Blogia

Crónicas de la Nada

Padres

Padres


La naturaleza los hizo hombres, pero Dios, que a veces juega a hacer milagros, los convirtió en madres.
No cuestionaron nada. Asumieron su doble papel con el mismo entusiasmo con que en su momento tomaron su rol de padres.
No fue fácil. La mujer tiene un don especial para entender a los hijos en sus sentimientos, sus frustraciones, sus deseos. Los hombres no.
Pero lo descubrieron. Gustavo aprendió a alternar horarios de trabajo mientras cambiaba los pañales al bebé que la mamá sólo pudo cuidar desde el cielo, y mientras hacia la tarea con el otro niño.
Al quedarse solo, Toño, se pasó las noches en vela, trabajando, para estar en casa por las mañanas para preparar desayunos, peinar a los cuatro varones y una niña, y acompañarlos a la escuela. Aprendió a cocinar, para prepararles todos sus antojos.
Fernando aprendió a combina sus múltiples actividades con las de dos adolecentes que exigían tiempo y atención.
Todos pudieron con la tarea, y lo mismo lavaron ropa, que acudieron a fiestas escolares. Igual que las mamás, por el puro gusto de quererlos.
Claro, tienen la mejor recompensa: Un vínculo especial con sus hijos, que no se romperá nunca.

Quien fuera niño

Quien fuera niño

Quien fuera niño, dicen algunos.

Vives despreocupado, sin prisas, sin compromisos.

El reto mayor será subir a un árbol, y los peores miedos están concentrados en el perro de la esquina.

Lo único que ansías es que llegue el viernes para abandonar la escuela, y si tienes menos de cinco años, ni eso.

Esperas ilusionado la Navidad, sin saber que son muy pocas las que vivirás con ese espíritu, y disfrutas las vacaciones largas como si fueran eternas.

Y puedes jugar a todo lo que tu imaginación te permita. Eso es lo más hermoso, que la vida es juego desde que te levantas hasta que cierras los ojos por las noches.

Cuando crecemos eso se pierde, y quien lo conserva, recibe miradas de reprobación del mundo de los adultos.

Hay que esperar los fines de semana para volver a ser niños sin que los demás lo noten mucho. Ese día podemos andar en pantalón corto, a lo mejor sin bañar, ir a jugar fútbol,  salir en bicicleta. Hacer lo que antes hacíamos todos los días.

Vivimos unas horas como niños, porque generalmente llega un punto del día en que el adulto somnoliento que traemos dentro se despierta y nos exige.

Orgullo paterno

Orgullo paterno

Nadie miente, aunque todos acomodan la verdad.

Hablan de los hijos y sólo la prudencia evita deshacerse en elogios, pero el mensaje es certero: Cada uno se siente orgullo de ellos.

El primer matrimonio habla de su hija, la deportista. Adolescente aún, que ya ha viajado por el mundo y llegado a lugares que sus padres ni siquiera sabían que existían.

En sus modestos recursos, la han impulsado, y ella se ha montado en las ilusiones de todo para llegar lejos.

Otro matrimonio habla de su hijo el que está a punto de terminar su carrera. Es su orgullo, con sus buenas calificaciones y un excelente futuro, lejano del de obrero que tuvo que asumir su padre.

Hablan de los logros y las esperanzas que tienen en él. De sus desvelos y su aplicación al estudio.

El tercero aboga por su hijo el artista. El que pinta, el que crea arte. Es el que hizo los cuadros que adornan la casa.

Así, cada pareja de padres va desgranando lo que sus hijos han logrado. Hijos adolescentes que aún no logran el éxito absoluto, pero que ya llegaron lejos y van encaminados, para bien suyo y orgullo de sus padres.

Todos, salvo el último, que en su crudeza, simplemente dice que sus hijos adolescentes, son su dolor de cabeza.

No importa, aclara, están creciendo. Y si hoy no causan el orgullo de sus padres, ya lo harán. Cuando decidan encaminarse.

 

Una ramita

Una ramita

Es apenas una ramita, que no alcanza más de un metro de altura.

Llegó a casa envuelto en un bote de plástico, aferrado a un poco de tierra de su lugar natal, y dispuesto a triunfar sobre el mal tiempo, el olvido y los depredadores citadinos que han acabado con sus antecesores.

