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Crónicas de la Nada

El árbol navideño

El árbol navideño

Cada día, muere un poco.

Aún se yergue majestuoso, aún encienden sus luces, aún tienen brillo sus hojas, y sus adornos todavía le dan un toque de alegría.

Cada día muere un poco. No puede evitarlo, porque no es el agua que se le rocía por las mañanas, ni los brillos y colores lo que lo mantiene vivo. Es la ilusión, y esa, se va apagando rápidamente, hasta acabar con él.

Hace unas semanas, era hermoso, y al llegar a casa, a pesar de su tamaño, pronto encontró un lugar en medio de la sala. A nadie le importó que estorbara el paso, o que cubriera la mitad de la televisión pegada a la pared.

Era víspera de Navidad, y el visitante fue recibido con alegría y hasta devoción. Sobraron manos que le aportarán una guirnalda, una esfera, unas luces. Todos pelearon por poner la estrella nueva en la punta del árbol.

Luego, se sentaron a admirar la obra, tan parecido a los otros el barrio, y al mismo tiempo tan distinto, con una personalidad muy propia, muy de familia. Hasta lo vieron tan enorme como el que pusieron en medio de la plaza de la ciudad, tan grande como un edificio.

Eran tiempos felices. Vinieron después las fiestas, los regalos, la cena de Navidad, de Año Nuevo, se abrieron las sorpresas, y el árbol navideño fue quedándose a un lado, ignorado, y de pronto, comenzó a estorbar el paso, no dejaba ver la televisión con comodidad.

Ya no despertó ilusión en los corazones, ya no despertó sueños adormecidos. Ya no tuvo caso su presencia en el hogar.

Como los grandes deportistas, deberá saber retirarse a tiempo. Ya enmudeció y sus luces ya no se encienden por las noches. Es casi un cadáver.

Sólo que no muere del todo. Deja impregnada su presencia en los recuerdos, y al año siguiente, resucitará el deseo, y volverá, envuelto en otro follaje, a adornar el centro de la sala.

 Y otra vez su enorme corpachón felpudo no estorbará, y otra vez se encenderán las luces, y otra vez se llenará de regalos, de buenos deseos, de felicidad para todos.

Es la Navidad que se va. Es la Navidad que volverá, convertida nuevamente en árbol lleno de luces y esferas.

El Mono de nieve

El Mono de nieve

El extraño visitante apareció de pronto en medio de la pista de hielo.

Parece que la caminata le dio calor, y lo mejor que hallo fue ese lugar, donde la temparatura era de cero grados, justo el punto de congelacion que nuestro amigo necesita para no perder la compostura.

Entre el frío, estaba a sus anchas, ignorante por completo de que mientras él disfrutaba del paisaje urbano, en las zonas altas de la sierra, la gente lo buscaba.

Cientos de regios salieron a buscar la nieve, para jugar y crear monos de nieve, pero esta vez, el mono de nieve, llegó a la ciudad.

Tal vez siguio el ejemplo de los osos, y decidió llegar a la ciudad, buscando el frio.

Aunque los muchachos que cuidan la pista de hielo en la plaza santacatarinense, aseguran que ellos lo invitaron, con su imaginación.

Nadie supo cómo llamarle a nuestro curioso amigo.

Como todo mono de nieve que se respete, llegó muy elegante, aúnque de su abrigo sólo se veían los botones. Y en vez de sombrero de copa, sólo alcanzó un cono, de
esos preventivos de la vialidad.
La sonrisa no podía faltar, ni sus brazos, hechos con ramas, abiertos y listos para repartir abrazos en señal de amistad. Si le faltaba simpatía, su nariz de zanahoria, la suplía.

A todos cayo bien, pero el tiempo, que no perdona, solo le dio tres dias para vivir entre nosotros.

Cuando salga el sol, se derretirá en el olvido.

