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Crónicas de la Nada

Crónicas de la Nada

Amor para siempre

Amor para siempre

La novia tiembla cuando musita un suave sí. Tiembla como una hoja recién desprendida del árbol, a pesar de los 38 grados del ambiente.
El novio, serio, fiel a la ocasión, la ve con amor. Más que una mirada es una caricia que se posa suave en cada milímetro del rostro de ella, que no oculta su nerviosismo al dar el primer paso para cruzar el umbral hacia su nueva vida.
Toda su vida espero el momento de unirse al hombre de su vida. Muchas noches lo soñó, lo idealizó en sus pensamientos, y hasta creyó despertar con él. Pero no llegaba, y se escapó el tiempo, dejando tantos huecos que se convirtieron en años, y luego en décadas.
Por ahí se escapó también su juventud. Y la ilusión del amor.
Nunca imagino que volvería cuando todo lo demás ya se había ido.
Un leve temblor denotó la emoción de la novia al dar el sí.
Apenas escucharon que eran "Marido y Mujer", el novio la tomó de la mano, para acercarla, y la besó suavemente, como si fuera de cristal fino y temiera quebrarla.
Una escena que a sus 72 años Armandina nunca pensó vivir. Pero hace dos años, conoció a Eloy, tres años mayor, en un café del centro de la ciudad. Y nació el amor.
Fue como una película que nadie filmó. Ella tomaba café con sus amigas, y de pronto, entre risas y pláticas su servilleta fue a dar al suelo.
En la mesa de al lado, aburrido de una larga espera, Eloy se mostró galante y raudo recogió el pedazo de tela. Nunca imagino que estaba levantando el amor.
Él se perdió en sus ojos. Ella, que hacía mucho tiempo había dejado de esperar al príncipe azul que nunca pensó realmente en ella, descubrió de pronto que el amor nace en cualquier momento, travieso, porque no entiende de edad. Ni de nada.
Y mIentras sus contemporáneos vivían en sus recuerdos, ellos dos, disfrutaron la realidad del presente. Y decidieron casarse.
Ante el juez del Registro Civil, como cualquier enamorado, Eloy se muestra galante con su novia. Le acomoda la silla, le lanza miradas que la hacen sonrojar. Ella le sonríe y lo mira enamorada. De pronto, le limpia algo en el rostro. El se deja hacer.
Su noviazgo fue como los de antes. El viudo, ella soltera, no dieron nada que decir. Cuando decidieron unir sus vidas, él fue, como todo un caballero, a pedir la mano de la novia.
Amigos y familiares los acompañaron al Registro Civil. Ella de blanco, como corresponde a una señorita. El con su mejor traje. Como corresponde a un caballero.
Armandina dedicó su juventud a cuidar de su madre. Todavía trabaja, en una empresa, a veces de día a veces de noche o de tarde. Eloy es jubilado, y se dedica al comercio. Pero eso no importa. Lo único en lo que piensan, es en disfrutar su amor, aunque otros critiquen.
Una boda sencilla, que los une civilmente. La boda religilosa tendrá que esperar, porque en la Iglesia les pidieron tres meses para correr las amonestaciones. Y con frío, no se quieren casar.
Esto no es un cuento de hadas, es la vida real. Y como en las telenovelas, Armandina y Eloy tienen un final feliz, y seguramente vivirán felices y enamorados por siempre.
No importa cuánto dure ese siempre, al fin que la eternidad también cabe en un segundo, cuando lo sabemos vivir.

Adios Año Viejo

Adios Año Viejo

Te vas, 2013.
Has sido un buen amigo, porque en estos doce meses has compartido conmigo un montón de vivencias, algunos viajes, y muchas experiencias.
Anduvimos por muchos caminos, como diría Machado, y no llegamos a ninguna parte, como diría yo.
Pero cómo nos divertimos, lo mismo en esos lugares inesperados a donde nos empujó el periodismo, que en las noches de bohemia con otros amigos, cantando y contando historias propias y ajenas. Y hasta en los malos momentos, cuando la alegría nos sacaba de las penas. Estuviste en las buenas y en las malas. En las madrugadas y en las trasnochadas.
Amamos, sí que amamos. Quizá sufrimos, porque no hay vida plena si no se tiene por lo menos un toque de dolor, y al final, aprendimos mucho, pero no lo suficiente.
Por eso te vas, para que vengan vientos nuevos con otras enseñanzas. Llega el 2014, que espero llegue a ser tan amigo como tú, y veo que trae una alforja vacía. La tuya, 2013, en cambio, va llena. Tanto, que es difícil encontrar los recuerdos exactos de tantas cosas que hicimos juntos.
En doce meses cambió el mundo. Se fue un nuevo jirón de juventud, llegó nueva gente a quien amar, despedimos a algunos amigos, construimos más castillos en el aire y algún bloque solitario en la tierra.

Como a un buen amigo, no te digo adiós, sino hasta luego. Aquí se queda un poco de tí, en los recuerdos atesorados, y en esos cambios que trajiste y que nos proyectan al futuro.

Gracias, 2013, gracias Amigo.
Buen viaje.

Ángel Emiliano

Ángel Emiliano

Hola Bebé:

Ya sé que no sabes leer, ni tienes Facebook, ni sabes quién soy. No importa, de todos modos te quiero enviar este mensaje.

Yo sí sé quién eres. Eres la continuación de la vida, el mensaje de nuestros ancestros hacia el futuro, y la certeza de que la vida se abre paso frente a lo que sea.

También eres testigo de que Dios existe. Porque sólo Él puede crear algo tan perfecto como un pequeño ser en tan poco tiempo. Y entender que eres tan precoz y aventurero desde ahora, y por eso ya ansiabas explorar el mundo de tus mayores. Ese mundo que ya comenzaste a cambiar.

Por eso decidió quitarte las alitas de la espalda, y permitirte llegar con tanta antelación a nuestras vidas. Vienes cansado, porque el viaje fue largo, y aún te faltaba un poco de fuerza para emprenderlo.

