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Crónicas de la Nada

Crónicas de la Nada

Mala Facha

Mala Facha

En medio de la madrugada, encontrarse con un tipo así, no era algo que pediríamos alguna vez como deseo.

Pero era la sala de urgencia de una clínica.

Malencarado, con un cabello que envidiaría cualquiera de los millones de indios piel roja que mataron para colonizar el norte de este continente. De su brazo asomaba un tatuaje, y su oreja mostraba orgullosa una arracada. 

Camisa estrecha, sin fajar, un pantalón de mezclilla exageradamente entubado. Todo el estereotipo de un pandillero. Pulseras estrambóticas en las muñecas de ambas manos.

Caminaba de un lado a otro de la sala. De pronto, un grito infantil rompió el silencio del amanecer. Su rostro cambió. La fiereza dejó paso a la angustia.

Corrió pero se detuvo a la entrada de los consultorios. Estiraba el cuerpo, buscando algo.

Al fin salió una niña, el rostro surcado de lágrimas, y la pregunta de por qué ella atenazándole la inocencia de sus cinco años.

El tipo, con la mayor delicadeza del mundo, la cobijó en sus brazos, la consoló y le dijo unas palabras que no alcanzaron a llegar a nuestros oídos.

La pequeña se calmó por arte de magia, y luego, abrazando con su mano dos dedos de su padre, salió, protegida y segura, al frío de la mañana.

Los seguí con la vista, y alcancé a ver cuando la Ternura los alcanzó y los cobijó con su manto.

Andar en bicicleta

Andar en bicicleta

La Vida es como un eterno aprender a andar en bicicleta.

Cuando crees que has avanzado mucho sobre las dos ruedas, de pronto pierdes el equilibrio y caes.

A veces sales raspado de una pierna, de la nariz, y algunas veces hasta un brazo roto puedes sufrir.

Así es la Vida. Te revuelca a cada paso, ya sea con las ausencias, con los olvidos, con ingratitudes, con los adioses, o simplemente con los recuerdos de los momentos difíciles.

De todos modos, no importa cuál sea la causa, sales raspado y revolcado.

Me he ido acostumbrando a eso. Y también a decir siempre que estoy excelentemente bien. Y lo estoy casi siempre, pero cuando no lo estoy, a fuerza de repetirlo, termino por convencerme.

No importa si la Vida te revuelca o te rompe un brazo, la cabeza incluso. Importa que tan fuerte eres para levantarse, y que tan valiente para sacudirte el polvo, ignorar los raspones, limpiarte los mocos y las lágrimas, y volverte a subir a la bicicleta.

Así vivimos, yo y todos. O todos y yo. Así vivieron los abuelos, los padres y nuestros hijos, nietos y todas las generaciones.

Es parte de la Vida, y el dolor es el precio que debemos pagar por estar vivos.

A veces, compramos Vida cara, pero generalmente son raspones que podemos soportar sin tanto alarde de estoicismo. Algunas noches, cuando la noche deja de ser doncella y veo que está lo suficientemente madura para no dejarse seducir por mí, los pensamientos vuelan como mariposas dentro de mi mente, y dejo escapar algunos. Es cuando brota alguna frase fugitiva que quizá no diga mucho, pero trae una carga emocional que otros perciben.

Alguna la escribí en el Facebook y generó un sinfín de mensajes, de llamadas, de preguntas.

No pasó nada. Ni me despidieron del trabajo, ni se murió nadie, ni se acabó el Tequila o el café en casa, ni me corté la venas con pan.

Simplemente, vencí un día más, como todos lo hacen en sus Vidas.

O quizá sí pasó algo: Me dieron un gran día con esa preocupación que mostraron por mi.

Gracias.

Mi padre

Mi padre

Tal vez yo sea un mal hijo.

Veo a tanta gente, amigos, conocidos, y desconocidos, revivir el dolor que sintieron cuando sus padres partieron.Los veo llamarlos, sentirse abandonados, y estallar en llanto cuando alguna canción se los recuerda con su letra lacrimosa. Como si apenas hubieran muerto ayer.

En cambio, yo no lo lloro, yo no revivo el dolor. Dejé partir a mi padre en total paz consigo, con el mundo y con los suyos.

Sabía yo que él debía irse primero que yo, y que la ley de la vida me daba el deber de acompañarlo a su última morada. Es lo normal, me dijo alguna vez. Él que había visto partir a todos sus iguales, y hasta a algunos que debían sobrevivirlo.

Lo dejamos ir, contento de haber vivido. Sé que su vida fue plena, que hizo, compuso y descompuso lo que la Vida le dio oportunidad, que amo y fue amado por una mujer, con la que procreó hijos. Los vió crecer y luego nacer a sus nietos. Y hasta a un bisnieto.

Sobre todo, nos enseñó a no depender de nadie para vivir y sobrevivir. Por eso, aunque lo extraño de vez en cuando, he aprendido que su vida sigue en otro lado. Las ausencias duelen, pero no tanto como para desear irse en pos de los que se adelantaron. Hay que llorarlos el tiempo prudente, y luego seguir, porque el mundo es de los fuertes.

Cuando yo era niño, él era grande. De adolescente, él era el que siempre me sacaba de problemas y resolvía mis caos. De adulto, el que me platicaba sus experiencias y la de nuestros antepasados, para compartir la sabiduría que viene del tiempo y que uno no puede aprender en una sola generación.