La Ignorancia

La Ignorancia

-Hay algo que no sabes- me dijo el hombre aquel, mientras señalaba el monumento aquel que recordaba alguna batalla de su patria.
En realidad -pensé- hay muchas cosas que no se.
Mi ignorancia es tan vasta que me obliga a ir aprendiendo a cada instante. A todas horas y en todo lugar.
Creo que jamás aprenderé todo lo que un hombre debe saber, menos aún todo lo que se puede saber.
Y aunque bebiera un mar de conocimiento todos los días, siempre habrá un montón de océanos por recorrer, y yo no se sí mi mente podría absorber semejante cantidad de entendimiento.
Pero aunque pudiera aprender todo eso, la experiencia me dice que con el aprendizaje no siempre viene la sabiduría, que puedo ser el más culto del mundo, el más estudiado y sin embargo no me hace sabio. No siquiera me asegura un mejor criterio al tomar decisiones.
Algunos confunden estas cosas, y los llena de orgullo y de vanidad pensar en lo mucho que aprenden. Prefiero pensar en lo mucho que todavía no sé para tomar con alegría un nuevo libro de cualquier estante de las añoradas librerías que ofertan sus libros usados y gastados por el tiempo y las miradas que se han posado en sus páginas.
Prefiero pensar en lo que puedo aprender cuando platico con el vendedor de elotes o el anciano que espera con ilusión vender alguno de sus artículos inservibles, o con el niño que aún conserva un poco de la sabiduría con que Dios lo mandó al mundo, pues sabe reír, divertirse y amar sin esperar nada a cambio, sólo una sonrisa.
Aprender sobre todo que el conocimiento es como el buen vino. Se puede disfrutar sólo, pero cuando se comparte sabe mejor.
Lo poco que aprendemos a lo largo de la vida debemos compartirlo para que otros lo puedan aprender en menos tiempo y así logren llegar más lejos en el camino del conocimiento.
Y ciertamente, aquel hombre que señalaba la estatua me dio algo que no sabía.

Equilibrio natural

Equilibrio natural



Sentado en una plaza viendo como la gente va a su vida normal, cuenta a llover.
El agua cae como una pelusa y resalta sobre la parte oscura de los añosos arboles del lugar.
Hay vegetación por todos lados, espectáculo verde gratuito para los pocos que tenemos tiempo de ver las prisa de los demás.
El ocio es la madre de todos los vivos y lastre de muchas virtudes. Pero también resucita cuando el cansancio y la rutina se vuelven crónicos.
Sentado, disfruto mi ocio sin cargo alguno de conciencia. Ya vendrán los días en que mi prisa impedirá disfrutar del paisaje urbano. Va vendrán panoramas grises de cemento, sin ese verdor que aquí encuentro. Por ahora, disfruto viendo la pelusa de agua caer.
La gente saca sus paraguas. El que trae, porque la mayoría apenas alcanza a agachar la cabeza, como si la vista del suelo fuera suficiente para proteger de la lluvia incipiente, que no se decide a caer del todo.
El sol se resiste a esconderse, quizá maravillado de como la vida siempre brota de nuevo.
Curioso, volteo a ver que es lo que ve el sol, y descubro que soy el equilibrio de la naturaleza. A mi derecha llueve, suave pero persistente.  Mi izquierda, el suelo está seco, como si la lluvia no fuera cosa de él.
La gente ni percibe que a dos metros, a su espalda, otra gente apresura el paso para no mojarse demasiado. Su único estrés es la incertidumbre de cuándo pasará el camión que los llevará a sus deberes diarios. Siguen pensando, sin saberlo siquiera, qué van a comer ese día, qué van a tener ese día, qué van a sentir ese día que apenas comienza.
Cada quien tiene lo que puede, y lo que sabe apreciar. Dejo que la rutina los arrastre, yo prefiero rendirle tributo a Natura, ese regalo divino que me premia con esa curiosidad de ser el punto de su equilibrio.

