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Crónicas de la Nada

Crónicas de la Nada

¿Y no hubiera mañana?

¿Y no hubiera mañana?

¿Y si mañana no existiera?

¿Si en su lugar encontrara el nunca?

Cuántas cosas no podría terminar, y muchas más no alcanzaría a hacer jamás.

Si no encontrara el mañana, se quedaría sin leer ese libro que sigue en un estante, esperando que una mirada acaricie sus páginas y beba sus letras con pasión.

Jamás podría bailar con Ella esa canción que desgrana recuerdos en cada nota musical, etapas que no mueren en la memoria, momentos que permanecen con vida propia. No habría un nuevo recuerdo en su mente.

No podría ver de nuevo los rostros amados, y si jamás estampe un beso en su mejilla o en su frente, nunca tendrán ese recuerdo que les ayude a recordar el lado amable de mi ser. Si jamás les dije cuánto los quiero, no lo sabrán, porque las acciones no siempre se comprenden.

A veces queremos tanto que no lo decimos con palabras, y olvidamos que los hijos no hablan el mismo lenguaje. Veinte o treinta años de historia nos separan.

Si Mañana no existiera, encontraría muchos  No en el expediente que debo presentar ante la Eternidad. Los No que se afianzaron por pudor, por pereza, por soberbia.

Los No que di por hecho de antemano, por no luchar, por seguir en la agradable y peligrosa ociosidad.

Nunca tenemos seguro el Mañana. A veces ni siquiera tenemos completo el Hoy.

Y sin mañana en mi vida, el futuro de alguien no tendrá suficiente pasado.

La Hija

La Hija

Con una confianza aprendida de si misma, un par de hojas, y la promesa de ser alguien importante, salió a conquistar el mundo.

Esta vez, es el mundo real, no el de las aulas, ni el de las prácticas, donde equivocarse no tiene mayor trascendencia que volver a empezar.

Quedó atrás, lejana, la enorme sonrisa que llegaba enmarcada por una cabellera despeinada para exigir ser levantada en brazos. Ahora va maquillada y con peinado impecable.

Salió cuando aún la oscuridad no levantaba su manto, con la misma tranquilidad que de niña portaba para ir a la cocina en plena madrugada, sin luz, para beber agua. Sólo que hoy lleva la luz del conocimiento que ha adquirido en muchas noches y días de trabajo.

E igual que siempre, optó por caminar sola, tomada de la mano de su audacia. Aún prevalece la mezclilla y la informalidad en su atuendo, pero es hora de demostrar que la eternidad en el teléfono y en la computadora chateando, también era asignaturas que la vida contempla para la gente moderna.

No lleva más que la confianza en sí misma. Su perseverancia es el báculo que la apoya. El bagaje es escaso, pero la bolsa donde lo carga es enorme, para ir llenándolo a cada paso, con todo aquello que le guste.

Ahora frente a ella está un sinfín de escalones, que irá subiendo, uno a uno, quizá de dos en dos, hasta donde ella quiera. No hay límite, porque los límites sólo los pone la apatía.

Llegará lejos, porque es el destino que le impone su personalidad. Y aprenderá mucho más, porque es el compromiso que lleva consigo.

Nada hay como ser joven. Porque hay tiempo de fabricarse su propia vida.

Un día, una vida

Un día, una vida

En 24 horas, se vive una vida completa.

Para otros, puede ser apenas un día, pero para él, nos contaba, fue como vivir esa novela de amor de 800 páginas que nunca escribió.

Cuando la vives, platicaba el viejo, sólo la escribes en tus recuerdos, para releerla una y otra vez en la soledad de la noche.

Narrador irredento, podía contar mil historias, algunas graciosas, otras trágicas, y algunas, increíbles, pero jamás esa odisea de pasión que lo envolvió por 24 horas y le hizo recordarla siempre, aunque nunca volvió a verla.

El nombre quedó en el anonimato, no en el olvido. Su cuerpo, quedó lejos, en otra ciudad, allende el mar, y su amor, en otros tiempos. En otro siglo, incluso.

