Blogia
Crónicas de la Nada

Crónicas de la Nada

La noche larga

La noche larga

La noche es larga.

Los minutos se van sucediendo como cuentas de un rosario, lentas, inacabables.

Se alarga el tiempo y el trabajo no se termina.

¿Por qué los días se van tan rápidos y las noches se eternizan?

El reloj apenas camina. Hace una eternidad que marcaba cinco minutos antes, y ahora, apenas y se movió.

El otro reloj va igual, no hay error.

El trabajo no se acaba,  mientras se procesa, los segundos van formando un pirámide, porque en su lento caminar terminan por amontonarse uno tras otro. Los podría tomar y hacer confeti con ellos.

Se va haciendo larga la noche. Hace tanto tiempo fue tarde, y siglos en que hubo una mañana radiante de sol.

Ahora, todo es oscuridad. Una lámpara ilumina la calle a medias, y se presta para que una pareja de enamorados se esconda de nadie, para disfrutar un instante de intimidad.

Para ellos el tiempo pasa rápido, para los demás no.

La maestra

La maestra

Llevaba en sus manos un montón de libros.

De edad mediana, robusta y con el pelo evidentemente teñido.

Algunos años habían pasado desde que esos libros habían sido el tema para que nuestro conocimiento abrevara.

Historia, si mal no recuerdo, era la clase que nos daba.

Caminaba rumbo a la escuela donde había pasado sus años enseñando letras, matemáticas y quién sabe cuántas materias y a cuántas generaciones.

Nosotros habíamos sido sus alumnos cuando corríamos por la adolescencia, y le había tocado sufrir nuestras travesuras mientras jugábamos a ser adultos sin ley.

Aprendimos. De su historia, de su disciplina. Los rebeldes de entonces se convirtieron en hombres de bien, domesticados por la universidad, primero, y luego por la profesión.

Me acerque a ella, pero ni cuando me paré enfrente dio señal de conocerme.

Me presenté con el nombre que siempre he tenido. –Usted me dio clases, ¿Recuerda?

Su mirada la traicionó. No, no se acordaba.

Yo sí. Era una mujer joven aún cuando llegaba cada media mañana a contarnos cómo vivieron nuestros ancestros. En la clase estaba su hija, un cerebrito que no admitía menos de cien, y a quien nos gustaba molestar, no sé si porque era hija de la maestra o porque era un fenómeno entre tanto estudiante revoltoso.

Tuve que contarle la mitad de la historia, hasta que fingió recordarme.

-          Bueno, es que seguramente eras de los tranquilos.

Sí, pensé. O de los discretos.

Temas agotados

Temas agotados

De pronto los temas se acaban.

Pudiera pensarse que la vida tuvo un receso, pero no. Es tan rápida, que no da tiempo a detenerse para observar la vida de los demás.

Las historias se nutren de los demás. A nadie le suceden tantas cosas para armar una novela, y aunque así sea, el hilo de los acontecimientos no da para formarla. Hay que agregarle, recortarle un poco, maquillarla y sazonarla con otras historias.

Así se crean.

Cuando los temas se acaban, es porque dejamos de ver a los demás. Simplemente pasan como en el dominó, sin ver.

Cada uno tiene una historia que contar. Pero hay que saber leerla, porque no siempre la saben narrar.

Hay que adivinarla, ver en sus ojos su pasado, y en su mirada su futuro.

En sus manos traen el mapa de su vida. En su rostro, cada arruga, cada cicatriz dicen algo. Es una anécdota, una tragedia, un triunfo o una derrota.

Así pasan. Sin vernos. Sin tomarnos en cuenta.

Pero el que escribe debe saber leer en sus movimientos. Sólo así resurgen los temas.

Queda otra opción: hablar de la nada.

Çírculos

Çírculos

La vida es una secuencia de círculos, nunca en línea recta.

No podríamos sobrevivir, porque la rectitud sólo existe en la imaginación de los soberbios.

Somos una serie de círculos. Algunos se entrelazan, y van formando una red. Otros, simplemente se abren, se cierran, y permiten pasar a otro totalmente distintos.

Cuando un círculo en nuestra vida se vuelve obsoleto, pequeño, se vuelve vicioso. Es dar vueltas una y otra vez, sin llegar a ningún lado.