Octubre 2 de 2012


El azul

El azul

Llueve.
El mar se asoma por la ventana, con una timidez de colegiala. De las de antes, porque ahora ya no enseñan inhibición , como antes en las escuelas.
Veo el mar, el cielo, como se unen en una cercanía confusa, y se ve perfectamente la línea que los separa.
"El mar y el cielo se ven igual de azules, y en la distancia parece que se unen", reza un bolero que viene a mi mente, escondido entre los recuerdos de tardes lluviosas sentado a la mesa familiar, mientras mamá planchaba la ropa que más pronto que inmediato volveríamos a arrugar, apenas se posara en nuestros cuerpos.
Un bolero que brotaba de la voz incansable de la radio, encendida todo el día con su estoicismo de mártir antiguo, lanzando sus melodías al aire, aunque muchas veces nadie las escuchara.
Entonces no había visto el mar. Ni lo vi hasta mucho después cuando mis ojos aprendieron a ver las cosas desde otra perspectiva, en un intento que no siempre fructifica, de encontrar las señales que hablen de su esencia.
Aun ahora no se si las capte.
Lo veo, en una inmensidad imaginada, pues la limita el quicio de la puerta y un balcón tan azul como ellos.
Tres azules distintos: el del cielo, el del mar, el del balcón.
Ninguno se confunde con el otro, porque hay tantos azules como estrellas en ese cielo, que no es en realidad azul sino negro; tantos como gotas de agua en el mar, que no ea azul, sino transparente, pero se ven únicos, como el azul del balcón, porque se nutren de la imaginación de quien los ve.


Octubre 2 de 2012

La Habana, Cuba

Mi ciudad

Mi ciudad

Todavía somnolienta, mi ciudad me dice adiós lanzando un beso luminoso que alcanzo a birlarle en el momento en que tomo vuelo.
Me mira con esa mirada de mujer, que pide sin palabras, que amenaza sin ademanes, que ama sin reservas, que sabe esperar, segura de que es la dueña.
No debe ser un adiós, porque siempre hay un regreso en la mente y en las intenciones. El amor jala hacia ese terruño fertilizado con nostalgias y recuerdos.
Pero a veces, es bueno irse un poco para que se renueve. La ausencia alimenta el sentimiento y fortalece los lazos, porque no hay mayor yugo que aquel invisible que nunca se desata.
Mi ciudad me despide y yo la veo quedarse, engalanada en las luces de la mañana y coronada por una diadema rojiza en el horizonte por donde asoma el día.
Vendrán algunos mañanas, las noches solitarias, y una tarde, gris a fuerza de ausencia, volveremos a encontrarnos. 
Bastara la cercanía para revivir esas historias de complicidad extrema, y otra vez retomaremos la bohemia, para vivir horas de intenso idilio citadino.
Son tantos años de vivir juntos, de acariciar a diario sus paisajes, de circular por sus calles como sangre por las venas, de dibujar mis pasos en el asfalto inmisericorde, y de amar cada defecto que me muestra cuando se desnuda solicita ante mis reclamos de amor.
Apenas tomo el vuelo, y mi ciudad me dice adiós.
Apenas la dejo, y ya la extraño.


El corazón perdido

El corazón perdido

Parece una pintura sin valor, pero es el corazón de un hombre enamorado.

Y está perdido por algún rincón de esta ciudad.

Abigail Torres, dueña de ese corazón, y por tanto del cuadro, lo busca desesperada, porque de eso depende que recupere su historia de amor.

Ese cuadro tiene una pareja al centro, rodeada por unas alas enormes, con varias frases escritas a mano.

Lo pintó Berardo Vázquez Aceves, hace años, cuando era un adolescente. Pensó que un día, le iba a regalar ese cuadro a la mujer a la que le entregara su corazón, y que todavía no conocía ni imaginaba como era.

Un día, Abigail apareció en su vida. Ella trabajaba en un banco, y el fue a realizar algunas remodelaciones. Ella lo ignoró al principio, pues en los cuentos de hadas, las princesas gerentes no platican con los sapos, sobre todo si parecen albañiles.

A fuerza de constancia y encanto, el sapo se convirtió en príncipe, y el albañil en arquitecto y comenzó la historia de amor. Fue cuando el le entrego su corazón, representado en ese cuadro, tan grande como su amor por ella.