Cada uno siguió su camino, la juventud quedó perdida entre el montón de fotos que guardaba, y donde nunca estuvo el de ella. Cuando le escribió para decirle adiós, también la borró, a fuego lento.

No sabía que el pasado nunca se va, sólo vuelve sobre sus pasos y se presenta en el futuro.

Perdió su huella, pero no su fragancia que aparecía en algunos rincones de la noche, sin importar quién estuviera con él. Y así, vio su rostro en el cuerpo de muchas.

Nunca volvió a ese lugar lejano. Nunca la volvió a ver. Nunca pudo acariciar de nuevo sus manos, mirarse en sus ojos, y escuchar su nombre escrito en su voz.

¿Por qué?- le pregunte una vez.

Por que la muerte siempre será eterna –me respondió- aunque tu vida haya sido intensa y completa en 24 horas.

Antigüedades

Antigüedades

Vive de lo que mucha gente tira.

No es que recoja basura, sino que le sabe dar un valor a esas cosas viejas o herrumbrosas que fueron de la bisabuela y que a veces tenemos arrumbadas en algún desván.

Si en casa son cachivaches, en su puesto, son antigüedades. Lo mismo hay un traje de charro que quizá uso Jorge Negrete, que un quinqué que alumbró el cuarto de alguna tatarabuela olvidada, o el yugo que usó la yunta a la que se le reventó el barzón.

Es un mundo lleno de objetos de historia cotidiana. Como la silla de ruedas hecha de madera, que tiene un gran atractivo porque la gente cree que es la que se uso en la película Nosotros los Pobres.

Cosas que pueden estar bajo la cama u olvidadas en el patio.

Una barrica de roble blanco yace junto a un enorme radio de los años cuarentas. Un sinfín de relojes de bolsillo siguen marcando las horas de los abuelos. Un toro de lidia sigue viendo el pasado, quizá burlándose porque sobrevivió al torero que lo mató.

Siempre habrá gente que guste de estos objetos viejos.

Claro, hay que saber distinguir entre un trasto viejo y oxidado y una antigüedad valiosa, porque a veces se confunden.

Aunque también, se transforman.

Tentaciones

Tentaciones

Que sería del mundo sin las tentaciones.

Te salen a cada paso, como los amigos de la infancia de dudosa reputación, que no quisieras ver, pero que irremediablemente te atraen en su indolencia.

Van asomándose, sonriéndote, seduciendo tus buenas intenciones, hasta que envuelven la flaqueza de tu espíritu y entonces meten el pie y te hacen tropezar.

No hay edad para ellos. Todos somos sus víctimas, y quisiera decir que inocentes, pero nunca falta una pizca de complicidad.

Nos encanta caer en su seducción, desde el niño que cede a la ocurrencia de tocar el timbre en la puerta de la casa bonita del barrio, para luego correr a esconderse; de la chica que disfruta el comprar un par de zapatos más que irán a aumentar el montón de cajas con calzado usado sólo una vez, o el deleite del caballero que no soporta más y deja que sus ojos acaricien la figura de la chica de los zapatos.

Qué seríamos sin las tentaciones. Aburridos y sosos.

No existirían las aventuras a las que nos llevan y que pueblan los relatos en las noches de bohemia. No habría las travesuras infantiles que nos solazan en la madurez. No habría el placer inocente de sentirse bien consigo mismo.

No habría ni santos en el cielo, porque sólo se llega a la santidad a través del pecado, y el pecado es el triunfo de la tentación.

Bienvenidas entonces las tentaciones. Y que Dios nos mande la tentación nuestra de cada día.

Muchachos

Muchachos

 

El vaso sucio, con huellas de la leche con chocolate que tuvo y que pasó a calmar el ansia del adolescente, es la mejor prueba de que sí se fue a la escuela.

Como siempre, como todo, va dejando a su paso la huella de sus destrozos, de su descuido, de su indiferencia.

