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Crónicas de la Nada

Buenas costumbres

Buenas costumbres

 En su vida, la Muñeca ha dormido en el suelo. Siempre encuentra algo en que posar su humanidad.su perridad,mejor dicho.

Tiene sus preferencias, como el sillón metálico que se quedó olvidado en la cochera, o el cojín que alguna vez albergó temporalmente las posaderas de gente importante.

Ahora, con la misma dignidad de una duquesa, la muñeca posa su cansancio cada, tarde, cada noche, y desde ahí, nos mira con esa mirada de misericordia que Dios le dio a los perros buenos.

La Muñeca no es lo que la gente llamaría una raza fina,sino que es de una especie canina indefinida. Eso no le impide desenvolverse siempre con una elegancia innata, donde resaltan las buenas costumbres y la buena educación. Es limpia, ordenada, bien portada, y salvo que a veces exagera su celo guardián, no hay queja de ella.

También sabe de coraje y de malos modos. Lo han sufrido más de una docena de perros que le doblaban el tamaño, y que todas maneras mordieron el polvo, asi como algún trabajador peregrino que no logró pasar la prueba de confianza.

Pero en sus ratos libres, Muñeca es elegante, y siempre lleva a cuestas su dignidad, como una dama venida a menos.

Debe ser que la modestia del linaje, no va reñido con las buenas costumbres.

Cizaña

Cizaña

Ensimismado en sus pensamientos, el hombre no se dio cuenta que se metía entre los matorrales.

O tal vez si lo notó, pero poca importancia le dio. Fue hasta después, cuando vio su pantalón lleno de hierba, hojas pegadas como lapas a su ropa, que se preocupó.

Una a una pensó quitarlas, pero no pudo. Las briznas se pegaban y adherían compenetrándose con la tela, hasta darle un color verde.

El hombre la comparó con la cizaña que alguien intentaba meter en su vida: Igual había permitido que las insidias, las calumnias, los chismes, afectaran su vida.

Se habían pegado a su vida y su pensamiento como la cizaña a sus pantalones.

Ya era imposible quitarla. No podía.

Entonces llegó a casa, se cambió de pantalón, y volvió a verse limpio.

El hombre comprendió de pronto que todo era tan fácil como cambiarse de ropa. Dejar aquella que tenia la cizaña, y vestir algo nuevo.

Igual su pensamiento cambió. Dejo todo de lado, y volvió a ser feliz.

En tierra de mancos...

En tierra de mancos...

En ese pueblo nadie tenía sus dos manos.

Hombres y mujeres sanos, llenos de vida, con el ánimo corriéndoles por las venas, pero con las mangas de sus camisas colgando sin vida.

Iban de un lado a otro, sonrientes, como si la mutilación de su cuerpo fuera algo congénito, algo a lo que te resignas porque nunca supiste cómo es la vida de otro modo.

Nadie tenía su mano. Y sin embargo, habían aprendido a no dejar ni el mínimo detalle sin resolver. La carencia de manos y de dedos, por tanto, no les afectaba.

Hasta se veían felices.

Era un reino de mancos, donde nadie era rey.

Entre tantos, siempre hay alguno que sepa contar una historia.

Al fin apareció. Contó que aunque aparentemente todos estaban felices, había muchos amargados, porque la falta de una mano los encadenaba a esa comunidad, donde podían pasar desapercibidos en sus carencias, pero donde definitivamente no era el lugar donde querían estar.

-         ¿Cómo se quedaron sin manos?- la pregunta quiso ser amable, pero era tan directa, que inquietaba.

“Todos aquí –comentó el interlocutor- fuimos un día hombres y mujeres de trabajo, jóvenes y llenos de proyectos. Creímos que el éxito era trabajar y trabajar, y así emprendimos el camino hacía él.

No era así. El trabajo excesivo no garantiza nada más que quedarse sin las cosas esenciales de la vida, como es la familia, los amigos, los buenos momentos simples pero tan satisfactorios y que forman esa cadena de recuerdos que uno atesora para el futuro. Se vuelve un vicio, tan dañino como cualquier vicio.

Todos tuvimos un jefe que pensaba igual, que nos exprimía en el tiempo. Y siempre, cuando uno flaqueaba, él nos decía: No sea malo, écheme una mano.

Fue así como todos nos quedamos sin una mano, por darle la mano al jefe”.