La pintura, de 2 por 1.20 metros quedó colocado en la pared de la que sería su hogar, su nidito de amor.

Pero como en los cuentos de hadas, algo pasó, vino el enojo, ella le devolvió su cuadro, y él le dijo: Es tuyo, porque te lo di junto con mi corazón.

El enojo es mal consejero. Abigail se lo dejó junto a la puerta, por la avenida Aztlán, el pasado domingo. Cinco minutos después se arrepintió y volvió por él, pero ya no estaba.

Desde entonces, busca el corazón de su amado por las calles de Monterrey. No quiere ser un alma en pena por toda la eternidad sino encontrar el final feliz a su historia de amor.

Si alguien ha visto el cuadro, o sabe donde está, puede ser el hada madrina que remiende el par de corazones rotos de esta historia real.

 

¿Y no hubiera mañana?

¿Y no hubiera mañana?

¿Y si mañana no existiera?

¿Si en su lugar encontrara el nunca?

Cuántas cosas no podría terminar, y muchas más no alcanzaría a hacer jamás.

Si no encontrara el mañana, se quedaría sin leer ese libro que sigue en un estante, esperando que una mirada acaricie sus páginas y beba sus letras con pasión.

Jamás podría bailar con Ella esa canción que desgrana recuerdos en cada nota musical, etapas que no mueren en la memoria, momentos que permanecen con vida propia. No habría un nuevo recuerdo en su mente.

No podría ver de nuevo los rostros amados, y si jamás estampe un beso en su mejilla o en su frente, nunca tendrán ese recuerdo que les ayude a recordar el lado amable de mi ser. Si jamás les dije cuánto los quiero, no lo sabrán, porque las acciones no siempre se comprenden.

A veces queremos tanto que no lo decimos con palabras, y olvidamos que los hijos no hablan el mismo lenguaje. Veinte o treinta años de historia nos separan.

Si Mañana no existiera, encontraría muchos  No en el expediente que debo presentar ante la Eternidad. Los No que se afianzaron por pudor, por pereza, por soberbia.

Los No que di por hecho de antemano, por no luchar, por seguir en la agradable y peligrosa ociosidad.

Nunca tenemos seguro el Mañana. A veces ni siquiera tenemos completo el Hoy.

Y sin mañana en mi vida, el futuro de alguien no tendrá suficiente pasado.

La Hija

La Hija

Con una confianza aprendida de si misma, un par de hojas, y la promesa de ser alguien importante, salió a conquistar el mundo.

Esta vez, es el mundo real, no el de las aulas, ni el de las prácticas, donde equivocarse no tiene mayor trascendencia que volver a empezar.

Quedó atrás, lejana, la enorme sonrisa que llegaba enmarcada por una cabellera despeinada para exigir ser levantada en brazos. Ahora va maquillada y con peinado impecable.

Salió cuando aún la oscuridad no levantaba su manto, con la misma tranquilidad que de niña portaba para ir a la cocina en plena madrugada, sin luz, para beber agua. Sólo que hoy lleva la luz del conocimiento que ha adquirido en muchas noches y días de trabajo.

E igual que siempre, optó por caminar sola, tomada de la mano de su audacia. Aún prevalece la mezclilla y la informalidad en su atuendo, pero es hora de demostrar que la eternidad en el teléfono y en la computadora chateando, también era asignaturas que la vida contempla para la gente moderna.

No lleva más que la confianza en sí misma. Su perseverancia es el báculo que la apoya. El bagaje es escaso, pero la bolsa donde lo carga es enorme, para ir llenándolo a cada paso, con todo aquello que le guste.

Ahora frente a ella está un sinfín de escalones, que irá subiendo, uno a uno, quizá de dos en dos, hasta donde ella quiera. No hay límite, porque los límites sólo los pone la apatía.

Llegará lejos, porque es el destino que le impone su personalidad. Y aprenderá mucho más, porque es el compromiso que lleva consigo.

