansarse ni aburrirse.

Era grato ver la lluvia caer, porque llevaba implícita la promesa de que cuando escampara podíamos salir a jugar bajo las últimas cubetadas que lanzaran las nubes y podríamos dejar que el agua que corría por las calles -rios temporales que sólo llegaban en esas tardes- nos arrastrara calle abajo.

Éramos argonautas de barrio, exploradores de litorales de banqueta y conquistadores del tiempo perdido.

Todo eso se quedó guardado en los armarios de la infancia. Ya no veo llover por la ventana porque las oficinas son cerradas sin contacto visual al exterior, para no distraernos del trabajo.

A veces las veo, como viejos amigos que me salen al paso, a través del parabrisas del coche, y al igual que los viejos amigos que me topo, no logro atenderlos como merecen porque hay que seguir el camino y la vista se fija en lontananza, y a lo cercano sólo se nos permite echarle un vistazo.

Pero el que yo no pueda verla no le quita ni la existencia ni la esencia a la lluvia, que sigue cautivando por igual a niños y mayores, a poetas y matemáticos.

Ahí sigue, ciertas tardes y ciertos días, esperando a que recordemos que la vida se va construyendo de pequeños recuerdos, como esos cuando pegábamos las narices a la ventana para ver llover.

El regalo del viejo

El regalo del viejo

Cada cumpleaños del viejón es el mismo problema.

Problema que agradezco, porque se que el día que ya no lo tenga que resolver será muy triste.

Cada año hay que idear qué regalo le conviene, porque a esas alturas de la vida la mayoría de los deseos se han satisfecho, o simplemente ya se enteró que no vale la pena desearlos.

A lo largo de las décadas, le hemos regalado de todo. Y al final, terminamos yendo a comprarle una camisa o unos zapatos.

Esta vez no fue diferente. El cerebro se exprimió hasta el final, y entre el encarreramiento de la vida y los múltiples compromisos, llegó el día señalado y no habíamos comprado nada.

Una camisa, no hay más. Las últimas navidades y cumpleaños se le regaló otras cosas más mundanas. Ahora, la imaginación –y el presupuesto.- no da para más.

Así que llegamos con la camisa envuelta en el mejor papel que encontramos, acorde a la ocasión. El viejón lo recibió con la misma alegría que si hubiera recibido las llaves de un Cadillac, por hablar un buen carro acorde a su tiempo.

Pero como la fiesta estaba en su apogeo, dejo el regalo de lado, para seguir disfrutando las cosas sencillas que la vida le regala: Ver a los nietos correr por el patio, saborear el olor de una rica carne asada, la frescura de una cerveza y el brindis con los hijos. Los de siempre y los que llegaron de la mano de los de siempre.

Fue mamá la que –como siempre- reparó en lo práctico del regalo. Y la única que vio que la talla era mucho mayor de lo que el cuerpo del viejo necesita.

Eso no ensombreció la fiesta. Hay tiempo de cambiarla.

Por ahora, vale pensar que nos equivocamos en la talla, quizá porque vemos al padre mucho más grande lo que físicamente es.

Nunca fue alto, y hoy, en sus ocho décadas, lo es menos.

Pero igual lo vemos grande. más de lo que es o de lo que fue.

Bienaventurados los hijos que podemos verlo así.

 

 

 

 

Volver

Volver

Volver no tiene mucho mérito.

Es tan fácil como desandar lo andado. dar vuelta en 90 grados, y seguir caminando. Lo difícil es reiniciar.

Siempre tras un largo receso, el comienzo se complica, porque no sabe uno si seguir las cosas en el punto que las dejó, o renovar toda la logística de vida, o hacer como que todo es nuevo, o criticar lo que se hizo mientras uno anduvo por ahí, vagando por la vida.

Pueden ser los 20 años de Gardel, o los 15 días de unas vacaciones o los 15 minutos que tarda uno en ir a comer y regresar. Se dificulta porque en ese tiempo, nos desligamos de todo por estar en otro mundo. La prioridad cambia y navegamos al cien por ciento en otros mares, a sabiendas de que volveremos al de siempre.

Es la única manera de hacer bien las cosas. Saber desligarse de nuestro yo, asumir otro, y luego volver a vestirnos de nuestro yo original.

Bien.

Vuelvo a donde siempre. Las cosas han cambiado, se ve. Basta dar una mirada panorámica. Pero hay otras cosas más profundas que también son diferentes. Eso no se ve, sólo se percibe.