Triste historia, sencilla como las buenas historias.

-         ¿Hay rencor?- Ya entrados en gastos, es fácil seguir gastando.

-         No, porque un día –y antes de decirlo sonrió ampliamente- llegará él, y como era jefe, tuvo que echarle una mano a sus jefes y patrones. Si nosotros perdimos una mano por él, él perderá las dos por sus jefes. E igual que a nosotros, su única recompensa será una patada en la cola”.

Cierto. Será un pobre hombre sin manos. Y su castigo será que entonces, cuando más lo necesite, ya nadie podrá echarle una mano.

 

  

Amor mañanero

Amor mañanero

Seis de la mañana de un lunes cualquiera.

Bastante difícil fue abandonar la cama en las horas en que el sueño se vuelve más reparador.

El café que llena el inseparable termo me anima a iniciar el día, que no se antoja peor ni mejor que otros. Es simplemente un lunes, lleno de interrogantes, aventuras, experiencias por vivir. Un día pleno de interrogantes por resolver.

Ya a bordo del auto, circulo por las calles eludiendo bordos, coches mal estacionados, y las sombras que juegan a confundir en los cálculos.

Al dar vuelta a una calle, un par de ojos brillantes rompe la penumbra del amanecer. A baja altura, es fácil adivinar que es un perrito, y cuando las luces del coche lo iluminan, lo confirmó.

Es un perro peludo, de esos simpáticos que siempre usan de modelo para las caricaturas. Está parado en medio de la calle, con una expresión de angustia.

Que más da, pienso, si estos perros siempre tienen esa actitud. Enfilo el coche directamente hacia él, pero no se mueve. Ni cuando quedamos a corta distancia. Sigue ahí, inmóvil, viendo como la muerte rueda hacia él.

No es para tanto. Al ver que no reacciona, frenó y bajó más la velocidad. Entonces, el perrito hace un leve movimiento, y descubro la verdad. Ya no es un par de ojos, sino dos pares de ojos.

Una perrita, tan lanuda como él, pero de menor tamaño, me mira en la angustia de quien nada puede hacer. Los dos, unidos literalmente por el amor mañanero que acaban de prodigarse, tratan pudorosamente de huir, pero no pueden. Si en el amor coincidieron en la dirección, en el divorcio cada quien estira por su lado.

No hay problema, pienso. Dejemos a los amantes gozar su momento de turbación y volvámonos cómplices de su amor.

La vida da tantas vueltas, que nunca sabe uno cuando podamos estar en una situación igual.

Más humana, claro.

  

La mujer y la rosa

La mujer y la rosa

 

 

La mujer y la rosa

 

El viento me recuerda que el invierno aún reina en mi ciudad.

El abrigo no cubre lo suficiente del aire frío que corre en el lugar donde esperamos la noticia. Cala como un abrazo de alambre de púas.

Con paciencia esperamos. Será solo un par de segundos el tiempo que tendremos para captar la imagen que nos pidieron. Un par de segundos, lo que significa que habrá que apelar al instinto para preparar la cámara en el momento justo anterior. Si falla el instinto, falla todo.

Hay tiempo, según nuestro instinto, de ir a cenar y volver, pero nadie en su sano juicio lo haría. Es una guardia permanente.

Dos chicas pasan a nuestro lado, y nos miran con curiosidad. Ven la parafernalia que siempre traemos. Gritamos visualmente a los cuatro vientos en qué trabajamos y qué hacemos, y no es difícil identificarnos. Una arriesga una mirada hacia nosotros y la otra nos sonríe impunemente. Chicas agradables, estudiantes que lleven la belleza de la juventud.

Abrazan sus libros contra el pecho y siguen su camino, satisfecha su curiosidad.

Más atrás, una mujer camina, pero no nos toma en cuenta. Ya no es joven, y quizá nunca tuvo en su rostro la clase de belleza que inspira a los pintores a crear sus cuadros y a los poetas a escribir sus canciones y poemas.

Una sonrisa cubre su faz y le da una luminosidad perceptible aún para ojos menos duchos. En sus manos lleva una rosa, roja como la pasión que arde en su mirada y como el rubor que delata sus mejillas.

No es el prototipo de la hermosura, pero el sentimiento que anida en su corazón la embellece.

Porque el amor no siempre tiene el rostro de una joven bella.

La Nube y el Sol

La Nube y el Sol

En el horizonte, el Sol semeja una Luna mañanera.

