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Crónicas de la Nada

Una muerte

Una muerte

Nunca sabes cuándo llega el momento, pensó, mientras veía la luz al final del túnel.

Fue una buena vida, ni dudarlo. La vivió al máximo, aprendió todo lo que pudo, hizo amistades. Algunas raras, cierto, pero los amigos son amigos, independientemente de su belleza.

Además, la hermosura sólo es un concepto. Para el cocodrilo, su pareja es la más hermosa del mundo. Igual para la rata o para el erizo.

Nunca sabes cuándo llega el momento, volvió a pensar. Y ya lo tenía enfrente, invitándolo a vivirlo. ¿O a morirlo?

No hubo opción, tuvo que encaminarse por ese nuevo camino que se le ofrecía. ¿Qué habría al final, del otro lado?

Sólo una luz, totalmente enceguecedora lo recibió. Tuvo que cerrar los ojos muy fuerte porque le lastimaba.

Sintió cada uno de sus miembros. Percibió como se volvían laxos, sin fuerza, como si toda su esencia de vida se quedará en el mundo que ahora abandonaba.

Quiso llorar, pero no pudo. Ya no había tiempo. En un segundo pasó toda su vida frente a su mente. Cada momento de la existencia que abandonaba fue desfilando, sin excepción.

Al fin llegó al final del túnel. Cerró más fuerte los ojos, por temor a ver lo desconocido. ¿Habría otra vida?

Ahora lo iba a averiguar. Le hubiera gustado saber, pero nadie sabía, en el mundo donde vivió, qué pasaba después, cuando se abandonaba.

La luz se hizo más fuerte, la percibió aún a través de la oscuridad obligada en que había caído. Escuchó ruidos, voces, todo nuevo.

Abrió los ojos levemente y miró a varias personas, todas desconocidas. Volvió a su ceguera voluntaria.

Entonces escuchó una voz conocida, familiar, la misma que lo arrullaba en sus mocedades.

Era su madre.

-          Hijo mío, bienvenido al mundo.

Entonces soltó su primer llanto, y todos rieron felices.

Había nacido.

Octubre 17 de 2009

La tarde gris

La tarde gris

La tarde se hizo gris, y se volvió triste.

Las nubes traen una melancolía de recuerdos que no encontramos en la memoria.

Cuando lo cubren todo, sentimos que algo falta, que allá, en el pasado, se quedó algo que no alcanzamos a recuperar.

Debe ser simplemente que abre el arcón de las cosas viejas, donde todo se confunde, amontonado entre nostalgia, y nos hace pensar sin encontrar nada.

Nada encontramos, sólo sentimos.

Tampoco podemos quedarnos ahí toda la vida, esperando a recordar. La vida es vida, así sea triste o alegre.

Es la única que nos acompaña en la salud y en la enfermedad. En la abundancia y en la pobreza.

Luchamos por ser felices y tener lo que sentimos merecemos.

Pero las tardes grises nos vuelven a otra época, donde quizá todo era feliz. Quizá, porque en verdad, no recordamos.

Una tarde gris, un reencuentro con la nada.

Octubre 16 de 2009

Los viajes

Los viajes

Los viajes plantean un enfrentamiento con lo desconocido.

No importa que vayamos a un lugar familiar,  la incertidumbre se aposta a cada paso que damos.

Es adentrarse en un mundo diferente, salir del cascarón donde siempre estamos seguros.

El traslado en sí alberga riesgos, el peligro de un accidente, la descompostura del coche, el avión o hasta la fractura de un pie, si es que vamos caminando.

Pero viajamos y no dejaremos de hacerlo cuantas veces se pueda.

En una generación donde todo es posible, hasta ir a la luna, desperdiciar el tiempo quedándose en casa toda la vida es inadmisible. El mundo es tan grande como el conocimiento, y está con una invitación en la mano.

Todos tenemos un lugar preferido a donde hemos ido cuantas veces hemos podido. Y ni así se conoce en su totalidad.

El mundo es mucho más grande y los viajeros célebres lo fueron por sus primicias en cierto viaje, no por la cantidad de viajes que hicieron.