Ni cuenta nos damos. Por tanto girar, creemos que seguimos en la vida loca, cuando en realidad es un mareo creciente que nos va a llevar al suelo. A morder polvo.

Pero en la ebriedad del momento, no sabemos reconocerlo.

Hablábamos de los círculos. Esos que giran y vuelven a empezar donde mismos.

A veces me preguntó en cuántos círculos voy viajando eternamente sin llegar a ningún lado.

¿Será ese el destino? Viajar sin punto final.

Debe ser de retrasados, que no les importa dónde estén. A los otros, los locos que necesitamos renovar sangre, proyectos, vida y objetivos, un círculo simplemente representa una piel que debemos quitarla, despegarla del cuerpo, para que éste pueda respirar.

Aunque sean círculos, es imprescindible que nos lleve a algún lado.

A menos que estemos muertos en vida.

Viajar en camion

Viajar en camion

Viajar en camión urbano, al menos en mi ciudad, es toda una aventura.

O lo era, no sé si todavía. Hace tantos años que ese placer está vedado. La prisa de la vida diaria, que a veces hace que se nos olviden los días, o que se pierdan entre tanto trajinar, no permite darse el tiempo para viajar en camión.

Era una aventura diaria. Nunca sabías a quién te podías encontrar. En alguna parada subía un amigo que no veías en mucho tiempo, o veias un amor furtivo en cada chica guapa que subía, o de pronto te veias como héroe si un tipo malintencionado subía al camión.

Salvo lo primero, lo otro nunca sucedía. Pero era emocionante ir tejiendo historias con la gente que subía y viajaba. El hombre malencarado de sombrero enorme bien podría ser un pistolero de los de antes, venido a menos. La mujer madura, quizá era una heroína con el rostro ajado por el sufrimiento y el trabajo.

Tal vez junto a uno viajaba un millonario venido a menos, o un detectivo privado que seguía a alguien.

No todo era bonito. A veces tocaba ir de pie, junto a un trabajador peleado con el jabón que sin recato alguno levantaba su brazo frente a mi nariz.

O una señora de carnes bastantes pronunciadas que se sentia volkswagen y en realidad era un trailer de doble cabina y cabuz enorme.

Todo era aventura. Y debe seguir siendolo, pero se necesita tiempo para viajar en camión.

Curioso, el tiempo es infinito, pero la vida nos los quita con tanta actividad.

Habrá que pedir vacaciones para viajar, para viajar.

Sí, en camión todo el día.

Mi ignorancia

Mi ignorancia

 La duda surgio al escuchar la palabra.Qué significa, preguntó alguien.

Quien trabaja con palabras debe saber de palabras y sus significados, como el que trabaja con madera debe saber que martillo es mejor para cierto tipo de clavo.

Pero al menos en mi caso, mi ignorancia cubre muchos aspectos, y con tantas palabras en el mundo, hay un montón que todavía no entran en mi vocabulario, y muchas más que sólo pasan, pero no se quedan.

La ventaja de vivir de esto, es que el contexto le da significado a las palabras. No importa que falte una letra, que la impresión no deje leer alguna palabra. El resto le da una pista al cerebro, y éste completa lo que falta.

Asi ha pasado con esa palabra. Siempre la he escuchado asociada con otras, que me da la idea. Pero en el significado, dude.

Ya lo dije, mi ignorancia es muy amplia.

Así que es mejor asumir el papel correspondiente, y así como el mecánico va y pregunta lo que no sabe, optamos por ir e investigar el vocable para no inventar.

Fue así como el diccionario entró a la sociedad. 

Dos pesos

Dos pesos

Eran dos pesos, pero de los de antes.

Unos billetes grandes, rojizos, con un calendario azteca impreso en un lado, y no recuerdo qué en el anverso.

Dos pesos cada domingo.

A veces eran monedas, grandes, plateadas, con una efigie de Morelos, de perfil, en un extremo, y el águila de siempre por detrás.

En mis manos, era una fortuna. Con dos pesos podía comprar lo que quisiera. Un refresco, que era calmar mi sed luego de jugar al béisbol o de correr como loco a todo lo largo de la calle, que en ese tiempo estaba aún huérfana de autos.

