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Crónicas de la Nada

Extravagancias

Extravagancias

Era un hombre bastante maduro, aunque fuerte aún con sus siete décadas encima.

Saludaba con una energía que impresionaba, seguramente a propósito, aunque no tanto como su apariencia.

Alto, muy sonriente, usaba unas gafas de montura gruesa, que en ese entonces estaban pasadas de moda, pero que con el  tiempo volverían.

El pelo blanco, totalmente, engomado y peinado impecable hacia atrás, hasta terminar en una ondulación hacia arriba, como una cola de pato.

Ahí terminaba la normalidad.

Generalmente vestía un traje de terlenka, siempre de colores llamativos como azul eléctrico, morado, rojo. De pantalón del mismo color o blanco, a veces traía camisa a rayas, que no se por qué, le ponía la cereza al pastel de su indumentaria.

Zapatos de charol, invariablemente. A veces blancos, a veces de dos colores.

Alguna vez alguien se atrevió a preguntarle qué lo impulsaba a  vestir así, tan diferente a los demás.

-         Si en la mañana tienes valor de ponerte este, a lo largo del día nada te detiene – decía sin perder la sonrisa ni sentirse ofendido.

Hace tiempo de eso. Seguramente ya no está con nosotros.

Pero vale seguir el ejemplo, haciendo alguna extravagancia todos los días.

Enero 28 de 2010

Con ángel

Con ángel

   Hay gente que tiene la sangre liviana.

   Quien sabe por que, pero caen bien, así a simple vista.

   Es fácil llevarse con ellos, y nos hace sentir cómodos. Transmiten confianza y alegría.

   Y no son necesariamente los más atractivos o elegantes. Igual pueden estar gorditos, y tener la sangre liviana. Muchos de ellos son desaliñados, o a simple vista son como cualquier mortal común.

   Pero al tratarlos, nos caen bien, así a primera vista.

   Tienen la sangre liviana. Hay quien dice que tienen "ángel". Los psicólogos le llaman carisma.

   Hay quien transmite esa personalidad incluso a través de fotografías o la pantalla de televisión o cine.

   Es un estilo de vida, generalmente espontáneo. Tienen siempre un punto de vista positivo ante todas las facetas de la vida, y eso lo transmiten, por eso desde que aparecen, la alegría y el positivismo que irradian nos contagia, y es confortante estar junto a ellos.

   Todo lo contrario de quien siempre ve el lado oscuro de la vida. Esos nos causan un rechazo inexplicable. Son los que decimos que tienen la sangre pesada.

   Definitivamente, preferimos a alguien con la sangre liviana, que nos caiga bien, aunque no sepa hacer nada, más que transmitirnos confianza

 

 

Enero 27 de 2010

Sangre Azul

Sangre Azul

     Sabe que Tiffany se escribe con doble F y con Y.

     Para él, Nueva York tiene la misma accesibilidad que para los demás tiene la cocina de sus respectivas casas.

     Conoce a todos los que salen en las revistas de la alta sociedad, y su comida la prepara la muchacha, no su mamá.

     Los altos empresarios son sus tíos o amigos de sus papás y los puede ver cualquier  sábado de convivencia.

     En síntesis, dicen los demás, es de sangre azul.

Caprichos de la vida, o personales –vayan ustedes a saber- optó por trabajar como Juan Pueblo. En una profesión que no hace rico a nadie.

     Ni siquiera es artista, aunque ande en la farándula.

     Como el hijo del cartero, o el del soldador, sale cada día a cumplir su trabajo. Pero enseguida se nota que su ropa vale mucho más de lo que gana en una semana, y que su reloj vale varios meses de trabajo de sus compañeros.

     Causa sensación, y las gallinas se alborotan a su alrededor, como dice alguien.

     Sencillo, sólo sonríe y deja pasar.

     Una cosa es que se junte con el proletariado y otra cosa es que acepte revolver su sangre azul con la prosaica y colorada substancia que corre por las venas de los demás, dicen sus detractores.

     Tal vez sí, tal vez no.

     Lo cierto es que ya revuelto en el gallinero, todos tienen que comer, y si algunos evitan el maiz simple, y prefieren el selecto, al final, su cuerpo produce el mismo maloliente producto.