Hoy, miles de personas hacen a diario el recorrido que hizo Colón para encontrar a América para los europeos. Miles siguen los pasos de Marco Polo. Todo se vuelve fácil.

Pero aunque con menos riesgos, siempre existe la emoción del viaje, el enfrentarse a retos, conocer lugares y amigos.

Eso es vivir, simplemente.

 

Octubre 15 de 2009

Lágrimas

Nunca supo en qué andaba su hija.

Ella salía por las noches, decía que iba a trabajar y no volvía hasta por la madrugada.

No toma, no fuma, seguro anda bien, pensaba la mujer. Y no preguntaba.

Hoy no sabe de ella. La chica, apenas 16 años, desapareció.

Qu íronía: ahora que ella no está, la madre sabe mucho de ella. Que el trabajo era de acompañante de hombres con dinero, que se prostituía en diferentes lugares, que vivía en el mundo difícil de la mal llamada vida fácil.

Aún asi, la mujer piensa que si la niña no vuelve, es porque alguien la tiene contra su voluntad.

Como si no hubiera ido al candelero por su propio pie, dispuesta a enfrentar riesgos para tener la vida de placer que seguramente soñaba, y que no existe más que en la imaginación de los legos.

La niña, 16 años cumplidos, no aparece. Alguien se la llevó, quizá la asesinó.

O tal vez la exploten en algún burdel de lujo.

La madre llora por ella, clama por su hija buena.

No recuerda que ella nunca la detuvo ni se preocupó por saber con quién y dónde andaba. Ni porque se embellecía tanto para salir por las noches, ni le preocupó que usara esos minivestidos que poco dejaba a la imaginación.

Pensó que seguía siendo niña. Y tal vez sí, pero la niña quería ser mujer, sentia cuerpo de mujer, sueños de mujer.

Hoy la mamá la llora. No piensa que quizá debio negar permisos y dejar que fuera la niña la que llorara.

Hubieran sido menos las lágrimas.

Octubre 14 de 2009

La vecina

La vecina

Tenian años de vivir en la misma cuadra, pero fuera del saludo de rigor cuando se topaban en la calle, nunca convivían.

Una de ellas era algo arisca, pensaban las otras. Cuando se cruzaban en la calle, muchas veces ni las saludaba. Las otras tampoco.

Una vuelta del destino las reunió de pronto en el mismo cuarto, frente a otras personas.

Al principio se miraron con desconfianza, porque no sabían qué intenciones podrían tener las otras, ni qué podrían ir a contar por ahí.

Pero al paso de los días, varias reuniones después, descubrieron que eran agradables, que tenian un montón de cosas en común, aparte de la edad y los hijos, y que podían ser amigas. Se hicieron amigas.

Y empezaron las confidencias. Fue cuando una de ellas les contó de su operación, como un un mal cirujano le dejó un mal irreparable.

No veo a dos metros, la luz me molesta y me ciega.

Las otras comprendieron. Por eso cuando se topaban con ella, no las saludaba. Cómo, si ni las reconocía.

Entendieron que quizá la falta estaba en ellas. Si ella no saludaba, ellas tampoco. Y bien podian ser las primeras en hacerlo.

Una lección de vida: Qué fácil es hacer conclusiones.

Y que difícil es hacerlas bien.

Octubre 13 de 2009

Buenos propósitos

Buenos propósitos

Dejar de fumar y ponerse a dieta no es tan difícil.

De hecho, yo lo hago cada lunes.

Es demasiado esperar a que acabe un año para iniciar el año nuevo vida nueva. Es más rápido hacerlo cada semana.

Así, cada lunes el  cigarrillo se queda en un estante, sale el cereal y la fruta, y las toallas se quitan de la caminadora.

Es una nueva vida, tan efímera como la vida de una mosca.

Quién sabe si un día logre la perseverancia que se requiere para las grandes obras y los grandes proyectos.

