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Crónicas de la Nada

Crónicas de Eva y Adán

La belleza de Eva

La belleza de Eva

Mucho tiempo pasaba Eva Pérez embelleciéndose.

Podría pasarse horas en el espejo, no por vanidad, sino buscando la mínima falla en su atuendo, en su persona.

Miraba una y otra vez su rostro. Le disgustaba encontrar cualquier línea presagio de una arruga, y estiraba con los dedos la piel hacia los lados, buscando infructuosamente desaparecerla.

En su cabello ponía una flor, la quitaba y colocaba otra, y así hasta el infinito. Generalmente terminaba poniéndose la primera.

A Eva le gustaba se bella. Que todo fuera perfección en su persona. E inventaba mil adornos con lo que hallaba en Paraíso. Una flor, un hoja de diseño caprichoso. Un bambú delicado.

Natura era pródiga con ella. Le daba mil opciones, y ella las ampliaba con su imaginación, que era más pródiga aún.

Adán no la entendía. Le gustaba su mujer tal como era. Lo demás era innecesario. Es más, pensaba a veces, era más bella entre menos cosas tenía encima.

Para Eva, eso era un sacrilegio. Debía verse bella, aunque no hubiera nadie alrededor más que Adán. Era su naturaleza de mujer.

Adán siempre pensó que todo ese trabajo era para verse bella frente a él.

Eva sabía que todo ese trabajo, era para verse bella, ante ella.

Septiembre 27 de 2009

 

El llanto de Adán

El llanto de Adán

Una de las peores herencias que dejó Adán a sus hijos, fue la maldición de Caín y Abel.
Cuando el primero mató a su hermano, Adán perdió a los dos. Uno bajó a la tierra, a hacerse el polvo que siempre fue. El otro, desterrado, donde nadie supo más de él, y donde cualquiera podía cobrarle la deuda.
Huyó Caín, murió Abel, y Adán sufrió.
Desde entonces, miles de veces la mano de Caín se ha alzado contra la de Abel. Todos somos hijos de Adán, así que cada vez que alguien ataca a su hermano, se convierte en Caín.
Hay quien sufre ambas cosas. El dolor de ver convertido a un hijo en asesino, y el dolor de ver muerto a otro hijo.
Caín ya no huye. Entra a la cárcel. Y ahí, el nuevo Adán va lo visita y sufre con él.
Abel, en cambio, sigue muriendo. El nuevo Adán va y sólo encuentra de él una lápida fría, sucia, abandonada.
Un nombres es el único indicio de lo que un día fue el hombre.
Es la ley de la vida. El brazo de Caín seguirá levantándose contra Abel, una y otra vez.
Y siempre, Adán será el que llore.

Septiembre 13 de 2009

Los amos

Los amos

Desde el principio, Adán Pérez se consideró el rey de la creación.

Nadie escuchó que Dios le haya dado ese puesto, pero él convenció a todos. Era fácil creerlo, pues definitivamente era más inteligente, podía caminar en dos piernas, y hasta asumir las características principales de los demás.

No tenía la fuerza ni las garras del león o el tigre, pero aprendió a fabricar cuchillos afilados como garras. No tenía la fuerza del elefante, pero con cuerdas y palancas pudo mover lo mismo y hasta tumbar árboles.

Supo transformar la tierra, dominarla y obligarla a dar el fruto que él quería, algo que ningún otro animal pudo entonces ni en el futuro.

Adán comprendía el por qué de las cosas. Aprendió a preguntar, a indagar, a sacar conclusiones.

Podía pasarse horas viendo las estrellas, preguntándose si eran bolas de fuego, de gas, o simples globos de colores. Así aprendió que los astros llevan un camino definido, y los hijos de Adán pudieron fijar las mejores fechas de cosechas, primero, y así inventaron el tiempo.

Los hijos de Adán heredaron esa inteligencia, y mientras los demás animales huían a selvas lejanas o a las partes inaccesibles de las montañas o se hundían en el fondo del mar para evitar el dominio de esos descendientes, ellos terminaron por dominar el mundo, inventando máquinas que los hicieron más rápidos que el guepardo, casas más grandes que las montañas, y aparatos que los llevaron mucho más alto a que lo que cualquier águila imaginó alguna vez.

Los animales fueron su instrumento, su comida y su recreo. Adán, a través de sus hijos, Los dominó a todos y olvidó que alguna vez compartieron penas en el paraíso.

 Era sin duda el amo de la creación.

Sólo algo no pudo dominar. A Eva. Ni él ni sus hijos.