Siempre me dió libertad para decidir. Marcaba el camino, pero dejaba que lo recorriera solo, como yo hice con mis hijos, y ahora hago con mi nieto. Verlos ir a su paso, pero siempre listo para evitar que lleguen al suelo cuando tropiezan, o para levantarlos y decirles que una rodilla raspada no es motivo para quedarse sentado.

Tal vez por eso cuando lo recuerdo, no es con dolor, sino con la alegría de lo que compartimos. Me enseñó valores, pero también la Ley de la Vida, que no debemos podemos desaprobar porque la dicta la Vida -y la Vida es Dios- y sólo él sabe cuándo mueve el orden de los factores.

Lo recuerdo fuerte, luego envejeciendo, y al final, con la paciencia de quien sabe que tiene que partir, y con la tranquilidad de quien sabe que cumplió lo que la Vida le encomendó.

Madres

Madres

Hay mujeres que no celebran el Diez de Mayo, y no por eso son menos madres.La ausencia física de un hijo le diluye la alegría, y le impide disfrutar lo que por derecho le corresponde.

Pero aún en el vacío que sienten, siguen siendo madres.

Porque ser una buena madre es algo más que decir: te amo, hijo.Es apoyar al hijo, aún y cuando no esté. Es enfrentar los problemas propios y los de ellos, como si fueran suyos, sin culpar a los demás.

Es adoptar a los que lleguen y tratarlos como si fueran hijos e hijas salidos de su vientre. Y a veces, hasta ampliar el papel de madre para aquellos que alguna vez fueron sus mayores y hoy el tiempo los disminuye. Y luego, proyectarlo más allá de las generaciones.

Es nunca abandonar al hijo en sus tribulaciones. Y seguir amando a los que se quedan y los que llegan, aunque traiga en el corazón una llaga incurable.

No es fácil ser madre. Por eso algunas prefieren que sus hijos vuelen pronto, para poder disfrutar de una fantasiosa juventud que ya no les pertenece. No es mejor madre la que tiene más hijos, sino aquella que siempre procura protegerlos aunque estén más altos y fuertes que ella.

La madre nunca los deja. Aunque no la necesiten, ella estará ahí. Aunque ellos no estén, ella estará ahí.

Porque el amor, siempre será más grande que el dolor.

La vocación de las cosas

La vocación de las cosas

Uno nunca sabe el destino de las cosas. Hace años, comencé a construir lo que pensé era una cochera. Nunca imagine que construía un estadio de fútbol.
Ahí jugaron mis hijos unos partidos inolvidables. Ganamos el campeonato mundial de futbol muchas veces.  Ahí aprendieron a patear el balón, a dominar la pelota, a tirar y gritar ¡¡¡gooool!
Gemelos al fin, siempre se tuvieron uno al otro para jugar.
Y yo aprendí que la felicidad a veces consiste en ser práctico ante lo inevitable, así que termine, en vez de cambiar a diario los focos que quebraban con la pelota,  en quitarlos por la mañana e instalarlos por la noche,  cuando se ocupaban.
Crecieron y buscaron canchas más grandes. Luego un día dejaron de jugar para convertirse en directores técnicos frente a la televisión.
Pero el estadio ahí está. Ahora con más emociones, porque llegó Emiliano y lo revivió con sus pelotas de colores.
Ahora jugamos por las tardes.  Pateamos el balón y luego gritamos ¡¡¡goool!!  A él le encanta desde siempre.
No siempre hay tiempo, pero debo encontrarlo, porque a diferencia de su papá, Emiliano no tiene un gemelo para jugar. Así que me quito  medio centenar de años y corremos,  saltamos -hasta donde las rodillas lo permiten- y gritamos como locos antes de caer al suelo como los porteros. Como nunca fui bueno para el fútbol, Emiliano gana siempre.
Es entonces cuando me felicito por haber construido este estadio en casa, aunque yo haya pensado que era una cochera.

Zapatos aventureros

Zapatos aventureros

Con ellos he recorrido muchos caminos.
Compañeros de vivencias, más que de vereda, cuando los veo tirados, aplastados bajo un montón de cosas que nunca uso, escondidos bajo la ropa sucia olvidada la noche de anoche, pero nunca en el olvido, pienso que si mi espíritu usara zapatos, serían esos.
Me han acompañado en los últimos años, y resultaron tan indómitos, que siempre. en vez de buscar una mesa donde posarse para ver televisión, insisten en buscar la aventura en el camino. No les importa la edad que cargan, siempre encuentran cómo inyectarle juventud y alegría.
Desgastados, con dos o tres cicatrices irremediables, pero aún firmes en sus costuras, se niegan a dejar de vivir. ¿A qué edad se vuelven viejos los zapatos? ¿Dos o tres años? ¿Veinte? Quizá nunca.
No sé cuánto tiempo tienen conmigo, pero lo mismo han recorrido calles en ciudades alejadas de la mía, que senderos desconocidos, y han temblado igual en el frio intenso que en el miedo irremediable.
Lo mismo se sincronizan con el paso menudo del ser amado, que con el caminar vigoroso del joven que busca devorar la vida, o el andar incierto de quien empieza la vida.
A veces debo cambiarlos, pero igual no les gustan los lugares tan elegantes y sobrios. Prefieren el aire libre, la aventura, la charla de ocasión, el deslizarse por lugares agrestes. La formalidad no va con ellos, y prefieren quedarse en casa.
Son sencillos, de alma rebelde. Como quisiéramos ser muchos.
Ahí siguen, sobreviviendo a las modas y al tiempo. Quizá hasta me sobrevivan a mí.