El televisor se queda encendido para que nadie lo vea. La puerta abierta sin que nadie más vaya a entrar. La cerradura permisiva para todo aquel que pase por casa. Las toallas, mojadas y sin orden sobre el suelo.

Dios en lugar de oídos les dio sólo un túnel auditivo, por eso los consejos y regaños entran por un oído y salen por otro, sin que se quede nada en su cerebro juvenil.

Puede uno darles permiso hasta las diez de la noche, y llegarán a las once. Los dejas a las once, y llegarán a las doce.

Nunca ven el reloj, nunca se asoman al calendario, nunca se preocupan por las cuentas a pagar. Son libres, sin ataduras y con el único compromiso de salir a la calle apenas cae el sol, para ver a la novia, una distinta cada mes, y platicar con los amigos las mismas pláticas de todos los días.

Y nobles para soportar los regaños diarios, que no sabemos si son para corregirlos o por la envidia de no poder ser como ellos.

Solo

Solo

Parado en el umbral de la puerta de su casa, buscó sin resultado lo que era su vida.

El cuarto estaba vacío, pero más su corazón.

Antes de irse, todo lo vendió. No le dejó nada, sólo lo que traía en los bolsillos, que era igual a nada. Su único patrimonio era la ropa que vestía.

Su vida se quedaba sin nada. Sin nadie. Sin amor.

El destino que viven miles de personas en la isla, ahora le tocaba a él, pero mucho peor, porque no hubo despedida, ni aviso, ni misericordia.

Su propia madre lo abandonaba, y le quitaba todo: muebles, ropa, su vieja computadora que era amiga, diversión, trabajo. Todo vendió.

Sólo le dejaba su vida, el pantalón y la camisa que vestía.

Parado en la puerta, miró por la ventana, más allá del balcón y el bullicio de lo que una vez fue llamada la esquina del pecado, no le animó.

Todo por amar a alguien de piel distinta. El racismo aparecía contra él, que tenía tantos amigos de todas razas.

Nada le quedaba, pensó. Quizá era mejor irse también en un viaje sin retorno.

Pero recordó la mirada de ojos negros, y se perdió en algunos recuerdos y muchas ilusiones.

Volvió a vivir. Comprendió que tenía mucho. El amor de una mujer, y un futuro para construir juntos.

Cerró la puerta, y fue a buscarla.

Mis estrellas

Mis estrellas

En la soledad de la noche, veo al cielo y apenas un lucero brilla en el centro del cielo.

Es una estrella, fiel compañera de la Luna, que va creciendo en la redondez de su embarazo que terminará en una Luna nueva.

¿Dónde fueron las estrellas que había en el cielo de mi niñez?

Todas se han perdido. Algunas brillan apenas, y su titilar semeja el estertor de la agonía. La luz de la ciudad las va matando, y nadie detiene esa masacre.

Cuando la vida era joven y prometedora, tenía un montón de tiempo que no se había vuelto oro. Era apenas una letra de cambio. Podía pasar las horas acostado en la banqueta de la calle viendo las estrellas por todo el firmamento. Luego, en la mocedad, la cajuela del auto paterno se volvió el balcón ideal para contemplar el cielo.

Miles de estrellas pendían en la bóveda celeste, aunque por las noches era tan oscura como el azabache.

Muchas noches, al volver a casa, me quedaba recostado viendo ese espectáculo celestial, tan grandioso que no había forma de pagar por verlo.

Para entonces, había descubierto que el cielo de mi ciudad en nada se comparaba al cielo del campo, donde las estrellas lo tachonaban de tal modo, que las constelaciones que nunca veía, se escondían tras otras estrellas.

Orión, las cabestrillas, las osas, los canes, era lo que alcanzaba a ver en el cielo de mi ciudad. Allá, en la tierra de mis ancestros, en cambio, se veían dragones, leones, toros, cangrejos, andromeda, y un sinfín de formaciones. Tantas como la imaginación lo permitía.

La última noche, al ver al cielo, no encontré ninguna. Todos, como Cenicienta, habían huido al filo de la medianoche, ahuyentadas por las estrellas artificiales que el hombre colocó en la  tierra.