Las hijas de Eva no dominaron al mundo, pero dominaron a sus hombres. Y consiguieron lo que quisieran.

Y los hijos de Adán ni cuenta se han dado, y siguen pensando que ellos son los amos.

 

Septiembre 6 de 2009

La huida de Adán

La huida de Adán

Un día, Adán Pérez decidió marcharse.

Se sintió presionado, confundido, con ansias de libertad.

Las cadenas que sentía eran inmensas y no se creía suficientemente preparado para soportarlas.

Al principio todo era bello. Su vida con Eva era de lo mejor, pues se iban conociendo. Cada día descubrían algo entre ellos, y gozaban de su amor como si fuera la primera vez.

Luego llegaron los hijos, y Adán comenzó a comprender aquello de ganarse el pan con el sudor de su frente.

Ojalá sólo fuera la frente. Tenía que sudar duro todo el cuerpo para ir arrancándole a la tierra lo que necesitaba en casa.

No se sentía capaz de soportar semejante peso. Él ansiaba no tener ataduras, volver a ser como al principio, cuando todo el mundo de Eva era sólo él.

Sí quería a sus hijos, pero lo presionaban tanto que sólo quería irse.

Se fue. Se lo dijo a Eva, y ella asintió. Si él no quería estar ahí, ella tampoco quería que estuviera.

Adán Pérez salió sin ver qué derrotero tomar. Sólo caminó y caminó hasta que se cansó. Luego se sentó a meditar, y sobre todo a disfrutar de su soledad y su nueva libertad.

Pero la opresión lo fue invadiendo. Extrañaba a su familia. Ya no era una carga, sino la nostalgia.

Volvió, con la cola entre las patas.

La incomprensión de los sexos

La incomprensión de los sexos

Adán y Eva Pérez tuvieron una larga vida.

Y toda la vida la pasaron intentando entenderse uno al otro. No lo lograron.Igual han pasado su vida miles, millares, millones de hombres y mujeres, todos hijos de ellos.

Cada uno somos hijos de Adán, como somos Hijos de Eva, y hemos heredado sus inquietudes, sus dudas, sus temores, sus zozobras, sus traumas.

Cada quien en lo que se refiere a su sexo.

Ha sido como una guerra de los sexos, donde cada quien busca dominar al otro, pero sin lograrlo. Cada uno elige su propio enemigo, y todos los días enfrenta su propia batalla.

Muchas veces los hijos de Adán creen que están a punto de obtener la victoria, y cada vez, las hijas de Eva los desengañan.

Y cuando por fin vencen, siempre aparece otra que los arrasa. Parece ser el destino del hombre, ser avasallado por la mujer.

Ella tiene más armas. Sabe que el hombre es débil ante la carne, y Dios le dio unos coquetería natural, una sonrisa radiante, un rostro hermoso, un cuerpo grácil, y una mirada que mata el alma de amor.

Sólo ella tiene la fórmula para resucitarla. Por eso domina al hombre.

A cambio, el hombre tiene la fuerza, y la usa para seducirla.

 

Todos los días libran su batalla. y cada tarde, cuando acuerdan tacitamente esconderse en la penumbra de una habitación, ambos se sienten vencedores.

Las Palabras

Las Palabras

Adán Pérez es un hombre de pocas palabras.

Lo es porque cada vez que hablaba tenía que inventarlas. A él le tocó ponerle nombre a todas las cosas.

Cuando fue creado del barro, el mundo era tan nuevo que nada tenía nombre. Adán tuvo que ir poniéndoselo a las cosas, inventando vocablos, combinando sonidos, hasta que formó palabras.

Siempre creyó que él fue el único creador del lenguaje. La verdad es que Dios se las iba poniendo en la punta de la lengua, porque Adán de nada tenía antecedentes.

Así se pasó la vida, poniéndole nombre a las cosas. Hasta que llegaron los constructores de la torre de Babel, que vinieron a ponerle a todo en la torre. Literalmente hablando.

Aún así, Eva Pérez se quejó siempre de que Adán fue hombre de pocas palabras. Habiendo tanto sentimiento entre ellos, pocas veces se lo decía.

En realidad, Adán la amaba. Al principio no, pues sólo era su compañera.

Pero cuando tocó la dulzura de su piel, y probó la miel de sus labios, la amó.

Era tan suave como la piel del durazno, tan tierna como las flores que brotaban en las tardes de primavera.

Pero Adán era hombre de pocas palabras. Simplemente la amaba.

-          Por qué Eva –preguntó una vez al Señor- nunca esta contenta. Siempre quiere escuchar que la amo.