La Mujer

La Mujer

Sin la mujer, yo sería la nada.
Desde el primer latido, que se acompasó al de entonces mi joven madre, cada momento importante de mi vida ha tenido como coprotagonista a una mujer.
Nací de una mujer, crecí al amparo de una mujer, logré mi independencia apoyado por una mujer, me hice hombre por una mujer, sentí la felicidad al lado de una mujer, toque el Cielo a través de una mujer, y estaré en el futuro gracias a una mujer.
El legado más importante que he recibido de ellas, es el amor. Cada mujer que ha llegado a mi vida me ha mostrado un mundo nuevo, donde se puede amar y ser amado en mil facetas. Me enseñaron como el amor se multiplica de manera inagotable, y siempre puede ser nuevo.
Madre, novia, esposa, hija, nieta son el camino que he recorrido, las etapas de la vida en que una mujer comparte su mundo con el mío, para crear uno propio, de dos. Gracias a ellas comprobé que Dios es tan bueno, que cuando nos arrojó del Edén, al fin Padre compasivo, dejó que Eva se llevará en su corazón, en su mente, en su cuerpo, un pedacito de Paraíso para que lo compartiera con Adán.
Las hijas de Eva son las portadoras de ese Paraíso, herederas del Cielo, y son el único camino que los hijos de Adán tienen para llegar a Dios.
Será por eso que cuando una mujer llega a la vida de un hombre, se queda para siempre.
Gracias a todas las mujeres que han ido construyendo este mundo de felicidad donde vivo.
Felicidades todos los días, porque todos los días son día de la mujer, porque todos los días, hacen felices nuestros días.

Tardes de lluvia

Tardes de lluvia

Me gusta la lluvia.

Me gusta verla, sin mojarme, por la ventana recien lavada, recorriendo los caminos que parecían olvidados, y donde por siglos, mucho antes que fueramos siquiera un deseo en las ilusiones de nuestros padres, han ido trazando su huella.

Cuando era. niño por fuera -pues ahora sólo lo soy por dentro, y cuando el oficio de ser adulto me deja tiempo- me asomaba a la ventana cuando llovía para ver el regimiento celestial descender de las alturas, perfectamente ordenados y sincronizados, para invadir  amistosamente el mundo terrenal.

Caían en una síncronia absoluta, sin perder nunca el paso, sin cansarse ni aburrirse.

Era grato ver la lluvia caer, porque llevaba implicita la promesa de que cuando empezara a escampar podíamos salir a jugar bajo las últimas cubetadas que lanzaran las nubes y podríamos dejar que el agua que corría por las calles -ríos temporales que sólo llegaban en esas tardes- nos arrastrara calle abajo.

Eramos argonautas de barrio, exploradores de litorales de banqueta y conquistadores del tiempo perdido.

Todo eso se quedó guardado en los armarios de la infancia. Ya no veo llover por las ventana porque las oficinas son cerradas, sin contacto visual al exterior, para no distraernos del trabajo.

A veces veo las gotas de lluvia, como viejos amigos que me salen al paso, a través del parabrisas del coche, y al igual que los viejos amigos que me topo, no logro atenderlos como merecen porque hay que seguir el camino y la vista se fija en lontananza, y a lo cercano sólo se nos permite echarle un vistazo.

Pero el que yo no pueda verla no le quita ni la existencia ni la esencia a la lluvia, que sigue cautivando por igual a niños y mayores, a poetas y matemáticos.

Ahí sigue, ciertas tardes y ciertos días, esperando a que recordemos que la vida se va construyendo de pequeños recuerdos, como esos cuando pegabamos la nariz a una ventana para ver llover.

 

Remembranzas

Remembranzas

En la mañana fría, un vendedor aparece entre la bruma de la somnolencia, con sus bebidas calientes, combustible ideal para iniciar -y en nuestro caso reiniciar- el día. 
Recién se fue a dormir la madrugada. La Luna, trasnochadora eterna se aferra al último pedacito del cielo, y se niega a ir a la cama, hasta que el pico más alto de la montaña más lejana, logra lo que parecía imposible y termina cobijándola. 
El día recién amanece, Pero para nosotros ya lleva media jornada. El calor del sol no ha logrado sacudir todavía el frío polvo que nos espolvoreó el Rocío matutino, y una bebida caliente se ofrece como el remedio perfecto para calmar hambre y frío. 
El vendedor, muy joven, casi adolescente, instala su mesa y encima coloca los tres enormes termos. Dos con café y otro con avena. Elegimos del último. 
Al primer trago de avena el cuerpo percibe un calorcito agradable, que se va diseminado por todos lados. El sabor despierta los sentidos, hasta que llega al del recuerdo, removido por una cáscara remontada de canela. 
De la nada, aparecen esas mañana frías que salíamos para la escuela. Si estaba papá nos llevaba en coche. Si no estaba, había que caminar 11 cuadras de cien metros cada una. Más de un kilómetro, que era nada para nuestras piernas y entusiasmo infantil. 
Salíamos bien motivados, porque siempre había tiempo de desayunar. Casi alcanzo a percibir el aroma de la avena caliente, partiendo de la estufa al centro de la mesa, y luego al plato de donde iba directo a la gula infantil mañanera que no dejaba ni una sola hojuela. 
Siento el sabor de esas tortillas de harina, recién salidas del comal, untadas de mantequilla, y si había mermelada, mejor. Los recuerdos revolotean a mi alrededor. La caminata hasta la escuela, jugando con el vaho a arrojar humo por la boca, como dragones redimidos. Las risas eran cálidas, y las bromas inocentes. Todo era alegría. 
Disfruto el sabor de la avena y de los recuerdos. 
Y me propongo de vez en cuando llegar hasta esa mesa y comprar una avena, porque incluye un viaje gratis al pasado risueño, ese que tanto me gustó.

