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Crónicas de la Nada

La Musa fiel

La Musa fiel

No estaban lejos.

Las encontré, sentadas, contando historias inverosímiles, y jugando al  dominó.

Eran tres o cuatro Musas que perdían el tiempo, desilusionadas de la infidelidad de sus protegidos, que desperdician el talento regándolo por el camino por donde siguen a las Quimeras, que son coquetas naturales, pero nunca se dejan atrapar.

Cuando por fin las abrazas por la cintura, se vuelven humo, desaparecen y vuelven a materializarse allá donde no puedas alcanzarlas.

Las Musas saben de infidelidades. Y saben de esperar.

La mía estaba ahí, con las otras, construyendo castillos en el aire  con un dominó de15 puntos que sacaron de su imaginación.

Nada dijo cuando nuestras miradas se cruzaron. Una sonrisa apareció en sus labios,  dejó su lugar a otra que llegaba, y se acercó a mí.

Tomados de la mano, dejamos ese lugar, refugio de Musas abandonadas.

Como siempre, no hubo reclamos ni escenas. Mi Musa sólo sabe ver al futuro, pero con los pies en el presente.

Otra vez será inspiración de mis desvaríos, y guiará mi pensamiento para ir formando las ideas que compartiré con otros.

Amante fiel, compañera perpetua, aquí está mientras mis dedos plasman lo que mi mente maquila, y le da forma, la moldea, convirtiendo el barro de mis palabras en hermosa cerámica de frases.-

Bienvenida la Musa.

 Bienvenido yo.

Gourmet

Gourmet

Cada vez que alguien ofrece requesón, recuerdo inevitablemente una tarde en el camino a Ameca, Jalisco.

Veníamos de un pueblito con nombre de pescado, y muchas casas blancas con techos rojos de teja. Huachinango se llamaba.

Era un espectáculo para la vista, y para los recuerdos.

Fue una de esas andanzas de la vida que caen por casualidad, y que a los 17 años aceptamos sin preguntar. Vamos, te dicen, y te vas.

A medio camino, todos con hambre, el líder de la caravana se detuvo ante un ranchero que ofrecía sus quesos. No supimos que negoció con él, pero nos llamó a comer, y los adolescentes, siempre con hambre, nos acercamos sin pena alguna a devorar lo que hallamos.

Nos dieron requesón con agua de una cascada cercana. Agua fresca, límpida, tan transparente como nuestro espíritu de entonces.

Nunca probamos comida tan deliciosa. Nunca he encontrado esa combinación perfecta de hambre permanente, ambiente campirano, compañía agradable, comida simple, sazonada con la aventura de viajar solo a tan corta edad.

Eso eliminó para siempre la posibilidad de volverme un gourmet. Ahora disfruto las comidas simples, a veces de cosas tan simples como un pan relleno de frijoles, huevo y aguacate.

Disfruto los tacos recalentados en un comal de hojalata, en el rincón de una construcción cualquiera, con la misma delicia que un rib eye en el mejor restaurante.

Será que realmente lo que disfruto es la vida.

 

Cada quien su interés

Cada quien su interés

Los papás felices porque de la nada, había surgido una casa que ahora les entregaban.

Unos meses antes, un huracán llenó los cauces del río a cuyas orillas vivían, y Elena y Santos se quedaron sin nada.

Los cauces se volvieron fauces que devoraron todo.

El amanecer los sorprendió con los pies hundidos en el lodo, sin más pertenencias que la ropa mojada que vestían, sin amigos en la ciudad, con el corazón lleno de angustia y sin una respuesta al qué vendrá.

La lluvia seguía cayendo, y las gotas de agua corrían por sus rostros, confundiendose con esas lágrimas de impotencia que tampoco podían detener. Las tragedias siempre le pegan más duro al más pobre, y Elena y Santos eran pobres entre los pobres.

Pero la solidaridad humana hizo brotar, como arte de magia, una casa parecida a la de sus sueños. En su humildad, no ansiaban un palacio, sólo cuatro paredes blancas, de concreto limpia para llenarla de ilusiones. Una casa como las tantas que Santos construía cuando salía a trabajar de albañil cada semana.

Ahora la tenían, sólo por ser damnificados. Felices, tomaron la llave. Sólo Adrián, su hijo de cuatro años, no estaba feliz.