-          Así son –le dijo Él- para las mujeres, el amor nunca es suficiente.

Los consejos de Eva

Los consejos de Eva

Eva Pérez tuvo hijos e hijas, pero un día se hizo vieja, y tuvo nietos y nietas.

El mundo cambió pero no la cambió a ella. Las costumbres evolucionaron y desaparecieron, sin que ella alcanzara a entenderlas.

Cuando apenas veía y sus piernas nada conservaban de la agilidad y la dulzura que tanto seducieron a Adán, las nietas acudían con ella para reir con sus ocurrencias.

Ella les contaba lo que había aprendido, lo que había vivido y luego siempre sacaba una frase chistosa. Ella las inventaba, en su simpleza.

Porque Eva Pérez fue una mujer simple, dedicada a su marido, a su familia, y su mundo fue pequeño. No necesitaba más.Ni siquiera tuvo oportunidad de elegir marido. Eran sólo ellos, y como pudieron congeniaron.

Por eso cuando veía a las nietas y a las bisnietas, y a las tataranietas, y a las choznas que andaban riendo a escondidas por todo, sabía que Cupido andaba haciéndoles cosquillas en las mejillas y metiendo mariposas en el estómago.

Discutían las niñas y sonreía la abuela.

-          Verdad, abuelita Eva, que uno debe mirar bien al hombre con el que se va a casar.

.-          - Sí, hijita, cuando lo buscas, abre bien los ojos.

Suspiró Eva, y terminó su frase.

-          Pero cuando lo enceuntres, ciérralos poquito.

EL Paraíso

EL Paraíso

A veces, Adán se olvida de Dios.

Trabaja tanto y se siente tan autosuficiente, que no recuerda que polvo era y al polvo ha de volver.

Es entonces cuando Eva aparece y se lo recuerda. No se lo dice, ya veces ni siquiera es su intención, pero ella logra compenetrarse mejor con el Espíritu Divino.

A veces, Adán siente un poco de envidia, porque mientras él batalla tanto para encontrar a Dios cuando se pierde en sus actividades, Eva lo tiene siempre consigo.

Pero el Señor es bueno, y le perdona a Adán sus olvidos. Lo deja andar por todos lados, pero como Padre amoroso, lo cuida, le hace rendir su trabajo, y hasta le da el mando sobre todas las especies de la tierra.

Él cree que también manda sobre Eva, pero ni ella ni Dios le quieren decir que no es así. Ella tiene la ventaja de que entiende mejor a Dios, y Dios es el único que puede entenderla.

Toda acción de Eva es oración, aunque lo haga en silencio, lo cual, hay que decirlo, es muy difícil. Si una virtud tiene, es que la palabra le pertenece y seguramente fue ella la que inventó todas las palabras.

Adán es de acciones, y a veces de pocas palabras.

Por eso se olvida de dónde vino.

Entonces es cuando Dios le manda a Eva. Y ella, con una simple sonrisa, le hace recordar a Adán que Dios existe.

Y en las noches, le hace recobrar el paraíso.

Perros y gatos

Perros y gatos

Los únicos animales que decidieron seguir a Eva y Adán en el exilio fueron el perro y el gato.

Por eso todavía en nuestros tiempos, son los que siempre tienen un lugar en cada hogar.

Hay quien tiene animales exóticos, como iguanas, tortugas, pericos, aves. Pero tienen que tenerlos en jaulas, porque si les dan oportunidad, se van.

El perro y el gato no. Ellos andan sueltos, casi libres, porque el cordel que los ata al hombre y a la mujer es distinto: Son hermanos de personalidad.

Cuando Adán  veía al perro y al gato dormir en casa, como miembros de la familia, se preguntaba el por qué

-Porque son como el hombre y la mujer. Se parecen- le dijo un día Serpiente, otro exiliado a fuerza.

Adán no entendía en qué podía parecerse al perro o al gato. Ellos andan en cuatro patas, él en dos piernas. Él tiene entendimiento, los perros y gatos también, limitado, y más parece instinto o aprendizaje, que razonamiento.

Tampoco hablan. No hay parecido, concluyó Adán.

Serpiente, que siempre ve el alma, por eso ha sobrevivido, le explicó.

Los perros son fieles a una causa, defensores de la propiedad, por naturaleza. Se adaptan a lo que sea, comen lo que pueden o les dejan, saben ser bravos cuando se requiere, aunque sólo asustan la mayoría de las veces.

Los gatos son caprichosos, les gusta ser libres, pero tener siempre a donde llegar. Son enigmáticos, soñadores y perezosos. Nada les gusta, y se creen dueños de todo.