Algún día será un gran encino y sus ramas acariciarán las nubes, y le darán sombra a la vejez de quienes lo plantamos. A algunos, porque otros quizá son muy jóvenes.

Por ahora es una pequeña rama, como un árbol bebé., que necesita cuidados, le pongan agua todos los días y le hablen con suavidad. Antes habrá que cuidarlo, enderezar su rama, fertilizarlo y regarlo todos los días.

Una vez que sus raíces se afiancen en su nueva tierra, él crecerá solo, sin mayor problema.

Pienso en eso mientras Diego lo planta. Él también es una pequeña rama que algún día será un gran árbol y sus ramas cobijarán a muchos. Igual que el encino, vendrán los tiempos en que su tronco será fuerte y soportará el peso de otros, y tendrá la fortaleza para sostener lo que sea en sus brazos.

Por ahora, ambos son una pequeña rama que necesita una guía que los encauce hasta alcanzar alturas prodigiosas.

 

El niño

El niño

Sentado en la banqueta, espera su futuro sin prisas.

Una paleta en sus manos es el único presente que le interesa. La disfruta con calma, consciente de que la prisa está todavía muy lejana en su agenda.

Para él no hay pasado. Lo más lejano que recuerda son las advertencias de su madre, unos minutos antes.

Obediente, se queda en la banqueta, que aún está a la medida de sus piernas.

Más allá, sobre la misma acera, un trío de jóvenes, recién salidos de la adolescencia, juegan a ser hombres. Una cerveza de gran tamaño en el suelo, marca el centro de la reunión.

Al niño no le interesa. Quizá unos años después esté sentado en la misma banqueta, igual que ellos, pero ahora sólo piensa en su paleta.

Su inocencia mira a todos los que pasan. No desconfía del transeúnte que lo ve con atención durante unos segundos. No siente riesgo porque está fuera del camino de los autos.

Está solo, con su presente. El futuro ya vendrá, pero ni le interesa. Sabe vivir, sabe disfrutar, sabe que lo importante es el ahora.

El ayer, ya no vuelve, el mañana, quién sabe si llegará.

El placer del castigo

El placer del castigo

Adán paseaba por Paraíso con una carga de pensamientos que le hacía arrastrar los pies y alentaba su paso.

Así anduvo varios días, de un lado para otro, sentándose en cualquier montón de tierra o piedras, a divagar.

Muchas preguntas horadaban su mente, dejando agujeros que no podía rellenar. Podía entender que el Sól saliera sólo de noche, o que cada animal tuviera su naturaleza, aunque eso implicara alimentarse de otro. Era cuestión de equilibrio.

Pero donde se perdía toda proporción era con Eva. No la entendía, simplemente. Cómo, si ella evidentemente quería que Adán le adivinara sus pensamientos y deseos, y Adán podía ser muchas cosas, pero no adivino.

Y últimamente, tan enferma. Al menos eso decía ella. O eso sentía. Porque él la veía sana, y lo único que podía delatarla era la pérdida de su eterna sonrisa. Eva ya no reía, y a veces hasta aparecía en su rostro una máscara de amargura.

El Señor, que todo lo sabe, a veces también duda cuando se trata de entender a la mujer. Vio a Adán en sus enigmas, y una de esas tardes, se acercó a él. Aunque es muy Grande, puede sentarse en la más pequeña de las piedras. Y aunque escucha el clamor y las peticiones de todo, siempre oye a cada uno.

Con Adán no era problema, pues apenas eran unos cuantos en el mundo por ese entonces.

El Señor no preguntó nada, sólo se limitó a hacer compañía.

Al fin, Adán se animó a hablar:

-          Señor, creo que has hecho muy buen trabajo con toda la creación.

-          ¿Sí?  ¿Tú crees?

-          Sí – contraatacó Adán- pero creo que algo sí salió un poquito mal.

-          Dios miró a su alrededor. A la nube que se iba formando para llevar lluvia que daría agua a todos, la montaña que detenía el pasó del viento, para que el hombre creará hogares seguros, al mismo viento, cuya fuerza un día sería también dominada por el hombre. Vio a las estrellas perdidas en la luminosidad del día, formando nuevas creaciones para cuando ésta desapareciera. En fin, dio el beneficio de la duda.