Por ahora, la tentación vuelve apenas muere el día, o apenas llega el martes. Otra vez los cigarrillos viajan en la bolsa del pantalón o del portafolio. Los taquitos y las carnitas vuelven sobre el plato, y la caminadora se convierte en una excelente guardarropa.

Pero bueno, es peor no intentarlo nunca.

Octubre 12 de 2009

 

El paraíso

El paraíso

La historia sólo consigna que Adán murió a los 930 años.

Bastantitos, porque en la actualidad sus hijos apenas y rebasan los 70, en promedio, y uno que otro llega a los cien. Y bastante deteriorados.

Fue hombre fiel, lo que no era difícil, si tomamos en cuenta que no había otra mujer más que Eva.

Vivieron felices, supongo, porque el mundo era de ellos.

Lo que no dice en ningún libro es a que edad murió Eva. Pero seguramente sobrevivió a su marido, pues dicen que toda mujer tiene derecho a diez años de viudez, por el mérito de aguantar al marido .

Como si el marido no las aguantara.

Desde ese supuesto, los hijos de Adán tendrían quizá derecho a vivir cincuenta años después de sus mujeres.

O quién sabe. El caso es que Adán vivió 930 años, suficientes para hacer muchas cosas, que realmente no pudo hacer porque no había nada que hacer.

Ya viejo, Adán contaba que le faltó juventud. Apenas había nacido –o había sido creado- y Dios le impuso vivir en matrimonio.

Nada que hacer ante ese designio.

Uno de esos días en que Eva amaneció con un carácter indefinido, Adán salió a caminar.

Se encontró al Señor entretenido en formar nubes en el cielo. Adán fue y se sentó junto a él, pensativo, viendo como Dios creaba nubes y nubecitas.

Algunas se veían cargadas de agua, otras, blancas como la nieve.

Eran hermosas, ni duda cabe.

Adán pensaba, y Dios esperaba. Al fin soltó la pregunta.

-          Señor, apenas había nacido y yo ya tenía a Eva, y desde entonces no me deja ni a sol ni a sombra, se molesta si me voy, y luego si me quedo no me habla, y nunca sé que le pasa.

-          Así son ellas- le respondió el Señor.

-          -Tú la hiciste y yo la aceptó- dijo Adán.

Los dos callaron por muchos minutos. Adán tomó una nube y la deshizo entre sus manos.

-          No entiende- dijo al fin.

El Señor nada dijo, dejó que hablara.

-No entiendo –repitió Adán- porque si siempre estuve casado ¿Por qué dicen que viví en el Paraíso?

 

Octubre 11 de 2009

El respeto a la vida

El respeto a la vida

El leopardo atacó sin misericordia, y el babuino cayó muerto ante sus garras y colmillos.

Un ataque fulminante, letal por necesidad.

El felino mostró los colmillos, afilados como dagas. Mortales como veneno. Así proclamó su superioridad sobre la otra especie. Sobre las otras especies.

Muerto el babuino, el leopardo arrastró el cuerpo a su cubil, para darse el banquete. No vió que aferrado a la pata de su presa, el cachorro de la víctima se negaba a soltar  su madre.

El leopardo lo descubrió. Se acercó a él mostrando los colmillos. Olfateó a la pequeña creatura  y la movió con el hocico.

Era tan frágil, tan vulnerable, que bastaba un simple mordisco para enviarla con su madre. El leopardo no dudó: abrió las fauces y rodeó el cuello del animalito.

El pequeño veía todo con ojos agrandados por el miedo instintivo.

Los mismos colmillos largos y filosos como dagas que habían matado a la madre, tomaron con delicadeza al pequeño mono. Lo levantó sin causarle el mínimo rasguñó, y se lo llevó hasta un árbol.

Unas hienas salieron de la espesura, pero el leopardo sólo tuvo que mostrar los colmillos. Los depredadores huyeron ante la fuerza.

El lente de la cámara siguió a los dos animales. El felino subió a un árbol con el babuino bebé, y lo acomodó en una rama gruesa. Este casi cae, pero se aferró a la corteza, y hubiera caído, pero la garra del leopardo lo impidió.

