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Crónicas de la Nada

Crónicas de Eva y Adán

Triunfador

Triunfador

No siempre se gana.

Eso iba pensando Adán Pérez, tras un largo día donde los fracasos menudearon en todo lo que intentó.

Triste, sin ánimos, se encaminó a casa, dispuesto a enfrentar lo que viniera.

A veces es tan difícil llegar a casa, porque el humor de Eva es más variable que la temperatura de Monterrey. Y es mucho decir, porque en esa ciudad amanecen a cinco grados y a las diez de la mañana ya los termómetros registran 35. 

Adán no sabía que le esperaba cuando entró a casa.

Eva Pérez estaba en la cocina, preparando la cena. Apenas lo vió entrar, sintió el pesado fardo de fracasos que llevaba encima su hombre.

No dijo palabra. Se acercó a Adán y lo recibió con un suave beso en los labios, le quitó su mal día de encima, le despeinó el pelo, y se le quedó mirando a los  ojos.

Rubricó todo con la sonrisa más luminosa que encontró en su repertorio.

Y como por arte de magia, Adán se sintió un triunfador. 

La nueva edad de Eva

La nueva edad de Eva

La vida de Adán Pérez tiene mil interrogantes.

Hay tanto que aprender, en qué pensar, que a veces se queda por horas cavilando sobre una duda.

Así lo encontró el Elefante.

Vale mencionar que el Paraíso es como la selva de Tarzán. Hay todo tipo de animales, todos hablan el mismo idioma, y pacen juntos el León con el Cordero.

Pero cuando las tripas le empiezan a gruñir al León, Cordero siempre recuerda que tiene que lavarse el pelo, y se va a su casa.

Elefante no tiene ese problema. Ni el del León ni el del Cordero.

Y es buen amigo de Adán. A veces hasta se toman una cerveza juntos o un buen vaso de vino en el Noe´s Bar.

Sólo una, porque con dos Adán comienza a verlo de color rosa.

Esa tarde, Elefante platicaba con Adán. O mejor dicho, éste hablaba y Elefante escuchaba.

- Cuando conocí a Eva, teníamos la misma edad, pues yo abrí los ojos por la mañana y ella por la tarde. Me dormí una siesta, y al despertar ya estaba ahí.

- Es una historia que todos sabemos - respondió Elefante, que como todos saben, tiene una memoria prodigiosa.

- Sí -replicó Adán Pérez- pero el tiempo no es equitativo, y no nos trata igual a todos.

Elefante meditó unos segundos, mientras pensaba en su calva infantil. Ciertamente, el tiempo es más benévolo con unos. Y malvado con otros, pensó, recordando al Buitre.

- Me acabo de dar cuenta -prosiguió Adán- que aunque nacimos juntos, ahora yo soy mayor que ella como diez años. No entiendo.

- Debe ser - razonó Elefante- que las mujeres son malas para las matemáticas.

 

 

 

Guerra de sexos

Guerra de sexos

Porque luego viene la Serpiente y le dice cada cosa sobre lo que El Señor dice, que nada más lo confunde.

Por eso Adán busca esas caminatas.

En una de ellas, Adán le confesó que a veces siente como si él y Eva fueran de planetas distintos.

- Es el género - le explicó el Señor- las mujeres piensan, sienten, aman, viven, duermen, diferente de los hombres.

- Entonces, Señor, ¿es que toda la vida será como una gran batalla entre hombres y mujeres para entender al otro?

Dios lo pensó profundamente, sonrió, y respondió.

-No es una batalla, es una guerra.

Nada más de pensar lo que hombres y mujeres harían en el futuro por entenderse, hizo que el Señor soltara una tremenda carcajada.

Adán sonrió, comenzaba a entender.

- Lo de vivir así, lo entiendo. Es la guerra de los sexos. Lo que no comprendo es qué necesidad hay de tomar prisioneros.

Marzo 1 de 2009

Lilith

Lilith

Antes de Eva, hubo otra mujer: Lilith.

Hay mil historias sobre ella, pero todas coinciden en algo.

Lilith fue creada por Dios al mismo tiempo que Adán, y del mismo barro. Hay quienes dicen que el barro estaba sucio. Quién sabe.

Ella se sentía igual que Adán, con los mismos derechos y albedrío, y Dios así lo permitió.

Lilith era hermosa, con una personalidad cautivante. Inteligente, agradable, preparada, sensual. La mejor obra de Dios.

Adán la deseaba. La amaba. Estaba subyugado con ella. Era como una diosa de carne para él.

Sus noches de pasión hicieron historia en el paraíso.

Los problemas empezaron porque Lilith no aceptó que Adán estuviera sobre ella cuando hacían el amor. Si eran iguales, porque él tenía que estar por arriba.

Lilit se sentía ofendida por la postura acostada que él le exigía. «¿Por qué he de acostarme debajo de ti? —preguntaba—: yo también fui hecha con polvo, y por lo tanto soy tu igual».

Hay que ver que Adán no era muy imaginativo para el sexo. Ni era tierno, pues sólo quería su satisfacción. No pensaba en ella.

Sí la amaba, pero no razonaba.