-          Todo funciona –recalcó Adán cuidadosamente- pero como que Eva algo tiene.

Abierta la compuerta de la sinceridad, le contó cómo no le daba gusto con nada, como la veía trajinar todo el día, y por la noche siempre le dolía la cabeza, un pie, el estómago, el pelo, o tenía mucho sueño aunque durmiera hasta mediodía.

Siempre estaba enferma, sobre todo por las noches, y luego se encelaba porque él salía a caminar o con los amigos, o porque trabajaba mucho.

Si antes era lo contrario, ¿por qué había cambiado tanto?

El Señor sonrió. Él siempre sonríe, porque la vida le divierte. Sus hijos ven tan grandes los problemas, y no hay problema realmente grande cuando Él está al lado de sus hijos.

-          Bueno, no te lo dijeron, pero si el trabajo, que era castigo, podrán hacerlo deleite, el máximo deleite del hombre, que es la mujer, también podrá ser su castigo.

 

Marzo 6 de 2011

Simplemente amigos

Simplemente amigos

Los amigos siempre están ahí, al alcance de una plática informal, de una invitación para tomarse una cerveza o un café, y tan dispuestos como Sancho Panza a enfrentar cualquier gigante imaginario.

Son de carne y hueso, de arterias, de sentimientos, de odios a veces, y generalmente tras la tempestad llega la calma y seguimos tan iguales.

No hay rencores, no hay resabios.

Algunos son más frecuentes, otros no, pero siempre están ahí. Algunos casi viven con nosotros, otros sólo aparecen al voltear ciertas esquinas.

Pero siempre están ahí.

No los vemos como algo especial, hasta que algo especial sucede.

Mientras escucho los nombres de quienes reciben reconocimiento por su trabajo profesional, o por su trayectoria, pienso que he trabajado con la mayoría. Y he convivido con todos. Han sido amigos por diez, por veinte, quizá por treinta años.

Con algunos alcanzamos a compartir locuras juveniles, con otros, sólo aspiraciones profesionales, y con la mayoría, compartimos la redacción, que para un periodista, significa compartir la vida.

Ahora escucho que uno se ha convertido en impulsor de la literatura local. Otro es maestro de periodistas. Uno más, sigue innovando con su entusiasmo.

Nunca los había visto con ese perfil. Siempre supe que uno editaba libros, que otro daba clases, y que el otro, con la inquietud que dan las 15 primaveras repetidas cuatro veces, siempre anda inventando nuevos métodos.

Los veía simples, porque son amigos.

La gente los ve de otra manera. Yo lo seguiré viendo igual, porque entre iguales, siempre es posible compartir algo más que una buena plática.

Y como amigos, podemos seguir compartiendo retazos de vida.

 

 

compañero fiel

compañero fiel

Quien sabe cuántos kilómetros lleva recorridos, siempre a la grupa del caballo de acero.
Fiel compañero, no se queja del sol, no se queja del frÍo, ni le hace mala cara al viento.
Ha viajado por mil caminos, conociendo el pasado en el mismo instante que lo dejan atrás, pues como no ve al frente, debe confiar siempre en el buen tino de timón que presume su compañero.
Lo conocí un mediodía de esos en que el sopor del camino pesa en los párpados, y la mirada se pierde en la nada, atrapada por una somnolencia digna de mejores momentos.
Su figura, rechoncha y sonriente lo hacía ver como un moderno Sancho Panza que comparte el rocinante con su dueño. Para otros, es un simple oso de peluche atado a la grupa de una motocicleta. Broma o buen humor del caminante.
Prefiero verlo como un aventurero, fiel compañero de mil caminos y aventuras, siempre en busca de experiencias.

Aburrido

Aburrido

Un día de tantos, perdido en sus pensamientos, Tony encontró una salida sólo para decir: Estoy aburrido.

Si sus palabras lo decían, su semblante lo gritaba. Todo su ser emitía una señal de alarma. El aburrimiento estaba posesionado de ese cuerpo de cincuenta y tantos años, que lejos de su tierra, no sabía qué hacer.

Me sorprende que estés en pleno aburrimiento, habiendo tantas cosas por hacer, le dije.  No hablaba de arreglar la llave que gotea en el baño, ni de la cocina que tiene dos años esperando ser construida, ni de las decenas de libros acumulados que siguen con sus páginas vírgenes esperando a que ojos aviesos recorran sus cuerpos.