 

Enero 26 de 2010

Ventajas de la Nada

Ventajas de la Nada

     La ventaja de escribir de la nada, es que se puede escribir de todo. A final de cuenta, todos somos nada.

     Quizá por ahora brillemos, hagamos bulto, o simplemente estorbemos, pero al irnos, así sea a casa, nos volvemos nada. Ni siquiera humo, porque éste permanece, metiéndose por la nariz y los ojos hasta causarnos estornudos y lloriqueo.

     Nada, simplemente nada.

     El que escribe de política tiene que tomar bien su tema, pensarlo, analizarlo, compararlo y luego irlo armando, frase por frase. El que escribe de literatura, primero tiene que esperar a que brote la inspiración.

      Luego soltar lo que siente el corazón, y pulirlo con lo que piensa su mente.

     Complicado.

     Por eso es preferible escribir de la nada, eterna compañera. Es nada y es todo. Es todo y es nada.

 

 Enero 25 de 2010

 

La confusión de Adán

La confusión de Adán

    La brisa corría libre por Paraíso, y el pasto crecía imperceptiblemente, pero con constancia admirable.

    El Sol vistió sus mejores galas, y las nubes se vistieron de arcoíris. Era una tarde hermosa, pero Adán no lo veía.

    Era una de esas tardes de hastío que a veces tenía en el estío, donde todo su mundo se concentraba en una o dos neuronas. Nada le atraía, sólo su aflicción o su duda.

    Dios, que sale a a caminar por las tardes disfrazado de cualquier cosa, lo vio bajo la sombra de un árbol. Solo, sin compañía, meditaba.

    Cuando sabe que tienes duda, Dios no dice nada. Sólo se sienta junto a uno. Deja que el hombre lo aborde, pero a veces, ni lo notamos. Puede estar dentro de cualquier cosa o persona. Por algo es Dios.

    Pero Adán era su hijo predilecto. Simplemente se dejaba adivinar.

-          Creo, señor, que algo falló cuando creaste a Eva.

-          No lo creo, si me dijiste que era perfecta –le respondió el Señor, recordando el gusto que mostró Adán cuando le presentó la nueva creatura.

    Adán aventó una piedra con el palo que tenía en las manos, y con el que había hecho mil figuras inexplicables en el polvo.

-          Tal vez, pero ahora que vivo con ella, me doy cuenta que algo tiene. Siempre le duele algo, o tiene frío, o le dan ganas de llorar porque sí, o le falta sueño. No entiendo, si vivimos con la misma temperatura, bajo el mismo sol, vemos las mismas cosas. Y yo no puedo sentir lo que ella dice que siente.

     El Señor sólo sonrió. Todavía le faltaba mucho camino por recorrer a la Humanidad. Y más al hombre, para entender a la mujer.

-          Entiéndela, Adán, frío, calor, dolor o alegría, lo que quiere Eva es que la apapaches.

    Y se fue el señor a jugar con las mantarayas, mientras Adán, quedaba peor de confundido.

 

Enero 24 de 2010

Ilogicidades

Ilogicidades

Hay cosas que no comprendo en este mundo donde me toco vivir.

No se trata de misterios como la vida o la muerte, ni los enigmas divinos,

No, eso existe y es.

Lo que no comprendo es la ilógica con que veces me topo.

Pienso en ello mientras entro a la sala de urgencias de una clínica.

He estado muchas veces en esos lugares, a veces para ver por un instante de contrabando a alguien querido, o para darle ánimos en ese trance siempre angustiante de llegar con un mal desconocido a un hospital, sintiendo que la muerte nos sigue los pasos con una sonrisa de compasión.

Otras ha sido para robar historias que plasmar luego en el papel.

Igual, una y otras veces, hay que entrar sin que se note, casi invisible. No es fácil cuando tienes el cuerpo de un luchador en conserva, pero con cierta práctica se logra.

Esta vez entró con autorización, pero solo. En la entrada, me detiene un guardia, y con voz golpeada me pregunta a dónde voy.

Ese tono deben enseñárselos en alguna academia, porque todos los guardias hablan igual. Como que es manejo de voz, porque a la gente común le hablan con mucha autoridad –aunque no la tengan- y a los jefes, con una voz casi susurrante.

