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Crónicas de la Nada

Crónicas de la Nada

Aprendiendo de la Vida

Aprendiendo de la Vida

Hay tantas cosas que aprender en la vida.

Lo primero, y que a veces dejamos para el último, es aprender a vivir. Nos pasamos el tiempo viendo como se mueven las manecillas del reloj, y no vemos el sol en su diario girar.

Contemplamos caer las hojas del calendario, y nunca nos preocupamos por ver como caen las hojas de los árboles y como vuelven a crecer.

Tenemos tantos milagros en la vida diaria, que nos los percibimos, ni los disfrutamos.

Es tan corta, sin embargo, que se va diluyendo entre las horas, como el agua entre las peñas que intentan detener el agua en los ríos.

Mucho hay por aprender. Yo sólo intento aprender a vivir. A disfrutar una puesta de sol, y a poder conversar con los hijos.

A amar a una mujer, y compartir el mundo con ella.

A disfrutar el trabajo, y triunfar porque sé hacer lo que hago.

Es apenas una pizca de las cosas que quisiera aprender. Pero si no inició en eso, lo demás no lo aprenderé.

Cada día inició el aprendizaje, porque lo que llevo no es nada frente a lo que falta.

Cada día lo disfruto, aprendiendo, aunque al final de la vida, me dé cuenta que nada alcance a aprender.

O quién sabe.

 

Cadena de favores

Cadena de favores

A veces son ochos, a veces sietes, muchas veces son nueves.

Se batalla, porque los dieces no se regalan, pero Lupita va viento en popa en sus estudios.

Hace tiempo quería ser enfermera, pero lo veía tan lejano, porque en su familia no hay recursos para la escuela.

Hay voluntad, eso sí, y con un poco de suerte y un altruista que se cruzó en el camino, la chica va avanzando en el camino del estudio.

Su mamá quisiera puros dieces, y ella no siempre los alcanza.

No importa, a fuerza de perseverar ha conservado su beca, y un día seguramente será una profesionista honesta y capaz.

Lleva escuela, indudablmente.

A veces, sus padres quisieran tener muchas cosas para agradecer a quienes creen les han ayudado. No las tienen, sólo el agradecimiento.

En realidad, eso basta. No se requiere más, porque un día Lupita tendrá que pagar todo lo que ahora recibe.

Lo hará con alguien a quien no conoce, y a quien ayudará desinteresadamente.

Ese es el pago. Ayudar a los demás, hasta formar una cadena inagotable de favores.

La adolescencia

La adolescencia

Los mejores recuerdos de la vida están en la adolescencia.

Para entonces, uno ya tiene la conciencia suficiente para recordar las cosas por toda la vida, pero no la que se necesita para actuar cuerdamente y evitar las aventuras y los problemas.

Es una época difícil donde todo es fácil, irónicamente.

Grandes aventuras suceden en esa época, se forman las amistades de siempre, se aprende a sobrevivir, y termina uno perdiéndose en el mundo de los adultos.

Cuando veo a los adolescentes y su despreocupación total, pienso cómo pudimos ser así. Debe ser que la madurez gana en mi pensamiento.

Nos olvidamos que reprobamos materias, que nos fuimos de casa sin permiso, que vagamos por el mundo en lugares donde nunca debimos estar, que aprendimos a mentir, y que fuimos felices porque no sabíamos aún qué era lo malo y qué era lo bueno.

Todo se valía.

Y todo eso fue lo que nos dio la madurez que hoy nos incita a guardar esos recuerdos para evitar los malos ejemplos.

No vale. Aceptémonos como fuimos, que nada podemos cambiar.

Y seremos más humanos a los ojos de nuestros hijos.

El café de las mañanas

El café de las mañanas

El aroma se extiende por toda la casa, e invita a probar ese líquido oscuro, como petróleo, que se va formando en la cafetera.

Es la primera hora de la mañana en la casa. Tal vez afuera será la décima hora, pero aquí, en el castillo que es el hogar de cada hombre, es apenas la primera hora.