Simplemente hacer, dejar pasar las cosas, y disfrutarlas. Será que como veo poca televisión, siempre debo hallar en que gastar mi tiempo…  Leo, platico mucho con mi mujer, tomo café, o de plano voy, me siento en un sillón y medito.

En realidad, es holganza pura, tiro hueva, pero puede decirse que medito en la inmortalidad del cangrejo.

O te sales a caminar. A ver con ojos nuevos las cosas viejas. A disfrutar la risa de los niños a media calle, el amor de los adolescentes en las rellanos de las puertas, la placidez de los viejos en sus mecedoras.

El aburrimiento, en realidad, lo traemos por dentro, no te llega, sino que ahí está.

Mira a los niños, como se entretienen con una piedra, un palo o de plano con sus manos.

Nosotros tenemos más experiencia que ellos, y por tanto, más posibilidades.

Pero cuando el aburrimiento llega, pone una venda en los ojos, y con celos enfermizos no deja que veamos nada más.

 

La competencia

La competencia

No compito con Nadie.

No me interesa si Alguien o Todos tienen mejores coches, mejores casas, mejores carteras.

Tampoco pienso en los triunfos de Otros. Es demasiado estresante, porque depender del avance de Tantos para marcar tu propio éxito es extenuante.

Por eso, hace mucho tiempo decidí competir Conmigo. Solamente.

Es difícil, porque Muchos están en el mismo camino, y Alguien siempre procura ponerse a tu lado, para compararse.

Desde que decidí competir sólo Conmigo he descubierto un impulso desconocido. Y tranquilidad, porque ni modo que al derrotarme, el yo mismo se enoje Conmigo.

No hay frustración, sólo triunfos.

En ese entonces, no percibía cuán difícil es esa competencia, porque no sabía de cuánto era capaz.

He descubierto que puedo  trabajar largas jornadas cuando lo hago en algo que creo., Que puedo enfrentarme a los necios, cuando siento tener la razón. Aún a riesgo de perder.

Que los triunfos siempre están sazonados con esfuerzo, sudor, y a veces sangre, pero por pequeños que sean, siempre son razonables.

Mucho he aprendido, porque cada día logro derrotarme. Mucho he avanzado, porque cada día logro triunfar.

 

El regalo del Gigante

El regalo del Gigante

Es un gigante con alma de niño.

Cada mañana, cuando el deber arranca las cobijas y me avienta de la cama cuando el Sol todavía no inicia su trabajo, me topo con él, siempre inquieto.

Es el mismo siempre, pero se viste diferente.

A veces, se ve, enorme, recortado al horizonte, presumiendo de su magna presencia.

Otras veces, atrapa los rayos del sol, que pugna por brincarlo, y luego nos regala una pléyade de luces que opacan el amanecer. Y vaya que eso es difícil.

Hay días en que se muestra con un enorme sombrero de nubes, señal inequívoca de que habrá lluvia. Cerro con sombrero, seguro aguacero, decían los abuelos cuando veían el Cerro de la Silla con su cumbre envuelta en nubes. Y sigue siendo válido, al menos para él.

Pero hay mañanas en que me sorprende. Hay mañanas en que se vuelve todo un artista.

Este día atrapó una nube y la tendió, flotante, alrededor de él, como un bufanda celestial.

Envolvió la luz del sol y creó uno propio, que destacaba a su espalda, mientras hilos de luz creaban una aureola luminosa que nos dio el recibimiento al nuevo día.

Pocos la vieron, la prisa del día los envolvió y no atinaron a ver ese gigante con alma de niño que cada mañana nos regala una visión distinta del mundo.

 

Una página diaria

Una página diaria

 La vida es un libro que vamos escribiendo cada día.

Siempre está dispuesto el tintero, la página en blanco, y aunque la inspiración no llega, la vida nos va dando elementos para ir creando esa historia, que al final, será nuestra vida.

De cuando en cuando es bueno hojear las páginas que hemos ido dejando, porque nos ayuda a entendernos. Siempre vamos a encontrar buenos momentos, y podemos revivirlos por un instante.