Lilith no lo aceptó más en sus noches. Adán lloró, le suplicó, pero Pero Lilith no se conmovió. Ella exigía sus derechos, y él no lo aceptaba.

 Cuando él quiso obligarla, Lilith pronunció el nombre mágico de Dios, se elevó por los aires y se fue para siempre de la vida de Adán.

Cuentan las leyendas que Lilith encontró otros seres, demonios o vayan ustedes a saber qué, con los que convivió, y donde encontró el placer del sexo total.

Luego se dedicó a seducir jóvenes y robar niños, pero seguramente todo eso es sólo parte de una mala reputación que le fueron creando. Así pasa cuando una mujer se vuelve independiente en todos los órdenes de la vida.

Conmovido por el dolor de Adán, Dios lo durmió, le borró la memoria, le sacó una costilla y creó a Eva, igual de hermosa, más complaciente, y con un aspecto virginal.

Adán fue feliz con ella, pero de pronto siente una nostalgia inexplicable. Es que su mente la intuye aunque no lo recuerda.

Eva lo adivina, y estalla en celos sin explicación. También la intuye, aunque no lo sepa.

Es el castigo de Adán.

 

Febrero 22 de 2009

El pensamiento

El pensamiento

Adán Pérez salía a todas horas de su casa.

Sentía el placer de aventurarse en la novedad que representaba cada cosa de su mundo. Le atraía aprender, descubrir, inventar. Era una constante renovación de su conocimiento.

Por eso salía. A ver.

Eva lo miraba salir, y aunque no le gustaba del todo que la dejara tanto tiempo sola, nada decía.

Disfrutaba su regreso y el reencuentro.

Un día, la Serpiente llegó a su casa. No dijo mucho, pero sí lo suficiente: -Te has dado cuenta Eva, que Adán sale demasiado. ¿No será que habrá descubierto que hay otras mujeres?

Eva se encendió, pero intentó no demostrarlo. Calló y sonrió.

Cuando Adán regresó, la dulce Eva se había convertido en un monstruo de celos. Le recriminó a Adán sus largas ausencias, inventó mil historias donde él seguramente había descubierto una tribu de mujeres y se revolcaba con ellas.

Adán le explicó que no había porque sentir celos, que él nunca sería infiel. Que sólo era pasear y conocer. Estudiar su nuevo mundo.

Eva, mujer al fin, no quiso perder.

-          Bueno, a lo mejor no andas con otras, pero al menos me eres infiel con el pensamiento.

Adán sólo sonrió. No había en Paraíso otra mujer en quién pensar. Había ganado.

Pero de alguna manera, Eva, había adivinado.

 

Febrero 15 de 2009

Olor a rosas

Olor a rosas

Por Francisco Zúñiga Esquivel

Adán y Eva Pérez tuvieron muchos hijos, pero no todos se hicieron famosos. Hijos e hijas, que crecieron, se multiplicaron e hicieron las delicias de los dos, con infinidad de nietos.

Cada vez que se reunían en su casa, parecía fiesta.

Para Adán fue emocionante cuando nació su primera hija. Era hermosa, graciosa, candorosa, amorosa y un montón de epítetos más que fue endilgándole conforme se le ocurrían.

Le gustaba mirarla fijamente. Se perdía en el universo de sus ojos, le tocaba esas manitas delicadas y los piececillos tan bien formados a pesar de que eran una miniatura.

La pequeña cabía en sus manos. Ella lo veía y sonreía de manera especial. No como a los demás, sino con un lenguaje único entre padre e hija.

No había cualidades suficientes para la niña, decía Adán a Eva.

-Mira, si hasta cuando hace “popo”, ha de oler a rosas.

Eva sonreía, sorprendido de la alegría de Adán, que no habían despertado igual sus hijos varones.

Adán, feliz, con su hija perfecta. Bueno, casi, porque una tarde, le dice Eva:

-          La niña se popeó.

-          ¿Y?

Eva, traviesa, le responde:

-          Para que disfrutes tu olor a rosas.

Los zapatos

Los zapatos

En el principio, Eva y Adán Pérez andaban desnudos por Paraíso.

Era algo que a Adán no le disgustaba. Al contrario, era agradable sentir los rayos del sol en la piel, la brisa de las tardes acariciando su cuerpo.

Pero no se comparaba al placer de ver a Eva recorriendo el edén sin más ropa que su pelo largo sobre la espalda.

Era la vida que Adán le hubiera gustado elegir, si hubiera tenido la oportunidad de elegir.

El único detalle que le veía es que a veces las piedras se hendían en sus pies. Pero su inventiva salió a flote y creó los zapatos.

Fue difícil, sin herramienta ni material, pero hizo unos muy bonitos, diseño único, de madera y lianas.

Orgulloso de los mostró a Eva, y a ella le encantaron. Eran cómodos, prácticos y combinables con un chal de hojas de plátano que le gustaba usar por las tardes, cuando la brisa fresca le erizaba la piel.

Feliz, Adán se puso a pensar en más inventos.

Al otro día, Eva Pérez le dijo, compungida:

- Adán, no tengo zapatos.