Nada hay como ser joven. Porque hay tiempo de fabricarse su propia vida.

Un día, una vida

Un día, una vida

En 24 horas, se vive una vida completa.

Para otros, puede ser apenas un día, pero para él, nos contaba, fue como vivir esa novela de amor de 800 páginas que nunca escribió.

Cuando la vives, platicaba el viejo, sólo la escribes en tus recuerdos, para releerla una y otra vez en la soledad de la noche.

Narrador irredento, podía contar mil historias, algunas graciosas, otras trágicas, y algunas, increíbles, pero jamás esa odisea de pasión que lo envolvió por 24 horas y le hizo recordarla siempre, aunque nunca volvió a verla.

El nombre quedó en el anonimato, no en el olvido. Su cuerpo, quedó lejos, en otra ciudad, allende el mar, y su amor, en otros tiempos. En otro siglo, incluso.

Cada uno siguió su camino, la juventud quedó perdida entre el montón de fotos que guardaba, y donde nunca estuvo el de ella. Cuando le escribió para decirle adiós, también la borró, a fuego lento.

No sabía que el pasado nunca se va, sólo vuelve sobre sus pasos y se presenta en el futuro.

Perdió su huella, pero no su fragancia que aparecía en algunos rincones de la noche, sin importar quién estuviera con él. Y así, vio su rostro en el cuerpo de muchas.

Nunca volvió a ese lugar lejano. Nunca la volvió a ver. Nunca pudo acariciar de nuevo sus manos, mirarse en sus ojos, y escuchar su nombre escrito en su voz.

¿Por qué?- le pregunte una vez.

Por que la muerte siempre será eterna –me respondió- aunque tu vida haya sido intensa y completa en 24 horas.

Antigüedades

Antigüedades

Vive de lo que mucha gente tira.

No es que recoja basura, sino que le sabe dar un valor a esas cosas viejas o herrumbrosas que fueron de la bisabuela y que a veces tenemos arrumbadas en algún desván.

Si en casa son cachivaches, en su puesto, son antigüedades. Lo mismo hay un traje de charro que quizá uso Jorge Negrete, que un quinqué que alumbró el cuarto de alguna tatarabuela olvidada, o el yugo que usó la yunta a la que se le reventó el barzón.

Es un mundo lleno de objetos de historia cotidiana. Como la silla de ruedas hecha de madera, que tiene un gran atractivo porque la gente cree que es la que se uso en la película Nosotros los Pobres.

Cosas que pueden estar bajo la cama u olvidadas en el patio.

Una barrica de roble blanco yace junto a un enorme radio de los años cuarentas. Un sinfín de relojes de bolsillo siguen marcando las horas de los abuelos. Un toro de lidia sigue viendo el pasado, quizá burlándose porque sobrevivió al torero que lo mató.

Siempre habrá gente que guste de estos objetos viejos.

Claro, hay que saber distinguir entre un trasto viejo y oxidado y una antigüedad valiosa, porque a veces se confunden.

Aunque también, se transforman.

Tentaciones

Tentaciones

Que sería del mundo sin las tentaciones.

Te salen a cada paso, como los amigos de la infancia de dudosa reputación, que no quisieras ver, pero que irremediablemente te atraen en su indolencia.

Van asomándose, sonriéndote, seduciendo tus buenas intenciones, hasta que envuelven la flaqueza de tu espíritu y entonces meten el pie y te hacen tropezar.

No hay edad para ellos. Todos somos sus víctimas, y quisiera decir que inocentes, pero nunca falta una pizca de complicidad.

Nos encanta caer en su seducción, desde el niño que cede a la ocurrencia de tocar el timbre en la puerta de la casa bonita del barrio, para luego correr a esconderse; de la chica que disfruta el comprar un par de zapatos más que irán a aumentar el montón de cajas con calzado usado sólo una vez, o el deleite del caballero que no soporta más y deja que sus ojos acaricien la figura de la chica de los zapatos.

Qué seríamos sin las tentaciones. Aburridos y sosos.