No mucho, porque corremos el riesgo de quedarnos para siempre en el pasado, y el libro de la vida tiene que seguir escribiéndose siempre.

Nunca sabemos cuándo se acerca el final. Éste llega, simplemente, y muchas veces el protagonista ni siquiera alcanza a conocerlo. Lo dejamos para los otros.

Cada día hay que escribir. Cada día hay que vivirlo con la pluma en ristre y el tintero lleno. Siempre algo nuevo, agregando nuevos personajes para poder completar la historia de la vida, que como todo libro, se va formando de pequeñas historias que se enlazan.

Escribimos con tinte indeleble, y no podemos cambiar ni una coma de las páginas anteriores. Pero en las siguientes, tenemos total libertad.

Y la libertad, es el regalo más hermoso que podemos tener.

 

La caridad está en chino

La caridad está en chino

Una mañana soleada, insólita en el enero que apenas balbuceaba su primer día.

La ciudad se veía vacía, salvo por algunos desafortunados a quienes la fortuna no les sonreía, y la necesidad los empujaba a salir a trabajar mientras los demás dormían la resaca del año  viejo, o celebraban aún la llegada del nuevo.

Entre esos estábamos nosotros, pero con la ventaja de disfrutar la ciudad como pocas veces se puede. Cuando sus calles están vacías, nadie las goza porque precisamente están solas debido a que todos están en casa, o paseando en los mismos lugares.

La basura, papeles vagabundos, rodaba por el asfalto, y los únicos personajes eran los vagabundos que buscaban su festín de Año Nuevo entre los botes de basura.

Éramos tan pocos que al paso de nuestro auto, la gente nos saludaba con esa expresión de quien camina por lugar desconocido y de pronto ve un rostro, y apela a la familiaridad humana, para no sentirse solo en el mundo.

Así recorrimos toda la ciudad, buscando historias. Ya avanzada la mañana, vimos una pequeña camioneta que circulaba delante de nosotros. Una de sus llantas se balanceaba como si fuera a desprenderse con vida propia.

Poncho, camarógrafo, lo advierte, y en el primer semáforo en rojo toma el carril de la derecha.

-          Le voy a decir que su llanta está mal, hay que empezar el año con buenas acciones- dice, mientras detiene el auto a la altura donde, espera, el otro se detendrá.

Así pasa. Por la ventanilla asoma un joven, casi adolescente. Sus ojos rasgados y su piel pálida denuncian su origen.

Poncho baja el vidrio de la ventanilla para decirle que su llanta puede zafarse en cualquier momento. El otro pone una cara de desconcierto. No entinde.

-English? – responde.

No habla español. Y el inglés lo champurrea, nada más. Y nosotros no hablamos chino, y el inglés se diluye en nuestros labios.

-La llanta, the Wheel, es todo lo que atinamos a decir.

Sus ojos  rasgados no logran abrirse. Su boca forma una interrogante. Su mirada vuelve al frente. No sabe si lo insultamos, si le pedimos algo, si sólo lo saludamos.

El coche arranca, y con él nuestra oportunidad de hacer una buena acción.

Definitivamente , a veces, hacer obras buenas, está en chino.

Enero 1 de 2011

La mañana de Navidad

La mañana de Navidad

La mañana de Navidad, todos saltábamos de la cama temprano, y corríamos al nacimiento a ver que había dejado Santa Clós.

No había pinito, sino la rama de algún huizache que formaba una cúpula arriba de las figuras de José, María, los borreguitos, y esa mañana, del Niño Dios.

En vez de estrellas, brillaban luces de colores  y se reflejaban sobre  las espinas de las ramas, quizá como mudo presagio de lo que esperaba a ese Niño que por ahora estaba en el pesebre que le compartían los animalitos.

Ahí estaban los regalos. Cosas que nunca pedíamos, pero igual nos traía Santa Clós.

Eran tan emocionante tomarlos, desenvolverlos y esperar la sorpresa de algo inesperado.

Ningún otro juguete valía tanto como el de Navidad. La máquina de ferrocarril que llegó a los cuatro años, todavía anda por ahí, perdida entre los trebejos del ahora abuelo, en algún rincón del patio de la casa familiar.

Era roja, como la Navidad, con unas llantas enormes, con la mitad de la altura del vehículo. Usaba baterías grandes, y caminaba echando humo –bueno, eso en mi imaginación- y haciendo un sonido parecido al “pu-pu”.