Podía comprar un pan grande, que nunca compré, porque nunca tuve hambre suficiente, hasta muchos años después cuando llegó la adolescencia con su engullir todo lo que hallaba al paso.Un chocolate, uno montón de dulces, y diez chicles de pastilla. Pero eran mejor los Totito, porque eran más baratos y hacían globitos. Los otros los dejábamos para las mamás.

Con un peso podía subir a un camión e irme de aventura. Claro que no me dejaban, porque ni credencial de primaria tenía por ese entonces.

Tantas cosas que podía comprar, porque ningún deseo era suficientemente caro a esa edad.

Era tan simple la vida, que un dulce nos hacía felices.

Todo era jugar, dormir, saber que los brazos de mamá estaban siempre tras la puerta de la casa.

Y claro, los domingos, los dos pesos de papá. 

El rebozo

El rebozo

Camina entre los autos, con paso indeciso.

Tiene una edad indefinida, y no hay manera de ver si sus ojos están circundados de pequeñas arrugas, o si aún conserva el brillo en sus pupilas.

Es pobre, ni duda cabe. Se nota en su vestimenta. Un vestido claro, de tela barata, y un rebozo negro, que le cubre la cabeza y el rostro, pese al calor de 40 grados.

Imagino que lo lleva por vergüenza, a pesar de que por debajo de él debe estar cocinándose lentamente.

Debe ser difícil llegar a la ciudad y ver que no encajas. Ni su vestimenta, ni su educación, ni su cultura, ni sus ilusiones.

Campo estéril para sus sueños, que se perdieron, atropellados por uno de los tantos autos entre los que deambula con la mano extendida y la mirada oculta, para no ver quien le humilla con el regalo de una moneda.

Tiempos hubo en que ser pobre no era vergonzoso. Lo era vivir sin trabajar, acostumbrarse a estirar la mano para pedir todo regalado.

Pero los tiempos cambian, las necesidades también, y ella llegó con el deseo de progresar en una ciudad que es para ellos el sueño citadino.

No lo logró y  tiene que mendigar.

Una moneda y un poco de comprensión.

 

La generación perdida

La generación perdida

La cafetería era el punto de reunión para todos los estudiantes.

Ahí íbamos a terminar la plática, el intercambio de ideas, o ponerse de acuerdo para ver dónde iba a ser la fiesta.

Era tan fácil ponerse de acuerdo porque había tanto tiempo libre. No había obligaciones, todos vivíamos en la misma ciudad, y las noches no eran tan peligrosas como lo fueron después.

El tiempo pasa, y no es lo mismo los Tres Mosqueteros que 25 años después. Debe ser que a Gardel nadie le dijo que 20 años sí lo es.

Por eso, cuando Roberto y Walter convocaron a todos a reunirnos un cuarto de siglo después de terminar la escuela, muchos respondieron al llamado, pero pocos pudieron hacerlo.

Por enésima ocasión todos fallaron. Todo cambió, y si antes todos acudían, ahora no pueden hacerlo porque el trabajo, el cónyuge o la distancia lo impiden.

Se quedó pendiente el machacado y la clase del recuerdo. Se quedó pendiente el reencuentro de los amigos, las anécdotas y los recuerdos.

Quedan los números telefónicos, las direcciones electrónicas y la vuelta de algunos amigos y amigas, que se reconectaron.

Ya nos pondremos al corriente.

Por lo pronto, la foto se queda pendiente.

Para qué sirve leer

Para qué sirve leer

¿Para qué sirve leer?, pregunta Ángel.

No le ve mucho caso, porque luego lo que pueda ver no le sirve de nada.

-          ¿Cómo supiste que en Canadá hace frío?- le respondo.

-          Por que lo leí.

Ya ves, le pude decir, pero qué caso tiene si en la sonrisa mostró el reconocimiento.

La verdad, es que leer puede no servir para nada, más que para pasar el rato, divertirse, conocer lugares donde nunca estaremos, aprender la filosofía de personas que nunca veremos, saber porque la lluvia cae, porque el sol es brillante, y porque el mar es inmenso.

También sirve para tener un tema de conversación cuando te topas a un desconocido, y para saber qué pasa en el mundo.

Leer sólo sirve para miles de cosas. Nada más..

Pero a la gente no le gusta leer y se sorprende cuando le respondo que sí, que el libro de 600 páginas que traigo en la mano es para leer, no para sostener una mesa con patas disparejas, ni para sentarme sobre él y alcanzar a ver por el parabrisas del auto.