No existirían las aventuras a las que nos llevan y que pueblan los relatos en las noches de bohemia. No habría las travesuras infantiles que nos solazan en la madurez. No habría el placer inocente de sentirse bien consigo mismo.

No habría ni santos en el cielo, porque sólo se llega a la santidad a través del pecado, y el pecado es el triunfo de la tentación.

Bienvenidas entonces las tentaciones. Y que Dios nos mande la tentación nuestra de cada día.

Muchachos

Muchachos

 

El vaso sucio, con huellas de la leche con chocolate que tuvo y que pasó a calmar el ansia del adolescente, es la mejor prueba de que sí se fue a la escuela.

Como siempre, como todo, va dejando a su paso la huella de sus destrozos, de su descuido, de su indiferencia.

El televisor se queda encendido para que nadie lo vea. La puerta abierta sin que nadie más vaya a entrar. La cerradura permisiva para todo aquel que pase por casa. Las toallas, mojadas y sin orden sobre el suelo.

Dios en lugar de oídos les dio sólo un túnel auditivo, por eso los consejos y regaños entran por un oído y salen por otro, sin que se quede nada en su cerebro juvenil.

Puede uno darles permiso hasta las diez de la noche, y llegarán a las once. Los dejas a las once, y llegarán a las doce.

Nunca ven el reloj, nunca se asoman al calendario, nunca se preocupan por las cuentas a pagar. Son libres, sin ataduras y con el único compromiso de salir a la calle apenas cae el sol, para ver a la novia, una distinta cada mes, y platicar con los amigos las mismas pláticas de todos los días.

Y nobles para soportar los regaños diarios, que no sabemos si son para corregirlos o por la envidia de no poder ser como ellos.

Solo

Solo

Parado en el umbral de la puerta de su casa, buscó sin resultado lo que era su vida.

El cuarto estaba vacío, pero más su corazón.

Antes de irse, todo lo vendió. No le dejó nada, sólo lo que traía en los bolsillos, que era igual a nada. Su único patrimonio era la ropa que vestía.

Su vida se quedaba sin nada. Sin nadie. Sin amor.

El destino que viven miles de personas en la isla, ahora le tocaba a él, pero mucho peor, porque no hubo despedida, ni aviso, ni misericordia.

Su propia madre lo abandonaba, y le quitaba todo: muebles, ropa, su vieja computadora que era amiga, diversión, trabajo. Todo vendió.

Sólo le dejaba su vida, el pantalón y la camisa que vestía.

Parado en la puerta, miró por la ventana, más allá del balcón y el bullicio de lo que una vez fue llamada la esquina del pecado, no le animó.

Todo por amar a alguien de piel distinta. El racismo aparecía contra él, que tenía tantos amigos de todas razas.

Nada le quedaba, pensó. Quizá era mejor irse también en un viaje sin retorno.

Pero recordó la mirada de ojos negros, y se perdió en algunos recuerdos y muchas ilusiones.

Volvió a vivir. Comprendió que tenía mucho. El amor de una mujer, y un futuro para construir juntos.

Cerró la puerta, y fue a buscarla.

Mis estrellas

Mis estrellas

En la soledad de la noche, veo al cielo y apenas un lucero brilla en el centro del cielo.

Es una estrella, fiel compañera de la Luna, que va creciendo en la redondez de su embarazo que terminará en una Luna nueva.

¿Dónde fueron las estrellas que había en el cielo de mi niñez?

Todas se han perdido. Algunas brillan apenas, y su titilar semeja el estertor de la agonía. La luz de la ciudad las va matando, y nadie detiene esa masacre.

Cuando la vida era joven y prometedora, tenía un montón de tiempo que no se había vuelto oro. Era apenas una letra de cambio. Podía pasar las horas acostado en la banqueta de la calle viendo las estrellas por todo el firmamento. Luego, en la mocedad, la cajuela del auto paterno se volvió el balcón ideal para contemplar el cielo.

Miles de estrellas pendían en la bóveda celeste, aunque por las noches era tan oscura como el azabache.