Habrá que enfrentarlas, habrá que ajustarnos a la evolución y alcanzarla. Eso nos dará la certeza de que seguimos vivos, de que podemos irnos 15 minutos, dos semanas o veinte años, y que seguimos siendo los mismos.

Buenas costumbres

Buenas costumbres

 En su vida, la Muñeca ha dormido en el suelo. Siempre encuentra algo en que posar su humanidad.su perridad,mejor dicho.

Tiene sus preferencias, como el sillón metálico que se quedó olvidado en la cochera, o el cojín que alguna vez albergó temporalmente las posaderas de gente importante.

Ahora, con la misma dignidad de una duquesa, la muñeca posa su cansancio cada, tarde, cada noche, y desde ahí, nos mira con esa mirada de misericordia que Dios le dio a los perros buenos.

La Muñeca no es lo que la gente llamaría una raza fina,sino que es de una especie canina indefinida. Eso no le impide desenvolverse siempre con una elegancia innata, donde resaltan las buenas costumbres y la buena educación. Es limpia, ordenada, bien portada, y salvo que a veces exagera su celo guardián, no hay queja de ella.

También sabe de coraje y de malos modos. Lo han sufrido más de una docena de perros que le doblaban el tamaño, y que todas maneras mordieron el polvo, asi como algún trabajador peregrino que no logró pasar la prueba de confianza.

Pero en sus ratos libres, Muñeca es elegante, y siempre lleva a cuestas su dignidad, como una dama venida a menos.

Debe ser que la modestia del linaje, no va reñido con las buenas costumbres.

Cizaña

Cizaña

Ensimismado en sus pensamientos, el hombre no se dio cuenta que se metía entre los matorrales.

O tal vez si lo notó, pero poca importancia le dio. Fue hasta después, cuando vio su pantalón lleno de hierba, hojas pegadas como lapas a su ropa, que se preocupó.

Una a una pensó quitarlas, pero no pudo. Las briznas se pegaban y adherían compenetrándose con la tela, hasta darle un color verde.

El hombre la comparó con la cizaña que alguien intentaba meter en su vida: Igual había permitido que las insidias, las calumnias, los chismes, afectaran su vida.

Se habían pegado a su vida y su pensamiento como la cizaña a sus pantalones.

Ya era imposible quitarla. No podía.

Entonces llegó a casa, se cambió de pantalón, y volvió a verse limpio.

El hombre comprendió de pronto que todo era tan fácil como cambiarse de ropa. Dejar aquella que tenia la cizaña, y vestir algo nuevo.

Igual su pensamiento cambió. Dejo todo de lado, y volvió a ser feliz.

En tierra de mancos...

En tierra de mancos...

En ese pueblo nadie tenía sus dos manos.

Hombres y mujeres sanos, llenos de vida, con el ánimo corriéndoles por las venas, pero con las mangas de sus camisas colgando sin vida.

Iban de un lado a otro, sonrientes, como si la mutilación de su cuerpo fuera algo congénito, algo a lo que te resignas porque nunca supiste cómo es la vida de otro modo.

Nadie tenía su mano. Y sin embargo, habían aprendido a no dejar ni el mínimo detalle sin resolver. La carencia de manos y de dedos, por tanto, no les afectaba.

Hasta se veían felices.

Era un reino de mancos, donde nadie era rey.

Entre tantos, siempre hay alguno que sepa contar una historia.

Al fin apareció. Contó que aunque aparentemente todos estaban felices, había muchos amargados, porque la falta de una mano los encadenaba a esa comunidad, donde podían pasar desapercibidos en sus carencias, pero donde definitivamente no era el lugar donde querían estar.

-         ¿Cómo se quedaron sin manos?- la pregunta quiso ser amable, pero era tan directa, que inquietaba.

“Todos aquí –comentó el interlocutor- fuimos un día hombres y mujeres de trabajo, jóvenes y llenos de proyectos. Creímos que el éxito era trabajar y trabajar, y así emprendimos el camino hacía él.

No era así. El trabajo excesivo no garantiza nada más que quedarse sin las cosas esenciales de la vida, como es la familia, los amigos, los buenos momentos simples pero tan satisfactorios y que forman esa cadena de recuerdos que uno atesora para el futuro. Se vuelve un vicio, tan dañino como cualquier vicio.

Todos tuvimos un jefe que pensaba igual, que nos exprimía en el tiempo. Y siempre, cuando uno flaqueaba, él nos decía: No sea malo, écheme una mano.