Se les hace tan imposible que alguien pueda leer tanto. ¡Si conocieran a la mujer que leyó 25 mil libros!

Quien pudiera tener tanto tiempo para leer.

La vida y sus trajines nos dejan sin esa oportunidad, y la intimidad del cuarto de baño, sentados en el sanitario, se convierte en la única oportunidad de tranquilidad para leer.

Pero dura unos minutos, y no alcanzas más que a leer unas páginas.

No importa, mientras haya letras en el mundo, siempre podremos leer, aunque sean los anuncios de la calle.

Mi libro

Mi libro

Alguna vez, cuando era niño, pensé ser escritor.

Luego me volví periodista. Así que he sido las dos cosas, porque no hay periodista real, que no sea escritor.

Fue un giro del destino, que me jaló hacia este oficio o profesión, que algunos llaman el más hermoso del mundo.

Debe serlo, porque muchos incursionan atraídos por el glamour y la aventura que ven en las películas. Un glamour que no existe.

Otros, llegan con afán de aventuras. Esas sí existen y generan infinidad de anécdotas e historias que nos gusta contar en las esperas eternas de las antesalas, o cuando se muere alguien.

Porque aquí muchos mueren jóvenes, los he visto. Las malpasadas, las tensiones, el estrés, la depresión, y mil cosas a que estás expuesto te acercan al borde de la tumba. Muchos la saltamos, pero otros caen sin querer. Y algunos pocos  deciden dejarse caer.

Aún así, quien entra, no puede salir jamás. Y otros, que no tienen tanta valentía, se pasan la vida coqueteando con el oficio, pero sin decidirse jamás a entrar a él. Prefieren ser infieles a su profesión.

Es como una amante, que llena sus fantasías surgidas en la rutina de su consultorio u oficina.

Se dicen periodistas porque escriben algo.

Yo, que soy periodista, lo dudaría. El periodista escribe todos los días, y sin darse cuenta va creando uno y otro libro.

Son miles de caracteres diarios. Miles de palabras que hilan historias. Miles de historias que forman libros.

Pero al final, el principal libro que los periodistas escriben, es su propia  vida.

Sólo espero que en mi caso, aún queden muchas páginas por redactar.

El dinero

Su voz se quebró, pero se adivinó un cierto orgullo.

Pedía perdón al hijo, porque le dio más billetes que caricias.

Todo le proveyó. Juguetes, ropa cara, bicicletas, cuarto privado, aparatos electrónicos a por mayor, los juegos de moda.

Y dinero. Bastaba estirar la mano y el niño tenía dinero.

Todo eso pensaba el hombre, mientras lloraba al ver a su hijo.

La vida es triste. La vida es implacable. La vida es cruel.

El joven tomó su nuevo camino. Tanto tuvo, y ahora nada tendría.

Le hubiera gustado tener más tiempo junto a su padre, ir a tomar una cerveza juntos, como amigos, ver el fútbol, ir al cine, platicar de todo y nada.

Pero él nunca estuvo ahí. Estaba ocupado haciendo dinero.

El hombre reconoció:

-         Pero te di todo. Ese fue mi error.

Y en el “pero”, se notó que el orgullo mató al arrepentimiento.

El regalo

El regalo

Gemma y Roxana no pueden ocultar su alegría.

Están acostumbradas a dar, no a recibir. Y les regalaron una laptop.

En su barrio, en la colonia La Luz, nadie tiene ese tipo de cosas, porque no hay mucho dinero en el bolsillo de los papás.

Tampoco hay muchas niñas como ellas, que se dedican a recoger botellas de plástico para cambiarlas por regalos, que luego van y llevan a otros lados.

Ellas solas, en el mes de julio, reunieron más de 15 mil piezas de plástico de todo tipo. Todo lo cambian por regalos, que llevan a instituciones de beneficiencia.

No son ricas, y distan mucho de serlo. Pero ven la pobreza en los otros, no en ellas.

Satisfacen la necesidad de otros, y dejan las suyas para después.

Al menos alguien las tomó en cuenta. Les regalaron una laptop. También muchos aplausos, en justo reconocimiento a su labor.

Pero a ellas no les importaron.

Altruistas y trabajadoras, no dejan de ser niñas. Y sólo tuvieron ojos para el regalo.