Te falta fuerza, pero te sobra voluntad. Por eso, y porque sé que eres mensajero de Dios -al fin eres Ángel, como tu padre- tengo confianza en ti, pequeño. Confianza en que sabrás luchar y vencer, como un pequeño guerrero.

Confianza en que traes bajo el brazo un cúmulo de alegría multiplicadora. Confianza en que sabrás llevar con orgullo la herencia genética que recibes de tus papás y la herencia cultural que te iremos formando entre la gran familia que creaste con tu existencia.

Eres fuerte, Hijo de mi Hijo. Eres grande aunque no alcances aún el medio metro de estatura. Eres valiente porque no te importó luchar contra mil obstáculos para nacer, ni arrojarte al vacío de la vida antes de tiempo.

No tengo mucho que darte, más que un cálido abrazo de bienvenida y un beso de amor incondicional.

A cambio, te comparto mi mundo personal. Ya verás que te gusta.

Gracias por existir.

Bienvenido al mundo, Ángel Emiliano.

Una mota de polvo

Una mota de polvo

Hago un recuento por las noches, a toro pasado, y otro por las mañanas, previendo el día. En la mañana planeo lo que voy a hacer, y por la noche lo que no hice.
A veces el día es intenso. O casi siempre. Nunca acaban las tareas, los compromisos, los pendientes, y no siempre salen las cosas como debieran. 
Me pregunto si esa intensidad no es más que un afán de perderme en una vorágine que me ciegue para no ver que la vida se va, y que no siempre la aprovechamos. Como sí nos engañáramos para creernos útiles, y sentir que vivimos de manera inmensa e intensa, cuando sólo somos una cadena de actividades, una tras otra hasta gastar el tiempo y llegar al aburrimiento.
Puede ser, pero también caigo en la cuenta que la vida es así: un mar que pasa por una red enorme,  Con toda su inmensidad y toda su fuerza. Un océano que la cruza y donde el agua se va irremediablemente, y sólo deja unas gotas extraviadas entre los hilos, algún pez que no sirve para completar una cena suficientemente sustantiva, y plancton.
Plancton que no se ve, pero nutre. Por algo es el alimento de la más grande de las criaturas que ha conocido el hombre.
Entonces, lo insignificante puede ser lo realmente sustancioso. Lo visible, lo ruidoso, lo escandaloso, sólo es oropel en muchas ocasiones. 
Son los detalles que no tomamos en cuenta los que forman esa red indestructible que se llama existencia. Tan sólida, que cuando muta en recuerdos se vuelve indisoluble.
Habrá quien cambie el mundo de manera visible. Otros, solo somos una invisible mota de polvo en la inmensidad del Universo. Quizá nadie nos vea. 
Pero de cuando en cuando, podemos causarle un estornudo que inspire a los que mueven el mundo.


El sortilegio de las palomas

El sortilegio de las palomas

Suave, como el pétalo de una rosa, fue el aterrizar de la paloma.

Venía no sé de qué lejanas o cercanas tierras, pero se notó el alivio en su mirada cuando posó sus patitas en el viejo adoquín de la plaza. Venía cansada del viaje, seguramente largo, pero también la agotaba el tiempo de la espera, y la eternidad del olvido.

Todo era nuevo a sus ojos. Cada segundo que durante siglos se había posado en esa vieja plaza, era algo novedoso a su vista. De haber sido mujer, la paloma se hubiera sentado en alguna banca, arropada en sus ilusiones, dispuesta a esperar, como lo había hecho muchas veces. Como Penélope la de Serrat. Paciente, sin prisas, resignada de parar su reloj cualquiera tarde de primavera, y continuar la espera mientras de los árboles caen las hojas, y el verano se diluye en un sinfín de recuerdos inexistentes.

Pero era una paloma. Inocente y frágil paloma. Desvalida en medio de la enorme plaza, al alcance de cualquier piedra infantil, del descuido de una pisada, de un desengaño. Una creatura tierna, que reclamaba atención.

Algunos paseantes, también llegados de lejos, le prestaron alguna mirada curiosa, pero la paloma no los atendió.  Se dedicó a admirar la belleza de las piedras, a escuchar el canto de las ramas de los árboles centenarios, y a soñar. Tan lejos estaba su hogar, que se solazó en la satisfacción del esfuerzo cristalizado en esa tarde estival parada en medio de una plaza desconocida a la espera de la nada.

Pensó en todo lo que tendría que contar cuando volviera a casa: Los antiguos edificios que seguían erguidos a pesar de los años, las fuentes de aguas transparentes y saltarinas, los escudos de armas en los castillos, la enorme rueda que amenazaba subir a rodar por el cielo. Tantas vivencia, que iría ordenando en las largas horas de vuelo que le esperaban para volver al nido, que seguramente seguiría vacío, frío como todos esos años de espera.

La paloma decidió disfrutar más esa soledad añeja que transpiraba la cantera de la plaza. Alzó las alas para sentir mejor la fragancia del pasado, y aspiró los suspiros de mil enamorados que habían fraguado sus ilusiones en esas bancas. Sintió también el aroma de la pasión de mil amantes que descubrieron el amor en rincones recónditos, ocultos por la complicidad de las noches oscuras.

Se sintió feliz, aunque vacía de amor. Y su deseo fue que esos recuerdos de idilios ajenos fuera el sortilegio que diera realidad a sus ilusiones.

Absorta como estaba, la paloma no vio acercarse al macho que volaba bajo, atraído por el hechizo que había invocado.

Suavemente, el macho posó sus patas en el mismo suelo que momentos antes había pisado la paloma, y cerró los ojos. Él aspiró los mismos aromas del pasado, pero los pasó por alto. Buscaba el de ella, para mezclarlo con sus propias feromonas.