Acomodado el pequeño, el leopardo se acomodó frente a él y con sus colmillos lo tomó para acomodarlo entres sus patas. Así durmieron, el leopardo y el babuino, enemigos naturales por la ley de la selva, para darse calor mutuamente.

El pequeño no sobrevivió, sin embargo. El frío lo mató.

El felino respetó el cuerpecito de su amigo. Se llevó a la madre, porque era su presa, ganada en buena lid.

Al hijo lo dejó sobre el árbol. Ni los leopardos se comen a los amigos.

Se lo dejó a la selva sabia.

 

Octubre 10 de 2009.

La belleza del amor

La belleza del amor

El hombre que compartía la mesa presumía cuánto quería a su mujer.

Veinte años unidos por el simple amor que se tenían.

Contó su historia al sacerdote que comía con nosotros. Del error de juventud que lo llevó  a casarse y divorciarse en una semana.

Un error que le impedía ahora cumplirle a su mujer su gran ilusión: Unir su amor ante el altar de Dios.

Pero si los hombres y la iglesia lo separan, el amor los une.

Ella entró a la cocina de la casa donde estábamos. Una mujer normal, madura, con una amplia bata para cubrir los kilos que los años y los embarazos dejan. Su único maquillaje era una amplia sonrisa, que no desparecía.

Los años son crueles, nos quitan la juventud y la belleza. A hombres y mujeres por igual, pero ellas lo sufren más.

Nos dejan la otra belleza, la interior, la que nadie ve. A este hombre no le importa, así la ama, y lo pregona a los cuatro vientos.

No importa que lo regañe cuando va por la cuarta cerveza. Dócil, la sigue cuando ella le pide irse, pese a que los demás apenas empiezan la convivencia.

Una historia de amor simple, con seres reales. Con arrugas, con canas.

Oct  9 de 2009

 

Antiguedades

Antiguedades

Me gusta ver lo que no voy a comprar.

Hay quien dice que no tiene caso, si no voy a comprar.

No importa, a mí me gusta imaginar para que puede servir cada cosa, que uso distinto se le puede dar, y conocer precios, cualidades y funciones.

Por si un día se ofrece.

Las cosas nuevas tienen su encanto, pero las cosas usadas son irresistibles. Cada una tiene una historia que nos cuenta en sus cicatrices.

Por eso me gustan los bazares y los mercados callejeros, sobre todo esos puestos donde todo está en desorden, o la mercancía poco atractiva está sobre una pequeña mesa o un pañuelo en el suelo.

Generalmente no hay nada utilizable. unos anteojos sin cristal, o un reloj sin manecillas. Tal vez un casete que ya no entra en ningún aparato, o el adorno que uso la abuela de la bisabuela del vendedor, que generalmente tiene una buena cantidad de años, algo así como la suma de todas las edades de las cosas que venden.

A veces, sólo a veces, encuentro algunas cosas interesantes. Una vez hallé una medalla de la Segunda Guerra Mundial que se convirtió en llavero. Un teléfono antiguo que se convirtió en propiedad de uno que llegó primero. Una máquina de escribir antiquísíma, de colección, que se convirtió en basura en un rincón perdido de la casa.

No importa si no hallo nada. La búsqueda es suficientemente relajante como para eliminar el estrés y ejercitar la vista rápida sobre las cosas.

Igual podría ir a un museo, donde todo está mejor conservado.

Pero ahi, todo tiene dueño, y en los bazares, todo busca un dueño.

 

 

Octubre 8 de 2009

Latosa

Latosa

A cada rato pasa por enfrente de mi.

La veo que corre a toda la velocidad posible, y hasta me figuro que ella ve cortarse el aire a su paso.

Es algo molesto sentir que pasa frente a ti, que su recorrido atrae la atención de nuestros interlocutores, y notar su indiferencia ante nuestro reclamo.

A cada rato pasa. Anda corriendo de un lado a otro de la casa, sin parar un instante. Bueno, a veces se detiene, me mira con sorna y reinicia su recorrido.