Ramón

Ramón

Ramon y yo compartimos muchas horas en la redaccíon, en las noches que se antojaban interminables.

Hubo otras, de juerga o de plática de cafè. Eternos desvelados, apareciamos en el Vips o en el Fastory mucho después de que la noche había perdido su doncellez, acompañados muchas veces por Chema Alanís.

Ahí, con otros contertulios, arreglamos mil veces el mundo.

Éran tiempos de altos vuelos, pero Ramón no había echado anclas, como nosotros, y se dio el lujo de ir en pos de sus sueños.

Los cumplió totalmente.

Muchos años después, lo encontré una noche de nostalgia en Houston. Iba armado con casi cien cervezas, que se fueron diluyendo camino de la madrugada.

Cada una fue un historia, un recuerdo, un proyecto.

Fue quizá la última vez que platicamos con tanta calma, él siempre con ese estilo sarcástico, casi agresivo que tenía, y que fue el que lo llevó alto.

Estuvo donde pocos han estado. Fue buen periodista, excelente amigo.

Pero la vida no es perfecta. Si lo fuera, todos seríamos felices.

Ramón emprendió otra vez el vuelo, a buscar nuevos mundos que arreglar.

Seguro debe estar ahora, viéndonos y esbozando esa sonrisa, tan amplia como burlona.

Ahi donde esté, seguro nos vamos a encontrar alguna vez.

Pero por ahora, lo extrañaremos. 

Qué culpa

Qué culpa

Que culpa tienen los niños de los errores de uno.

Por ahí, en una nota periodística se asomó una historia del niño con el nombre más largo del mundo.

Ni vale la pena repetirlo, que son tantas letras corremos el riesgo de poner una mal. U omitirla.

Cuando crezca, ese niño irá la escuela y su nombre no cabrá en ningún gafete. La calificación no tendrá lugar para poner asignaturas, sólo el nombre.

Y no habrá solicitud donde quepan tantos caracteres.

Hay un poema de Machado que siempre pensé era de Miguel Hernández que dice: Dicen que el hombre no es hombre, hasta que escucha su nombre de labios de una mujer. Puede ser.

Este niño no escuchará su nombre en labios de nadie. Quizá ni de su padre, porque aprenderlo implica  romper paradigmas.

Dice Iram que los hijos no tienen culpa de los errores de los padres.

Ni de los caprichos, agregaría yo.

El celular perdido

El celular perdido

Se perdió mi teléfono celular.

Estaba viejo, maltratado y cuando se caía, se desarmaba totalmente. Pero era mi celular.

En realidad no era un aparato muy valioso, pues no traía ninguno de esos valores agregados que tanto los encarecen.

Cuando todos los demás sacaban sus teléfonos celulares para mostrar videos, fotografías y horas y hora de música, yo lo dejaba guardado.

El mío, les decía casi como disculpa, no trae nada. Sólo saldo.

Alguna vez vi un teléfono igual al mío en una tienda de conveniencia, junto a los chicles para el mal aliento, los condones para la amiga de ocasión.Tan barato como esas cosas.

Pero pese a todo eso, me había encariñado con él. Supongo que anda por ahí, hecho pedacitos, aplastado por las ruedas inmisericordes de algún auto tan arrogante que no se detiene a ver qué es lo que atropella.

Pobre de mi celular.Pese a su humildad, algo tenía de especial. En su memoria estaban almacenados un montón de números telefónicos de mis amigos.

Lo confieso, poco les hablo, pero en la amistad, siempre hay que mantener el vínculo.

El número telefónico lo es.

En este deceso comunicacional, la tecnología vino en mi auxilio. Bastó un llamado a mis amigos, por medio del internet, para recibir una lluvia de mensajes, unos de condolencia, otros de ofrecimiento para compartir conmigo sus agendas, y todos con el número de sus teléfonos. Hasta algunos que no tenía, ahora los tengo, porque los enviaron.

No valía mucho mi teléfono, pero su pérdida tuvo un gran valor.

Me trajo a muchos amigos. 

Los grumos del chocolate

Los grumos del chocolate

De niño siempre me preguntaba por qué el chocolate instantáneo no se disolvía totalmente en la leche.

De grande, sigo tomando chocolate en polvo con la leche, y me sigo haciendo la misma pregunta.