Lo encontró fácilmente. Venía mezclado con esencias de lágrimas escondidas en noches insomnes, con olores de pasiones perdidas y olvidadas, y escondido en el esbozo de una sonrisa juvenil  atrapó el alma del sortilegio.

La paloma lo percibió, no era el mismo aroma que ella se había forjado. Pero igual se adaptaba a sus instintos. Sintió la cercanía del macho, su urgencia de amarla, la pasión que se desbocaba en los aleteos del cortejo amoroso.

Dudo. No eres quien yo espero, susurró imperceptiblemente. E intentó alejarse.  Dos veces dio un paso adelante, zafándose del suave asedio del Palomo, que supo era sólo parte del preámbulo de la unión que la naturaleza les había ordenado desde el principio de los siglos. Un instinto que no siempre se entiende por los protagonistas.

Era un protocolo inscrito en sus genes. Ella se aleja,  él insistió, ella se va nuevamente y aletea, molesta, para alejarlo. Él hace caso omiso, y ella hace el amago de agredirlo.

Él se aleja, ella lo ve, y lanza una sonrisa, que él no ve, pero la capta.

Vuelve, se acerca, la arropa con las alas. Ella siente ese aroma a macho, distinto al que ella quería, al que ella esperaba, y de pronto imagina que éste es real, en tanto el otro, ni siquiera lo recuerda, si es que existió.

Sólo algunas miradas se posan en las palomas, que indiferentes a los humanos, concluyen su rito amoroso en una unidad de espíritu que ya se había dado desde el principio, y que ahora, sólo se complementa en la unión física.

Algunas mujeres que pasan por la plaza los ven y se escandalizan. Siempre alguien se escandaliza, pero las palomas mantienen su amorío, libres de pecado. Se aman en el momento en que coincidieron sus vidas. Cuando el Instinto y el Destino los unieron, no cuando los convencionalismos ordenaban. No saben si será por siempre, pues ambos pertenecen a mundos distintos. Ella tiene que volver a su nido, a su espera infinita. Él a la vida errante que tienen todos los machos.

Su amor, cargado de pasión contenida desborda los límites de la plaza y suaviza el duro corazón de las piedras.

Por unos minutos, sólo existen ellos, los palomos. El mundo desapareció. No, no desapareció. El mundo, volvió a la vida. Ellos fueron el sortilegio.

Niños

Niños Llegan juntos, pero con distinta actitud.Los grandes, preocupados porque el tiempo escapa, y los niños, saltando y riendo ante la expectativa del día, juego y diversión, que les espera.Los papás, no. Para ellos, la jornada seguramente será agobiante. Ver clientes, tratar con jefes necios, largas horas en un escritorioo un mostrador, quizá horas conduciendo el auto bajo condiciones extremas de calor y de  tráfico vehícular.Van a sufrir, porque así se gana el pan de cada día, para ellos y sus hijos .Ojalá fuera sólo el pan. Eso no implica mucho esfuerzo. En la vida moderna, hay que ganar para algo más. Para el jugo de frutas, la leche del niño, los pañales, el pago de la casa, para comprar la enorme pantalla de televisión frente a la que sueñan cada sábado cuando van a surtir la despensa.Y tantas cosas que quisieran tener, pero que son tan guajiras como ganarse la lotería y volverse rico de la noche a la mañana.Lo más seguro es que el sueldo no alcance más que para lograr la dignidad mínima que necesita la familia. Ya será en otra vida cuando disfruten la majestuosidad que debe existir en quien no tiene apuros económicosy sí la manera de cumplir todas sus ilusiones.Los niños que llevan de la mano, nada saben de eso. No necesitan mucho. Sólo comida cuando tienen hambre, la seguridad de que papá o mamá llegarán por ellos cuando se acabe el día, y nada más. Ni siquiera juguetes, porque se divierten saltando, gritando, peleando con sus amigos.En su imaginación, cualquiera lata es un avión que llega al fin del mundo. La piedra puede ser una montaña, y una varita el amigo aventurero que cruza todos los pantanos sin mancharse.No se preocupan si tienen o no tienen. Lo que tienen les basta, y su imaginación hace lo demás.Niños felices, lástima que ninguno sobrevive cuando les toca cruzar el mundo de los adultos. 

El lago de la princesita

El lago de la princesita

Erase una vez un sapo cualquiera.

Bueno, no era un sapo  cualquiera. Era un Sapo aventurero, bohemio, despreocupado, que no sabía que vivía en un cuento de hadas. El creía que vivía en una novela negra.

Un día, decidió emprender camino al andar, y se fue, vagando por caminos que no conocía, decidiendo al azar en las encrucijadas, y buscando estanques nuevos donde renovar su existencia.

El Sapo encontró un pequeño lago, transparente como lágrimas de princesa, hermoso como la mirada de una niña enamorada. Se parecía a la felicidad, y decidió instalarse un tiempo. Sólo un tiempo, porque él sabía que no hay felicidad eterna.

Por las mañanas, el Sapo disfrutaba la holganza viendo la transparencia de las aguas, la salida del sol, y las montañas cercanas. Cuando se cansaba de ver una, movía su silla y se ponía a ver la otra.

En las tardes, jugaba a las escondidillas con el Sol, hasta que este se iba a dormir, y entonces, sacaba su guitarra y cantaba –croaba- historias de todo tipo, aprendidas en su caminar por la vida.

Una tarde, encontró en el estanque a una Princesa. Era bella como el amanecer y tierna como el beso de un bebé. Era dulce como una sonrisa, y frágil como un pensamiento.

-        Hola, Sapo- le dijo la bella.

-        Hola, Princesa- respondió el Sapo, ilusionado- seamos amigos.

Así empezó su amistad. Todos los días, la Princesa iba al estanque, y el Sapo dejaba de jugar con el Sol, para platicar con ella. Él le contó historias de amantes traviesos que proyectaron su amor a la historia, ella escuchaba y luego le platicaba de sus propias vivencias.