Ni siquiera tiene personalidad propia. Parece una copia de la otra Luna, la que aprovecha la magnifíca montaña como ornamento, en un punto indefinido entre el poniente y el sur.

La Luna es caprichosa, como todas las damas. Le gusta lucirse cuantas veces puede, y esta vez, redonda y ahíta de luz por la noche, agarró la parranda y le amaneció.

A pesar de sus ojeras, luce hermosa.

El Sol no. Se ve desmañanado y esta vez su poderío se ve opacado por una simple nube que subió al cielo en forma del vapor que brotaba de los charcos que el mismo Sol quiso secar.

En su afán de mostrar su poder, terminó por crear la nube que lo opacó.

Ni siquiera es una nube definida. Es neblina que se extiende por el cielo, y al amanecer filtra los rayos del Sol.

Es una gran radiografia que lo apaga, y lo deja convertido en un simple disco blanco, opacado, sin más figuras que las que la misma niebla le quiere dar.

Gran diferencia con la luna, que se va perdiendo en las montañas, y aunque no brilla con luz propia, hace derroche de personalidad.

Esta vez, el sol ha perdido.

Lo derroto en su poder una simple nube.

Y en estilo, la Luna.

La ventana al final del pasillo

La ventana al final del pasillo

La ventana al final del pasillo no es una ventana feliz.

Día y noche, muestra siempre la misma escena: Una ventana más, tan insípida como ésta, y una pared que se pierde a lo largo de otro pasillo.

Desde el otro extremo del pasillo es difícil incluso saber qué hora es. Pueden ser las siete de la mañana, o las tres de la tarde. La ventana muestra la misma luminosidad y sólo por las noches, cuando el sol ya se esconde, cambia un poco el panorama.

Para eso fue hecha, para dejar entrar la luz a lo largo del día y el viento fresco por las tardes y las noches. La ventana al final del pasillo cumple cabalmente su misión. Pero yo sé que no es una ventana feliz, porque ansía mostrar otros paisajes, los juegos de los niños, el pasto verde de algún jardín o al menos el paso alegre de las personas.

Lo que no sabe es que todo eso lo tiene. Cuando uno se para a su lado, puede ver que a un extremo está una calle donde lo mismo pasan mamás con sus bebés, hombres apresurados porque se les hace tarde para el trabajo o para una cita de amor. Ahí juegan los niños al fútbol y uno que otro adolescente pinta sus incoherencias furtivas sobre el muro.

Frente a la ventana, otra ventana muestra a veces la sonrisa de una niña que se asoma para hablar con su vecina. En lo alto, el paisaje cambia a cada momento. No es el verde del pasto, sino el azul del cielo y lo blanco de nubes algodonadas.

La ventana no lo sabe, por eso no es feliz.  Sólo hace su trabajo, y es eficiente.

Pero no le ha encontrado el lado divertido, quizá porque quienes ven  a través de ella no se atreven a acercarse y contemplar el mundo que ofrece.

 

 

Espacios

Espacios

Nada tengo en mi espacio.

Nada tengo, porque no es mío. Debo compartirlo con quien lo gana,  con quien llega primero, porque es tan suyo como mío.

Somos una masa amorfa, donde todos somos parte de los otros, aunque pequemos de independientes.

Por eso, el lugar común de trabajo son sólo cubículos anónimos, fríos, calculados en base al área que ocupa una persona de dimensiones promedio, con suficiente espacio para moverse, tener un par de libros, unas fotografías donde aparezcan los hijos que la vida le dio, aunque no sean los que hubiera querido, pues los hubieran elegido más bonitos.

No tengo nada ahí. Soy el gitano de la redacción, el trashumante de cada  tarde, que lo mismo mira el reloj impasible que la sala de juntas donde nadie se junta.

Podría poner una fotografía, al fin que en casa hay miles peleando por un espacio. Podría, pero ridículo se vería reclamar un espacio que no es propio. Prefiero ir de lugar en lugar, disfrutando lo que cada uno me da.

Es como la vida. Cada ciudad en que he estado, cada país, cada hogar, es de alguien. Lo comparten conmigo, y lo disfruto mientras dura el instante.

Aunque esos lugares se van volviendo un poco míos porque quedan en los recuerdos.