¿Por qué, Adrián? ¿por qué no estas contento?, le preguntóa la señora tan amable con sus ojos azules y su pelo rubio, tan distinto a la de la Elena,

El niño, regordeto por los genes indígenas que cargaría toda la vida y dejaría a sus descendientes, abrió más los ojos, y respondió, con simpleza:

- Porque en la otra casa, yo tenía una pelota. Y aquí no.

Todos rieron, menos el niño. Cada quien tiene sus propios intereses.

Mis juegos

Mis juegos

Tengo una armónica que a veces se pierde, pero algunas tardes me sale al camino, y exige ser tocada, aunque las notas que salen son inarmónicas y a duras penas se adivina una melodía coherente.

A veces hace pareja con la guitarra, que no se encela cuando se queda sola, dentro de su estuche, por semanas enteras, y siempre está solícita y ansiosa de ser abrazada y tocada alguna noche de bohemia improvisada.

También tengo una cámara fotográfica que en otras épocas habría servido para ganarme la vida, pero ahora, es sólo para mostrar mi óptica de la vida, de mi ciudad, de mi paso por el mundo.

Un balero, de esos tradicionales, distrae mi atención a ratos, y un telescopio me deja ver de cerca la Luna, mi cómplice, eterna enamorada.

La navaja mágica hace milagros, porque con ella se puede arreglar cualquier cosa, desde una manguera que tira agua, hasta el mueble que se le aflojó una pata.

Son mis juguetes, los que me entretienen en esta segunda infancia que se aferra a vivir conmigo.

Cuando era niño, jugábamos al béisbol, a los carritos, a los vaqueros, a los pilotos de autos, a un sinfín de juegos donde el principal ingrediente era la imaginación.

Ahora, la imaginación sigue, pero los deseos se van cumpliendo, con pequeños artefactos que en ese entonces eran eso, deseos, y hoy, el bolsillo tiene los recursos para adquirirlos, aunque la verdad, casi todo llega en Navidad o en los cumpleaños, como una muestra de cariño de quienes me aman a pesar de mis defectos y caprichos.

Ahora veré las estrellas, quizá descubra algún cometa, y tal vez –sin pensarlo- descubriré algún secreto pudoroso en una de las tantas ventanas lejanas que ahora estarán cerca.

Más no es el fin. Lo que importa es que podré seguir jugando, como cuando era niño, y eso me mantendrá joven por siempre.

Las madrugadas

Las madrugadas

Me gustan las madrugadas, más que los atardeceres.

Es emocionante ver como la luz va diseminando su manto sobre el mundo, casi de manera imperceptible, mientras el mundo sigue indiferente a la caricia que le hace el sol.

Cada amanecer es como una nueva esperanza. Es salir del túnel oscuro con la fe de que el día será mejor que la noche anterior.

Cada día nuevo ofrece una oportunidad de mejorar, de acabar con las crisis, de perdonar y ser perdonado, de volver sobre los pasos y reiniciar, de empezar nuevos proyectos.

Hasta una nueva vida podemos inventar.

Los amaneceres son hermosos. El cielo se viste de colores nuevos. En las mañanas frías se pone travieso, y pinta las nubes de rojos caprichosos, y les cambia la personalidad.

Las pone alegres.

El mundo, aunque indiferente, va tomando vida y cuando el día termina de vestirse, ya hierve en actividad total.

Pero quizá lo que más me gusta de las madrugadas y los amaneceres, es que pocos lo ven. Van tan aprensivos por el día que inicia y lo qué tendrán que hacer, que no les da tiempo para contemplar el regalo visual que nos regala la Vida.

Lo dejan todo para los pocos que nos damos el tiempo de voltear al cielo, y aceptar el regalo.

 

Vida plena

Vida plena

Definitivamente no voy a viajar a la Luna. Tampoco seré campeón olímpico, y probablemente tampoco ni me voy hacer millonario.

Al menos en esta vida.

Pero a cambio, creo que he vivido lo que muchos otros no tienen oportunidad.

La vida es la misma para todos, pero nos da una visión diferente a cada uno. Y a lo largo de ella, vamos alimentándola hasta cambiarla totalmente.