La Espera

La Espera

Imagino que un día mi cuerpo será viejo, y ya no le hará caso a mi mente, no la escuchará cuando ésta siga insistiendo, ignorante del  tiempo, en aventuras reservadas a los jóvenes. Ah, ambos tan tercos, que no se darán cuenta que los años terminan un día por pesar.

Y estaré en casa, solo, esperando la llegada de los hijos, de los nietos, de Ella, que andará divagando sobre las mariposas en la cocina o buscando el molcajete que yo nunca pude hallar. O andará lejos, con sus amigas, en el viaje de los recuerdos, en su mundo propio al que no debo entrar.

Un poco de música pasada de moda. Un tequila o un ron, si la ciencia lo permite, aderezado con una cerveza fría. El fuego  arderá e irá consumiendo el carbón, hasta que obligue a poner sobre el asador el menú preparado para aquellos que no han llegado.

Desde hace tiempo, cada sábado o domingo, el carbón arde en el hogar. A veces me acompaña solamente la música mientras las llamas centellean y rompen el frío de la noche. Y el pensamiento de Ella, que andará perdida en sus cosas seguramente, lejos, en su propio mundo. Yo la espero. Sé que llegará, porque es parte de mi vida, casi de mi cuerpo, siempre de mi mente.

Dicen que el amor se va hilado de pequeños momentos, de pensamientos cruzados, de historias compartidas. Esas se hacen con la convivencia. El Amor -con mayúscula- se forja en las penas compartidas. En el apoyo mutuo para solventarlas. Aunque cada uno tenga su vida, en los momentos donde se cruzan, se va tejiendo esa red que nos atrapa o nos salva  cuando caemos.

Hay amores que se forjan en la juventud primera. Cuando los 16 años son esplendorosos y llenos de ilusiones. Otros, llegan en la madurez, cuando pensamos que todo se agotó.

No importa cuando nazcan. El amor es amor. El que sientes por la adolescente tierna que se abraza a ti en la noche  fría, mientras sus ojos se pierden en la oscuridad, para asegurarse que nadie  vendrá a reprenderla. Y el que sientes por la media centenaria, que se abraza a tí porque sabe que encontrará consuelo, comprensión, amor, y un poco de complicidad en la intimidad-

Que dicha cuando es la misma. Qué suerte, cuando puedes reencontrarla. Que felicidad cuando el encuentro estaba pospuesto por la Vida.

No importa cuando llegó a tu vida. Sabes que al final, cuando la vejez nos deja solos, Ella estará o llegará al filo de la tarde noche. Así lo creo. Así lo espero.

 

Mía Nubialí

Mía Nubialí

Hola,  Preciosa.

Apenas llegas y ya eres capaz de iluminar unos cuantos mundos, incluso algunos que parecían demasiado oscuros.
A pesar de tu fragilidad aparente,   eres fuerte. En tu pequeño cuerpo cabe una voluntad del tamaño del mundo,  suficiente para revolver un par de universos caóticos que espero ahora encuentran el equilibrio perfecto.
Eres Vida que renace. Eres Vida que llega para crear sus propios espacios.  Eres Vida que surge y brota llena de amor. Lo adivino en la paz que proyectas con tu sueño. Lo percibo en tu suave respiración. Lo encuentro en la confianza que demuestras al abandonarte sutilmente en mis brazos desde el primer momento en que te conoci.
Llegas con un equipaje lleno de esperanza. Mereces ser feliz, y que quienes te amamos hagamos todo lo posible para que lo seas. De mi parte, no escatimare esfuerzos.
Será una batalla donde las armas serán la dulzura y el cariño. Juntos llegaremos lejos,  Si la Vida lo permite. Y si tu aceptas tomar de cuando en cuando la mano del Abuelo para recorrer algunos universos locos que me gustaría compartirte,  como alguna vez lo hice con tu padre. 
Eres hija de mi hijo,  sangre de mi sangre, y por tanto llevas un poco de mi esencia para proyectarla hacia ese futuro que es tuyo solamente,  pues tus padres te lo han heredado,  como en su momento nosotros,  tus abuelos,  se los heredamos.
Bienvenida al mundo Mía Nubialí. Bienvenida a este corazón de abuelo prematuro, donde hay suficiente espacio para volar juntos.