 

La niña y la abuela

La niña y la abuela

En su cuerpo rechoncho no se nota la ingravidez que lleva a cuestas. Aún no, pero ya late un pequeño ser que viene a reclamar su espacio en el mundo.

Apenas unas semanas, en las que la joven madre vivió lo que otras tardan años en vivir. O en sufrir.

Es una niña, se nota en su rostro. Antes de eso, su ilusión era tener una fiesta de quince años. Modesta, pero que ella sintiera era su fiesta.

Ya no la tendrá. Tampoco habrá boda. Tampoco hay futuro en su pensamiento.

Apenas catorce años y ya arrastra una vida de infortunios, donde el embarazo adolescente viene a ser la cereza del pastel. Un pastel muy amargo.

Ella pensó, en su delirio adolescente, que el padre de su hijo la amaba. Encontró un poco del cariño que s madre no le daba. Por eso aceptó entregarle su prueba de amor.

Ni siquiera lo disfrutó. No hubo romanticismo en su entrega, solo pasión satisfecha de su hombre. El mismo que la recibió a regañadientes en su casa, cuando a ella la corrieron de la suya. El mismo que la abofeteó un día y la corrió a la calle, con su creatura en el vientre.

El mismo que no fue hombre.

Ahora, ella llora su infortunio. No tiene casa, no tiene estudio, no tiene fuerza. Y está enferma.

En dos semanas, todo cambió. Era una niña con miles de ilusiones. Hoy es una mujer de catorce años, con rostro de niña y que va a ser madre joven. Igual que su madre, igual que su abuela.

Su abuela. La misma que siempre corre a levantar. La misma que siempre se preocupó y se mató para que ella tuviera algo que comer, que vestir, para que tuviera el cuaderno que le pedían en la escuela.

La misma que ahora, vuelve a rejuvenecer para sostenerla. A ella y a su hijo.

Dios le guarde muchos años a su abuela.

 

Marzo 27 de 2010

El Salto

El Salto

Por puro gusto, salta desde la mitad de las escaleras.

Viene bajando, y de pronto, di ce: detenme esto. Y entrega lo que lleva cargando.

No es por pereza, sino para saltar con libertad. Se lo gana con sus 16 años, su despreocupación ante lo que pasa en el mundo –y en su vida- y la seguridad de que hay alguien que vela por él.

Los seis o siete  escalones se desaparecen ante su salto. Sus rodillas resisten perfectamente el golpe, y una sonrisa de satisfacción se dibuja en su rostro casi infantil.

En su imaginación, acaba de saltar en un paracaídas desde un avión. O tal vez su brincó lo inició en un edificio de cien pisos, y lo terminó en otro de 50.

La realidad en nada corresponde a lo que pasa por su mente.

Abre las manos como si acabara de ejecutar un acto en un trapecio, y luego toma lo que llevaba y sale corriendo por las siguientes escaleras.

Va feliz, por lo que logró.  Y su padre, sonríe, también feliz, recordando los tiempos en que hacía lo mismo.

Ya no puede hacerlo, porque las rodillas cobran la factura y el sobrepeso lo adhiere a la tierra.

No importa. Ya tiene un heredero de las inocuas locuras juveniles que hacen más agradable el camino hacia la adultez.

 

 

 Marzo 26 de 2010

Cada quien su oficio

Cada quien su oficio

Todos trabajamos, pero cada uno en distinta actividad.

Los dos hombres frente a mí se afanan en quitar pieza por pieza el piso de mosaico que hasta hoy adornó la casa.

Es tiempo de cambio, y nada como empezar desde abajo.

Ellos son los encargados de hacerlo. No puedo dejar de comparar que quizá cobramos lo mismo, y que al final del día, tendrán en sus manos lo que yo he tardado meses en reunir.

En el patio, Ella se afana lavando la ropa. Igual, al final del día estará cansada como nosotros, pero su bolsillo seguirá tan vacío como en la mañana. Es trabajo por amor al arte, por amor a los demás.

Me siento con suerte. Mi trabajo es más cómodo. Acomodo las hojas de una revista. Es el punto final del trabajo, lo sencillo. Lo difícil ya pasó. Ahora sólo queda darle un toque final y cobrar el trabajo.

No se si logre ganar tanto como los albañiles. Ni si les rendirá a ellos lo que a mí.

Sólo sé que cada uno trabaja en lo suyo, aunque estemos todos juntos en un área de cinco metros a la redonda.