Lo que no sabe este, que estoy curado de susto, pero eso no debe hacer perder la amabilidad. Aquí no hay pleito que buscar.

Se me para enfrente, y me obliga a bajar exageradamente la vista, para encontrar su mirada. Desde arriba, se ve gracioso con su uniforme muy limpio y planchado, el pelo crespo domado a base de  kilos de gel, y una voluntad que rebasa su metro y medio de estatura.

He ahí lo ilógico de la cosas de este mundo. ¿Cómo piensan que este hombre miniatura podría controlar a tipos violentos que podrían doblarle en peso? ¿Será acaso Bruce Lee resucitado en versión mexicana?

No lo averigüe. Por esta vez, ganó la cordura.

 

 

Enero 23 de 2010

 

 

El amor en los tiempos de influenza

El amor en los tiempos de influenza

El amor en los tiempos de la influenza no existe.

Medio mundo te rechaza, te evita, te retira casi el saludo.

Mitad jugando, mitad en serio, mucha gente optó por saludarnos de lejos cuando supieron que habíamos convivido con el alcalde de Monterrey, Fernando Larrazabal Bretón en los días que anduvo incubando el virus del AH1 N1.

Vivir así es difícil, así que no hubo más opción que acudir a un examen que lo confirmara o descartara.

Los periodistas somos gente de alto riesgo para las enfermedades, sobre todo si se trata de virus. Donde quiera que esté la enfermedad, vamos a ella. Saludamos a decenas de personas al día, así que es cuestión de dos o tres para que tengamos entre manos cualquier enfermedad.

Eso mismo nos inmuniza, y soportamos mucho más que cualquier mortal. Por eso cuando me avisaron que Larrazabal Bretón estaba enfermo, pensé en un examen, más para tranquilidad de los demás que de la propia.

Lo que no sabía es que al portador del virus el mundo lo aísla. Más si el Arquitecto Héctor Benavides lo anuncia a las siete y media de la noche por su noticiero. A las ocho de la noche, todo el que te veía, lo hacía con desconfianza. Hasta el de la gasolinera donde vas cada semana.

En la cárcel y la influenza se conoce a los amigos. Son los que se arriesgan a que les pases el virus, aunque primero te ven si andas sano. Salvas la situación haciendo bromas de ti mismo. Por los que no andan tan confiados.

Sobreviví a la noche y a una reunión sin problemas. Amaneció, y mi nariz seguía seca. Buena señal. Pero aún retumbaba en los oídos la orden tajante y florida de José de la Luz Lozano: Hágase un examen.

Corregí agenda, y subí al principio el ir a un examen.

José Juan, el camarógrafo, Jorge el fotógrafo y yo, hicimos del auto un ghetto personal, y nos fuimos al examen.

Un equipo de gente de bata blanca nos esperaba. ¿Tan grave es esto?, pensé.

No. Al menos en el saludo, vimos que a estos ni se preocupaban.

Nos platicaron un montón de cosas sobre el AH1 N1, de cómo es más el miedo de la gente que lo problemático del virus. En fin, ya ni nos acordábamos que andamos propensos.

Una joven enmascarada nos recordó que éramos conejillos de indias. Nos pasó a un cuartito ocupado por una silla, un escritorio y un montón de muestras.

Juan José, con la cámara en ristre, nos siguió, preparando la imagen. Nunca pensé que mis fluidos nasales fueran a salir un día en televisión. Una anécdota más que contar en alguna noche de bohemia.

- Es muy sencillo –dijo la chica, mientras preparaba un hisopo del tamaño del miedo para introducirlo en mi fosa nasal –Lo que voy a hacer es un raspado – (¡en mi nariz!), voy a introducir este hisopo en su nariz, es un poquito incómodo.

Un poquito. Para ella, claro, que le toca ser el torero y a mi recibir la estocada. Pero antes que pensara, ya estaba removiendo mis pensamientos con el cotonete bien metido en mi nariz.

Un segundo, dos, tres. Aguanté el estornudo, y ella mantuvo la estocada. Al fin, sacó el algodoncillo casi igual que al principio.

-           Ya ve- dijo ella, pero yo entendí: ¿No que muy valiente?