Coincidencias

Coincidencias

Nunca supe cómo se llamaba, pues apenas coincidimos un par de veces. Fue hasta que encontré en un comentario de Facebook lo más parecido a un obituario que alguien pudo dedicarle.
Tan sólo un par de veces nos vimos, platicamos, y sin embargo, fue parte importante en el aprendizaje que la vida recién me había propuesto.
Ahora Nicandro ya descansa y seguramente estará junto al hijo que durante 18 años extraño cada día. A veces con una sonrisa, a veces con una lágrima, pero siempre lo tuvo presente.
Es extraño como gente desconocida puede marcar tanto tu vida, a veces con un simple comentario, una anécdota o con sus vivencias. Así pasó en nuestro encuentro, a las puertas de la secundaria donde trabajaba como conserje.
Platicando, notamos que había coincidencias en nuestras vidas, los mismos barrios, amigos comunes, aunque con una generación de diferencia. También que formamos parte de mismo club de los hijos perdidos.
Lo dijo dentro de la plática, cómo su muchacho perdió la vida en un accidente. No hay día que no lo recuerde. Sobre todo en las fechas especiales.
A mí, que entonces me preparaba para el primer cumpleaños donde un lugar estaría vacío en la mesa, el comentario me caló muy hondo. Ahí me hizo comprender que hay dolores tan grandes que nunca se acabarán, pero también que la esperanza vive mientras te empeñes en tener la fuerza para seguir adelante.
Porque ésta nadie te la da. Uno mismo la consigue a punta de optimismo, de lucha por levantarse cada mañana, con la esperanza de que al otro día algo habrá digno de vivirse.
Lo ví por segunda vez en la Plaza de San Pedro. Siempre sonriente, apoyado en su bastón. Para entonces él ya sabía más sobre mí, mi parentesco con personas que pasaron por su vida. Afectos comunes, incluso.
Fue rápido, apenas un par de minutos, promesas de saludos y adiós.
Rápido y por última vez. Hoy ya no está, pero estoy seguro que esa sonrisa rodeada de barba mal cortada, hoy es mucho más amplia.
Y que es feliz en el reencuentro.


La Vida

La Vida

La Vida no es como la soñamos.  Ni siquiera como la diseñamos.  La Vida es como ella quiere y puede ser. 

No le importa ser atractiva para nadie.  Se muestra tal y como es,  con todos sus defectos,  sin peinarse y a veces sin siquiera lavarse los dientes.

La Vida me sorprende con su desfachatez. Ni siquiera esconde la mano cuando te arroja las piedras de la desgracia. Te golpea lo más duro posible y luego se queda viéndote con una mirada cargada de inocencia,   burlándose de cómo te lames las heridas.

Es una niña malcriada a la que sólo parece interesarle satisfacer sus caprichos y ocurrencias. 

Pero también está ansiosa de cariño.  Es tan natural que exista la Vida que pocos la cuidamos. Nadie se preocupa por mimarla, por decirle lo bella que puede  ser cuando sonríe.  A nadie se le ocurre preguntarle qué necesita,  si amaneció contenta,  si pasó buena noche. Sólo  la gozamos hasta exprimirla y vamos arrojando jirones de su existencia hasta agotarla. La violentamos de tal manera que se siente usada,  violada. Es un maniquí en nuestras manos,  hasta que se cansa y se vuelve mala. Francamente mala. Y aburrida.

Yo prefiero cuidarla.  La veo junto a mi cama cada mañana y le muestro mi alegría de que siga conmigo. He conocido a tantos a los que un día,  una mañana o una noche,  la Vida los abandonó porque no supieron comprenderla o cómo tratarla.

Le sonrío y la abrazo. Le digo lo bella que es,  a pesar de las ojeras que le dibujó el desvelo,  o el pelo que le alborotó la almohada. 

Le cuento que nada hay más hermoso que una sonrisa de la Vida,  y le platico lo que me gustaría hacer con ella en ese mundo de ilusión llamado Futuro.

La Vida es mujer, ni duda cabe.  no me pide perfección.  No demanda que sea sabio,  ni poderoso.  Le basta que la atienda,  la quiera, y la trate con dignidad y respeto.  A cambio,  me da lo que a muchos le niega. 

Amo la vida y la Vida me ama.  Aunque algunas veces me ha clavado la espada de su enojo,  reconozco que en el balance el amor gana sobre el odio y la indiferencia en sus sentimientos hacia mi. 

Seguramente seguiremos jubtos. Y si queda satisfecha conmigo,  espero me recomiende con otra buena Vida cuando ella tenga que marcharse.

El Tiempo

El Tiempo

No hay forma de sobornarte, Tiempo.

No importa lo que te ofrezca, tú todo lo tienes. Y sigues tu marcha, imperturbable, arrastrándonos  contigo, sin remedio, como si quisieras terminar pronto tu tarea. Quizá no sabes que es eterna, estás condenado a caminar siempre, como un judío errante, que busca un descanso, y no lo puede hallar.

Nosotros tampoco. En un parpadeo nos haces caminar una vida.

Los días marchan rápido, no se detienen. Los niños se pierden en el mundo de los adultos, los adultos se pierden en el mundo de la vejez. Los viejos se pierden en otros mundos.