Pienso que tengo suerte, porque ellos no tuvieron otra opción.

La vida eligió por ellos.

Marzo 25 2010

 

Voluntad

Voluntad

Volver a tomar la pluma es difícil.

Más cuando todo es figurado, porque ahora, todos escribimos sobre el teclado.

La pluma se queda generalmente secando su tinta en el fondo de algún cajón, y vuelve a brotar, mucho tiempo después, cuando buscamos algo que perdimos.

En este oficio nunca dejamos de escribir, pero casi siempre somos sicarios de la pluma. Escribimos bajo pedido, por encargo, para un patrón. Miles y miles de caracteres diarios, van dejando huella en los sillones de la redacción, y callos en las yemas de los dedos y en el trasero de los periodistas.

Horas sentados tecleando palabra tras palabra. Todas por encargo –y por ocurrencia- de alguien.

Quedamos tan fastidiados, ahítos de redactar, que olvidamos que el escribir debe nacer de una combinación de creatividad, inspiración y dedicación, acrisolada en el alma de cada uno.

Escribir, plasmar pensamientos, darles forma  e irlos hilando, hacerlos coherentes, lleva tiempo, exige esfuerzo, y pide exclusividad por un buen rato. Difícil cuando el teléfono suena cada minuto, y cuando todos reclaman atención.

Pero vale la pena el intento. Aquí no hay miserias intelectuales.

Es cuestión de voluntad.

 

Marzo 24 2010

Los muertos

Los muertos

Siempre me he preguntado de que sirven las flores y las misas a los muertos.

A las primeras ya no pueden verlas ni olerlas, y da lo mismo estar en un jardin que en una bodega. El que esta muerto ya no lo sabe ni lo siente.

Las misas tampoco ayudan mucho, porque todo se hace en vida, hermano, en vida. Al final del dia seran las obras buenas y malas las que determinen si el difunto se gano una suite en el cielo, o una celda en el infierno.

El Gran Juez no se deja sobornar ni con diez mil misas, si el procesado incurrio en atentados a terceros. No habra justicia mientras no haya suficientes obras buenas que equilibren la balanza y la inclinen al otro lado.

Mandar oficiar misas por la salvacion del alma de los que se fueron, es tan inutil como llevarle flores a una tumba muda e indiferente.

Tal vez todo eso no sea por los muertos y la salvacion de sus almas, sino por los vivos y la tranquilidad de sus conciencias.

 

 

Añoranza de la rutina

Añoranza de la rutina

   En sus ojos asomó la nostalgia cuando vio lo que era su casa.

   Iba en el camión, seguramente cuidando la ventanilla del lado derecho para tener el campo libre para ver su casa cuando pasara junto a ella.

   Lo ví mientras hacia alto en la esquina donde él vivía con su esposa y sus dos hijas. No me vió, porque sólo tenía ojos para lo que fue su casa, tal vez con la ilusión de verlas.

   Era mi vecino, un tipo de mediana edad, obrero, hombre simple sin muchas pretensiones en la vida.

   Tenía muchos años trabajando en el mismo lugar, el mismo departamento, los mismos compañeros, la misma rutina.

   En sus vacaciones, largas como una espera, pasaba las horas sentado en el frente de su casa. Si había algo que reparar, lo hacía y volvía a su inmovilidad. Sacaba a pasear a sus hijas y volvía  su lugar. No necesitaba mucho para ser feliz, sólo su rutina.

   Un día se la quitaron: lo mandaron a otro departamento a fabricar otra cosas, con otra gente, con otra rutina.

   Su espíritu no soportó mucho la idea. se volvió inestable, nervioso, insomne, huyendo siempre de sí mismo.

   Terminó en el manicomio, y su mujer, joven y sola, olvidó enseguida la promesa de estar con él en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad.

   Lo llevo, cuando salió de la llamada casa de la risa, a casa de su madre, y ahí lo abandonó. El pobre hombre se quedó de pronto sin nada: sin trabajo, sin mujer, sin hijas, sin casa, sin rutina.

   A iniciar de nuevo. A crear la nueva rutina, la nueva vida,

   En eso está. Por eso aborda el camión urbano que pasa por la que fue su casa, para ver, con los ojos de su nostalgia, los rescoldos de la rutina que lo hizo feliz.

 

 

 

Escritor

Escritor

Cualquier puede ser escritor.