El hisopo fue a dar a un tubo de ensayo, a esperar que hiciera reacción. Diez minutos nada más. Diez minutos esperando el veredicto. Culpable o inocente. Sano o enfermo. Reintegrado a la sociedad o proscrito por cinco días igual que el alcalde Larrazabal Bretón.

Salí mientras hacía efecto el químico. Afuera, otros reporteros de la fuente esperaban su turno, junto al personal del municipio. –Duele mucho- le dice a la más asustada, acercándome a su oreja. No me espere a ver si tembló.

La espera pudo ser eterna, pero sólo duró diez minutos. El médico salió sonriente, como si la cosa no fuera con él. Alcance a escuchar mi nombre, y luego el de mis compañeros.

- Salió negativo.

Lo dicho, esta profesión, te hace inmune. A virus y a políticos.

 

Enero 22 de 2010

En el amanecer

En el amanecer

Fue tan difícil abandonar la cama cuando el sol aún no aparecía por la ventana.

Obscuridad total, silencio absoluto. En la ciudad, ni los grillos se escuchan, porque no los hay.

El ritual de siempre. Encontrar la puerta entre las tinieblas, abrir la regadera, sentir el agua –fría esta vez- recorrer cada pliegue del cuerpo. Planear el día, Vestirse y tomar algo antes de salir a la calle.

El día es apenas una promesa. Pocos se atreven a desafiar la hora. Las montañas que resguardan la ciudad, apenas dejan escapar unos pocos jirones de la luz de un sol que se antoja lejano.

La penumbra envuelve a la ciudad, la cobija, la acaricia. Adelante, un sendero de luces marca los caminos a explorar.

Al salir a la avenida, se descubre la majestuosidad de la Ciudad, ahora con mayúsculas. En el escenario central, la montaña se destaca en el trasluz del amanecer. La forma que le da nombre se recorta perfectamente. Es un espectáculo por si sola.

Las otras montañas también presumen su figura. Una acompaña todo el camino, interminable en la serie de picos, que semejan dientes combinados con letras. La otra, nos sigue un tramo, y luego dice adiós.

Una bandera sin viento se adivina sobre el cerro que se posesionó del centro de la Ciudad. El viejo Obispado la custodia y le hace los honores.

Algunas lomas insertadas a lo largo del camino, brillan por las luces de las casas que empiezan a despertar.

La silueta de los edificios compite con ellos, ostentosos en su altura y sus luces cuadradas.

Y debajo, un jardín de luces de mil tamaños ofrece la bienvenida.

Es la mejor hora para apreciar la Ciudad, adivinarla en sus rincones, y amarla entre sus calles perdidas.

Sin pudor alguno, somnolienta y despeinada, nos muestra sus secretos y nos ofrece su inocencia.

Es sólo unos minutos. Ya amanecerá y otra vez será gris, tal y como la verán los dormilones.

Pero nosotros, los madrugadores, sabremos que es bella.

 

 

 

 

Enero 21 de 2010

Compañero

Compañero

Si todas las cosas se parecen a su dueño, este termo verde y plateado debe ser la reencarnación –en versión cachivache- de su dueño.

Es práctico, porque se acomoda en todos lados. Lo mismo en el compartimiento de una mochila, que en el bolsillo del pantalón, o entre un asiento y la palanca del freno de mano en cualquier coche.

Tiene su propio espacio en las cosas de su dueño, pero en el mundo, siempre encuentra como acomodarse.

Generalmente va acompañado de café con aroma a hogar, pero también acepta todo tipo de bebidas. Como su dueño.

Ha recorrido medio mundo, viajando por todo México y algunos países. Lo mismo sentado en el malecón habanero una noche de parranda interminable, que en la fuente de una pequeña plaza de un pueblo perdido en las montañas potosinas.

Compañero fiel, siempre está junto a su dueño. Han recorrido miles de kilómetros juntos, en la ciudad, y en el mundo.

Tanto camino no ha sido incruento. Luce algunas abolladuras, una cuarteadora a todo lo largo, como cicatriz que confirma sus aventuras.

Muchas veces se ha quedado perdido, solo, en algún escritorio o en un auto ajeno. Y siempre ha vuelto.

No es eterno, y un día quedará inservible. Por ahora, derrocha fidelidad. Ya el mañana, nadie sabe si lo vivirá, ni él ni su dueño.