-          La única diferencia es que el perro salió sabiendo que lo necesitas, y porque siente que es tu amigo, y los amigos van a todas.

-          ¿El gato?

-          - No –respondió Serpiente con una sonrisa tan enigmática como la del gato- él los siguió para cuidar sus propiedades.

Será por eso que desde entonces, hombre y mujer viven como perros y gatos.

 

Adán el rey

Adán el rey

Mucho tiempo extrañó Adán las comodidades del Paraíso.

Allá no tenía que trabajar, le bastaba estirar la mano para hallar alimento, no gastaba en ropa, se levantaba a la hora que quería, se acostaba cuando le daba sueño, así fueran las diez de la mañana. Era feliz.

Acá, en cambio, sólo el nombre tenía de Paraíso, y porque él insistió en llamarlo así. Todo era problema, todo representaba un esfuerzo, todo era complicado. Y no conoció el burocratismo del gobierno, porque todavía no se inventaba.

A veces se fastidiaba e intentaba huir. Ese era su castigo, que ahora vivía en una prisión, donde la tortura eran las responsabilidades y la carga de trabajo. O hacía las cosas o no comía.

Y Eva, que a veces tenía una duplicidad o multifacetas en su carácter. Como podía estar feliz, podía estar molesta y Adán ni se enteraba por qué.

Un día, decidió huir, y se lo platicó a Serpiente, exiliado igual que él.

-          ¿A dónde vas a ir?

-          No lo sé- Adán era sincero, no sabía, sólo quería huir.

-          No hay a donde. Y aunque lo halles, será igual.

Serpiente era sabio. En su juventud fue astuto, pero en su madurez logró ser sabio, y hay quien dice que supo más de viejo, por viejo, que por lo diablo que había sido.

Adán era más inocente en ese tiempo, tardó mucho en ser sabio y lo fue porque vivió muchos años. Casi mil.

En fin, que esa vez, se quedó pensando. Cierto, no tenía a donde ir, pero ya lo había anunciado. Cómo echarse para atrás.

Serpiente vio la duda en sus ojos. Y comprendió. El orgullo lo empujaba.

Pero Adán era su amigo, y encontró la solución.

-          Recuerda, Adán, que para el hombre, su hogar es su castillo, como sea. Y que quienes viven en él necesitan que los defienda.

Adán no tenía ni idea de que era un castillo, pero le gustó el concepto,  y se quedó.

Ahí era rey, y eso bastaba.

La diferencia

La historia cuenta sólo de unos cuantos hijos de Adán y Eva.

Será que los demás no anduviron metidos en escándalos, y por eso nadie registró lo que hicioron.

Pero tuvieron muchos. Tantos como estrellas en el cielo, porque luego de ellos, todos son hijos de Adán y de Eva.Hijos e hijas, cuentan las crónicas.

Primero fueron varones, quien sabe si por suerte, o porque estaban destinados a andar en problemas.

Luego vinieron las mujeres. Ellas, o no se portaron mal, o supieron ser discretas. Esto último es más seguro.

Cuando ya andaban varias de ellas corriendo junto a sus hermanos, uno de éstos llegó hasta Adán, que ya por ese tiempo tenía una larga barba blanca, como un pergamino donde la vida había escrito muchas experiencias.

Aún estaba fuerte, por eso tenía hijos pequeños, pero el color de su pelo había desaparecido, y las arrugas adornaban su frente, sus mejillas y las comisuras de sus labios.

El niño se acercó, discreto, hacia su padre.

- Vengo del río, donde nos bañamos- dijo con voz queda.

Adán nada dijo, y permitió que el niño continuara cuando considerara conveniente.

-Nos bañamos todos sin ropa -susurró, seguro de que ese padre que ya parecía su abuelo, sería complice total.

Adán esperó con paciencia y sabiduría. Al niño no hay que forzarlo, porque termina uno como adulto entendiendo cosas que él pequeño ni quiere decir, ni piensa siquiera.

- Y vi que no somos iguales. ellas no tienen lo mismo.

Ahora si, Adán suspiró profundo.- Hijo, y ni te imaginas que tan diferentes somos...

La Manzana de Eva

La Manzana de Eva

Fueron expulsados Eva y Adán del Paraíso, y desde entonces tuvieron que vivir como cualquier hijo de vecino.

Hasta entonces habían vivido como diputado, como burócrata, como hijos de rico. Sin trabajar, sin preocuparse por lo que habrían de comer o vestir al dia siguiente. Su vida era despreocupación total.