Las tardes se alargaban hasta hacerse noches. Cuando se iba a su castillo, la Princesa le dejaba mensajes al Sapo en las hojas de los árboles, o los pétalos de las flores que besaba con su aroma, para que los leyera en las mañanas. A veces, le escribía palabras de amor en la superficie del lago, pero el Sapo no sabía leer en el agua.

Así pasaron los días. Una tarde, el Sapo notó que el lago había disminuido. Fue la vez que llegó con una flor para ofrecérsela a la Princesa. Tal vez sí vivía en un cuento de hadas. Quizá era Sapo por un hechizo que las otras Princesas que había besado no supieron romper.

La Princesa vio la flor, hermosa como los sentimientos del Sapo, y se puso a la defensiva.

-        Este lago –dijo la Princesa- yo lo hice con mis lágrimas.

Entonces, pensó el Sapo, ella ya no llora, por eso el lago es más pequeño.

No pensó más, porque la Princesa inició un relato. Le contó su historia. Cuando apenas despuntaba la flor de su hermosura, todos los príncipes del mundo querían tocar su mano, y casarse con ella. Pudo elegir al que ella le pareció el más hermoso, más fuerte, y más gentil.

Se casó con él, pero el Príncipe sufría un hechizo que lo convertía en Ogro apenas cerraba las puertas del castillo. Las noches de amor que ella soñaba, se volvieron oscuridad y humillación. Su vida se volvió un martirio, encadenada por siempre a un ser abyecto, cruel, que gozaba con su sufrimiento.

Por las tardes, cuando la Princesa salía, lloraba por su suerte y sus ilusiones perdidas. Sus lágrimas fueron acumulándose hasta formar un lago transparente y hermoso. Era un espejo donde la Princesa veía su mundo perdido.

Ahí mismo vio reflejada una tarde la figura del Príncipe Azul, que volvía luego de recorrer el mundo y hacer riquezas. Lo recordaba como un jovencito tímido, que le lanzaba miradas en las fiestas, pero no se atrevía a acercarse. Él le dijo que desde entonces la amaba, pero cuando ella eligió al Príncipe, él resolvió alejarse para casarse con otra princesa tierna que su padre  le eligió. Porque los príncipes sólo aman a las princesas, y las princesas sólo aman a los príncipes, le dijo ella al Sapo.

Ahora volvía, libre, porque la otra princesa había muerto.

El Príncipe Azul le devolvió la ilusión, aunque sólo volvía de cuando en cuando al estanque, para renovarle promesas de amor, que ella no podía devolverle.

Pero un día, el Príncipe-Ogro se cansó de verla, y se fue. Y ella se sintió libre, para amar al Príncipe Azul.

-Y ahora vives con él – afirmó el Sapo.

- No, él viene cuando puede, porque siempre está muy ocupado. Yo lo espero, y soy feliz.

- Cuando amas, la persona amada es tu ocupación principal- filosofó el Sapo.

-Es tarde –dijo solemne Ella- es mejor que vayas a dormir.

Obediente, se fue.

-        Sabes –finalizó el Sapo a modo de despedida- no quiero ser Príncipe. Los príncipes, son crueles.

La dejó a solas con sus pensamientos. Y él cargo con los suyos, que no lo dejaron dormir esa noche.

Al otro día, el Sapo volvió al lago. Ya no encontró a la Princesa. Pero el lago, se había convertido en el mar más azul y bello que nunca había imaginado.

Una noche con el Viejo

Una noche con el Viejo

La noche era joven cuando empezamos, y ya se caía de madura cuando nos fuimos.

Platicamos de mil cosas, y de nada. Perdimos la cuenta de los minutos que consumió el reloj en nuestras vidas, de las cervezas  y el tequila que nos tomamos. No debieron ser muchos, porque recuerdo cada instante de esa noche.

Se quedó en mi memoria, como una noche especial, platicando con el Viejo de las insignificancias del día, que afín de cuentas, son las cosas de la vida.

Fue inesperado, porque no estaba en la agenda. Debió ser uno de esos renglones torcidos en los que Dios nos mete a cada rato. Unas horas antes, estábamos con Hugo, el amigo que despedía a su padre. Un adiós, siempre doloroso, porque seguramente en ese instante prevalece la memoria de las ausencias que tuvimos en la vida de los viejos.

Aunque no sea así. Cada uno tiene su vida, aún los hijos se van separando de los padres, para construir la suya propia. Dejamos de ser un satélite para convertirnos primero en cometas, que vagan por el universo, y vuelven a casa de cuando en cuando.

Luego, nos volvemos planetas, autónomos, pero girando de alguna manera alrededor del Sol.

Pero también el Sol, que es una estrella, se apaga. Y entonces, debemos tomar su lugar.

Nos volvemos historia viviente de ellos, que se proyectan a futuro a través de nosotros y luego lo haremos juntos a través de nuestros hijos.

Es la ley de la vida. Pensaba en eso, cuando la agenda cambió.

El Viejo llegó y a duras penas pudo subir los escalones que llevan a mi guarida. De premio, le conseguí un par de canciones de sus tiempos.

 Y ahí, acompañados del viento de la noche, y con mis montañas de testigos, –porque las montañas son de quien la admira- la vida nos dio la oportunidad de convivir otra vez.

Platicamos de música, de los hijos, del pasado, del futuro. De todo y nada.

Como dos amigos, que comparten una cerveza y el trozo de vida que se encapsula en una noche. Como el padre satisfecho de su trabajo, y el hijo que está listo para asumir lo que la Vida le envíe.

La redondez de la esperanza

La redondez de la esperanza

Fue un impulso inexplicable. Ahí estaba, porque sí, nada más porque sí.

Era de redondeces suaves, vestida con colores brillantes. Rojo y blanco. El blanco como soporte al rojo de los pentágonos que la circundaban.