  

Enero 20 de 2010

 

El regalo

El regalo

No era muy grande el regalo, pero para el pequeño, que nunca recibía nada, era como si un rey de la antigüedad estuviera compartiendo con él su tesoro.

Para los mayores, quizá era un acto de caridad, de esos que nos ayudan a tener tranquila la conciencia.

Aprovéchate de muchos, y dale algo a unos pocos. Pero que todos los vean, para crear imagen de benévolo.

Al niño nada de eso le interesaba, sólo el regalo que le dieron. Lo vio con ansia desde el primer minuto, seguro de que era para él.

Intentó adivinar qué era, pero no pudo. Eran tantas sus necesidades, sus deseos, que todo quería.

Optó por esperar a que se diera el protocolo, las fotos, los discursos, y al fin, recibió su regalo. Balbució un gracias, y abrió goloso la bolsa que le dieron.

Era un juguetito y unos dulces. Suficiente. Para el espíritu infantil, era suficiente. Si hubiera sido sólo una paleta, lo hubiera gozado igual.

En su vida nunca había recibido nada comprado especialmente para él.

Un juguetito tan simple, que los hijos de quienes se los dieron, seguramente ni lo hubieran tomado.

Pero para él, hijo de la pobreza, era un logro tenerlo. Quizá dentro de 50 años, ahí lo tendrá.

Y si no lo conserva, porque la pobreza todo arrebata, seguro lo recordará.

 

Enero 19 de 2010

 

El Hombre

El Hombre

Frente a una escenografía donde apenas es perceptible, el hombre espera, pacientemente, a que un pez muerda su anzuelo.

Frente a él, el mar azul, hermoso, de Caribe. Tras él, una ciudad que alguna vez fue majestuosa, pero que hoy, entre el descuido, la carencia y la política, se sostiene a punta de dignidad.

El hombre está absorto en su espera. Quizá de eso dependa que su mesa tenga el pan de cada día. Quizá en casa hay hambre y el sacrificio de ese pez será la salvación de una familia.

El Mar lo contempla, con misericordia. Es apenas un punto frente a su inmensidad. La Ciudad lo ve con nostalgia. Es apenas un instante frente a su historia.

El hombre no sabe eso. No lo piensa. Su mente está concentrada en el tirón de la cuerda que le dirá que habrá comida en casa.

No es tan viejo como el pescador de Hemingway, pero muestra la misma perseverancia. Ya no es el infante azaroso y lleno de una visión de asombro al que Cabrera Infante descubrió en ese mismo lugar.

Es un hombre como tantos que hay, preocupado más por la supervivencia que por la poesía y la hidalguía. Nada se da, si antes no hay un estómago satisfecho.

Pero la foto tiene poesía. Porque frente a la grandeza del mar, y la majestuosidad de una ciudad que fue considerada la Perla del Caribe, con orgullo y perseverancia, el hombre logra colarse a su misma altura.

 

Enero 18 de 2010

El silencio de Adán

El silencio de Adán

En alguna gruta oculta por el amplio mar, está perdido un escrito que habla de la creación del mundo.

Es el Génesis de Serpiente.

Lo escribió para dar la versión que sabía le negarían los teólogos y sabios de la humanidad.

Ahí yace, ileso pese a la acción del agua salada, esperando que un día el hombre pueda llegar a las profundidades del océano y lo descubra.

Dios le permitió a Serpiente escribirlo, pero le advirtió que nadie le creería: -La historia la escriben los vencedores, y el hombre se sentirá siempre vencedor- le dijo.

Aún así lo escribió, y tuvo la osadía de mostrárselo a Adán, para que lo comparara con sus propios recuerdos.

Adán, que aún no inventaba ni la política ni la diplomacia –que es el arte de decir mentiras  ocultar verdades- lo aprobó. Sólo en algo disintió: él no era tan callado como lo describía su amigo.

-Pero yo he visto como se tratan en la intimidad, donde Eva habla y tú sólo escuchas.

Adán hizo recuerdos. Sí, la palabras brotan de la boca de Eva como las gotas de lluvia en un aguacero. En una tormenta.

-Bueno –argumentó por fin- no es que yo sea callado. Más bien es que Eva nunca calla.