Vuelve el día 13, y otra vez los recuerdos. Quisiera que te detuvieras un poco, para que no metas tus dedos en esa llaga que se abre cada día 13. Bastante duele la herida abierta, como para que tú vayas y la remuevas inmisericorde a mi dolor.

El  13 es de mala suerte.  Nunca lo creí, pero ahora, es un día aciago. Cada mes, no importa si la luna brilla entera en el cielo, si los amantes se encierran en su mundo, si las flores brotan y me sonríen, si la vida me regala un nuevo mundo. La tristeza cubre todo.

Son 13 meses, doble 13. Parece lejano el día aquel que lo abrace por última vez. No respondió, y su cuerpo yerto no reaccionó ante las palabras que salían ansiosas de ser escuchadas antes de que se fuera. Ya sus labios no pudieron decir su clásico "si, pá". Ni su mirada triste estalló en una sonrisa tan grande como su imaginación. Y tú, Tiempo,  no aceptaste regresar.

Te ofrecí todo, Tiempo,  lo que tenía. Te daba mi vida, mi patrimonio, mi tiempo, mi esperanza, mi fe. No aceptaste. Seguiste caminando, imperturbable, sordo a mis súplicas. No hay soborno que te convenza. Admiro tu entereza, aunque eso signifique que a los que dependemos de ti, nos acabes la vida.

Seguiremos, sin duda, viendo como avanza el reloj. Es tu emisario, y no duda en cumplir su funcion.

Pero sé, que al final, cuando emprendamos el último viaje, dejaras de existir, y entonces, serás meramente un recuerdo. Y podré regresar en tu espiritu y volver a vivir aquellos momentos agradables que hoy sólo encuentro en el recuerdo.

Te digo hoy, no buscaré más que esos instantes donde él estaba, sonriente y confiado en el futuro que no le diste.

Y entonces, los días 13, no serán más que una simple circunstancia sin valor.

Cumpleaños


Otros años, en esta fecha, andaría apurado por terminar e irme.Hoy, no tengo tanta prisa.

Ya no está el viejo, el que cumplía años, el que esperaba que este día llegarán a su casa todos sus hijos, sus sobrinos que eran comos sus hijos, y el que quisiera llegar.

Nunca organizó fiesta, pero siempre aceptó el festejo.

Ironías de la vida, siempre decia que en su cumpleaños a todos les daba el día libre, para que festejaran. Pero la vida hizo que su hijo mayor trabajará todos los primeros de mayo. Aún así, ese hijo siempre llegó, incluso el año pasado, el 2015, último cumpleaños del Viejo. Escapó del trabajo, y llegó a la casa familiar cuando la noche comenzaba a madurar.

No habia mucha gente, pero suficiente para convivir. Esa noche pensé en lo lamentable que es que te cambien el turno y tengas que trabajar en la tarde de un día festivo. Pero de pronto la suerte cambio, terminé pronto, y decidí no esperar el fin del turno. Por una vez, vale irse antes.

Hoy, me alegro de haberlo hecho. Aunque hace años sabía que cada festejo, cada cumpleaños y cada navidad podía ser la última que convivía con papá, nunca imaginé todo lo que incluía ese concepto.

Ahí estaban todos, hasta los jóvenes que evaden las reuniones familiares. Y perpetuamos el momento con fotos. Los cuates con él y conmigo. Karen que se unió. Angeles y yo con don Panchito.

Y la foto máxima, ahí en el patio de la casa familiar, sin cuidar ni las formas ni los fondos, ni el background, como dirían los técnicos: Cuatro generaciones de Zuñiga. Don Pancho, Paco, Paquito, y Ángel Emiliano, el bisnieto, el nieto, el hijo de nosotros.

Fue la única oportunidad que la vida nos dio para fotografiarnos juntos. Trece días después, Paquito había partido, y tres meses más tarde, Papá lo seguía.

Ya no habrá otra oportunidad. Ni yo podré un día - por muchos que viva- tomarme una foto con mi línea de descendientes, pues la cadena generacional está rota para siempre.

Por eso este día no hay tanta prisa. Una vez acabe, recordaré la filosofía que Papá tenía. La vida es una, y se disfruta. Y que el mundo es de los fuertes, donde los débiles no  tienen lugar.

La uniré a mi propia filosofía, de que los seres queridos no mueren del todo, siguen vivo en nosotros, en las nuevas generaciones -como Emiliano- que lleva consigo un poco de don Pancho, de mí, de Paquito, y lo suyo propio.

En él vive su bisabuelo y su padre, y su abuelo prevalecera un día.

Hoy celebramos el 86 aniversario de Don Pancho. Y Guapito y yo, vamos a festejar.

Feliz Cumpleaños, Papá. Un abrazo, Viejo querido.

Mis libros

Mis libros

No se cuántos libros tengo. Mucho menos cuántos he leído. O cuántos alcanzaré a leer en mi vida.

 

Lo único que sé es que no son suficientes, porque eso siempre leo cuatro, cinco o diez al mismo tiempo. Aprendes a llevar el hilo y retomarlo aunque tardes uno o dos meses en volver al libro.

 

El buen libro es un amigo para siempre, quiza por eso no los puedo dejar, ni abandonar aunque ahora algunos sean apenas un montón de hojas sueltas. Ahí, en mi biblioteca anda un ejemplar de Los Tres Mosqueteros, de Alejandro Dumas, edición de Sepan Cuantos, la única que mi exiguo ingreso de estudiante de primaria me permitía comprar. Aunque en verdad, no se si lo compré o lo expropie de alguna biblioteca. 