Lo más sorprendente –y que no se rían los niños de ahora- es que cuando topaba en la pared, viraba por si sola, y volvía a emprender el camino, eternamente mientras le duraran las pilas.

Como todos, salimos a la calle a presumir el regalo.

Eran tiempos de inocencia, en que los vecinos salían con sus niños, y sonreían al ver jugar a todos en medio de las calles, con sus triciclos, carritos empujados por energía infantil, es decir, por la mano, las pelotas, juegos de té y muñecas que no hablaban para las niñas.

Se perdió todo eso, dicen algunos.

No se perdió, simplemente, lo heredamos a nuestros hijos.

 

(Escrito el 25 de diciembre del 2010)

El dragón juguetón

El dragón juguetón

 El hombre subió en el enorme armatoste, que ya dejaba escapar su ronroneo. No como el de un gato, ni un tigre, sino como el de algún ser mitológico de esos que ya no alcanzaron a llegar a nuestros cuentos.

Era como un rugido apagado constante, y ensordecía todo alrededor.

Bien podía ser esa enorme máquina un gigante, o un dragón amenazando con abrir las entrañas de la tierra para esconderse y desde ahí buscar como dominar el mundo.

El hombre esperó unos minutos. Si hubiera traído una armadura brillante, lo hubiera confundido con un caballero medieval arriba de un dragón.

No, su indumentaria era simple. Mezclilla y una camisa parda, de color indefinido, que nunca, ni de nueva, fue bonita.

La máquina comenzó a moverse, lentamente, primero, luego con mayor fuerza. Su brazo, enorme como un edificio, se dobló y empezó a rascar la tierra. El cuerpo giró 180 grados, con una gracia digna de un cisne.

Las uñas en que terminaba el brazo arañaron un montón de escombro, piedras pesadas que se movieron con la liviandad de una pluma de ave.

Era poderoso el dragón. Nada se oponía a su fuerza. La tierra fue hendida por sus garras, el pavimento quedó horadado por su toque.

Un tanto indeciso por algunos minutos, sus movimientos adquirieron elasticidad y finura. Su cuerpo giraba de un lado a otro, y luego, con suavidad, el brazo tocaba apenas las cosas. Tomó un par de piedras, con la misma suavidad que una leona toma a sus cachorros con sus fauces, y las puso junto a un montón de escombros.

La máquina, tres veces mayor que cualquiera de los autos que pasaba por ahí, se movió. Con docilidad, se dejó conducir hasta la parte alta del escombro. Su brazo, caballeroso se posó en tierra para que el cuerpo del armatoste subiera elegantemente, como si lo hiciera por una escalera.

Arriba, giró a un lado y otro, luego bajó, se elevó otra vez con la fuerza del brazo que ahora se veía diestro y todopoderoso, y de pronto, todos quienes lo veíamos comprendimos que el hombre aquel no trabajaba ya. Estaba jugando.

Su trascabo era su parque de diversiones, su cabalgadura insólita, y su amigo de juegos. Mover aquellas rocas era juego de niños para ellos. Al abrir la tierra en surcos enormes, era un niño que se ensucia la ropa por escarbar en el jardín de la casa  del vecino.

Al mover el dragón mecánico, tenía su propio juego mecánico. Si se divirtió todo el día, moviendo piedras, escarbando la tierra y llenando las cajas de los camiones que llegaban al lugar.

Un niño grande, con un juguete grande.

Compañero

Compañero

El famoso termo verde se fue de parranda durante el fin de semana.

No sé dónde se quedó, pero decidió no llegar a casa.

No es la primera vez que se pierde, y siempre vuelve. Es tan conocido, que donde quiera que se quede, lo devuelven. por si acaso no quiere regresar.

Un termo pequeño, taza grande, roja y con el nombre de un periódico en el costado, entra de sustituto.

Pero ninguno es como el termo verde. Ninguno ha enfrentado aventuras, viajes, olvidos,.

Ninguno tiene impregnado el bouquet del café mañanero como él. Mientras voy en el auto intento dar un sorbo al café, pero algo lo impide. Está atorado en el compartimiento, que está hecho exactamente al tamaño del otro, no al de él.