Tiene toda la tranquilidad del mundo para actuar y para enfrentar a quien busque molestarla. No siempre hace caso. A veces se envuelve en su caparazón y no acepta razones, ni amistades, ni palabras de aliento o de reprobación.

Pero nunca se duerme en sus laureles. Al contrario, es el ser más perseverante que conozco. Nada lo detiene, ni el tiempo, ni la prisa, ni los reclamos de los demás, ni el peso que pueda traer encima.

Por eso ni se inmuta cuando cruza la habitación a cada rato.

A veces me paro de mi asiento y le reclamo si no podrá estarse quieta.

Nada me dice, pero si las tortugas sonriera, seguro que ésta lo haría.

Octubre 7 de 2009

Asimetria

Asimetria

Sin que venga al caso, llena de orgullo, nos dice que es originaria de la Ascención Nuevo León.

La Chona, le respondo, y sonríe.

Para los legos, esa población del sur de Nuevo León es la Ascención, pero para los de casa, es simplemente La Chona.

De ahí en adelante, la plática entra en confianza. Nos reconocemos de una misma tierra, aunque haya un abismo entre el pueblo y la ciudad.

No es gratuito su orgullo. Aún muy joven, la maestra tiene una doble responsabilidad. Sacar adelante esa escuela sin aulas, y llevar en algo el nombre de su familia y su tierra.

No debe ser fácil. En su rostro se nota el rastro de una operacion, seguramente de paladar hendido, que le dejo una asimetría que lleva con donaire.

No hay rostro perfecto. Sólo rostros agradables. El de ella lo es, pues lo adorna con un sonrisa permanente y no esconde su imperfección. Al contrario, la muestra como un militar sus medallas, o un luchador sus cicatrices.

Platica que extraña su tierra, pero quiere hacer algo bueno fuera, y luego regresar.

Dejar su huella en algo más que el pizarrón con el que da su clase.

Octubre 6 de 2009

El limosnero

El limosnero

En el centro de la calle, sobre la línea divisoria de los carriles, aquel hombre pedía una moneda.

No la pedía, en realidad. Sólo sostenía un bote que alguna vez estuvo lleno de leche en polvo. Quien adivinaba sus intenciones, y le condolía verlo, le arrojaba una moneda.

Su edad era indefinida. Tan indescifrable como la de su ropa, raída y descolorida por el sol y el tiempo.

No tenía fuerza ni para sonreía, se le notaba. Enfermo, quizá desahuciado, o simplemente acabado por algún vicio secreto., quién puede saberlo, y menos juzgarlo.

No tuvo fuerza ni siquiera para irse a la orilla de la calle. Ahí se quedó, inmóvil con su bote, pisando la raya divisoria, como el funámbulo que pisa una cuerda en el vacío.

Para él, seguramente, pedir limosna era equivalente a caminar sobre la cuerda floja. Ni siquiera podía dar las gracias.

Se quedó ahí, sin fuerza, o sin valor, para levantar la vista y vernos.

Era igual, no lo conocimos.

 

Octubre 5 de 2009

La Costilla de Adán

La Costilla de Adán

En el principio, Adán tuvo mucho trabajo. O al menos eso creía y presumía él.

El Señor lo puso a darle nombre a todos los animales que había creado, y eso cansó a Adán.

Todo un día ocupó para ello. Al principio era fácil, conforme se le ocurría los nombraba: León, perro, elefante, gacela, ocelote, pantera.

Pero luego, cuando ya llevaba un buen número de animales bautizados, se le dificultó un poco, y a veces, en vez de nombre, parecía insulto; gusano, rata, chango, víbora.

Lo logró, con insistencia y con el Señor atrás de él, para enseñarlo a perseverar.

Al final, Adán Pérez vio que ningún animal se parecía a él. Quizá un poco los grandes monos, pero eran demasiado chatos y musculosos.

No, definitivamente él era único, y eso lo llenó de tristeza.

El Señor lo vió y sintió lástima. Entonces, lo hizo dormir, y mientras Adán soñaba, Dios le quitó una costilla, y de ella hizo a una mujer.