 

Enero 17 de 2010

 

El hombre de la Estrella

El hombre de la Estrella

 (Visto antes de la Navidad)

 

Montado en lo alto de un pino gigantesco, el hombre aquel juega a ser dios.

Desafía la altura, que a otro le haría caer de vértigo, para hacer un pequeño universo sobre la punta del árbol.

Ni siquiera es natural el pino sobre el que está trepado. Él mismo lo hizo en esa inspiración pseudodivina, y lo fue creando, hilando cada rama con un sinfín de hilos verdes, algunos dorados, y una paciencia sin límite.

Ahora está en el punto final, en el retoque que le dará una personalidad propia a lo que dos días antes era un simple vástago inoperante, un ramo de luz difusa que intentaba rivalizar con los astros celestiales, y que sólo conseguía perderse en la vastedad del firmamento.

Ahora el trabajo de este hombre le ha dado vida, se ha convertido en el árbol del bien y del mal, aquel mismo que fue el culpable de la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, y que ahora busca redimirse albergando la estrella que anuncia la llegada del Salvador de la humanidad.

Allá en lo alto, el hombre se afana sin saber que lo hace por una redención. Sólo pone su mejor esfuerzo, para hacer bien su trabajo y para regresar a tierra -su mundo- sano y salvo.

Para él también hay redención en su obra. Nadie más se atreve a desafiar esa altura, ni a enfrentarse al riesgo que hay detrás de ese arnés que lo sujeta por la cintura.

Cada quien se gana el pan como puede o como se atreve, piensa el hombre mientras sujeta la estrella a su universo ficticio, seguro de que el oficio le dará para llevar el pan a casa, y que en la nochebuena su mesa tenga el alimento y amor que sus hijos piden,

Sujeta la estrella y asegura el arnés.

Le gusta jugar a ser dios, pero sabe definitivamente que en el juego no entra la inmortalidad.

 

Enero 16 de 2010

 

Compañeros

Compañeros

 

Compañeros

 

A los amigos no se les abandona.

El perrito lo sentía. Unido a su amo por una correa que le impedía salir corriendo y cruzar las avenidas que circundaban el lugar donde hacía guardia, se debatía de cuando en cuando, pero escuchaba la voz que le decía: tranquilo.

Ambos son jóvenes. Cronológicamente y comparativamente.

La vida y la audacia bulle en el pecho del perrito y en la sonrisa del adolescente que lo contiene en su audacia aventurera.

El perrito no debe correr. Se le nota en la patita izquierda, que trae cubierta por una cinta plateada. Se lástima la pata, y su amo la entablilló hasta que sane.

Juntos van por la calle. Ahora están sentados, viéndome con curiosidad mientras trabajo.

El animalito muestra los colmillos, no sé si riendo o advirtiendo que él cuida de su amo, como su amo cuida de él.

El muchacho sonríe, y platica que están descansando. Esperan a alguien, pero se sentaron para que el perro no corra. No debe hacerlo, hasta que sane.

Ahí se quedan, juntos, amo y perro. Son pareja indisoluble.

Son amigos que se cuidan mutuamente.

 

Enero 15 de 2010

Comprando niños

Comprando niños

Todo era tan simple.

Santa Clós traía los juguetes y los niños los compraban en el hospital. Mucho después supimos que la cigüeña también los importaba desde Francia, pero para entonces, ya no creíamos en historias incongruentes.

A nuestros hermanitos, los compraron en el hospital.

Mamá se iba unos días, y luego regresaba con un hermanito, sorpresa para todos. Al verlo, la imaginación volaba: suponíamos que los bebés estaban en largos estantes, como en el supermercado, y que los papás se pasaban días enteros, eligiendo muy bien cuál se iban a llevar.

No había devolución, y si salía enfermizo, o se ponía feo, o resultaba muy llorón, había que aguantarse.

Y vaya que algunos salieron así de chillones.

Seguramente –pensaba nuestra mente infantil- los echaban en un carrito como los del supermercado, aunque seguro traían una cuna o un portabebé. Ahí van los papás, con su nuevo hijo, contando el dinero para ver si completarían al llegar a la caja.