No ha sido fácil la noche. Como siempre, hubo que lidiar con el sueño que no llega, o que se esconde tras la plática, tras la historia interesante que tiene ese libro en turno, o tras el televisor, donde pocas veces encuentra algo tan interesante como para verlo más de diez minutos.

El despertar se antoja más liviano, y la bebida que va tomando color ayudará a serlo más agradable.

Es poca, para que no pierda el sabor. Preferible hacer café tres veces, que tomarse un café requemado a la tercera taza.

Hay quien dice que sólo toma café cuando hace frío. Otros nada más por la mañana. Algunos nunca, porque les desata el monstruo de la gastritis.

Pobres mortales. Se pierden del placer de disfrutar una buena taza de café a todas horas. Es una compañera agradable, lo mismo al platicar con un amigo, que al cortejar a una mujer, al escribir un libro, o al ver una película.

A todas horas, en todo lugar se puede disfrutar. Pero coincido con muchos: Por la mañana, al despertar, es altamente placentero.

Tomemos café.

El pan de Canela

El pan de Canela

El chiste se ha vuelto viejo a fuerza de contarlo.

Llega el Fher con sus bolsas llena de pan. Lo traen desde Veracruz, donde lo amasa su abuelo, al estilo de antes: a mano, con cariño y horneado en horno de piedra.

Es un pan enorme, redondo como luna llena, sabroso como manjar de reyes, y vasto como banquete de príncipe.

Siempre llega con dos piezas, listas para degustar con el café de la tarde.

Uno es un enorme volcán, aunque otros le dicen concha. No sé, en mi barrio infantil, el señor de la tienda les decía volcanes, y crecimos creyendo con ese nombre.

Es  que no hay pan como el mexicano, sabroso y con nombres llenos de ingenio. Los polvorones, las conchas, los marranitos, las pambadas, las margaritas, las revolcadas.

En todas las tiendas siempre estaba el canasto, enorme, con orejas que no escuchaban, corbatas que nadie se ponía en el cuello, tomates que no servían para una ensalada, revolcadas que no hallabas con quién.

Luego, llegaron los panes embolsados, pero en el otro barrio a donde llegamos a colonizar, igual pasaba don Ramón, en su bicicleta y con el canasto en la cabeza, como en las películas.

Ahora ya no pasa. Le ganó el camión que trae Mariano con altavoz y muchas charolas.

Pero de cuando en cuando, van los papás del Fher a Veracruz y traen pan. Llega Fher con sus dos piezas, grandes y seductoras, siempre con la misma frase.

Uno es el pan de canela, dice.

E invariablemente le respondemos: ¿Y no se enoja Canela si nos lo comemos?

Chiste viejo a fuerza de contarlo. Risas nuevas a fuerza de divertirnos.

La ilusión viaja en coche

La ilusión viaja en coche

Todavía tenía el aroma a nuevo.

Sus asientos seguían envuelto a plástico y ni una sola mancha ni mota de polvo mancillaba todavía su tapicería.

Azul oscuro, recién salido de la agencia, el coche era un sueño. Había visto coches nuevos, había viajado en ellos, pero nunca antes había subido a un tan reciente.

Olía a nuevo, aunque en realidad lo nuevo no tenga olor, pero lo percibía. La imaginación infantil, quizá.

Un día, cuando sea grande, pensé, tendré uno igual.

Ahí quedo la promesa. A fuerza de usarlo, el coche se fue gastando y volviendo familiar. En las noches ahí estaba, frente a la casa, esperando su turno para ir a trabajar.

Era la herramienta de mi padre, su compañero de trabajo. Y como herramienta, un día se lo cambiaron. Llegó otro coche más nuevo, pero no lo ví con la misma ilusión. Sería que tenía más años.

Par a mí, el coche perfecto era el otro, con su línea redondeada. Se me figuraba un duende, no sé por qué.

Abandone la niñez, lidie con la adolescencia, la primera juventud, y un día descubrí que había suficiente dinero en la bolsa para comprar un auto.

Recordé aquel de mi infancia, y pensé cumplir la ilusión.

Demasiado tarde. Ese modelo, era ya demasiado viejo.