Le llamó Eva, y era hermosa. Tenía el brillo de la cascada en sus cabellos, y el reflejo del sol en su mirada.

Sus manos tenían la piel como el durazno, y sus pies eran como dos gacelas. Sus pechos, tímidos como cervatillos.

Adán despertó y la encontró hermosa.

-          Gracias Señor, por darme a esta compañera. Con ella me sentiré completo como Rey de la creación.

El Señor sonrío, y le guiño un ojo a Eva.

Ella comprendió, y se dispuso a mandar.

 

Octubre 4 de 2009

Flor de asfalto

Flor de asfalto

Bendito asfalto, que permites nazcan flores en tu seno.

El puente innecesario

El puente innecesario

¿Será tanta la riqueza, que nos permite tener un puente para cruzar un río sin agua?

 

Serpiente de fuego

Serpiente de fuego

Desde el cielo, las cosas tienen otra perspectiva.

No se si al llegar al otro cielo, las cosas tengan igual otro significado o la percepción cambie.

Pero desde el único cielo que conozco, las cosa son distintas. Sobrevuelo la ciudad a bordo de un helicóptero. No es la primera vez que veo la ciudad desde el aire, pero nunca la había visto de noche desde tan poca altura.

Cuando uno llega de otros lugares, desde el avión la ciudad saluda con infinidad de luces, pero todo es tan rápido que ni tiempo da de identificar cada lugar.

Ahora no. Desde un helicóptero da tiempo de ver como las sombras van llenando la ciudad. Esta responde con agresividad a la noche. Enciende mil luces, de manera gradual, y los edificios desaparecen para convertirse en meros puntos de luz.

Miles de coches circulan por las avenidas. Desde el suelo, sólo se ven autos, desde el cielo, en cambio, se miran puntos de luces rojas, que van formando una enorme serpiente de fuego.

A lo largo de muchos kilómetros, la sierpe se transforma, se agita, se mueve, abre sus fauces y se va tragando la oscuridad,

Se pierde en lontananza, y no se si huye de nosotros, o está enfrentándonos.

Durante el resto del vuelo, las mil escamas rojas de la serpiente van cambiando y se renueva a cada instante.

Cada noche, esa misma serpiente nace, se renueva y luego muere, tragada por las horas. No la vemos, pero eso no significa que no exista.

Ya la conozco, la he visto desde el cielo. Es hermosa.

Ahora, cada noche, cuando circule en auto por esas mismas avenidas, pensaré en ella, y aprenderé a buscarla, a quererla, porque sé que seré parte de ella.

Una simple escama de luz.

 

Octubre  3 de 2009

 

El teléfono celular

El teléfono celular

Sufro cuando todos sacan su teléfono celular.

Los hay sofisticados, con agenda, música y memoria para agregarle cuántas canciones quiera su propietario.

Algunos traen una cámara con mejor resolución que la cámara que tengo en casa. O un sinfín de sonidos para personalizar las llamadas.

Yo tengo un teléfono simple. Realmente no sirve para otra cosa que no sea llamar por teléfono. Y aunque ha tenido mil batallas, un sinfín de caídas y muchas horas de uso, sigue vivo, siempre prestó a captar la llamada del amigo, del trabajo, de la casa.

Su única vocación es ser teléfono. No tiene alma de cámara fotográfica, ni de radio, ni de televisión, ni de secretario particular.

Apenas y me sirve para almacenar un montón de números telefónicos de amigos, familiares, contactos de trabajo.

Ha ido conmigo a mil lugares, ha estado en mil frentes de batalla periodística, y creo que alguna vez hasta sirvió para escapar de un lugar donde no estaba contento.

Lástima. Como todo teléfono su vida útil terminará un día. Supongo que entonces se irá al cementerio de los teléfonos celulares, a espera que alguien lo triture, y transforme el plástico que lo compone en juguete, o en un sartén para la cocina.

Por ahora es mi teléfono. El que no tiene cámara ni radio, ni memoria para guardar fotos y canciones.