Fue así como todos nos quedamos sin una mano, por darle la mano al jefe”.

Triste historia, sencilla como las buenas historias.

-         ¿Hay rencor?- Ya entrados en gastos, es fácil seguir gastando.

-         No, porque un día –y antes de decirlo sonrió ampliamente- llegará él, y como era jefe, tuvo que echarle una mano a sus jefes y patrones. Si nosotros perdimos una mano por él, él perderá las dos por sus jefes. E igual que a nosotros, su única recompensa será una patada en la cola”.

Cierto. Será un pobre hombre sin manos. Y su castigo será que entonces, cuando más lo necesite, ya nadie podrá echarle una mano.

 

  

Amor mañanero

Amor mañanero

Seis de la mañana de un lunes cualquiera.

Bastante difícil fue abandonar la cama en las horas en que el sueño se vuelve más reparador.

El café que llena el inseparable termo me anima a iniciar el día, que no se antoja peor ni mejor que otros. Es simplemente un lunes, lleno de interrogantes, aventuras, experiencias por vivir. Un día pleno de interrogantes por resolver.

Ya a bordo del auto, circulo por las calles eludiendo bordos, coches mal estacionados, y las sombras que juegan a confundir en los cálculos.

Al dar vuelta a una calle, un par de ojos brillantes rompe la penumbra del amanecer. A baja altura, es fácil adivinar que es un perrito, y cuando las luces del coche lo iluminan, lo confirmó.

Es un perro peludo, de esos simpáticos que siempre usan de modelo para las caricaturas. Está parado en medio de la calle, con una expresión de angustia.

Que más da, pienso, si estos perros siempre tienen esa actitud. Enfilo el coche directamente hacia él, pero no se mueve. Ni cuando quedamos a corta distancia. Sigue ahí, inmóvil, viendo como la muerte rueda hacia él.

No es para tanto. Al ver que no reacciona, frenó y bajó más la velocidad. Entonces, el perrito hace un leve movimiento, y descubro la verdad. Ya no es un par de ojos, sino dos pares de ojos.

Una perrita, tan lanuda como él, pero de menor tamaño, me mira en la angustia de quien nada puede hacer. Los dos, unidos literalmente por el amor mañanero que acaban de prodigarse, tratan pudorosamente de huir, pero no pueden. Si en el amor coincidieron en la dirección, en el divorcio cada quien estira por su lado.

No hay problema, pienso. Dejemos a los amantes gozar su momento de turbación y volvámonos cómplices de su amor.

La vida da tantas vueltas, que nunca sabe uno cuando podamos estar en una situación igual.

Más humana, claro.

  

La mujer y la rosa

La mujer y la rosa

 

 

La mujer y la rosa

 

El viento me recuerda que el invierno aún reina en mi ciudad.

El abrigo no cubre lo suficiente del aire frío que corre en el lugar donde esperamos la noticia. Cala como un abrazo de alambre de púas.

Con paciencia esperamos. Será solo un par de segundos el tiempo que tendremos para captar la imagen que nos pidieron. Un par de segundos, lo que significa que habrá que apelar al instinto para preparar la cámara en el momento justo anterior. Si falla el instinto, falla todo.

Hay tiempo, según nuestro instinto, de ir a cenar y volver, pero nadie en su sano juicio lo haría. Es una guardia permanente.

Dos chicas pasan a nuestro lado, y nos miran con curiosidad. Ven la parafernalia que siempre traemos. Gritamos visualmente a los cuatro vientos en qué trabajamos y qué hacemos, y no es difícil identificarnos. Una arriesga una mirada hacia nosotros y la otra nos sonríe impunemente. Chicas agradables, estudiantes que lleven la belleza de la juventud.

Abrazan sus libros contra el pecho y siguen su camino, satisfecha su curiosidad.

Más atrás, una mujer camina, pero no nos toma en cuenta. Ya no es joven, y quizá nunca tuvo en su rostro la clase de belleza que inspira a los pintores a crear sus cuadros y a los poetas a escribir sus canciones y poemas.

Una sonrisa cubre su faz y le da una luminosidad perceptible aún para ojos menos duchos. En sus manos lleva una rosa, roja como la pasión que arde en su mirada y como el rubor que delata sus mejillas.

No es el prototipo de la hermosura, pero el sentimiento que anida en su corazón la embellece.

Porque el amor no siempre tiene el rostro de una joven bella.