Coincido con Amado Nervo, que decía que cada uno es el arquitecto de su propio destino. Yo agregaría que desgraciadamente, no somos los albañiles de la obra, y es por eso que a veces las paredes se caen, o no quedan en la dimensión exacta.

No importa. He aprendido a vivir con eso. Y si hay otra vida, y recuerdo ésta, seguramente vigilaré al máximo el mínimo detalle, para hacer una obra maestra de mi vida.

No me quejo de ésta, porque ha sido plena en la medida que lo he querido. He vivido momentos difíciles que acrisolaron el carácter y me enseñaron a valorar lo verdaderamente valioso.

Como todos he sufrido, y me di cuenta que el dolor es el principal testigo de que estaba vivo.

A cambio, he disfrutado al máximo un sinfín de momento, sencillos, simples, pero significativos.

He viajado y conocido amigos en diversos lugares. He estado en sitios donde la mayoría no asienta su pie. He conocido  gente que ha influido para cambiar al mundo,  hasta he intercambiado ideas con ellos.

Sobre todo, he amado y he sido amado. La tengo a Ella, y quizá esa es la diferencia.

Quizá es lo que hace que mi vida sea plena, pase lo que pase.

La sencillez

La sencillez

La vida pasa, pero no se detiene frente a él.

Sentado en la soledad de una tarde de plaza, lee una revista, mientras su bicicleta descansa a un lado.

Está absorto en su lectura, y el mundo podría acabarse frente a él sin que él lo note.

Eligió buen lugar: la sombra de un encino, de esos que tan fácil crecen por esas tierras, y que abundan en las plazas viejas.

Quizá son contemporáneos, la plaza, el encino y él en su edad indefinida.

La bicicleta espera, como una fiel cabalgadura, con la ventaja de que no se come el pasto, así que no arriesga a su jinete a una multa.

El hombre hizo un alto en su camino para disfrutar la combinación perfecta de la soledad del lugar, la sombra al filo del mediodía, y la lectura.

Envidiable posición para quienes junto a él pasamos sin poder bajarnos del carrusel del trabajo. Giramos alrededor de su figura, sin que se de por enterado.

Tal vez se lo ha ganado. Seguramente ha pedaleado en la bicicleta de la vida por muchos años. Hoy descansa, disfrutando de esos placeres tan simples a los que todos podemos aspirar sin morir en el intento.

Bien por Él. Nosotros seguiremos cabalgando en la bicicleta que la vida nos dé hasta llegar a un destino donde podamos descansar, leer sin interrupción y disfrutar la sencillez a su máxima expresión.

Una novia encantadora

Una novia encantadora

 

 

Entrar a La Habana es como llegar a una cápsula del tiempo.

Autos con medio siglo de andar rodando por las calles y caminos de la isla, se asoman a cada paso.

Las edificaciones, majestuosas aún en su letargo,  le confieren un cierto halo de misterio.

A los lados del camino, la gente camina sin prisas, como si la vida estuviera resuelta.

El verde es el color que predomina, incluso sobre el gris del cemento y el avejentado amarillo de muchos edificios.

Pareciera que el mundo se hubiera detenido a finales de los cincuentas del siglo pasado, cuando el progreso apenas iniciaba su camino ascendente.

Sólo lo parece. La verdad es que bajo esa máscara antigua, hay una Habana que vibra de alegría, y que muestra una cara distinta de modernidad.

Es como una muchacha con los vestidos de la abuela.

Hay música en todos lados, baile espontáneo de niños y grandes. El bullicio se esconde por sus calles, donde la apariencia contrasta con la actitud.

A cada paso surge un joven que ofrece tabaco, música, un lugar donde comer, y mucha platica. A media distancia, la vista se adhiere a la cintura de alguna muchacha, y a un par de ojos negros, azules, verdes, donde uno se pudiera perder por siempre.

Una copa de ron sella la amistad con la ciudad. Una Habana que siempre será femenina, y que una vez mas, como novia encantadora, prepara su mejor sonrisa y el más cálido de sus abrazos, para recibirnos.

 

Amor juvenil

Amor juvenil

Los uniformes rojo y blanco destacan sobre el gris panorama urbano. Son dos niños casi, prófugos de los carritos y muñecas, que juegan al amor.