Aunque quizá un día decida atarle una cámara o un radio.

Es mi teléfono. El que sólo sirve para llamar. Eso sí, siempre sirve.

Octubre 2 de 2009

Menos tiempo

Menos tiempo

Ya casi es navidad, dice uno, y los demás lo avalan.

Ya se acabó el año, dice otro y todos asienten.

Me siento tentado a apoyarlos. Pero repaso el calendario que siempre traigo en la mente, y encuentro que faltan tres meses para terminar este año.

Tres meses, es la cuarta parte de un año. ¿cuándo se hizo más corto? ¿Qué acaso no eran doce meses, 365 días?

Cuándo hemos visto que Navidad esté a punto de llegar en octubre, o que el fin del año llegue terminando septiembre.

Busco un calendario en la cartera, en la pared, y lo encuentro al fin en el teléfono celular. Ahí está noviembre y diciembre. Y octubre con sus 31 días.

El reloj sigue marcando la hora con la misma parsimonia. Le ha quitado ni uno solo de los 60 segundos que tiene cada minuto. Sesenta minutos por hora, y 24 horas por día.

Entonces cómo es que hablamos de que Navidad ya está aquí si apenas es octubre. Como que el año se acaba si todavía queda la cuarta parte de él.

Es como si renunciáramos a la cuarta parte de nuestra vida. No, no puedo aceptarlo, yo que duermo menos horas para hacer más larga mi vida, a fuerza de agregarle una hora diaria mientras los otros duermen.

Si es necesario, seguirá solo, con mis meses de 30 días y mis años de 12 meses. Algunos serán malos, pero no tengo otros.

Habrá días lluviosos, y días de sol. Pero cada uno es irrepetible e irrecuperable.

Los viviré, como vengan. Y los disfrutaré, aún los días malos.

 

1 octubre 2009

Sólo yo

Sólo yo

Llega un punto en que te cansas, y dices: Bueno, porque sólo yo debo cumplir las reglas.

Todos las rompen, y quienes son sorprendidos, en vez de pagar las consecuencias, pagan un soborno y siguen violentando leyes y normas, como si un billete entregado les diera patente de corso.

Apenas he recorrido unos centenares de metros en el auto, y cada persona con quien me cruce en el breve camino, va violentando una regla.

La mujer camina por la calle. La banqueta es sólo una idea difusa de una camino donde se ponen árboles y autos, en vez de ser el sendero seguro del peatón. La mujer camina por la calle, con el niño del brazo. Es el pequeño el que tiene que eludir a los coches.

Frente a ella, un hombre maduro circula por el carril equivocado, obligando a otros conductores a detenerse para no chocar con él. Lo veo que al fin se estaciona en el lado contrario a donde debía.

Más adelante, un taxista se pasa un alto. No le importó si causaba un accidente, ni siquiera miró por el espejo retrovisor si causó un accidente.

Alcanzó a ver a un oficial de tránsito que saca un billete de su libreta de infracciones y se lo echa a la bolsa del pantalón.

Nadie respeta las leyes. Todos buscan como violentarlas impunemente, mientras yo intento cumplirlas, porque hace unos meses hice la promesa de actuar correctamente.

Mientras esperó la luz verde del semáforo, me preguntó si vale la pena esperar, gastar gasolina y desperdiciar tiempo respetando un paso que nadie aprovecha. Ningún auto se ve que pueda cruzar frente a mí.

Pienso, luego existo. Existo, luego pienso.

No voy a cambiar al mundo, pero puedo cambiar yo. Y puedo pregonar sobre la necesidad de cambiar, de respetar las leyes, de luchar por cambiarlas si son injustas, obsoletas, tontas, irreales o mediáticas.

Pero mientras, cumplirlas.

Si yo cambio, cambio al mundo, porque soy parte de él, y aunque sea una mota de polvo en el espacio, un grano de arena en el desierto o una simple brizna de paja en el bosque, el hecho de cambiar, implica cambiar al mundo.

Decido, entonces, esperar la ley verde del semáforo.

Septiembre 30 de septiembre