Lo único que no podíamos calcular, era cuánto costaba el bebé. Seguramente mucho dinero, pero valía la pena, porque su llegada alegraba a toda la familia. Los tíos, los abuelos, los primos mayores, llegaban a conocer al nuevo miembro de la familia.

A veces nos tocaba a nosotros ir a conocer a los que compraban los otros tíos. O los amigos.

Con el tiempo, supimos que los bebés llegaban de manera más prosaica y menos poética. Pero la alegría que despertaban en todos, era la misma.

Lo recordé mientras hacía fila en el supermercado, y ví a un niño dentro de uno de los carritos, junto con otra mercancía.

-          ¿Dónde estaba el estante con los niños que no lo ví?- pregunté en voz alta.

Varias señoras sonrieron. Quizá también recordaron cuando pensaban que a los niños los compraban en el hospital, en el supermercado o en París.

 

Enero 14 de 2010

La otomí

La otomí

En medio del grupo destaca su vestimenta color chillante.

La lleva con orgullo, como marca de raza en medio de un mundo extraño.

Hace tiempo dejó su tierra, en la sierra de un estado lejano, para venir a esta ciudad, donde la pobreza es peor para los que nada tienen.

Con su familia consiguieron un pedacito de tierra en lo alto de una loma, y ahí hicieron su hogar. Acostumbrados a las alturas, no les fue difícil vivir ahí. Acostumbrados al trabajo duro, no les fue complicado crecer. Y acostumbrados a la frugalidad, todo los rindió al ciento por ciento.

La mujer está ahora en medio de un grupo de señoras y funcionarios vestidos muy elegantemente. Su blusa color fiucha, con tres olanes blancos alrededor y un delantal tan blanco como la conciencia de un niño, es más comùn en ese barrio que los trajes Arman de los visitantes.

Es el alcalde y sus colaboradores. Fueron a inaugurar un programa escolar, y la invitaron a ella, fiel representante de la raza otomí, que ahora ocupa un lugar importante en el estrado.

Todos hablan y ella mantiene su seriedad. Parece esculpida en piedra. Rostro de piel morena, con mejillas chapeadas por el sol, y un pelo negro como ala de cuervo, peinado cuidadosamente en una trenza que cuelga a su espalda.

Al fin, le piden que hable, y lo hace con una voz suave, cantarina, en su idioma. Es una lengua hermosa, aunque muchos no la entendemos. Pero ahí, entre las señoras que ven con sorpresa lo que pasa, hay más como ella, sobreviviente de una raza que se niega a perecer y mantiene sus valores, su idioma, sus principios y todo aquello que les da una identidad propia.

Habla poco, pero sustancioso. Para qué dar palabras de más si unas pocas son suficientes.

Y al buen entendedor pocas palabras.

Enero 12 de 2010

Suicidio gozoso

Suicidio gozoso

El personaje inicia su historia platicando que le gusta sentarse a ver como se mata la gente.

Es un policía de un pueblo pequeño, rebelde redimido, con el humor negro que da el contacto permanente con tragedias ajenas, y un fúnebre sentido de la distracción.

Pero luego aclara: no se pone a ver como se cuelgan o se dan  un balazo. No, sólo los ve como se van suicidando lentamente.

Se para en la cafetería para mirar al que fuma un cigarrillo  tras otro. Ese tendrá cáncer seguro.

Luego admira al gordito que pide dos hamburguesas dobles, con queso y mucho tocino. Grasa al por mayor tapando las arterias.

Gente así, que se va matando lentamente, disfrutando su suicidio.

Dicen que cada siete minutos una persona muere por culpa del cigarrillo. Viéndo optimista, cada siete minutos una persona deja de fumar.

En todo caso, es lo mismo, diferente enfoque, igual resultado.

Todos sabemos que fumar mata, que las grasas traen colesterol y  triglicérido, y que estos tapan arterias, y que dan embolias.

Pero lo seguimos haciendo. Seguimos disfrutando nuestro suicidio.

 

Enero 13 de 2010

Sorpresa

Sorpresa

A Àngel le sorprendió saber que el Internet se conectaba por teléfono, y que para navegar en la web, había que prescindir de las llamadas telefónicas.

Más sorprendido quedó Fer de que no se acordará como sufrían porque se cortaba la conexión, y por los regaños de los papás, que a veces necesitaban el teléfono.