Perdieron sus privilegios y hubo que trabajar. Adán sacando el alimento de la tierra, abonandolo con su sudor y esfuerzo.

A Eva le fue peor, porque se quedó con el trabajo de la casa. Y nada más para empezar, porque luego llegaron los hijos, las hijas, y el trabajo aumentó.

Aún aí le fue bien. Las hijas de Eva heredaron ese trabajo, y algunas hasta tuvieron que mantener a los hijos de Adán.

Todo eso no lo sabian Adan y Eva Pérez cuando fueron expulsados del primer paraiso.

Caminaron sin rumbo, al fin que nada conocían, y fueron descubriendo nuevos mundos. Todos cercanos, pero nuevos al fin.

Adán caminaba pensativo, tratando de descifrar el misterio de lo que había pasado, descubrir qué había enojado tanto al Señor como para que los corriera de casa.

Habían desobedecido, comido el fruto del Árbol del Bien y del Mal, pero no era nada extraordinario. Un fruto comun y corriente.

Eva, en cambio, no dejaba de llorar, en silencio, pero con unos suspiros quedos,  que llegaban muy lejos.

Tan lejos que hasta el Señor se conmovía al escucharlos, y se llenaba de compasión, pero no podía trastocar el orden de las cosa que Él mismo habia diseñado.

Juntos, solos como nunca, Adán y Eva se sentaron en un tronco caído que habia al lado de un sendero. Estaba tan bien colocado, que no dudaron que la mano de Alguien lo había colocado expresamente ahi.

- Puros chismes -dijo al fin Eva.

Adàn se sorprendio.

- Sí, nos expulsaron por puros chismes de la Serpiente.

Ignoraba Eva que la Serpiente también era ya una exiliada, que se arrastraba por la tierra.

- ¿Cuáles chismes, Eva?- inquirió Adán, que sabia que sí habían desobedecido.

Eva abrió sus ojos, embellecidos por las lágrimas, y miró a Adán desde la sombre de sus pestañas.

- Los chismes de que comimos del Árbol.

- Pero... Sí comimos- dijo Adán.

- Ah, sí, Adán... Pero no era manzana....

Perversidad

Perversidad

De cuando en cuando, Adán y Eva se sientan en alguna nube a ver a sus hijos.

Los hombres son hijos de Adán y las mujeres son hijas de Eva, y unos y otros han heredado sus manias, aunque a veces las perfeccionan.

Les gusta verlos en sus disgustos y en sus reconciliaciones. En su lucha diaria -y casi siempre estéril- por entenderse. En sus cortejos, y hasta en sus infidelidades.

Es toda una gama de sentimientos y pasiones, que divierten a los dos abuelos de la humanidad.

En este paraiso donde ahora viven, Adán y Eva han vuelto a ser jóvenes. Eva recuperó la lozanía de su piel, el brillo de su pelo, la sinuosidad de sus formas femeninas.

Adán volvió a sentir la fuerza en sus venas, el ímpetu de su ansia de aprender, y la audacia de arriesgar.

Pero además son sabios. El tiempo les permite esa pequeña arrogancia.

Una tarde, mientras gozaban de un sol cálido y agradable, Adán lanzó el comentario:

- La verdad, ustedes las mujeres, cuando quieren, pueden ser muy perversas.

Eva, hizo un mohin de contrariedad, pero pronto tuvo la respuesta:

- Sí, pero ustedes los hombres, lo son siempre, y sin querer.

La juerga de Adán

La juerga de Adán

La noche había dejado de ser doncella.

En un rincón del Paraíso, Adán seguía jugando y platicando con sus amigos.

Se notaba: no le preocupaba el mundo ni lo que le dijeran al llegar a casa. Disfrutaba como si fuera soltero.

Los otros contertulios miraban constantemente a la Osa Polar, la que camina en el cielo. Esa les decía la hora, y les preocupaba que Venus iba bajando poco a poco rumbo al horizonte del poniente, desvistiéndose sin rubor de su brillo, para ir a dormir.

Menudo problema les esperaba a todos en casa, cuando llegarán y su hembra los recibiera con los colmillos descubiertos y las garras preparadas para un zarpazo.

Sólo Adán seguía como si sintiera ser el amo de la creación.

Al fin comenzó a desgranarse al mazorca. Elefante argumentó tener trabajo muy temprano al día siguiente. León dijo algo de irse con él para cuidarlo, por si acaso, y el Conejo aprovechó para irse de “aventón” con los grandes.