Muchas noches, al volver a casa, me quedaba recostado viendo ese espectáculo celestial, tan grandioso que no había forma de pagar por verlo.

Para entonces, había descubierto que el cielo de mi ciudad en nada se comparaba al cielo del campo, donde las estrellas lo tachonaban de tal modo, que las constelaciones que nunca veía, se escondían tras otras estrellas.

Orión, las cabestrillas, las osas, los canes, era lo que alcanzaba a ver en el cielo de mi ciudad. Allá, en la tierra de mis ancestros, en cambio, se veían dragones, leones, toros, cangrejos, andromeda, y un sinfín de formaciones. Tantas como la imaginación lo permitía.

La última noche, al ver al cielo, no encontré ninguna. Todos, como Cenicienta, habían huido al filo de la medianoche, ahuyentadas por las estrellas artificiales que el hombre colocó en la  tierra.

Desde mi atalaya vi miles de luces como astros, en formación simétrica, en líneas caprichosas, en tamaños diferentes, como si un moderno Prometeo hubiera logrado robarse las estrellas del cielo, para ponerlas en la tierra.

Se ven hermosas, pero las prefiero en el cielo.

 

Nubes

Nubes

Las nubes son de algodón, ni duda cabe.
Las veo con la ventaja de estar sobre ellas, inmerso en su intimidad, desde donde nunca pensaron ser mancilladas por la vista humana.
Son hermosas en su desnudez, blancas como las sábanas de una virgen, tan puras como el pensamiento de un niño, tan claras como el vuelo de un ave.
Al contemplarlas desde aquí es muy fácil ser poeta. Porque su belleza arrastra inspiración y unas ansias incontrolables de compartir esta visión literalmente celestial.
No son unas nubes del montón, por mucho que se vean amontonadas. Son las nubes de mi tierra, altivas y orgullosas porque las enmarcan los picos de las montañas más majestuosamente hermosas del mundo.
Nubes de algodón, quien pudiera volar para llevarla a Ella y perdernos entre sus mullidas almas.

(Volando de Monterrey a Aramberri, Nuevo León)

Facundo

Me lo encontré algunas veces en el camino de la vida.

Él siempre iba de paso, y yo siempre iba de ida, pero pudimos enlazar por unos momentos esos dos derroteros, y compartimos anécdotas, planes y hasta uno que otro chascarrillo.

Facundo Cabral no era lo que se dice un tipo sencillo. Era complicado, porque alguien con tanto kilometraje siempre trae un montón de vivencias, propias y ajenas, y adquiere una visión peculiar del mundo. Estar al nivel, es difícil, pero se puede fingir.

Pero era un hombre solo, como todo poeta. Y siempre tenía gente alrededor, como todo famoso.

Lo noté la segunda vez que platicamos. Al final, todos nos quedamos, pero él se fue, sólo con su bastón.

La primera vez que cruce palabras –e ideas- con él, encontré un filósofo popular, que tenía la fórmula para hacer sencillas las complicaciones de la vida.

Entramos a ese hotel por pura logística. El Ancira, en Monterrey. Cruzarlo nos ahorraba un par de cuadras, y cuando se carga el equipo para televisión, siempre es significativo.

Ahí estaba Facundo Cabral, cegado por la lámpara de las cámaras de todas las televisoras locales, excepto la nuestra.

Eso nos detuvo, y mi camarógrafo, Arturo, tomó posición, mientras yo me disponía a enfrentar el reto de hacer una entrevista en un tema del que nada comprendía.

Pero te dejas llevar por lo que los demás dicen, y encuentras el tema. Recuerdas que cada vez que sacas la guitarra del olvido, siempre en algún momento de la bohemia terminas por rasgar los acordes de No soy de Aquí, ni soy de allá, y entonces, te identificas con el personaje.

Terminada la entrevista, seguimos la plática, que se alargó, hablando de todo y de nada, del ayer y el futuro, de los planes, los recuerdos, las vivencias y las tristezas. Sólo faltó el tequila, diría luego mi compañero.