 

En la adolescencia todos tenemos sueños revolucionarios y somos guerrilleros de la vida, la cultura, la música y todo aquello que nos atrae. En nuestra lucha contra la ignorancia, había que tomar prisioneros, y decomisar a los ricos, es decir, a los que tenían libros, algún ejemplar para mantener la  cruzada personal.

 

La Cultura bien vale un pequeño robo, fue una de las frases que acuñe en ese entonces, aunque al final, creo que no me atrevi a llevarme nunca un libro. Lo tuviera ahora en la biblioteca.

 

Tengo algunos, no precisamente expropiados, sino prestados sin devolución. Por ahi andan en lugar especial los cuatro tomos de El Quijote de la Mancha, el libro más comentado y menos leído. Y comprobe que nunca Don Quijote dice esa conocida frase de "ladran los perros, Sancho, señal de que caminamos". Porque la busqué.

 

Muchos libros lo he leído por curiosidad de encontrar una frase, una anécdota, una cita, una historia. Así leí la Biblia casi completa, porque de una cita me pasaba a otra.

 

Otros por curiosidad, o por ver si la película superaba al libro, como en El Padrino. Hoy, prefiero leer primero el libro, y la película, verla si hay tiempo.

 

También he leído por morbo. Lo prueba la colección de Xaviera Hollander, o El Amante de Lady Chaterly, Historia de O, y Las 50 Sombras de Grey. Descubrí que el morbo era del lector, no del libro.

 

Me encanta ir de cacería a donde venden libros usados, o buscar nuevos autores entre los nuevos libros. Adquieres con el tiempo un olfato que permite encontrar buenas historias.

 

Donde más he leído, es en el baño, y confieso sin pudor que incluso he leído bajo la regadera. Ahí nadie interrumpe ni cuestiona. Será por eso que muchos de mis libros tienen como separador una hoja de papel sanitario doblada.

 

He leído mientras como, mientras veo television, y algún tiempo, mientras esperaba la luz verde del semáforo. A veces leer se convierte en delito, o en falta administrativa, pero acepto el riesgo. 

 

Un libro es un placer que descubrí en la más tierna infancia, cuando mi madre me enseño a leer las vocales. Y lo seguiré disfrutando aún cuando mis piernas se nieguen a levantarme de sillón de mi vejez. Leer es un placer más imperecedero que la buena comida, no causa molestias por la mañana, como otros placeres -una cerveza con un buen tequila, por ejemplo- y es tan delicioso como el sexo, pero menos apremiante. Duras más y no te cansas.

 

Ojalá el día que me vaya, pongan en mi equipaje un par de buenos libros, con historias que pueda leer con gusto una y otra vez. Para el camino, porque seguramente en el Más Allá encontraré en el paraíso un jardín con muchos árboles que me den sombra para leer todos los libros de la enorme biblioteca que seguramente existe en el cielo.

 

En mi cielo personal.

Mi Musa

Mi Musa

La musa alza los brazos, estira su esbelto cuerpo todo lo que alcanza, y lanza un coqueto bostezo.

Está despertando, luego de un largo sueño.

Es hija de la imaginación y la constancia, y ha descubierto el secreto de la eterna juventud, pero celosa de su hallazgo, no lo comparte. Lo quiere para ella sola, porque adora ser hermosa por siempre.

Lo que no sabe es que nació de mi imaginación y mi constancia. Que cuando pierdo una de ellas, se rompe el hechizo que le da vida. No se lo diré, para que siga feliz.

La musa me mira y guiña un ojo. Una sonrisa de media luna ilumina su rostro, y un brillo travieso viaja en su mirada. Le gusta sentirse admirada, querida, amada y deseada.

No sabe que su labor es reunir los retazos de inspiración que voy tirando por el mundo, para hilar una frase, un comentario o un escrito que pueda ser mi humilde mensaje al mundo.

Mi musa sigue desperazándose. Me encanta verla cuando despierta, porque los rubores del sueño que interrumpió momentos antes ilustran su rostro, y alcanzo a adivinar sus pensamientos.

No puede ocultarlos ante mí, porque ella alimenta mi inspiración con su presencia, su sonrisa, su figura y su encanto.

A veces desaparece días enteros, incluso meses. Se  va, pasea, o duerme, o viaja, o se distrae, pero nunca puede serme infiel. Siempre será mi Musa. La que inspira,  la que guía mis dedos para que el tecleo se vuelva caricia.

Gracias, Musa, por volver. Gracias por seguir aquí. Por despertar. Y por seguir unida a mí.

Las estrellas

Las estrellas

Ando buscando las estrellas.

Así me dijo la mujer, casi como disculpa mientras empujaba el montón de carritos en el estacionamiento de un supermercado.

Quizá pensó que iba a reprimirla por estorbar el paso.

Una mujer de edad mediana, vestida con esa ropa impersonal que les da una figura anodina, casi anónima, como si buscaran hundirla en la humildad total, ubicarlas casi como servidumbre del cliente.

No las alcanzo a ver,  me dijo, mientras yo bajaba de mi auto, encaminado a gastar en media hora lo que quizá ella no gana en toda una semana.