Uno a uno se fueron retirando, hasta que quedó, como siempre, Serpiente y Adán.

-         No te preocupa que Eva te haga pleito por llegar tarde.

-         Que si me preocupa… ¡me aterra!- respondió Adán.

Eva y las hijas de Eva siempre se ponen furiosas si su hombre no llega a la hora acostumbrada. Quién sabe que se imaginarán, pero reaccionan como si ellos anduvieran en malos pasos.

Si supieran que todo lo que ellos buscan es alejarse un poco de ellas, para sufrir un poco su ausencia y disfrutar mejor su presencia. Pero no se les puede decir, porque se enojan.

-         Mira, -siguió Adán- todo es estrategia.

Serpiente, que en eso de la astucia se las sabe todas –o cree que se las sabe todas- se quedó inmóvil como una estatua. Pensaba y no adivinaba la estrategia de Adán.

-         Cuando no llegó temprano, Eva se pone inquieta primero. Mira a la ventana para ver si aparezco, pero cuando pasa más tiempo, comienza a molestarse.

Ese momento, continuó Adán, es un poco riesgoso, porque implica ver una mala cara toda la noche.

No se compara, de todas maneras, con lo que viene después. Los minutos siguen transcurriendo, y si no se asoma, Eva va subiendo de furor. Le molesta que no le avise, que ande en otros lados donde ella no está, que disfrute sólo de la vida, que la existencia de él no gire en torno a ella. Quién sabe, porque nadie puede meterse en el pensamiento de la mujer.

- Después de varias horas, está tan furiosa, que llegar a casa es mortal. Prefiero meterme en un avispero, o con todo respeto, en un pozo lleno de serpientes venenosas.

Desconcertado por completo, Serpiente no pudo refutar eso.

-         Pero cuando la noche transcurre y no llego, empieza a pensar que algo me pasó. Entonces se preocupa porque quizá estoy tirado por ahí, aplastado por una piedra enorme, o me arrastró el agua de un río, o un árbol me partió la cabeza.

-         Ah, ya entiendo .- razonó Serpiente- entonces te esperas a que se preocupe para que no te haga pleito.

-         Exacto –exclamó Adán- y preparo mi cara más triste y a veces, hasta premio alcanzo.

Ni duda cabe, pensó Serpiente para sí, para tratar a Eva, hay que ser más astuto que una serpiente. Aunque jamás logrará ser más astuto que una mujer.

Al final, razonó, ella siempre gana, aunque no nos demos cuenta.

 

 

El regalo de Adán

El regalo de Adán

Por Francisco Zúñiga Esquivel

 

Adán Pérez tiene tantas cosas que hacer, que no le queda espacio en la memoria para recordar las fechas célebres.

A veces olvida hasta su cumpleaños.

En cambio, Eva, por más cosas que haga recuerda todo. Sobre todo lo relacionado con su relación con Adán: Cuando fueron creados, el minuto exacto en que lo vió por vez primera, la primera tarde que pasaron juntos, la primer puesta de sol, el primer beso, el primer hijo.

Adán a duras penas recuerda que desayunó por la mañana. No se le da eso de los archivos históricos, pero aprendió a ser práctico.

Por eso siempre trae en el bolsillo algo para regalarle a Eva. Cuando ella lo recibe con un brillo especial en la mirada, él sabe que celebra algo. Eva espera que Adán lo recuerde, y que lo haya recordado con tiempo suficiente para tenerle un regalo.

A ella le encantan los regalos, por eso se inventa cada celebración que espantaría a cualquier bolsillo decente.

Y aunque diga que lo importante es el cariño, Eva piensa que el cariño puede demostrarse con un regalito.

Nada complicado, porque en realidad, lo que significa ese regalo, es que Adán la recordó. Son simples señales.

Por eso Adán aprendió a tener en bolsillo siempre algo: Una fruta, una  flor, una nuez con forma caprichosa. Cualquier cosa, para sacársela, literalmente, del bolsillo, cuando Eva recuerda el aniversario de no se qué.

Y sencillos que son los hombres, Adán sólo espera un mismo regalo.

A ella.

El jabón

El jabón

Observaba Adán a Eva y a las hijas de Eva.

Eran tiernas, delicadas, frágiles cuando querían serlo. Pero a veces mostraban una fortaleza que ni él se sentía capaz de tener.

Eran muy distintas a él y sus hijos. Los muchachos eran toscos, agresivos a ultranza, arriesgados por deporte.

Vivían con raspones en rodillas y codos y más de uno llevaba en la frente la marca que dejan las caídas de los árboles, o el rodar por las pendientes de las montañas.