Mentiría si digo que me mando un guiño o me lanzó una sonrisa cautivadora. No, solamente ahí estaba, suficientemente atractiva como para que me fijara en ella, aún entre todas sus hermanas que vestían igual.

Una pelota, simple pelota, redonda, suave, con cuerpo de esponja y alma de niño. Un juguete en espera de una sonrisa infantil y unas pequeñas manitas que la acaricien torpe, pero cariñosamente.

En la vida de todos siempre hay un niño en el futuro. O una niña. Es la preservación de la especie, pero también nuestra proyección al futuro. Es la motivación de la humanidad.

Si no existiera ese futuro, el mundo sería un mar de conformismo, pero la nueva generación nos alivia del egoísmo crónico que la vida nos provoca.

Esa pelota, es el símbolo de esa nueva generación que llegará a tomarla con manitas torpes e inexpertas, sin saber a ciencia cierta para qué puede ser útil algo que no es  comestible cuando se lo lleve a la boca.

Mil trabas puede poner la Vida. Mil opciones para que algo salga mal. Pero la Vida también me ha enseñado que aunque haya una sola posibilidad de éxito, siempre hay que aferrarse con fe.

No es perfecta la pelota. La unión entre las dos mitades tiene algunas protuberancias que se le escaparon al comité de calidad.

Pero tampoco hay que ser tan exigente. Esos pequeños detalles, nimios en realidad, le dan un toque de personalidad propia.

Tampoco la vida es perfecta. Tampoco esos bebés que llegarán a formar una nueva generación. Tampoco esos papás que los formarán. Pero unos y otros son únicos, y eso basta para que valga la pena intentarlo.

Todo eso me dijo con su presencia esa humilde pelota de esponja, que costaba exactamente el valor de la única moneda que mi amnesia empobrecedora me dejo en el bolsillo.

La compré, y mientras acariciaba su suave redondez, sentí que la pelota, en su redondez de esperanza,  se había convertido en un símbolo de fe en el futuro.

 

Volver a vivir

Volver a vivir

 Durante setenta años no tuvo nombre propio.

En el barrio la conocieron primero como la hija de Fulano, luego como la esposa de Mengano, y al final como la mamá de Menganito. Y en su trabajo, era la maestra.

Hija, esposa, madre, trabajadora, pasó toda una vida a la sombra de otros, hasta que un día se vio sola, en la vieja casa.

Sus hijos se fueron a hacer su propia vida. Su marido, se engolosinó en una muerte tranquila,  y ella, jubilada del magisterio y del hogar, pasaba las horas sentada en la puerta de la casa, sonriéndole a los niños que jugaban en el barrio, y viendo como la vida pasaba una y otra vez frente a su puerta, siempre renovada.

Así fue unos días, luego, el carácter inquieto la llevó a bajarse de la mecedora de la rutina, y a subirse en el tren de la vida. Sin compromisos, más que con ella misma, sin problemas económicos, sin necesidad de grandes lujos, comenzó a descubrir que había otra vida que se le había perdido.

Durante décadas sólo vivió ahí, pero nunca supo quien era su vecina del patio de atrás. Conocía a los niños, que cada tarde iban a pedirle les devolviera la pelota que el ímpetu de su juego aventaba para su patio.

Tampoco sabía siquiera como se llamaba la mujer de la tienda, ni la de la esquina. Ni ellas sabían quién era. Las fue conociendo en sus incursiones vespertinas, en las pláticas de ocasión, y fue haciendo amigas.

Hasta que apareció la tentación. Su amiga se iba de viaje. Era ir a otro país, inmerso en un mundo de mitos, amenazantes unos, y prometedores otros.

La amiga de su amiga lo conocía. Y con ella iban. Y con ellas se fue.

Ya no fue ni la esposa, ni la mamá, ni la hija de nadie. Fue ella misma, con su propio nombre y fue retomando las  riendas de la vida.

Allá donde nadie la conocía, descubrió que había mucho por conocer. En siete días hizo lo que nunca se atrevió en setenta años: bailar en cualquier lado, cantar a grito abierto, desvelarse sin razón, caminar sin rumbo por calles perdidas, platicar con desconocidos, hacer amistad eterna con gente que nunca más volvería a ver.

Cada día, durante una semana, despertaba más joven. Hasta se atrevió a cabalgar  en un toro enorme, y a bailar en un escenario al ritmo que le marcaron bailarinas con 50 años menos en el cuerpo.

Y descubrió que no hay diferencia entre setenta y cuarenta, ni entre cuarenta y veinte. Porque la juventud no está en los años, sino en la actitud.

Periodismo

Periodismo

Hoy me preguntaron qué tan interesante era mi profesión, y si había algo que no me gustara.

Es interesante, ni duda cabe.

 Apasionante, porque aquí seguimos, varias décadas después, y encantador, porque siguen llegando ilusos a este oficio. Tan ilusos como nosotros lo éramos.

 La verdad es que aprendemos muchos, conocemos gente, llegamos a lugares donde algunos nunca estarán, vivimos situaciones que para otros son solo historia, y presenciamos tragedias que para los demás son apenas una simple referencia en el noticiero o el comentario que rompe el hielo en alguna reunión.

 Podría decir que sigo en esto porque no sé hacer otra cosa. Mentiría. Lo mismo he vendido hamburguesas que ilusiones. Lo mismo he manejado un martillo que un volante.

 Hay montones de oficios donde podría vegetar. Algunos los he practicado, por simple curiosidad o amor al arte. Otros por necesidad.

 Ninguno satisface como el periodismo, aunque todo me digan que es mal pagado, que es muy matado y absorbente y que al final, no voy a llegar a ningún lado.

 Sí he llegado a sitios donde otros jamás llegarán, aunque sea sólo para tomar una fotografía. Aunque confieso, que otras veces ha sido por curiosidad. Curiosidad nunca satisfecha, y que me permite seguir en esto, no sé por cuánto tiempo.