Alce la vista al cielo antes de responder. No se veían las estrellas, porque las luces de la ciudad, tan intensas en ese lugar, las opacaban. Las ocultaban igual que su uniforme ocultaba la personalidad de esa mujer.

No se ven, le dije, porque las luces las apagan, las ocultan de la vista.

No me hizo caso. Siguió escudriñando el cielo en la búsqueda de las estrellas, quizá para anclar alguna ilusión que le hiciera más amable su vida.

Le ayudé, que más puede uno hacer cuando se enfrenta a semejante sensibilidad. Tal vez era una poetiza anónima, de esas que nunca han escrito un verso, pero lo sienten y lo expresan sólo pensamiento, temerosas de que alguien académico destroce su inspiración.

Hay que irse a donde no haya tanta luz, le dije finalmente. Apenas y alguna estrella brillante podía competir con el farol que se alzaba en medio de ese lugar.

Algo se rompió en esperanza. No había estrellas que alegrarán su noche de trabajo.

Y entonces recordé un verso perdido en mi memoria. Si de noche lloras por el sol, no podrás ver las estrellas.

No busque las estrellas, le recomende finalmente, vea la luna llena, qué hermosa nos regala su presencia.

Y ella sonrió.

 

Satisfacción

Satisfacción

La respuesta de Edgar es rápida cuando le preguntamos qué necesita: Nada, estoy bien.

Si no conociera su historia podría creerlo. Pero Edgar es un sobreviviente a sus 16 años.

Apenas ve las imágenes de lo que pasa a su alrededor, pero tiene una visión del futuro plena y tan clara como un cielo sin nubes.

Hace unos años era un cadáver viviente, y hoy, hasta novia tiene. Es invidente, pero sabe que él puede guiarla.

Edgar era un jovencito brillante, pero un giro del destino cambió su vida cuando por equivocación bebió un veneno que lo tuvo en estado de coma por muchos días. Salir de ese estado fue como salir de un cascarón y literalmente un nuevo nacimiento. Tuvo que aprender a hablar, a comer, a caminar, a vivir.

Para alguien que no tiene recursos económicos y para quien su única familia es una madre que lucha por él, no debe ser fácil. Salvo que sea un guerrero natural, como lo es Edgar.

Ahora estudia en una universidad para jóvenes de escasos recursos, donde gracias a la perseverancia no tiene que pagar. Se gana su beca con el mismo estudio.

Y aunque su casa es modesta, y no hay más que lo necesario, no necesita nada. Prefiere canalizar la ayuda a otra familia, que él considera sí necesita.

Tal vez Edgar tiene razón, porque desde su perspectiva de vida, no necesita nada. Tiene lo ideal: una vida que ya había perdido. Una visión reducida que lo impulsa a ver más detenidamente cada imagen que pasa  frente a él, y le permite disfrutar a detalle lo que otros sólo dejamos pasar.

Tiene una madre que vale por una familia. Una maestra que se preocupa por él, amigos que lo acompañan en su lucha.

Tiene lo necesario: Un mundo por conquistar y la fuerza para hacerlo.

La Vida es el futuro

La Vida es el futuro

La vida es el futuro, no cabe duda.

Lo que piensan que  todo tiempo pasado fue mejor,  viven en la muerte del presente, porque eso es el pasado. El presente, es la existencia que tenemos.

La vida es el futuro, porque se ofrece llena de posibilidades. Las ilusiones siempre se albergan en el tiempo por venir. Es donde encuentran el nido que les ayude a incubarse hasta brotar, como hermosas mariposas, convertidas en flamante realidad.

No hay proyecto que se viva hacia atrás, al tiempo ido. No hay esperanza que no busque la luz en el camino que viene.

En el pasado, en cambio, se aferran las nostalgias. Son aquellas que no dan una felicidad por lo que ya no podremos vivir. Pero vienen cargadas de la tristeza que da la ausencia, y siempre traen una dosis de dolor, que si se excede, nos va matando lentamente o atando a un mundo que sólo existirá en nuestros recuerdos.

No nos dejará vivir ni siquiera el presente.

Prefiero guardar esos recuerdos, y sacarlos en las tardes de lluvia, o en las noches cuando la luna se va de juerga y me deja solo.

Son para atesorarlos y aliviar los momentos en que la nostalgia insiste en remover las heridas de esas batallas que perdimos algún día.

Pero no son la vida.

Esa está en el futuro, donde su existencia es incierta, pero donde también tenemos la oportunidad de ir hilando la esperanza, las ilusiones, los proyectos, la perseverancia, hasta crear una red que soporte nuestras locuras y nos dé el premio supremo de seguir vivos.

Claro, el hilo puede romperse en cualquier momento, y dejarnos caer al vacío de la muerte. Ahí donde seremos pasado.

No importa, es preferible arriesgarse, y para lograr llegar a la meta, primero hay que pensar que puedo hacerlo. Vivir cada momento con intensidad, pero proyectado al futuro como si pudiera  vivir cien años.

Si no los alcanzo, no pasa nada. Pero ¿si llegó a ellos? Qué tendré en las manos para hacer llevadera mi vida. Nada.

Vayamos pues viendo al futuro. Ahí está la vida, esperando por los vencedores.