Perversidad

De cuando en cuando, Adán y Eva se sientan en alguna nube a ver a sus hijos.
Los hombres son hijos de Adán y las mujeres son hijas de Eva, y unos y otros han heredado sus manias, aunque a veces las perfeccionan.
Les gusta verlos en sus disgustos y en sus reconciliaciones. En su lucha diaria -y casi siempre estéril- por entenderse. En sus cortejos, y hasta en sus infidelidades.
Es toda una gama de sentimientos y pasiones, que divierten a los dos abuelos de la humanidad.
En este paraiso donde ahora viven, Adán y Eva han vuelto a ser jóvenes. Eva recuperó la lozanía de su piel, el brillo de su pelo, la sinuosidad de sus formas femeninas.
Adán volvió a sentir la fuerza en sus venas, el ímpetu de su ansia de aprender, y la audacia de arriesgar.
Pero además son sabios. El tiempo les permite esa pequeña arrogancia.
Una tarde, mientras gozaban de un sol cálido y agradable, Adán lanzó el comentario:
- La verdad, ustedes las mujeres, cuando quieren, pueden ser muy perversas.
Eva, hizo un mohin de contrariedad, pero pronto tuvo la respuesta:
- Sí, pero ustedes los hombres, lo son siempre, y sin querer.
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