Interrogantes que no se satisfacen, y que van rodando con uno por la vida, siempre apareciendo en las mañanas, cuando se inicia el día.

Cuando me vuelvo a hacer la misma pregunta, mientras bató sin cesar la leche con la cuchara, empiezo a comprender a Sócrates, el filósofo.

Cierto, la única conclusión que alcanzamos cuando buscamos la sabiduría, es que hay tantas cosas por aprender, que no nos bastarían mil vidas para aprenderlo. Por algo dicen que el Diablo sabe más por viejo, que por diablo.

Me haré viejo, pero no tanto como el Diablo, y mezclaré cientos de veces el chocolate instantáneo en la leche, y cientos de veces me preguntaré el porqué se forman los grumos.

Pero igual me deleitaré porque al final, cuando la respuesta no llega, engulló ese polvo amontonado que flota sobre el lácteo, y por un instante, vuelvo a ser niño, cuando las respuestas no importaba, sólo el momento.

Paisajes desde el cielo

Paisajes desde el cielo

Desde el cielo todo tiene otra perspectiva.

El mundo cambia, y las montañas, de por sí hermosas, adquieren una personalidad intrigante.

Un pequeño arroyo se convierte en un hilito azul, que se extiende interminable.

 

Cientos, miles de casas son sólo puntos que van marcando los cuadros, las manzanas de las barriadas, hasta formar una metrópoli cautivante.

Nada conocemos de todo lo que se ve, pero desde las alturas, todo es hermoso, por distinto.

Hasta lo prosaico va adquiriendo una tonalidad de interés. Veo en las postales lo hermoso que son otros países en sus paisajes, llenos de árboles, construcciones hermosas, parajes encantadores, y pienso en lo que tengo en mi país.

Lo recuerdo desde el cielo, y veo que nada tiene que pedirle a esos lugares.

México es hermoso. Monterrey es hermoso. Desde el cielo y desde la tierra.

Quiza más que parajes, lo que ha faltado son fotográfos.

El adiós a los muertos

El adiós a los muertos

A veces, los vivos nos impiden despedir a los muertos.

La muerte no tiene agenda, y llega en cualquier momento, llevándose a los amigos.

No permite despedidas, sólo un recuerdo, algún adiós a ese recuerdo, y la exigencia de seguir viviendo, porque el mundo sigue girando.

No importa quién se vaya, la vida continúa.

Es por eso que debemos dar preferencia a los vivos, que se quedan entre nosotros. A algunos de ellos, los veremos toda la vida y quizá sean quienes espolvoren la tierra encima de nuestro féretro.

Esos muertos son los que nos recuerdan que a debemos atenderlos hoy, en vida, a esos que nos exigen tiempo y atencion.

Lo siento por los que se van, pues no tienen nuestro adiós. Tampoco lo necesitan, pues ya no alcanzarían a verlo.

Los recordaré, haré una oración por ellos, y si un dia me los topo allá, en el otro mundo, les pediré una disculpa.

Seguro lo entenderán. 

Los dos

Los dos

En el principio eran dos, y no lo sabíamos.

El médico tocó el abdomen hinchado, y halló una cabecita. Luego encontró los pies.

Viene bien, y es un bebé grande.

Lo que no sabía era que la cabeza era de uno, y los pies del otro. Estaban tan bien acomodados, que nos engañaron por casi siete meses.

Fue la primera sorpresa que nos dieron.

Desde entonces, han sido fuente inagotable de anécdotas. Aún reímos recordando como la prima le dio de comer dos veces al mismo, y al otro lo dejó hambriento.

O la vez que le dimos la medicina al gemelo sano. O cuando el abuelo le dio su “domingo” dos veces al mismo. O cuando el payaso no dejaba al otro pegarle a la piñata.

-Ya le pegaste una vez, y no se vale repetir- insistía, hasta que vio doble.

Mil historias, y continúan, 16 años después.

Aún duermen juntos. Pelean siempre, pero no se separan. Y si hay necesidad, se defienden uno al otro. O se tapan las travesuras.

Así son. Llegaron por mayoreo, y no valió devolución.

Así seguirán, unidos por algo más fuerte que la sangre.  Algo que los simples mortales, los que llegamos de uno en uno, no podremos entender.

Sólo ellos, porque son dos. O quizá sean uno, pero partido en dos.

Julio 20 de 2009