Los veo desde el anonimato del coche, auspiciado por la luz del semáforo, tan roja como la playera que visten, delatora inmisericorde de su grado escolar. Seguramente son alumnos de alguna secundaria cercana, que antes de llegar a casa, se despojan de su timidez para disfrutar un instante de un amor adolescente tan limpio como una pompa de jabón.

Igual flotan en el embrujo del beso que se prolonga más aláa del pudor de una mirada curiosa, la mía, que se alterna de la eternizada luz roja del semáforo a la felicidad que emana de aquellos niños.

Quizá por un instante el tiempo se detuvo para que ellos disfrutaran ese beso casto, conjugación perfecta del verbo amar. Conjugación sin malicia, sin lujuria, solo envalentonado por el deseo imperioso de estar juntos.

Quizá ese reposo nos alcanzó a quienes los vemos, porque el reloj no avanza, y el tiempo nos permite una pizca de eternidad.

En veinte, no, en cinco, tal vez en tres años esos jovencitos serán otros, distintos, y aunque el amor triunfe sobre el tiempo y la edad de los dos, no será tan inocente y esplendoroso como ese que hoy viven, y que la luz roja del semáforo, cómplice eterna del paisaje urbano de mi ciudad, permite me compartan.

La vida sigue

La vida sigue

Apenas ayer lo estábamos llorando, criticando a la vida que es injusta, y a la muerte que es cruel con los buenos.

No hubo misericordia, y de repente, sin aviso, se lo llevó.

Hoy, tomamos de nuevo las herramientas para seguir construyendo el futuro que no tenemos asegurado, y que tan arteramente la suerte le negó a él.

Tomamos también la espada en la otra mano para luchar contra las injusticias que tapizan el mundo. Quizá no sea mucha nuestra fuerza, pero siempre hay un molino de viento a modo para derribarlo.

A todos nos duele su partida, porque se fue convirtiendo en el hermano de todos, pero comprendemos que el duelo terminó cuando volvió al seno de la tierra. De ahí en adelante, sigue la lucha, los problemas, los triunfos, las cotidianidades, y todas esas nimiedades que componen la vida tal y como la conocemos.

No es que nos olvidemos, sino que la vida sigue y es tan corta que no podemos salirnos por nuestra voluntad antes de que termine la función.

Tampoco podemos quedarnos a vivir y retozar en el pasado. La vida sigue y no permite bajarnos del tren. Quienes se quedaron en la última estación nos dicen sólo "hasta luego" y los volveremos a ver cuando todos lleguemos a Casa.

Nadie sabemos hasta donde podemos llegar con el boleto que nos dieron. Lo sabremos porque en cada estación está el nombre de quienes deben quedarse ahí.

No hay opción, debemos seguir aunque nos duela dejarlos.

El descanso

El descanso

 

Cada domingo, don Beto dejaba el trajinar de sus negocios, la política, los amigos, y se iba a su rancho.

Era un hombre rico, con grandes propiedades, en uno y otro lugar. Había hecho mucho dinero, aunque no siempre con negocios totalmente limpios, pero de alguna manera, mantuvo siempre su respetabilidad.

Por eso, cada domingo, con la conciencia tranquila se iba a su rancho. Igual podía irse a Las Vegas, a una playa, o a cualquier rincón distante del mundo. Tenía dinero de sobra para ello,  y tiempo suficiente para dedicárselo.

Pero él se iba a su rancho. Todos los domingos, todas las vacaciones.

Con tanta riqueza, pensábamos que era un enorme predio, con árboles por todos lados, una casa lujosa, animales y un sinfín de cosas con que entretenerse.

La verdad, es que el rancho de don Beto era un erial. Unos cuantos chaparros y árboles deshojados componían el panorama. Se podía ver quien venía por el camino, porque nada obstruía la vista.

No había mucho que hacer. La casa sí era grande, pero seguía teniendo el mismo aspecto de cuando él era niño. Alrededor, las otras construcciones agonizaban en sus paredes de piedra y muros descascarados.

Ahí creció, y de ahí salió para convertirse en hombre importante.  Ahí se quedaron sus padres y ahí murieron.