¿Cómo?, pensó Adán, si los había hecho muy resistentes. Los de él estaban nuevos, sin raspones siquiera, y eso que era más descuidado que Eva.

- ¿Se rompieron, querida?

- Oh, no, están perfectos… pero ya no me combinan con mi nuevo traje.

Los nietos de Eva

Los nietos de Eva

 

Eva Pérez estaba triste.

No era de todos los días, pero tampoco era raro. A veces, Eva se sentaba a l sombra de un árbol, o junto al lago, o de frente a las montañas y su pensamiento vagaba por la inmensidad.

Esta vez, eligió una gran piedra a un lado de la ladera que va a la zona donde están los árboles frutales en el Edén.

su rosto era surcado por una sombra de duda, de inquietud. Sus ojos se volvían acuosos de pronto, sin motivo aparente. Su alma sufría. Estaba triste.

El Señor, que todos los días camina por el Edén la vió y se sentó junto a ella. Como no había más que un solo asiento, tuvo que crear una gran piedra para sentarse. Cosa sencilla para Él.

-          Señor, ¿por qué los hijos crecen? – cuestionó Eva Pérez. Por qué no siguen pequeños por siempre, para que podamos cuidarlos, tenerlos junto a nosotros. En vez de eso, crecen, se sienten fuerte, se burlan de ti y se van todos los días, a toparse quién sabe con cuántos peligros.

-          Tienen que crecer –le respondió Él- es una ley que tendrá la vida.

-          Pero… -Eva dudó, pero al fin se animó- es tan poco el tiempo que duran como bebés. No alcance a sacar todo mi instinto materno. Se quedó tanto de él en mí, que quisiera tener por siempre un bebé junto a mi.

-          Eso lo arreglamos. Esos hijos te traerán más hijos, y tendrás nietos, y muchos, para que desfogues todo ese amor.

Eva lo miró con sus ojos castaños llenos de comprensión.

-Ay, señor, no es lo mismo –y mientras lo decía brilló un leve fulgor en sus ojos- porque para lograrlo, me tienen que traer nueras.

 

Enero 25 de 2009

 

El valor de Eva

El valor de Eva

Una tarde frente al lago, Serpiente le preguntó a a Eva Pérez:

 

- Si hubiera muchos hombres ¿Qué tipo preferirías?

 

Ella se queda un momento callada, y él insistió.

 

Bueno, elegiría a alguien que hiciera lo único que yo no pudiera hacer sola.

 

Serpiente no dijo nada, pero Eva comprendió que él, no la había entendido.

 

- Mira, yo puedo ser independiente, mantener mi casa, conseguir lo que necesito. Pediría a alguien que luche por la perfección mental, porque necesito con quién conversar, no necesito a alguien mentalmente simple. Un hombre que luche por su individualidad, que tenga la libertad para salir a volar y regresar responsablemente a su nido, porque enriqueciéndose a sí mismo tendrá algo maravilloso que regalarme cada día.

 

Serpiente escuchaba atento. Eva continuó.

 

- Un hombre suficientemente sensible para que comprenda los momentos que yo paso en la vida como mujer, pero suficientemente fuerte para darme ánimos y no dejarme caer. Estoy buscando a alguien a quien yo pueda respetar, partiendo del respeto que él mismo se gane con el trato, el amor y la admiración que me dé.

 

Viendo que su amigo nada decía, Eva Pérez concluyó:

 

- La mujer debe ser compañera del hombre, ni menos ni más... Para que juntos forjen una vida en donde la convivencia los lleve a la felicidad.

 

Cuando ella terminó de hablar, Serpiente se veía muy confundido y con interrogantes.

 

- Estás pidiendo mucho, le dijo él.

 

Eva Pérez miró su reflejo en el espejo del lago, lanzó una mirada pizpireta sobre el contorno de su cuerpo, y respondió:

 

- Si, es mucho, pero yo valgo más.

 

 

Enero 18 de 2009

 

 

 

El frío de Eva

El frío de Eva

Sentados en la terraza natural que daba la montaña, Eva Pérez y Adán Pérez disfrutaban la puesta de sol que la Naturaleza les regalaba.

Era hermosa la combinación de colores que Natura pintaba en el lienzo del atardecer. Tonos rojizos, azules, amarrillos, sabiamente combinados. Todo perfecto

Eva y Adán lo miraban arrobados, tomados de las manos.

El sol fue ocultándose tras la montaña, y una tenue penumbra asaltó el panorama. Al otro lado del cielo, una tímida luna llena asomó su cabellera inexistente, bostezando.

Una brisa suave envolvió a la pareja.

- Qué frío hace –dijo Eva.

Adán, caballeroso, la cubrió un manto de flores que la hizo ver hermosa, sólo para él, porque ningún espejo habría por el paraje.

Eva insistió:

- Hace frío.

Adán se quedó desconcertado. Él no sentía frío, sino un calorcillo agradable.

Serpiente, que en todo está, menos en Misa, se le acercó y le dijo al oído:

- Adán, que no sabes que cuando la mujer dice tener frío, es porque quiere que la abracen.

Adán comprendió. Y así nacieron Abel y Caín

4 diciembre 2008