Fer tiene 18 años, Ángel 16. en dos años, la tecnología cambió, al grado de que uno no conoció lo que el otro sí.

Si con esa diferencia de edades hay sorpresas, con mayor razón para los que ya cargamos varias décadas en los calendarios.

La última vez que se reunieron los viejos amigos de la primaria, lo más complicado fue mandarle a cada uno un croquis para llegar al lugar del festejo.

Tan fácil que es mandarlo por correo electrónico, dijo alguien. – No le se, batallo mucho- dijo el anfitrión, y mejor se gastó un día completo repartiendo los croquis, cuando la tecnología le hubiera reducido  todo el esfuerzo a cinco minutos. Y sin pararse de su escritorio.

La tecnología avanza al ritmo de los niños. Los otros, no siempre aguantamos la velocidad.

Pero no es para preocuparse. Ya ven, Fer, con 18 años, se vio “viejo” frente al adolescente de 16.

Es un consuelo enorme para lo cuarentones.

 

Dic 11 de 2010

Mucha ayuda

Mucha ayuda

Sentados alrededor de una fogata, los machos de Paraíso se quejaban de las hembras.

Sí, eran muy bonitas, pero también a veces eran muy molestas. Sobre todo cuando les daba por hacer arreglos en casa, porque los obligaban a trabajar en los ratos que ellos habían decidido dedicar a descansar.

No había forma de  persuadirlas. Eran inflexibles, y siempre había en casa algo que arreglar, un plato que lavar, una cama por tender, un cubil por asear. El trabajo no se acababa y si por alguna causa se terminaba, ellas lo inventaban.

Definitivamente no estamos hechos para trabajar tanto, decía Elefante.

Es mejor cazar, traer alimento que limpiar la cueva, decía Tigre.

Así fueron quejándose cada uno a su manera y de acuerdo a sus circunstancias. Sólo Adán Pérez nada decía.

Y vaya que Eva era de armas tomar, porque si bien la Tigresa se conformaba con que no hubiera huesos tirados por el piso, y la Mona con que las cáscaras de plátano no se quedaran bajo los sillones, a Eva le encantaba tener todo limpio, arreglado y bonito.

Hasta macetas con flores tenía en las paredes, y había creado un jardín en su patio.

Además, a Eva le gustaba la buena vida, sentarse en sillas, tener una mesa, una cama, algo que las otras hembras no necesitaban.

Todos lo sabían, por eso les extrañaba que nada dijera.

Al fin, cuando todos se habían cansado de quejarse, Adán habló.

-          Pues yo sí ayudo, y mucho.

Todos se quedaron viéndolo con sorpresa. Bien que notaban cómo salía huyendo antes de que lo atraparán en el trajín diario de la casa. Hasta un trabajo se inventó para poder salir de casa.

-          Y o ayudo mucho –dijo con suficiencia- cuando veo que Eva tiene trabajo, me hago a un lado –y luego sonrió para si mismo- y mucho ayuda, el que no estorba.

 Enero 10 de 2010

Rutinas

Rutinas

Lo único que no cambia en el mundo es la tendencia constante el cambio.

Lo vemos todos, lo sabemos todos. Aunque no siempre lo aceptamos.

Nos vamos haciendo viejos cuando ya no podemos cambiar, cuando la rutina nos da seguridad, y nos molestamos hasta porque alguien se sentó en nuestro lugar donde tomamos el sol.

Hay viejos de 30 años, que pelean sus espacios con fiereza, como si el mundo no tuviera millones de kilómetros y millones de lugares donde pararnos. Los hay de mucha mayor edad, similares en sus gestos, sus actitudes, sus enconos.

Lo vemos en las oficinas. Son los que inmediatamente marcan su territorio con fotos familiares, algunas pertenencias, a fin de que nadie se coloque en “su” lugar. Un lugar que generalmente nadie les da.

Otros son peores. Nunca cambian la rutina diaria. Siempre siguen el mismo camino, el mismo número de pasos, y no se atreven siquiera a cambiar de día para ir al cine o a cenar.

Se va perdiendo el sentido de la aventura. La rutina les da tranquilidad, y se convierte en una burbuja donde nada los alcanza.

Sólo el tiempo.

 

Enero 9 de 2010