Desde mi atalaya vi miles de luces como astros, en formación simétrica, en líneas caprichosas, en tamaños diferentes, como si un moderno Prometeo hubiera logrado robarse las estrellas del cielo, para ponerlas en la tierra.

Se ven hermosas, pero las prefiero en el cielo.

 

Nubes

Nubes

Las nubes son de algodón, ni duda cabe.
Las veo con la ventaja de estar sobre ellas, inmerso en su intimidad, desde donde nunca pensaron ser mancilladas por la vista humana.
Son hermosas en su desnudez, blancas como las sábanas de una virgen, tan puras como el pensamiento de un niño, tan claras como el vuelo de un ave.
Al contemplarlas desde aquí es muy fácil ser poeta. Porque su belleza arrastra inspiración y unas ansias incontrolables de compartir esta visión literalmente celestial.
No son unas nubes del montón, por mucho que se vean amontonadas. Son las nubes de mi tierra, altivas y orgullosas porque las enmarcan los picos de las montañas más majestuosamente hermosas del mundo.
Nubes de algodón, quien pudiera volar para llevarla a Ella y perdernos entre sus mullidas almas.

(Volando de Monterrey a Aramberri, Nuevo León)

Facundo

Me lo encontré algunas veces en el camino de la vida.

Él siempre iba de paso, y yo siempre iba de ida, pero pudimos enlazar por unos momentos esos dos derroteros, y compartimos anécdotas, planes y hasta uno que otro chascarrillo.

Facundo Cabral no era lo que se dice un tipo sencillo. Era complicado, porque alguien con tanto kilometraje siempre trae un montón de vivencias, propias y ajenas, y adquiere una visión peculiar del mundo. Estar al nivel, es difícil, pero se puede fingir.

Pero era un hombre solo, como todo poeta. Y siempre tenía gente alrededor, como todo famoso.

Lo noté la segunda vez que platicamos. Al final, todos nos quedamos, pero él se fue, sólo con su bastón.

La primera vez que cruce palabras –e ideas- con él, encontré un filósofo popular, que tenía la fórmula para hacer sencillas las complicaciones de la vida.

Entramos a ese hotel por pura logística. El Ancira, en Monterrey. Cruzarlo nos ahorraba un par de cuadras, y cuando se carga el equipo para televisión, siempre es significativo.

Ahí estaba Facundo Cabral, cegado por la lámpara de las cámaras de todas las televisoras locales, excepto la nuestra.

Eso nos detuvo, y mi camarógrafo, Arturo, tomó posición, mientras yo me disponía a enfrentar el reto de hacer una entrevista en un tema del que nada comprendía.

Pero te dejas llevar por lo que los demás dicen, y encuentras el tema. Recuerdas que cada vez que sacas la guitarra del olvido, siempre en algún momento de la bohemia terminas por rasgar los acordes de No soy de Aquí, ni soy de allá, y entonces, te identificas con el personaje.

Terminada la entrevista, seguimos la plática, que se alargó, hablando de todo y de nada, del ayer y el futuro, de los planes, los recuerdos, las vivencias y las tristezas. Sólo faltó el tequila, diría luego mi compañero.

Nos dijimos adiós, y seguramente el momento se quedó más grabado en mi memoria que en la de él.

Hace unos meses, otra vez platiqué con él, igual, en el lobby de un hotel, esta vez el Ambassador, en mi querido Monterrey.

Se veía cansado, y poco dispuesto a enfrascar una de esas conversaciones largas, donde siempre se sentía obligado a lanzar su mensaje. Más que platicar, optaba por predicar.

Se fue, con su paso cansado, solo y sólo con su bastón.

Seguramente así partió hace unos días. Sin compañía, sin su guitarra ni sus canciones.

La vida decidió por Facundo: Ya es de allá, pero igual es de aquí.

 

 

Siempre iguales

Siempre iguales

No sabían ni siquiera prender el carbón, mucho menos cuanto tiempo dejar la carne sobre las brasas.

Las mesas las colocaron en el lugar que más estorbaban dentro del reducido espacio.