Cuando la heredó nada le hizo, sólo la mantuvo. Pero cada domingo iba a su rancho, a su casa. Al frente de la vivienda, el techo se prolongaba hacia el frente, sostenido por unas columnas de madera. Ahí, a la sombra, sacaba un sillón grande sin recuerdos, y se sentaba a leer, o a quedarse viendo el horizonte.

Ya más maduro, sólo se sentaba y se dormía, como cualquier anciano de pueblo. Toda la tarde en el fresco inexistente de esas regiones.

Así pasaba las tardes, pudiendo estar en cualquier otro lugar.

Pero sólo ahí, nos decía, encontraba la paz que el espíritu requiere para seguir adelante.

Valentía

Valentía

Un montón de gente se amontona en una esquina. Esperan con ansiedad un camión que los lleve a su trabajo.

Ya no es tan temprano. El tiempo se consumió en la espera.

Por la avenida, cientos, quizá miles de coches avanzan a vuelta de rueda. La vialidad destruida de la ciudad no los deja avanzar más.

La gente espera. Muchos de ellos nunca han tenido coche, y tal vez no lo tendrán. No lo desean, a decir verdad.

Todo lo que quieren es que su transporte llegue. Tienen que llegar a tiempo a su empleo, al taller, a la oficina, a la escuela. Cada uno tiene un destino distinto.

Se ven preocupados. Saben que en cualquier camión puede ir una banda de asaltantes.

O que en una esquina cualquiera puede surgir una balacera.

Si entran a una tienda, les puede tocar un asalto. O ver como le roban el vehículo a alguien a punta de pistola o fusil de asalto.

Es un panorama que asusta, pero ya no sorprende.

Y sin embargo, ninguno de ellos se queda en casa. Todos salen a la hora adecuada, y van a trabajar, a estudiar, a pasearse.

Enfrentan el temor y la estadística que los aprisiona. Luchan con el arma del trabajo contra la situación que los ahoga, que les exprime el bolsillo, y les saquea la esperanza.

No hay crisis, ni económica ni delincuencial, ni política, n i de ningún tipo que los detenga.

El ejemplo arrastra. Ninguno de ellos se va a ir a vivir a otra parte.

Aquí nacieron, aquí crecieron, aquí vieron nacer a sus hijos y aquí tienen sepultados a sus muertos.

La ciudad es su vida, nuestra vida.

Hoy Monterrey sufre por unos cuantos de sus hijos que la violentan.

Los demás sufrimos con ella. Y con ella saldremos adelante.

Porque sabemos vencer al miedo y la angustia que corroe la existencia.

Traemos la valentía en los genes, y la fomentamos día a día, luchando por recuperar lo perdido a fuerza de trabajo y de ahínco.

Sin violencia ni resentimientos.

 

Añejamiento

Añejamiento

Siempre van los dos, solos, no tan juntos que puedan tropezar uno con otro, pero tampoco tan separados que no se puedan alcanzar a dar la mano.

Ella, siempre con sus libros. A veces él los carga, mientras ella lo escucha. a veces ríe, seguramente de algo gracioso que él le dice.

Si fueran más jóvenes, parecerían novios. Aunque él nunca la toma de la mano, ni ella se apoya en su brazo, se percibe la unión perecedera, inalámbrica, como dirían los muchachos de hoy.

Los he visto juntos por tres décadas, desde que ella era una adolescente que cada tarde lo esperaba a la vuelta de la casa.

Niños nosotros, los veíamos como parte del paisaje. Ella, hermana del amigo de juegos. Él, nunca supe como se llama.

Pero ahora los veo por las mañanas, cuando seguramente él la acompaña a tomar el camión que la lleva a la escuela donde da clases. Igual que entonces, forman parte del paisaje humano que le da escenografía a m vida.

Nunca los ví apasionados. Ni siquiera cuando eran más jóvenes. Ahora, tres décadas después, su amor tiene esa madurez que le va dando el añejamiento.

Para tomarlo en copa de cristal, como los buenos vinos.

 

Un largo camino

Un largo camino

Cuando la tragedia nos persigue, el camino es largo, y aunque huyamos, nos alcanzará. El único remedio es hacerle frente.

 

Serpiente dorada

Serpiente dorada

Quién dice que en estas época no tenemos nuestra arquitectura ornamental, que quizá un día sea confundida con una serpiente de fuego.