La Nube y el Sol

La Nube y el Sol

En el horizonte, el Sol semeja una Luna mañanera.

Ni siquiera tiene personalidad propia. Parece una copia de la otra Luna, la que aprovecha la magnifíca montaña como ornamento, en un punto indefinido entre el poniente y el sur.

La Luna es caprichosa, como todas las damas. Le gusta lucirse cuantas veces puede, y esta vez, redonda y ahíta de luz por la noche, agarró la parranda y le amaneció.

A pesar de sus ojeras, luce hermosa.

El Sol no. Se ve desmañanado y esta vez su poderío se ve opacado por una simple nube que subió al cielo en forma del vapor que brotaba de los charcos que el mismo Sol quiso secar.

En su afán de mostrar su poder, terminó por crear la nube que lo opacó.

Ni siquiera es una nube definida. Es neblina que se extiende por el cielo, y al amanecer filtra los rayos del Sol.

Es una gran radiografia que lo apaga, y lo deja convertido en un simple disco blanco, opacado, sin más figuras que las que la misma niebla le quiere dar.

Gran diferencia con la luna, que se va perdiendo en las montañas, y aunque no brilla con luz propia, hace derroche de personalidad.

Esta vez, el sol ha perdido.

Lo derroto en su poder una simple nube.

Y en estilo, la Luna.

La ventana al final del pasillo

La ventana al final del pasillo

La ventana al final del pasillo no es una ventana feliz.

Día y noche, muestra siempre la misma escena: Una ventana más, tan insípida como ésta, y una pared que se pierde a lo largo de otro pasillo.

Desde el otro extremo del pasillo es difícil incluso saber qué hora es. Pueden ser las siete de la mañana, o las tres de la tarde. La ventana muestra la misma luminosidad y sólo por las noches, cuando el sol ya se esconde, cambia un poco el panorama.

Para eso fue hecha, para dejar entrar la luz a lo largo del día y el viento fresco por las tardes y las noches. La ventana al final del pasillo cumple cabalmente su misión. Pero yo sé que no es una ventana feliz, porque ansía mostrar otros paisajes, los juegos de los niños, el pasto verde de algún jardín o al menos el paso alegre de las personas.

Lo que no sabe es que todo eso lo tiene. Cuando uno se para a su lado, puede ver que a un extremo está una calle donde lo mismo pasan mamás con sus bebés, hombres apresurados porque se les hace tarde para el trabajo o para una cita de amor. Ahí juegan los niños al fútbol y uno que otro adolescente pinta sus incoherencias furtivas sobre el muro.

Frente a la ventana, otra ventana muestra a veces la sonrisa de una niña que se asoma para hablar con su vecina. En lo alto, el paisaje cambia a cada momento. No es el verde del pasto, sino el azul del cielo y lo blanco de nubes algodonadas.

La ventana no lo sabe, por eso no es feliz.  Sólo hace su trabajo, y es eficiente.

Pero no le ha encontrado el lado divertido, quizá porque quienes ven  a través de ella no se atreven a acercarse y contemplar el mundo que ofrece.

 

 

Espacios

Espacios

Nada tengo en mi espacio.

Nada tengo, porque no es mío. Debo compartirlo con quien lo gana,  con quien llega primero, porque es tan suyo como mío.

Somos una masa amorfa, donde todos somos parte de los otros, aunque pequemos de independientes.

Por eso, el lugar común de trabajo son sólo cubículos anónimos, fríos, calculados en base al área que ocupa una persona de dimensiones promedio, con suficiente espacio para moverse, tener un par de libros, unas fotografías donde aparezcan los hijos que la vida le dio, aunque no sean los que hubiera querido, pues los hubieran elegido más bonitos.

No tengo nada ahí. Soy el gitano de la redacción, el trashumante de cada  tarde, que lo mismo mira el reloj impasible que la sala de juntas donde nadie se junta.

Podría poner una fotografía, al fin que en casa hay miles peleando por un espacio. Podría, pero ridículo se vería reclamar un espacio que no es propio. Prefiero ir de lugar en lugar, disfrutando lo que cada uno me da.

Es como la vida. Cada ciudad en que he estado, cada país, cada hogar, es de alguien. Lo comparten conmigo, y lo disfruto mientras dura el instante.

Aunque esos lugares se van volviendo un poco míos porque quedan en los recuerdos.

 

La niña y la abuela

La niña y la abuela

En su cuerpo rechoncho no se nota la ingravidez que lleva a cuestas. Aún no, pero ya late un pequeño ser que viene a reclamar su espacio en el mundo.