Además, está cerrado. No logro abrirlo antes de que cambie el semáforo, y el ansia de cafeína se queda en el paladar.

La siguiente vez, a una mano, lo tomó pero no se abre. algo está mal en su tapa giratoria.

Unas gotas escapan y puedo probarlo, pero le falta sabor. Ser melindroso no es mi estilo. Igual lo beberé completo, aunque sea en gotas.

Sólo al final del viaje logró arreglar la tapa, y el café fluye, libre, para ser bebido. Perdió temperatura. En fin, no se salvará.

Extraño el termo verde, compañero de mil días.

Pero se fue, libre. Veremos ahora si realmente es mío.

Lo deje ir, si vuelve es mío.

Si no vuelve, seguramente terminará en un bote de basura o rodando por las calles.

Quien lo encuentre seguramente lo verá como basura.

Yo lo veo como compañero, como amigo.

El Milagro

El Milagro

 

Fue arduo el trabajo, y de varias tardes.

Ese sábado, lo que pensaron serían unas horas, se convirtió en una jornada de doble turno. En los días previos, habían pedido ropa, juguetes y zapatos entre sus amigos, para ir a repartirlos en una pequeña población de 18 familias, adecuadamente llamada El Milagro.

En la visita previa, encontraron que esa gente vive de milagro. En medio de un páramo, con la nada como vecina, adultos y niños han aprendido a arrancarle minutos de vida a esa tierra, a base de esfuerzo, sacrificio y estoicismo.

Un poco de ropa, algunos víveres, y la solidaridad de los otros, podía aliviarlos un rato. Fue como comenzaron a trabajar, buscando entre amigos y familiares, aquellos que ya no ocuparan y que pudiera servir.

Volvió a revivir el paradigma de que lo que para uno es basura, para otro es un tesoro. Los pantalones abandonados pasaron a ser más valiosos que los exhibidos en los aparadores de Nueva York, y los zapatos, más codiciados que los que desfilan por las pasarelas.

Unos días antes, todo parecía irse al caño del drenaje. No fluía ayuda. Así, resignados, decidieron empezar a clasificarlo el sábado por la tarde, víspera de la visita.

Nadie supo cómo, pero se llenaron las 18 bolsas destinadas a las 18 familias. Hubo que llenarlas de nuevo.

Con los poquitos víveres, se hicieron paquetes que milagrosamente alcanzaron para todos. Cuando estaban terminando, llegó un nuevo donador: traía 18 despensas que se sumaron a las otras.

La jornada se volvió larga, pero todos alcanzarían, incluso las familias de pueblos vecinos, que llegan también en busca de lo que le regalen. Algunos necesitan más, otros menos. Pero entre ellos, definitivamente, ricos no hay.

El domingo llegó, y todos partieron. Algunos nunca habían visitados esos lugares, donde el único entretenimiento es mirar los cerros, tan lejanos como la prosperidad.

En medio de la nada, encontraron la gente, que se aglomeró ante ellos, esperando el regalo. Los que no se acercaron fueron los que ahí vivían. A ellos siempre les llevan, y siempre se quedan con nada, porque la gente de los pueblos vecinos se adelanta y se lleva lo mejor.

Por eso la gente El Milagro siempre es pobre. Porque hasta los pobres les quitan lo poquito que les llega.

Esta vez no. Cada familia se llevó ropa para todos. Una niña, de la mano de su mamá iba feliz. Igual que todos, alcanzó juguete. Era una muñeca algo despeinada por los juegos bruscos de su primera dueña, pero era tan bonita como su ilusión.

Su rostro radiante fue las mejores gracias que el grupo recibió.

Volvieron a casa, cansados, pero conscientes de que el milagro se repitió. Por mucho que dejaron, ellos se llevaron el regalo más grande.

Lo llevaban dentro de su corazón.

 

 

Fe mundana

Fe mundana

Alrededor de la Basílica de Guadalupe la fe se confunde con lo mundano.

En un mismo espacio, conviven las manifestaciones del fervor que los regiomontanos tienen en la Virgen de Guadalupe, y unos metros más allá, las acciones de todos los dias, rayan en lo pagano.