Además, las hijas de Eva eran cariñosas y solícitas con él. Al llegar a casa, siempre lo recibían con mimos y caricias. Le gustaba como lo rodeaban y lo hacían sentir el mejor de los papás.

Que no era muy difícil en ese entonces.

Siempre estaban pendientes de lo que necesitará, de que su café estuviera caliente, de que la comida no estuviera salada, de que hallará limpio su rincón, que estuviera contento.

Tan bien lo trabajan sus hijas, que a veces sentía que Eva tenía celos.

Los muchachos, en cambio, eran distintos. Apenas un hola pasajero, y era bastante.

-          Muy distintos unos a otros – le comentó un día al Señor- no sé como pueden estar destinados hombres y mujeres a vivir juntos, y a atarse uno a otro por su misma voluntad.

Pensaba Adán también en lo voluble del carácter de sus hijas, y en lo enigmático de su pensamiento.

-          Vivirán bien – le dijo el señor-, y se buscarán siempre.

-          Pero son como el agua y el aceite,  y esos nunca se mezclan.

-          Adán –le respondió con paciencia el Señor- si le pones jabón, el  agua y el aceite sí se combinan.

Entonces entendió Adán que ese jabón es el amor. Y que por eso es tan resabaladizo y a veces tan frágil como una pompa de jabón.

 

Mayo 17 de 2009

Madre

Madre

Por Francisco Zúñiga Esquivel

Al principio, Eva Pérez no entendía qué pasaba con su cuerpo. Era feliz con Adán, y le encantaba esa comunión estrecha de sus cuerpos, cuando por las noches, él se acurrucaba junto a ella.

Era hermoso sentir como se fundían en un solo cuerpo, y no alcanzaba a comprender el por qué después se sentía más compenetrada que nunca con él.

Menos entendía el por qué de pronto su hambre se despertó como un torrente incontenible. Adán tampoco comprendía como en un cuerpo tan frágil, tan delgado, podía caber tanto como Eva comía.

Así pasaron los meses. Eva fue cultivando un abdomen inflado, enorme, que curiosamente la hacía ver más hermosa.

Por las noches, cuando descansaba, sentía como si una nueva vida bullera dentro de su vientre. Algo pasaba, y Eva no lo comprendía.

Al fin, pasadas nueve lunas, Eva sintió los primeros dolores de su vida. Era como si una espada la partiera en dos. El aire le faltaba, y un sudor brotaba de cada poro.

Fueron momentos trágicos para ella y Adán. Él pensó que Eva moriría en cualquier momento, y su semblante se entristeció.

Qué equivocados estaban. Eva no murió, sino que dio a luz un pequeño ser, tan igual a ellos, pero con todo en miniatura.

Sus manos, sus pies, su nariz, sus ojos. Eva contemplaba como Adán, extasiado, podía contener en sus manos al nuevo ser.

Era tan vulnerable. Al abrazarlo por vez primera, Eva se infundió de una paz interior como nunca había sentido. Ese pequño que había crecido en su vientre, era suyo, era la fusión final de Eva y Adán.

Cuando todo pasó, el Señor fue a verla. La encontró amamantando al bebé.

Al verlo, Eva le dijo:

-          Ahora, Señor, me siento más cercana a ti. Ahora entiendo lo que es amar sin esperar nada  a cambio. Lo que es el dolor por el sufrimiento mínimo de otros. El poder de proteger a alguien más allá de mis fuerzas. EL haber contribuido a crear un nuevo ser. Con todo respeto, me siento como tú.

El Señor sonrió. Siempre lo hacía ante las simpleza de sus creaturas. Simpleza que se basaba en la lógica más aplastante: la de la inocencia.

-          Ahora eres un poquito como yo. En un grado que Adán jamás podrá alcanzar.

-          ¿Por qué, Señor?

-          - Porque eres madre.

 

Mayo 10 de 2009

-           

Ella y él

Ella y él

Ella y él

Por Francisco Zúñiga Esquivel

Para Eva Pérez, su mundo completo cabe en una cama, en una silla, es un cuarto.

Su mundo entero es Adán, y lo demás no importa. Puede faltarle todo, pero mientras lo tenga, es feliz.

A ella no le interesa ni tener amigas, ni conocer otros lugares, ni saber porque las gallinas ponen huevos y no asteroides. Todo gira en torno a Adán, aunque a veces se enoje con él, y él sienta que sólo el odio los une.

Para Eva el amor tiene mil caras. Y todas son caprichosas, veleidosas. Cambia en un instante,  y olvida el momento anterior.