Apenas unas semanas, en las que la joven madre vivió lo que otras tardan años en vivir. O en sufrir.

Es una niña, se nota en su rostro. Antes de eso, su ilusión era tener una fiesta de quince años. Modesta, pero que ella sintiera era su fiesta.

Ya no la tendrá. Tampoco habrá boda. Tampoco hay futuro en su pensamiento.

Apenas catorce años y ya arrastra una vida de infortunios, donde el embarazo adolescente viene a ser la cereza del pastel. Un pastel muy amargo.

Ella pensó, en su delirio adolescente, que el padre de su hijo la amaba. Encontró un poco del cariño que s madre no le daba. Por eso aceptó entregarle su prueba de amor.

Ni siquiera lo disfrutó. No hubo romanticismo en su entrega, solo pasión satisfecha de su hombre. El mismo que la recibió a regañadientes en su casa, cuando a ella la corrieron de la suya. El mismo que la abofeteó un día y la corrió a la calle, con su creatura en el vientre.

El mismo que no fue hombre.

Ahora, ella llora su infortunio. No tiene casa, no tiene estudio, no tiene fuerza. Y está enferma.

En dos semanas, todo cambió. Era una niña con miles de ilusiones. Hoy es una mujer de catorce años, con rostro de niña y que va a ser madre joven. Igual que su madre, igual que su abuela.

Su abuela. La misma que siempre corre a levantar. La misma que siempre se preocupó y se mató para que ella tuviera algo que comer, que vestir, para que tuviera el cuaderno que le pedían en la escuela.

La misma que ahora, vuelve a rejuvenecer para sostenerla. A ella y a su hijo.

Dios le guarde muchos años a su abuela.

 

Marzo 27 de 2010

El Salto

El Salto

Por puro gusto, salta desde la mitad de las escaleras.

Viene bajando, y de pronto, di ce: detenme esto. Y entrega lo que lleva cargando.

No es por pereza, sino para saltar con libertad. Se lo gana con sus 16 años, su despreocupación ante lo que pasa en el mundo –y en su vida- y la seguridad de que hay alguien que vela por él.

Los seis o siete  escalones se desaparecen ante su salto. Sus rodillas resisten perfectamente el golpe, y una sonrisa de satisfacción se dibuja en su rostro casi infantil.

En su imaginación, acaba de saltar en un paracaídas desde un avión. O tal vez su brincó lo inició en un edificio de cien pisos, y lo terminó en otro de 50.

La realidad en nada corresponde a lo que pasa por su mente.

Abre las manos como si acabara de ejecutar un acto en un trapecio, y luego toma lo que llevaba y sale corriendo por las siguientes escaleras.

Va feliz, por lo que logró.  Y su padre, sonríe, también feliz, recordando los tiempos en que hacía lo mismo.

Ya no puede hacerlo, porque las rodillas cobran la factura y el sobrepeso lo adhiere a la tierra.

No importa. Ya tiene un heredero de las inocuas locuras juveniles que hacen más agradable el camino hacia la adultez.

 

 

 Marzo 26 de 2010

Cada quien su oficio

Cada quien su oficio

Todos trabajamos, pero cada uno en distinta actividad.

Los dos hombres frente a mí se afanan en quitar pieza por pieza el piso de mosaico que hasta hoy adornó la casa.

Es tiempo de cambio, y nada como empezar desde abajo.

Ellos son los encargados de hacerlo. No puedo dejar de comparar que quizá cobramos lo mismo, y que al final del día, tendrán en sus manos lo que yo he tardado meses en reunir.

En el patio, Ella se afana lavando la ropa. Igual, al final del día estará cansada como nosotros, pero su bolsillo seguirá tan vacío como en la mañana. Es trabajo por amor al arte, por amor a los demás.

Me siento con suerte. Mi trabajo es más cómodo. Acomodo las hojas de una revista. Es el punto final del trabajo, lo sencillo. Lo difícil ya pasó. Ahora sólo queda darle un toque final y cobrar el trabajo.

No se si logre ganar tanto como los albañiles. Ni si les rendirá a ellos lo que a mí.

Sólo sé que cada uno trabaja en lo suyo, aunque estemos todos juntos en un área de cinco metros a la redonda.

Pienso que tengo suerte, porque ellos no tuvieron otra opción.

La vida eligió por ellos.

Marzo 25 2010