Así como se rinde culto a la Virgen y a la réplica de la tilma de Juan Diego que existe en el altar mayor, la gente no deja de venerar los churros, ya sean rellenos o simples, los caramelos de sabores y colores, ya sea en forma de bastón o de paleta, y las comidas tradicionales que desde muy  temprano provocan comezón en el olfato y el paladar a los madrugadores.

Desde  temprana hora, la Basílica de Guadalupe, que se ubica en la colonia Independencia, comenzó a tomar vida.

Una familia siguió la  tradición vistiendo a su niña con el manto de la Madre de Dios, otro que disfrazó al niño como Juan Diego. Algunos que llevaron flores.

A un lado del atrio, entre la Basílica y la antigua iglesia, un mar de veladoras hablaba de la fe de la gente. A pesar de que estaba lleno, la gente seguía llegando a dejar una veladora encendida, hacer una oración, y retirarse, con la fe de que la Virgen los había escuchado y pronto se cumpliría el milagro.

 

La enseñanza

La enseñanza

El tipo nos dio muy amablemente los buenos días con una dicción medio ininteligible.

Quizá por eso sus siguientes palabras se perdieron antes de llegar a nuestros oídos, y se esparcieron entre la indiferencia y el olvido. Era tarde para llegar al evento. HabÍa que evitar pérdida de tiempo, acelerar el paso y encontrar pronto el lugar.

Nos detuvimos, indecisos, al inicio del enorme corredor de esa escuela universitaria. Ningún letrero orientaba a los desorientados. No había más opción que preguntar, porque si preguntando se llega a Roma, debe ser mucho más fácil llegar a un auditorio universitario.

No había nadie más a la vista en aquel vasto recinto. Sólo el hombre aquel, con su escoba en la mano, que seguía viéndonos mientras caminábamos, sin saberlo, a la nada. Volvimos sobre nuestros pasos para preguntarle por el lugar que buscábamos.

Sin afán de reproche, pero sin dejar de hacernos notar nuestra soberbia, nos dijo suavemente que ahí no encontraríamos nada. Nuestro destino estaba lejos, en la otra esquina del campus.

- Por eso les pregunté, porque están viniendo muchos a preguntar.

Nadie es profeta en su tierra, pensé, pero el lugareño siempre conocerá más rincones que el extranjero.

Todos los días se aprende algo nuevo. Esta vez, aprendimos donde está el auditorio B, y recordamos -lo que implica aprender lo olvidado- que hasta el más humilde sabe más que nosotros en algún tema.

Y también aprendimos que la única manera de aprender todos los días es aceptar hacer el rídiculo desde temprano.

Las naranjas

Las naranjas

Cada dos o tres sábados, había en casa varias bolsas grandes, llenas de naranjas.

Redondas, de buen tamaño, muy anaranjadas, dándole dignidad a su nombre. A veces venían toronjas, coloradas con las mejillas de quienes las cortaban. Siempre jugosas y sabrosas.

No había límites, coman lo que quieran, decía papá, quizá conocedor del diente afilado que teníamos los cuatros varones de la familia.

Por más que fueran las naranjas, duraban tres o cuatro días. Nunca completaron una semana en casa.

No nos preocupaba que se acabaran. Ya volvería el papá con más cualquier día de esos.

Con el tiempo he visto que la vida era como esas naranjas. De niño la consumes sin recatos, de adolescente, la desperdicias sin temor, de adulto, la vives con cautela, en la edad madura la valoras, y en la vejez, la extrañas.

Porque a diferencia de las naranjas, nadie te traerá más minutos, más horas. Ni una partícula de tiempo.

Todo tiempo pasado fue mejor, dicen los viejos. No, el mejor tiempo es el actual. El pasado se fue, y el futuro quizá no lo viviremos. Quien vive de recuerdos, se quedó en el pasado. El que vive ya el futuro, vive en una esperanza que puede ser cruel si no llega. Y no llegará si no trabaja ahora en ella.

Sólo tengo un segundo a la vez. Nadie me asegura que mis dedos podrán llegar hasta la tecla que marca el punto final de esta crónica de la nada. No sé si el sol brillará para mí esta tarde. No sé si mañana existe en mi agenda.

Vivo hoy, el momento. Si logro traspasar el umbral del futuro, para convertirlo en hoy, este momento será un bonito recuerdo.

Como el de las naranjas de mi niñez.