Héroe de la historia

Héroe de la historia

Se acercó sin disimulo hasta la ventanilla del coche.

Bien vestido, el anciano no denotaba tener necesidad alguna. Por tanto, no buscaba unas monedas.

Se acercó a decirme que el conoció a los fundadores de las principales empresas. Que fue amigo de algunos, y conocido de otros.

Fue ensartando una historia tras hora, narrando brevemente hilos de la historia. Gente que hoy vive en monumentos o en los libros, fue pasando por su mente.

Recordó que él también hizo historia, al colocar algunas de las antenas que hoy lucen en los cerros de la ciudad.

Fue su vida, ser ingeniero y trabajar en esos proyectos, entonces, visionarios de la ciudad. Hoy los vemos con triste indiferencia, a fuerza de tenerlos ahí siempre. Son edificios que no se comparan a los retos que implican las nuevas construcciones.

Pero en ese tiempo sí. No había la tecnología de ahora, ni la capacidad académica, dijo mi interlocutor. Todo era experiencia nueva, y había que innovar y sacar adelante las tareas. Como fuera.

Estuvo cerca de 15 minutos. Primero pensé que estaba robando mi tiempo, pero no quise despedirlo. Luego me dí cuenta que me estaba compartiendo el suyo. Su tiempo y su historia.

Se fue como llegó, sin saludar ni despedirse. Caminando por entre el río de gente, héroe anónimo de mil batallas, que ahora es un simple viejo.

Tal y como lo seremos todos. Ojalá entonces, tengamos suficientes historias y alguien que quera escucharlas de cuando en cuando.

Dos puertas

Dos puertas

En casa de Roberto y Teresita había dos puertas en la entrada.

Curiosa característica, porque siempre las casas tienen una puerta al frente y otra atrás. Entrada y salida.

La entrada es siempre para recibir a los amigos, a los seres queridos. Es el refugio de quien llega a casa, cansado, a veces derrotado por el día. Es el arco triunfal cuando la jornada fue satisfactoria, y es la entrada al paraíso del hogar.

Dos puertas no las vemos en todos lados. Si acaso en los centros comerciales, donde es para recibir clientes, no amigos.

O en las iglesias, donde van tan pocos que una bastaría. Pero dónde quedaría nuestra esperanza si ahí se pierde la fe de recibir las ovejas descarriadas.

En una casa, dos puertas parecen excesivas. Pero no cuando conoces a sus dueños. Será que una puerta no es suficiente para recibir a todos los amigos. Los de ellos y de sus hijos.

Será que es una casa donde todos caben, donde todos son bien recibidos, sin importar la hora. Puertas que se abren para convertir ese hogar en centro de reuniones para encender el fuego que acalora y justifica refrescarse con unas cervezas.

Puertas  siempre abiertas para recibir a los voluntarios que buscan trabajar a deshoras en bien de otros que ni siquiera conocen.

Puertas dispuestas a recibir a quien busca sólo un poco de plática y una sonrisa amable.

Ya no están las dos puertas, quizá porque la humildad ganó. Hay una sola, y una ventana enorme que igual permite la entrada de todos.

Tardes de lluvia

Tardes de lluvia

Me gusta la lluvia.

Me gusta verla, sin mojarme, por la ventana recién lavada, recorriendo los caminos que parecían olvidados, y donde por siglos, mucho antes que fuéramos siquiera un deseo en las ilusiones de nuestros padres, han ido trazando su huella.

Cuando era niño por fuera -pues ahora sólo lo soy por dentro, y cuando el oficio de ser adulto me deja tiempo- me asomaba a la ventana cuando llovía para ver el regimiento celestial descender de las alturas, perfectamente ordenados y sincronizados, para invadir amistosamente el mundo terrenal.

Caían en una sincronía absoluta, sin perder nunca el paso, sin cansarse ni aburrirse.

Era grato ver la lluvia caer, porque llevaba implícita la promesa de que cuando escampara podíamos salir a jugar bajo las últimas cubetadas que lanzaran las nubes y podríamos dejar que el agua que corría por las calles -rios temporales que sólo llegaban en esas tardes- nos arrastrara calle abajo.

Éramos argonautas de barrio, exploradores de litorales de banqueta y conquistadores del tiempo perdido.