Dieron mil vueltas por todo lo que se les olvidó

Y hasta se fueron solos en la camioneta con Paco como un chofer, que por primera vez en su vida conducía sin la supervisión del papá o la mamá.

 Pero no quisieron a ningún adulto en su fiesta, reunión de amigos de la preparatoria. Era sólo para adolescentes que jugaban a ser mayores, a ser hombres y mujeres.

Desde lejos los vimos, porque tampoco es cosa de dejarlos solos. Pero a estas alturas de su vida, es simplemente verlos, identificar los puntos malos, y guiarlos suavemente hacia  afuera de ellos.

Nada de confrontaciones estériles. Era su fiesta, y merecían gozarla. Ya vendrían las recomendaciones después.

La pasaron bien, ni duda cabe. Lograron sobrevivir a sus expectativas y aprendieron algo. Porque así es la universidad de la vida, donde cada día es una clase distinta con examen incluido. Y en muchas materias no hay segunda oportunidad.

En esta sí la habrá, pese al enojo de la mamá que con su mirada experta identificó rápidamente las travesuras de los muchachos.

No son santos, pero tampoco son malos.

Simplemente son muchachos, iguales a los de hace 50 o 30 años. Con las mismas inquietudes de los de hace veinte años.

Es decir, igual a como éramos nosotros a su edad.

 

 

Padres

Padres
La naturaleza los hizo hombres, pero Dios, que a veces juega a hacer milagros, los convirtió en madres.
No cuestionaron nada. Asumieron su doble papel con el mismo entusiasmo con que en su momento tomaron su rol de padres.
No fue fácil. La mujer tiene un don especial para entender a los hijos en sus sentimientos, sus frustraciones, sus deseos. Los hombres no.
Pero lo descubrieron. Gustavo aprendió a alternar horarios de trabajo mientras cambiaba los pañales al bebé que la mamá sólo pudo cuidar desde el cielo, y mientras hacia la tarea con el otro niño.
Al quedarse solo, Toño, se pasó las noches en vela, trabajando, para estar en casa por las mañanas para preparar desayunos, peinar a los cuatro varones y una niña, y acompañarlos a la escuela. Aprendió a cocinar, para prepararles todos sus antojos.
Fernando aprendió a combina sus múltiples actividades con las de dos adolecentes que exigían tiempo y atención.
Todos pudieron con la tarea, y lo mismo lavaron ropa, que acudieron a fiestas escolares. Igual que las mamás, por el puro gusto de quererlos.
Claro, tienen la mejor recompensa: Un vínculo especial con sus hijos, que no se romperá nunca.

Quien fuera niño

Quien fuera niño

Quien fuera niño, dicen algunos.

Vives despreocupado, sin prisas, sin compromisos.

El reto mayor será subir a un árbol, y los peores miedos están concentrados en el perro de la esquina.

Lo único que ansías es que llegue el viernes para abandonar la escuela, y si tienes menos de cinco años, ni eso.

Esperas ilusionado la Navidad, sin saber que son muy pocas las que vivirás con ese espíritu, y disfrutas las vacaciones largas como si fueran eternas.

Y puedes jugar a todo lo que tu imaginación te permita. Eso es lo más hermoso, que la vida es juego desde que te levantas hasta que cierras los ojos por las noches.

Cuando crecemos eso se pierde, y quien lo conserva, recibe miradas de reprobación del mundo de los adultos.

Hay que esperar los fines de semana para volver a ser niños sin que los demás lo noten mucho. Ese día podemos andar en pantalón corto, a lo mejor sin bañar, ir a jugar fútbol,  salir en bicicleta. Hacer lo que antes hacíamos todos los días.

Vivimos unas horas como niños, porque generalmente llega un punto del día en que el adulto somnoliento que traemos dentro se despierta y nos exige.

Orgullo paterno

Orgullo paterno

Nadie miente, aunque todos acomodan la verdad.

Hablan de los hijos y sólo la prudencia evita deshacerse en elogios, pero el mensaje es certero: Cada uno se siente orgullo de ellos.