De hecho, cualquiera lo es. Basta. Más que talento, perseverancia.

Primero para escribir, porque no es tan simple como sentarse y esperar la inspiración. Eso es para los poetas, que van buscando la musa en cada cosa que ven.

Los escritores son de perseverancia, de técnica.

Hay que escribir, primero, antes que nada. Formar la idea, bosquejarla, pensarla, crear los personajes, y luego, cuando está todo, sentarse frente a la hoja y la pluma, la máquina de escribir o la computadora.

Se pueden pasar las horas sin encontrar las palabras adecuadas. Ni siquiera cómo empezar.

De pronto, surge un torrente de inspiración, las ideas brotan por doquier, las palabras se atropellan, y se va formando el texto.

No significa que esté bien. La verdad, eso no significa nada. Son palabras.

Como los pasteles, hay que dejarlas reposar, para luego, sin la efervescencia que da la inspiración, verlas en su real magnitud.

Muchos escritos irán al bote de basura. Otros pasan la prueba, la primera, porque luego hay que ver la opinión de los demás.

Los escritores reales, pasan horas escribiendo. Para ellos es un trabajo de diez o doce horas diarias.

Por eso no es fácil ser escritor. Además de creatividad –que todos la tenemos en un rato de inspiración- se necesita conocimiento, estilo, perseverancia y mucho sudor.

Por eso, no cualquiera es escritor, y a veces termina siéndolo cualquiera que debió dedicarse a otra cosa.

 

3 febrero 2010

El león

El león

Enorme y simpático, es todo alegría.

Una sonrisa permanente adorna su semblante,  y lo hace amable a los demás, que le saludan tímidamente a lo lejos. Sólo los niños se le acercan, lo tocan, lo saludan chocando sus manitas con sus enormes garras.

El león, feliz, les revuelve el pelo con sus manazas, y no deja de sonreír.

Si fuera real, sería una fiera. Pero este león es pura miel y sonrisa perpetua.

Ronronea con los pequeños, juega con ellos, corre para que no lo alcancen, y les recomienda que se porten bien.

Bajo la piel del león, hay alguien que sabe ser niño todavía. Pero es mal visto que los adultos seamos como niños, por eso él se viste de león para hacerlo.

¿Quién es capaz de enfrentarse a un león?

El león es feliz. Es fuerte y fiero y por eso puede permitirse ser inocente.

Es un niño con piel de león.

 

Febrero 2 de 2010

Calendario

Calendario

Acabo de arrancar la hoja del calendario.

Un nuevo mes aparece en la nueva página. Se han ido 31 hojas, 31 días, 31 oportunidades de vivir intensamente.

En la perspectiva que da el presente, el pasado siempre nos parece mejor. Y siempre, al mirar la agenda de la vida, sentimos que se quedó vacía.

Si no sabemos a dónde van los muertos, menos sabemos a dónde van los días pasados. Hurgamos en la memoria, y sólo encontramos unos pocos. Los demás, se pierden, invariablemente.

Si nuestro cerebro tiene tanta capacidad de almacenaje, porque no recordamos nada. Será que el tiempo lo borra, será que no lo grabamos bien en la mente. Será que vivimos superficialmente.

Cayó una hoja más del calendario,  y con ella se fue un mes. Con ella se fue un jirón de vida. Con ella se fueron esperanzas, proyectos, oportunidades.

A cambio nos deja unos pocos recuerdos. Vaga recompensa a nuestros afanes.

Veo la nueva hoja. Esta vez, no dejaré que se vaya tan rápido, y tampoco dejaré que ninguna de las que aún no asoman, sea tan anónima como las que ya se fueron.

 

Febrero 1 de 2010

El arca de Noé

El arca de Noé

Muchos años vivió Adán Pérez.

En ese tiempo, la gente vivía más porque había menos cosas que le causarán estrés, no habían descubierto el tabaco ni los accidentes automovilísticos, así que lo más común era morir de viejo.

Adán vivió muchos años y conoció mucha gente.

Noé era uno de sus amigos, cuando ya Adán era viejo.

Con la experiencia que le daban sus siglos de existencia, Adán le daba consejos a Noé.  Consejos que entonces no sabía le ayudarían mucho en su futuro.

Una tarde de abril, cuando el sol resplandecía, y no se veía una gota de lluvia, platicaban:

-          Uno nunca sabe qué va a pasar –dijo Adán- y no hay como estar preparado.