 Hay cosas que no me gustan, claro. Pero así como no es de caballeros hablar mal de una mujer cuando se le conoce en la intimidad, tampoco lo es hablar mal del oficio que me ha permitido ganarme en una vida las experiencias que otros no tendrán en cien vidas.

 

El reencuentro

El reencuentro


Salvo por las canas, algunas arrugas que ya despuntan en el rostro, el pelo escaso, el maquillaje cómplice en las mujeres, todo lo demás parecía igual que hace treinta y tantos años.

Las mismas bromas, las risas espontáneas, los recuerdos. Los juegos de mano, el mismo machismo presuntuoso ante los amigos.

Sólo que entonces eran unos adolescentes que asomaban al mundo, desde el interior del cascarón de la infancia, y hoy, son gente madura, con hijos grandes, algunos incluso abuelos, que ya tienen su vida hecha. O desecha y recompuesta.

Algunos no se habían visto desde que salieron de la secundaria o la preparatoria. Por eso el primer juego era adivinar quién era aquel hombre o señora que llegaba con cierta incertidumbre, y poner a prueba la memoria para recordar el nombre completo.

Hay quienes no han cambiado mucho. Traen la misma sonrisa, el mismo gesto. Pero otros sí. En el camino, la vida los transformó. Aquel adolescente andrajoso que jamás dejó los tenis y las playeras, ahora es un tipo formal en su vestir.

El que nunca traía para la comida del recreo, ahora saca sin dudar la cartera para pagar la cooperación para ir por más cerveza. La chica delgada e insegura, se transformó en una mujer de amena y diplomática plática.

La vida los fue cambiando, generalmente para bien. Todos andan por senderos distintos, aunque algunos alcanzan a cruzarse de vez en cuando, o casi todos los días, otros simplemente desaparecieron hasta ese día, el de la gran reunión.

El espíritu no envejece, definitivamente. Al reunirse con sus compañeros de adolescencia, se les despertó el mismo brillo travieso con que miraban en los pasillos de la escuela el paso de las chiquillas flacas y sin formas.

Se les despertó la alegría del juego de manos con los amigos, la broma de agresiva hermandad, y la solidaridad que existe entre toda familia, aunque no haya lazos de sangre.

Aquí hay otro tipo de fraternidad, forjada con travesuras, angustias juveniles, estudio, castigos escolares comunes, sueños compartidos. Por eso el tiempo no borró los recuerdos, y sí fortaleció su relación a pesar de no haber se visto en más de 30 años.

Fue una reunión de amigos, de adolescentes casi cincuentones. E igual que entonces, la jornada desembocó en un relajo que trascendió las horas y las paredes, aunque ahora no hubo maestro que los reprendiera.

Sólo una casera que los invitó a no volver con su desorden jamás.


Tiempo amigo

Tiempo amigo

El Tiempo es un amigo fiel que nunca nos abandona.

Es sincero como un espejo, e implacable sin distingos. Nos va acompañando en cada paso del camino, y nunca dejamos de verlo, aunque parezca siempre un Tiempo distinto.

A veces, parece malo, otros excelente. Es el mismo Tiempo, que no nos deja ni un instante, porque a cada momento va cargando con nuestros recuerdos, aunque algunos parecen quedarse a la orilla del camino, la verdad es que los trae entre sus innumerables bolsillos.

Se le pueden perder por el olvido, pero siempre los traerá, y se acuerda de repente, y los saca para mostrárnoslo, y probarnos que sí los conserva.

Es el Tiempo el que va colocando pequeñas arrugas en la piel, tan finísimas que no se perciben, sino hasta que se van acumulando y se convierten en cuarteaduras. Igual va inoculando en el cabello y en el alma las canas, hasta que terminamos con una cabeza tan blanca como era nuestra alma de niños.

Debe ser que usa la blancura del alma para pintar el cabello. Por eso a veces nos volvemos desalmados con los años.

También es tierno. Nos toma de la mano para llevarnos por senderos menos escabrosos, y con nuestros recuerdos que él convierte en experiencias, nos va evitando sinsabores y desventuras.

Y si sabemos convivir con él, siempre nos dará algo de sí, para tener Tiempo para descansar, Tiempo para amar, Tiempo para convivir con los seres que amamos, Tiempo para escaparse a las rutinas y las obligaciones, Tiempo para trabajar.  El Tiempo es inagotable e incansable.

Sólo que de pronto recuerda que es justiciero, y es cuando nos comienza a dejar que carguemos con nuestros propios recuerdos, y el cuerpo se nos va doblando y achicando de tanto peso que llevamos en las espaldas por culpa del Tiempo.

Nos volvemos viejos, aunque luchemos por evitarlo.

Y cuando el Tiempo nos ve muy cansados, de pronto parece que se nos acaba. No es así, es tan buen amigo el Tiempo, que se renueva, y nos prepara un Tiempo rejuvenecido, en algún otro mundo, que no conocemos.

Ahí tendremos otra oportunidad.

El árbol navideño

El árbol navideño

Cada día, muere un poco.

Aún se yergue majestuoso, aún encienden sus luces, aún tienen brillo sus hojas, y sus adornos todavía le dan un toque de alegría.

Cada día muere un poco. No puede evitarlo, porque no es el agua que se le rocía por las mañanas, ni los brillos y colores lo que lo mantiene vivo. Es la ilusión, y esa, se va apagando rápidamente, hasta acabar con él.

Hace unas semanas, era hermoso, y al llegar a casa, a pesar de su tamaño, pronto encontró un lugar en medio de la sala. A nadie le importó que estorbara el paso, o que cubriera la mitad de la televisión pegada a la pared.

Era víspera de Navidad, y el visitante fue recibido con alegría y hasta devoción. Sobraron manos que le aportarán una guirnalda, una esfera, unas luces. Todos pelearon por poner la estrella nueva en la punta del árbol.