El primer matrimonio habla de su hija, la deportista. Adolescente aún, que ya ha viajado por el mundo y llegado a lugares que sus padres ni siquiera sabían que existían.

En sus modestos recursos, la han impulsado, y ella se ha montado en las ilusiones de todo para llegar lejos.

Otro matrimonio habla de su hijo el que está a punto de terminar su carrera. Es su orgullo, con sus buenas calificaciones y un excelente futuro, lejano del de obrero que tuvo que asumir su padre.

Hablan de los logros y las esperanzas que tienen en él. De sus desvelos y su aplicación al estudio.

El tercero aboga por su hijo el artista. El que pinta, el que crea arte. Es el que hizo los cuadros que adornan la casa.

Así, cada pareja de padres va desgranando lo que sus hijos han logrado. Hijos adolescentes que aún no logran el éxito absoluto, pero que ya llegaron lejos y van encaminados, para bien suyo y orgullo de sus padres.

Todos, salvo el último, que en su crudeza, simplemente dice que sus hijos adolescentes, son su dolor de cabeza.

No importa, aclara, están creciendo. Y si hoy no causan el orgullo de sus padres, ya lo harán. Cuando decidan encaminarse.

 

Una ramita

Una ramita

Es apenas una ramita, que no alcanza más de un metro de altura.

Llegó a casa envuelto en un bote de plástico, aferrado a un poco de tierra de su lugar natal, y dispuesto a triunfar sobre el mal tiempo, el olvido y los depredadores citadinos que han acabado con sus antecesores.

Algún día será un gran encino y sus ramas acariciarán las nubes, y le darán sombra a la vejez de quienes lo plantamos. A algunos, porque otros quizá son muy jóvenes.

Por ahora es una pequeña rama, como un árbol bebé., que necesita cuidados, le pongan agua todos los días y le hablen con suavidad. Antes habrá que cuidarlo, enderezar su rama, fertilizarlo y regarlo todos los días.

Una vez que sus raíces se afiancen en su nueva tierra, él crecerá solo, sin mayor problema.

Pienso en eso mientras Diego lo planta. Él también es una pequeña rama que algún día será un gran árbol y sus ramas cobijarán a muchos. Igual que el encino, vendrán los tiempos en que su tronco será fuerte y soportará el peso de otros, y tendrá la fortaleza para sostener lo que sea en sus brazos.

Por ahora, ambos son una pequeña rama que necesita una guía que los encauce hasta alcanzar alturas prodigiosas.

 

El niño

El niño

Sentado en la banqueta, espera su futuro sin prisas.

Una paleta en sus manos es el único presente que le interesa. La disfruta con calma, consciente de que la prisa está todavía muy lejana en su agenda.

Para él no hay pasado. Lo más lejano que recuerda son las advertencias de su madre, unos minutos antes.

Obediente, se queda en la banqueta, que aún está a la medida de sus piernas.

Más allá, sobre la misma acera, un trío de jóvenes, recién salidos de la adolescencia, juegan a ser hombres. Una cerveza de gran tamaño en el suelo, marca el centro de la reunión.

Al niño no le interesa. Quizá unos años después esté sentado en la misma banqueta, igual que ellos, pero ahora sólo piensa en su paleta.

Su inocencia mira a todos los que pasan. No desconfía del transeúnte que lo ve con atención durante unos segundos. No siente riesgo porque está fuera del camino de los autos.

Está solo, con su presente. El futuro ya vendrá, pero ni le interesa. Sabe vivir, sabe disfrutar, sabe que lo importante es el ahora.

El ayer, ya no vuelve, el mañana, quién sabe si llegará.

Simplemente amigos

Simplemente amigos

Los amigos siempre están ahí, al alcance de una plática informal, de una invitación para tomarse una cerveza o un café, y tan dispuestos como Sancho Panza a enfrentar cualquier gigante imaginario.

Son de carne y hueso, de arterias, de sentimientos, de odios a veces, y generalmente tras la tempestad llega la calma y seguimos tan iguales.