Eva quiere que Adán esté en todo. Que le fabrique una mesa diferente a todas, que le revise las cortinas, que le traiga ese fruto tan dulce que a ella le gusta.

Así es su vida. Así quiere que sea.

Adán no. A él le gustaría recorrer los caminos sin prisas de tener que llegar a casa antes de la cena. Le encantaría perderse dos o tres días siguiendo el riachuelo donde viven los peces que le gustan a Eva.

Quisiera pasar la noche fuera, viendo las estrellas, en total soledad.

Le gusta pasar la tarde con amigos, emprender torres de Babel y andar libre.

No lo hace, porque sabe que eso a Eva le enoja. Entonces, él se controla y regresa a casa, y hasta finge que le gusta, por responsabilidad.

Si ve un fruto dulce y se acuerda, se lo lleva, pero no siempre es su prioridad. Pero finge que se acordó, para tenerla contenta.

Para él lo rojo es rojo, y lo verde es verde. Así de simple.

Siempre, Eva le pregunta si la quiere. Y a veces, qué haría por ella.

El dice sí a lo primero, y luego calla, como si pensara.

Y piensa. No en lo que haría por amor a ella, sino en lo que no hace, por ese mismo amor.

Mayo 3

Eva Bonita

Eva Bonita

Aún en su vejez, Eva Pérez acostumbraba aciclarse todas las tardes.

Primero, se daba un baño gratificante, si había tiempo, o un regaderazo rápido no lo tenía, aunque después de cierta edad, aprendió que siempre hay tiempo para todo. Y aprendió también a encontrarlo, si es que no lo había.

Salía envuelta en un aura de vapor, porque siempre le gustó el agua caliente, más incluso que los panecillos de media tarde.

Se peinaba con un cepillo especial, que le lustraba los cabellos, según platicaba mientras lo pasaba una y otra vez por la cabellera que nunca perdió su color castaño, gracias al tinte que descubrió.

Luego, se maquillaba muy discretamente, sólo para realzar un poco los ojos, que nunca fueron suficientemente bellos como para dejarlos sin su cuidado.

Un poco de rubor en las mejillas, y algo de perfume tras las orejas, porque ahí es donde más se penetra y se guardan los aromas, no en la nariz, como creían las nietas.

Buscaba un vestido bonito, que le realzara la figura, porque es cosa de entender que la mujer, es toda, no sólo pedacitos, así que luego de cuidar cada pieza de su cuerpo, lo enfundaba en una ropa que le favoreciera.

Acicalada totalmente, se sentaba a mirar la ventana, como por casualidad, hasta que llegaba Adán, siempre distraído.

- Nunca te dice que te ves bonita -le dijeron un día sus nietas, que ya eran bastantes- es un descuidado ese abuelo.

- No lo dice -respondió la Eva anciana- pero vuelve todas las tardes. No lo dice, pero lo siente.

Y guiñando un ojo a la más pequeña de las nietas, coronó su frase:

- Y eso me basta.

 

La dulce Eva

La dulce Eva

Un día el Señor encontró a Adán en lo más profundo del bosque, sólo.

Sentado en una piedra, miraba a unas hormigas en su trabajo. Estaba totalmente absorto, al grado que no escuchó al Señor cuando se le acercó.

Era común que Adán Pérez se perdiera de repente. Como si se escondiera, desaparecía por horas, y luego salía de los lugares más inesperados. Eva siempre lo buscaba sin respuesta, y cuando se convencía de que no lo hallaría, optaba por irse a desaburrirse en otras cosas.

El Señor se detuvo atrás de Adán, pero éste seguía pendiente sólo de las hormigas.

-          Hola, Adán, ¿qué haces tan solo?

Este tardó en responder, y cuando lo hizo, un torrente de palabras fue saliendo sin control. Contó que estaba tratando de hallar un espacio para si mismo, porque a veces sentía que Eva lo ahogaba

No es que no la quisiera o no pasara buenos momentos con ella, pero como que a veces sentía la necesidad de estar solo, libre en sus pensamientos, y sin tener que escuchar la perorata que no dejaba de salir de los labios de su mujer.

-          Bueno, pero Eva es una creatura hermosa, complaciente contigo, inteligente, llena de virtudes.

-          No lo niego, y lo disfruto.

-          Te ama, y es un ser sumamente dulce contigo.

Adán volteó a verlo, sonrió evocando esos dulces momentos.

-          Sí señor, pero acuérdate que hasta la miel más sabrosa termina por empalagarte.  Y a veces, viene con abejas.