Luego, se sentaron a admirar la obra, tan parecido a los otros el barrio, y al mismo tiempo tan distinto, con una personalidad muy propia, muy de familia. Hasta lo vieron tan enorme como el que pusieron en medio de la plaza de la ciudad, tan grande como un edificio.

Eran tiempos felices. Vinieron después las fiestas, los regalos, la cena de Navidad, de Año Nuevo, se abrieron las sorpresas, y el árbol navideño fue quedándose a un lado, ignorado, y de pronto, comenzó a estorbar el paso, no dejaba ver la televisión con comodidad.

Ya no despertó ilusión en los corazones, ya no despertó sueños adormecidos. Ya no tuvo caso su presencia en el hogar.

Como los grandes deportistas, deberá saber retirarse a tiempo. Ya enmudeció y sus luces ya no se encienden por las noches. Es casi un cadáver.

Sólo que no muere del todo. Deja impregnada su presencia en los recuerdos, y al año siguiente, resucitará el deseo, y volverá, envuelto en otro follaje, a adornar el centro de la sala.

 Y otra vez su enorme corpachón felpudo no estorbará, y otra vez se encenderán las luces, y otra vez se llenará de regalos, de buenos deseos, de felicidad para todos.

Es la Navidad que se va. Es la Navidad que volverá, convertida nuevamente en árbol lleno de luces y esferas.

El Mono de nieve

El Mono de nieve

El extraño visitante apareció de pronto en medio de la pista de hielo.

Parece que la caminata le dio calor, y lo mejor que hallo fue ese lugar, donde la temparatura era de cero grados, justo el punto de congelacion que nuestro amigo necesita para no perder la compostura.

Entre el frío, estaba a sus anchas, ignorante por completo de que mientras él disfrutaba del paisaje urbano, en las zonas altas de la sierra, la gente lo buscaba.

Cientos de regios salieron a buscar la nieve, para jugar y crear monos de nieve, pero esta vez, el mono de nieve, llegó a la ciudad.

Tal vez siguio el ejemplo de los osos, y decidió llegar a la ciudad, buscando el frio.

Aunque los muchachos que cuidan la pista de hielo en la plaza santacatarinense, aseguran que ellos lo invitaron, con su imaginación.

Nadie supo cómo llamarle a nuestro curioso amigo.

Como todo mono de nieve que se respete, llegó muy elegante, aúnque de su abrigo sólo se veían los botones. Y en vez de sombrero de copa, sólo alcanzó un cono, de
esos preventivos de la vialidad.
La sonrisa no podía faltar, ni sus brazos, hechos con ramas, abiertos y listos para repartir abrazos en señal de amistad. Si le faltaba simpatía, su nariz de zanahoria, la suplía.

A todos cayo bien, pero el tiempo, que no perdona, solo le dio tres dias para vivir entre nosotros.

Cuando salga el sol, se derretirá en el olvido.

La Ignorancia

La Ignorancia -Hay algo que no sabes- me dijo el hombre aquel, mientras señalaba el monumento aquel que recordaba alguna batalla de su patria.
En realidad -pensé- hay muchas cosas que no se.
Mi ignorancia es tan vasta que me obliga a ir aprendiendo a cada instante. A todas horas y en todo lugar.
Creo que jamás aprenderé todo lo que un hombre debe saber, menos aún todo lo que se puede saber.
Y aunque bebiera un mar de conocimiento todos los días, siempre habrá un montón de océanos por recorrer, y yo no se sí mi mente podría absorber semejante cantidad de entendimiento.
Pero aunque pudiera aprender todo eso, la experiencia me dice que con el aprendizaje no siempre viene la sabiduría, que puedo ser el más culto del mundo, el más estudiado y sin embargo no me hace sabio. No siquiera me asegura un mejor criterio al tomar decisiones.
Algunos confunden estas cosas, y los llena de orgullo y de vanidad pensar en lo mucho que aprenden. Prefiero pensar en lo mucho que todavía no sé para tomar con alegría un nuevo libro de cualquier estante de las añoradas librerías que ofertan sus libros usados y gastados por el tiempo y las miradas que se han posado en sus páginas.
Prefiero pensar en lo que puedo aprender cuando platico con el vendedor de elotes o el anciano que espera con ilusión vender alguno de sus artículos inservibles, o con el niño que aún conserva un poco de la sabiduría con que Dios lo mandó al mundo, pues sabe reír, divertirse y amar sin esperar nada a cambio, sólo una sonrisa.
Aprender sobre todo que el conocimiento es como el buen vino. Se puede disfrutar sólo, pero cuando se comparte sabe mejor.
Lo poco que aprendemos a lo largo de la vida debemos compartirlo para que otros lo puedan aprender en menos tiempo y así logren llegar más lejos en el camino del conocimiento.
Y ciertamente, aquel hombre que señalaba la estatua me dio algo que no sabía.

Equilibrio natural

Equilibrio natural



Sentado en una plaza viendo como la gente va a su vida normal, cuenta a llover.
El agua cae como una pelusa y resalta sobre la parte oscura de los añosos arboles del lugar.
Hay vegetación por todos lados, espectáculo verde gratuito para los pocos que tenemos tiempo de ver las prisa de los demás.
El ocio es la madre de todos los vivos y lastre de muchas virtudes. Pero también resucita cuando el cansancio y la rutina se vuelven crónicos.
Sentado, disfruto mi ocio sin cargo alguno de conciencia. Ya vendrán los días en que mi prisa impedirá disfrutar del paisaje urbano. Va vendrán panoramas grises de cemento, sin ese verdor que aquí encuentro. Por ahora, disfruto viendo la pelusa de agua caer.
La gente saca sus paraguas. El que trae, porque la mayoría apenas alcanza a agachar la cabeza, como si la vista del suelo fuera suficiente para proteger de la lluvia incipiente, que no se decide a caer del todo.
El sol se resiste a esconderse, quizá maravillado de como la vida siempre brota de nuevo.
Curioso, volteo a ver que es lo que ve el sol, y descubro que soy el equilibrio de la naturaleza. A mi derecha llueve, suave pero persistente.  Mi izquierda, el suelo está seco, como si la lluvia no fuera cosa de él.
La gente ni percibe que a dos metros, a su espalda, otra gente apresura el paso para no mojarse demasiado. Su único estrés es la incertidumbre de cuándo pasará el camión que los llevará a sus deberes diarios. Siguen pensando, sin saberlo siquiera, qué van a comer ese día, qué van a tener ese día, qué van a sentir ese día que apenas comienza.
Cada quien tiene lo que puede, y lo que sabe apreciar. Dejo que la rutina los arrastre, yo prefiero rendirle tributo a Natura, ese regalo divino que me premia con esa curiosidad de ser el punto de su equilibrio.