Nos dijimos adiós, y seguramente el momento se quedó más grabado en mi memoria que en la de él.

Hace unos meses, otra vez platiqué con él, igual, en el lobby de un hotel, esta vez el Ambassador, en mi querido Monterrey.

Se veía cansado, y poco dispuesto a enfrascar una de esas conversaciones largas, donde siempre se sentía obligado a lanzar su mensaje. Más que platicar, optaba por predicar.

Se fue, con su paso cansado, solo y sólo con su bastón.

Seguramente así partió hace unos días. Sin compañía, sin su guitarra ni sus canciones.

La vida decidió por Facundo: Ya es de allá, pero igual es de aquí.

 

 

El guardaespaldas

El guardaespaldas

En el ojo del huracán que es mi ciudad, la niña y su madre parecían estar absortas en su propio mundo.

La gente pasaba a su lado, y ni uno sólo volteo a verlas. Ni siquiera eran parte de la escenografía citadina.

Una simple estampa, fácilmente sustituible por otra mañana, a la hora siguiente.

Estaban sentadas en la parada del transporte, seguramente esperando el  camión que las llevaría a casa.

La niña llevaba la felicidad en sus manos, en forma de dulce, mientras su madre, jugaba con un modesto teléfono celular.

Nada en ellas hacía pensar que hubiera riqueza escondida. Nada en ellas hacía pensar que les preocupara el mundo.

Desde la comodidad de un auto con clima, la vida se ve distinta. Hay tiempo para observar, y captar la imagen que a simple vista no se ve.

Parecía una simple escena de la madre joven y su hija esperando el transporte. Mas de pronto, atrás de ella, surgió en el campo visual un hombre conocido, que bajando de una nube, entre un resplandor, extendía sus manos hacia ellas, como bendiciéndolas.

Era Jesús, que de pronto se hacía presente. Era un cuadro, grande, colocado de manera tan especial, que parecía que bajaba a cuidar de esa madre y su hija, que se veían tan desvalidas.

Una buena foto, sin duda. Una gráfica que merecería una mejor cámara.

No la había, y el momento nunca volvería.

Un rápido movimiento del  teléfono celular, y quedo captada, no se si para siempre o nomás por mientras llega otra novedad.

Parecía como si las protegiera de todo mal. Como si fuera el guardaespaldas que protege de todo, y hacer perder miedos y temores.

Tal vez era el efecto visual de un cuadro. Tal vez eran bendecidas de Dios.

 

Siempre iguales

Siempre iguales

No sabían ni siquiera prender el carbón, mucho menos cuanto tiempo dejar la carne sobre las brasas.

Las mesas las colocaron en el lugar que más estorbaban dentro del reducido espacio.

Dieron mil vueltas por todo lo que se les olvidó

Y hasta se fueron solos en la camioneta con Paco como un chofer, que por primera vez en su vida conducía sin la supervisión del papá o la mamá.

 Pero no quisieron a ningún adulto en su fiesta, reunión de amigos de la preparatoria. Era sólo para adolescentes que jugaban a ser mayores, a ser hombres y mujeres.

Desde lejos los vimos, porque tampoco es cosa de dejarlos solos. Pero a estas alturas de su vida, es simplemente verlos, identificar los puntos malos, y guiarlos suavemente hacia  afuera de ellos.

Nada de confrontaciones estériles. Era su fiesta, y merecían gozarla. Ya vendrían las recomendaciones después.

La pasaron bien, ni duda cabe. Lograron sobrevivir a sus expectativas y aprendieron algo. Porque así es la universidad de la vida, donde cada día es una clase distinta con examen incluido. Y en muchas materias no hay segunda oportunidad.

En esta sí la habrá, pese al enojo de la mamá que con su mirada experta identificó rápidamente las travesuras de los muchachos.

No son santos, pero tampoco son malos.

Simplemente son muchachos, iguales a los de hace 50 o 30 años. Con las mismas inquietudes de los de hace veinte años.

Es decir, igual a como éramos nosotros a su edad.