No hay rencores, no hay resabios.

Algunos son más frecuentes, otros no, pero siempre están ahí. Algunos casi viven con nosotros, otros sólo aparecen al voltear ciertas esquinas.

Pero siempre están ahí.

No los vemos como algo especial, hasta que algo especial sucede.

Mientras escucho los nombres de quienes reciben reconocimiento por su trabajo profesional, o por su trayectoria, pienso que he trabajado con la mayoría. Y he convivido con todos. Han sido amigos por diez, por veinte, quizá por treinta años.

Con algunos alcanzamos a compartir locuras juveniles, con otros, sólo aspiraciones profesionales, y con la mayoría, compartimos la redacción, que para un periodista, significa compartir la vida.

Ahora escucho que uno se ha convertido en impulsor de la literatura local. Otro es maestro de periodistas. Uno más, sigue innovando con su entusiasmo.

Nunca los había visto con ese perfil. Siempre supe que uno editaba libros, que otro daba clases, y que el otro, con la inquietud que dan las 15 primaveras repetidas cuatro veces, siempre anda inventando nuevos métodos.

Los veía simples, porque son amigos.

La gente los ve de otra manera. Yo lo seguiré viendo igual, porque entre iguales, siempre es posible compartir algo más que una buena plática.

Y como amigos, podemos seguir compartiendo retazos de vida.

 

 

compañero fiel

compañero fiel Quien sabe cuántos kilómetros lleva recorridos, siempre a la grupa del caballo de acero.
Fiel compañero, no se queja del sol, no se queja del frÍo, ni le hace mala cara al viento.
Ha viajado por mil caminos, conociendo el pasado en el mismo instante que lo dejan atrás, pues como no ve al frente, debe confiar siempre en el buen tino de timón que presume su compañero.
Lo conocí un mediodía de esos en que el sopor del camino pesa en los párpados, y la mirada se pierde en la nada, atrapada por una somnolencia digna de mejores momentos.
Su figura, rechoncha y sonriente lo hacía ver como un moderno Sancho Panza que comparte el rocinante con su dueño. Para otros, es un simple oso de peluche atado a la grupa de una motocicleta. Broma o buen humor del caminante.
Prefiero verlo como un aventurero, fiel compañero de mil caminos y aventuras, siempre en busca de experiencias.

Aburrido

Aburrido

Un día de tantos, perdido en sus pensamientos, Tony encontró una salida sólo para decir: Estoy aburrido.

Si sus palabras lo decían, su semblante lo gritaba. Todo su ser emitía una señal de alarma. El aburrimiento estaba posesionado de ese cuerpo de cincuenta y tantos años, que lejos de su tierra, no sabía qué hacer.

Me sorprende que estés en pleno aburrimiento, habiendo tantas cosas por hacer, le dije.  No hablaba de arreglar la llave que gotea en el baño, ni de la cocina que tiene dos años esperando ser construida, ni de las decenas de libros acumulados que siguen con sus páginas vírgenes esperando a que ojos aviesos recorran sus cuerpos.

Simplemente hacer, dejar pasar las cosas, y disfrutarlas. Será que como veo poca televisión, siempre debo hallar en que gastar mi tiempo…  Leo, platico mucho con mi mujer, tomo café, o de plano voy, me siento en un sillón y medito.

En realidad, es holganza pura, tiro hueva, pero puede decirse que medito en la inmortalidad del cangrejo.

O te sales a caminar. A ver con ojos nuevos las cosas viejas. A disfrutar la risa de los niños a media calle, el amor de los adolescentes en las rellanos de las puertas, la placidez de los viejos en sus mecedoras.

El aburrimiento, en realidad, lo traemos por dentro, no te llega, sino que ahí está.

Mira a los niños, como se entretienen con una piedra, un palo o de plano con sus manos.

Nosotros tenemos más experiencia que ellos, y por tanto, más posibilidades.

Pero cuando el aburrimiento llega, pone una venda en los ojos, y con celos enfermizos no deja que veamos nada más.