Octubre 2 de 2012


El azul

El azul

Llueve.
El mar se asoma por la ventana, con una timidez de colegiala. De las de antes, porque ahora ya no enseñan inhibición , como antes en las escuelas.
Veo el mar, el cielo, como se unen en una cercanía confusa, y se ve perfectamente la línea que los separa.
"El mar y el cielo se ven igual de azules, y en la distancia parece que se unen", reza un bolero que viene a mi mente, escondido entre los recuerdos de tardes lluviosas sentado a la mesa familiar, mientras mamá planchaba la ropa que más pronto que inmediato volveríamos a arrugar, apenas se posara en nuestros cuerpos.
Un bolero que brotaba de la voz incansable de la radio, encendida todo el día con su estoicismo de mártir antiguo, lanzando sus melodías al aire, aunque muchas veces nadie las escuchara.
Entonces no había visto el mar. Ni lo vi hasta mucho después cuando mis ojos aprendieron a ver las cosas desde otra perspectiva, en un intento que no siempre fructifica, de encontrar las señales que hablen de su esencia.
Aun ahora no se si las capte.
Lo veo, en una inmensidad imaginada, pues la limita el quicio de la puerta y un balcón tan azul como ellos.
Tres azules distintos: el del cielo, el del mar, el del balcón.
Ninguno se confunde con el otro, porque hay tantos azules como estrellas en ese cielo, que no es en realidad azul sino negro; tantos como gotas de agua en el mar, que no ea azul, sino transparente, pero se ven únicos, como el azul del balcón, porque se nutren de la imaginación de quien los ve.


Octubre 2 de 2012

La Habana, Cuba

Mi ciudad

Mi ciudad

Todavía somnolienta, mi ciudad me dice adiós lanzando un beso luminoso que alcanzo a birlarle en el momento en que tomo vuelo.
Me mira con esa mirada de mujer, que pide sin palabras, que amenaza sin ademanes, que ama sin reservas, que sabe esperar, segura de que es la dueña.
No debe ser un adiós, porque siempre hay un regreso en la mente y en las intenciones. El amor jala hacia ese terruño fertilizado con nostalgias y recuerdos.
Pero a veces, es bueno irse un poco para que se renueve. La ausencia alimenta el sentimiento y fortalece los lazos, porque no hay mayor yugo que aquel invisible que nunca se desata.
Mi ciudad me despide y yo la veo quedarse, engalanada en las luces de la mañana y coronada por una diadema rojiza en el horizonte por donde asoma el día.
Vendrán algunos mañanas, las noches solitarias, y una tarde, gris a fuerza de ausencia, volveremos a encontrarnos. 
Bastara la cercanía para revivir esas historias de complicidad extrema, y otra vez retomaremos la bohemia, para vivir horas de intenso idilio citadino.
Son tantos años de vivir juntos, de acariciar a diario sus paisajes, de circular por sus calles como sangre por las venas, de dibujar mis pasos en el asfalto inmisericorde, y de amar cada defecto que me muestra cuando se desnuda solicita ante mis reclamos de amor.
Apenas tomo el vuelo, y mi ciudad me dice adiós.
Apenas la dejo, y ya la extraño.


El corazón perdido

El corazón perdido

Parece una pintura sin valor, pero es el corazón de un hombre enamorado.

Y está perdido por algún rincón de esta ciudad.

Abigail Torres, dueña de ese corazón, y por tanto del cuadro, lo busca desesperada, porque de eso depende que recupere su historia de amor.

Ese cuadro tiene una pareja al centro, rodeada por unas alas enormes, con varias frases escritas a mano.

Lo pintó Berardo Vázquez Aceves, hace años, cuando era un adolescente. Pensó que un día, le iba a regalar ese cuadro a la mujer a la que le entregara su corazón, y que todavía no conocía ni imaginaba como era.

Un día, Abigail apareció en su vida. Ella trabajaba en un banco, y el fue a realizar algunas remodelaciones. Ella lo ignoró al principio, pues en los cuentos de hadas, las princesas gerentes no platican con los sapos, sobre todo si parecen albañiles.

A fuerza de constancia y encanto, el sapo se convirtió en príncipe, y el albañil en arquitecto y comenzó la historia de amor. Fue cuando el le entrego su corazón, representado en ese cuadro, tan grande como su amor por ella.

La pintura, de 2 por 1.20 metros quedó colocado en la pared de la que sería su hogar, su nidito de amor.

Pero como en los cuentos de hadas, algo pasó, vino el enojo, ella le devolvió su cuadro, y él le dijo: Es tuyo, porque te lo di junto con mi corazón.

El enojo es mal consejero. Abigail se lo dejó junto a la puerta, por la avenida Aztlán, el pasado domingo. Cinco minutos después se arrepintió y volvió por él, pero ya no estaba.

Desde entonces, busca el corazón de su amado por las calles de Monterrey. No quiere ser un alma en pena por toda la eternidad sino encontrar el final feliz a su historia de amor.

Si alguien ha visto el cuadro, o sabe donde está, puede ser el hada madrina que remiende el par de corazones rotos de esta historia real.