-          ¿Si no sabes, cómo te preparas?

-          Buena respuesta, dijo Adán, pero siempre hay manera.

Entonces le dijo:

-          Mira, la vida es como ir en un barco navegando por aguas que no terminan nunca. Haz de a cuenta un mar que se alimenta continuamente de las lluvias. A veces nunca deja de llover y parece que nunca saldrá el sol.

Pero saldrá, porque Dios no abandona, sólo hace como que se olvida de nosotros, pero ahí está siempre, viéndonos, poniéndonos a prueba. Lo primero que debes lograr, es no perder el barco, porque pierdes la vida.

No olvides que todos vamos en el mismo barco, cuídalo. Igual, planea con tiempo, no esperes a que llueva para construir un barco, y no te apures por las críticas. Nunca le darás gusto a todos. Tú sólo haz tu trabajo.

Haz ejercicio, porque ahora eres joven y eres fuerte, pero cuando tengas 60 años, o cien años, la fuerza no es la misma. Alimentala desde ahora ,pues no sabes qué te puede pedir Dios entonces. Quizá sea algo grande.

Noé escuchaba con atención. Era joven, pero era sabio y sabía que los viejos –al menos en ese tiempo-, eran más sabios.

Adán continuo, sin saber si Noé lo escuchaba.

-          Por si las dudas, haz tu casa en tierra alta, para que las aguas lleguen al último contigo. Viaja siempre en pareja, es menos aburrido, y no te apresures, que cuando uno lleva prisa, más vale despacio. Y verás que los caracoles llegarán igual que las liebres.

-          Descansa de cuando en cuando, que no todo en la vida es trabajo. Si te estresas, flota. Además, confía en Dios, porque si no sabes cómo construir un barco o una arca, tiempos vendrán en que habrá profesionales que los construirán tan grandes como una isla, y se hundirán con facilidad. Pero si Dios está contigo en tu barco, siempre flotará.

-          Y lo mejor –concluyó Adán- siempre tendrá un arcoíris para ti.

Enero 31 de 2010

La Abuela

La Abuela

No hay sábado sin sol ni domingo sin borracho, decía la Abuela.

Igual decía muchas cosas. Todas ciertas, según fui entendiendo con el  tiempo.

En sus frases traía la sabiduría que dan los años, no la escuela. Nunca fue a las aulas. En sus tiempos la vida era de trabajo, y la única escuela que podían tener era la de la vida.

Por eso la Abuela no sabía leer ni escribir. No conocía ni la o por lo redonda, decía siempre.

Para ser sabio uno no requiere escuela. Sólo vivir. La Abuela vivió muchos años, más de cien. Y muchos sufrimientos y dificultades. Pero sola pudo sacar adelante a sus hijos, y los hizo hombres de bien.

Tanto la respetaban, aún cuando era una ancianita de apenas un poco más de un metro de estatura, que el tío Poncho alguna vez casi se come el cigarro cuando la Abuela apareció de pronto junto a él mientras fumaba en la calle.

Era sabia la abuela, ahora lo comprendo. Por su vida y por la sabiduría que heredó de sus antepasados, que le fueron transmitiendo miles de conocimientos que parecían insignificantes. Desde trabajar duro para vivir, hasta conocer que la neblina en las mañanas no trae lluvia, sino sol.

Muchos años vivió. Sufrió guerra, hambre, viudez, pobreza. Pero sobrevivió para ver a sus tataranietos crecer.

Y enseñarnos que la sabiduría llega con la vida, pero vale escuchar a los viejos, para aprenderla mejor

Enero 31 de 2010

 

 

Lector

Lector

Dice Catón, el colmnista, que tiene cuatro lectores.

Muy fieles deben ser esos, ya que lo leen en más de 150 periódicos por todo el país.

Leyéndolo, que no escuchándolo, pienso que le va bien. Yo apenas tengo un lector en las crónicas de la nada.

Y como soy yo mismo, que de cuando en cuando me pongo a leer mis propias ideas, pues seguramente no vale.

Si es preocupante tener sólo cuatro lectores, más lo es tener uno solo. Con la ventaja que el mío no reclama si no encuentra una crónica. Cómo, si en el pecado llevaría la penitencia.

Un solo lector, pero eso sí, bien asiduo.

Enero 29 de 2010