Todo eso se quedó guardado en los armarios de la infancia. Ya no veo llover por la ventana porque las oficinas son cerradas sin contacto visual al exterior, para no distraernos del trabajo.

A veces las veo, como viejos amigos que me salen al paso, a través del parabrisas del coche, y al igual que los viejos amigos que me topo, no logro atenderlos como merecen porque hay que seguir el camino y la vista se fija en lontananza, y a lo cercano sólo se nos permite echarle un vistazo.

Pero el que yo no pueda verla no le quita ni la existencia ni la esencia a la lluvia, que sigue cautivando por igual a niños y mayores, a poetas y matemáticos.

Ahí sigue, ciertas tardes y ciertos días, esperando a que recordemos que la vida se va construyendo de pequeños recuerdos, como esos cuando pegábamos las narices a la ventana para ver llover.

El regalo del viejo

El regalo del viejo

Cada cumpleaños del viejón es el mismo problema.

Problema que agradezco, porque se que el día que ya no lo tenga que resolver será muy triste.

Cada año hay que idear qué regalo le conviene, porque a esas alturas de la vida la mayoría de los deseos se han satisfecho, o simplemente ya se enteró que no vale la pena desearlos.

A lo largo de las décadas, le hemos regalado de todo. Y al final, terminamos yendo a comprarle una camisa o unos zapatos.

Esta vez no fue diferente. El cerebro se exprimió hasta el final, y entre el encarreramiento de la vida y los múltiples compromisos, llegó el día señalado y no habíamos comprado nada.

Una camisa, no hay más. Las últimas navidades y cumpleaños se le regaló otras cosas más mundanas. Ahora, la imaginación –y el presupuesto.- no da para más.

Así que llegamos con la camisa envuelta en el mejor papel que encontramos, acorde a la ocasión. El viejón lo recibió con la misma alegría que si hubiera recibido las llaves de un Cadillac, por hablar un buen carro acorde a su tiempo.

Pero como la fiesta estaba en su apogeo, dejo el regalo de lado, para seguir disfrutando las cosas sencillas que la vida le regala: Ver a los nietos correr por el patio, saborear el olor de una rica carne asada, la frescura de una cerveza y el brindis con los hijos. Los de siempre y los que llegaron de la mano de los de siempre.

Fue mamá la que –como siempre- reparó en lo práctico del regalo. Y la única que vio que la talla era mucho mayor de lo que el cuerpo del viejo necesita.

Eso no ensombreció la fiesta. Hay tiempo de cambiarla.

Por ahora, vale pensar que nos equivocamos en la talla, quizá porque vemos al padre mucho más grande lo que físicamente es.

Nunca fue alto, y hoy, en sus ocho décadas, lo es menos.

Pero igual lo vemos grande. más de lo que es o de lo que fue.

Bienaventurados los hijos que podemos verlo así.

 

 

 

 

Volver

Volver

Volver no tiene mucho mérito.

Es tan fácil como desandar lo andado. dar vuelta en 90 grados, y seguir caminando. Lo difícil es reiniciar.

Siempre tras un largo receso, el comienzo se complica, porque no sabe uno si seguir las cosas en el punto que las dejó, o renovar toda la logística de vida, o hacer como que todo es nuevo, o criticar lo que se hizo mientras uno anduvo por ahí, vagando por la vida.

Pueden ser los 20 años de Gardel, o los 15 días de unas vacaciones o los 15 minutos que tarda uno en ir a comer y regresar. Se dificulta porque en ese tiempo, nos desligamos de todo por estar en otro mundo. La prioridad cambia y navegamos al cien por ciento en otros mares, a sabiendas de que volveremos al de siempre.

Es la única manera de hacer bien las cosas. Saber desligarse de nuestro yo, asumir otro, y luego volver a vestirnos de nuestro yo original.

Bien.

Vuelvo a donde siempre. Las cosas han cambiado, se ve. Basta dar una mirada panorámica. Pero hay otras cosas más profundas que también son diferentes. Eso no se ve, sólo se percibe.

Habrá que enfrentarlas, habrá que ajustarnos a la evolución y alcanzarla. Eso nos dará la certeza de que seguimos vivos, de que podemos irnos 15 minutos, dos semanas o veinte años, y que seguimos siendo los mismos.