En fin, acepte la sentencia del tiempo. Nada dura por siempre

Ni las ilusiones.

El reloj de bolsillo

El reloj de bolsillo

El tiempo podrá ser infinitivo, pero a veces se detiene.

O simplemente, se descompone.

El reloj que vaga por mi bolsillo es la prueba. De pronto, se queda marcando la misma hora durante unos minutos, y la noche deja de avanzar en la carátula.

A mi reloj no le importa el ritmo de los otros relojes ni el qué dirán. Le basta saber que su credibilidad queda incólume ante su dueño. Los demás no le dan de comer, ni le dan cuerda, piensa.

Como insiste en su personalidad propia, insiste en tener su propia hora.

Los relojes de pulso siempre son puntuales. Mi reloj de bolsillo no. Eso permite alargar el momento de la bohemia, de la plática sabrosona, del encuentro agradable.

Si se trata de ser puntual, entonces dejo que mi reloj duerma en mi bolsillo, y busco otro. Así no pierdo la formalidad de la vida.

El reloj de bolsilla nada dice. Sabe que en eso se basa su supervivencia.

Por eso a veces también juega a ser puntual.

Escribir

Escribir

Me reclama el Simson que ya no escribo.

Sí escribo, aunque nadie lo lea. O quién sabe.

Cada día de mi vida, desde hace muchos años, he escrito algo. A veces cosas profundas, llena de sentimiento, que dejan escapar un poco lo que uno lleva en el alma.

Otras, simples historias que vamos recolectando al vuelo por donde pasamos. La mayoría de las veces, la noticia que buscamos y encontramos en el devenir laboral.

Nunca dejo de escribir. No se los demás, pero yo no. Aún cuando no hay obligación, escribo unas líneas, y si no hay libreta y papel, que me pasa seguido, las escribo en la mente, con el riesgo de que se borren pronto.

No hay otra cosa que me guste más que hilar palabras, formar historias, crear mentiras que a veces se vuelven ciertas de verdaderas que parecen.

Porque cuando uno escribe, siempre se le pone algo de la cosecha propia. La anécdota se nutre con sazón propia. La historia de otros se conjuga con retazos de la propia, para hacerla presentable.

Si, sigo escribiendo, aunque el Simspon no lo lea. Incluso una Crónica de la Nada diaria.

Sólo que a veces el placer se va volviendo obligación y termina por esclavizarnos.

Entonces la actividad pierde la belleza de hacerla por gusto, por arte, por qué sí.

No es fácil comprenderlo, pero lo he logrado.

He vuelto.

Indiferencia

Indiferencia

No sé quien agitó la botella de refresco, o por qué se exasperó, pero al abrirla, surgió un surtidor que empapó todo a su alcance.

En medio de la oficina, junto a las computadoras, justo en el lugar donde está prohibido comer, lo primero era frenar ese chorro de espuma y líquido dulzón que escapaba por el pico de la botella.

Con una mano lo tape. Corrí hacia lugares más seguros, por si acaso insistía, y comprobé que todo estaba bajo control.

Lo que no había era orden. El teclado de la computadora se había anegado. El escritorio tenía un enorme charco. Papeles, aparatos, todo se mojó.

Recordé que el periódico tiene mil usos, por eso no va a desaparecer frente a la computadora y el internet. Conseguí unos y limpie todo. Las hojas de deportes absorbieron perfectamente el exceso de líquido, y las fotos delas artistas acabaron de limpiar.

Tranquilizado el espíritu y con el universo en orden, miré alrededor. El escándalo había pasado desapercibido. Nadie lo notó. Había treinta o cuarenta personas, y nadie supo.

Indiferencia total. Trabajo mecanizado. O como diría David Arnoldo no vemos más que lo que tenemos enfrente.

Todo en lo suyo.

Tristes robots.

Soñadora

Soñadora

Duerme ajena al mundo que la rodea.

En su mente no existe la vida exterior, sólo su propio universo, donde nadie logra penetrar.

La luz de la mañana se filtra por la persiana y baña su desnudez. Dos caricias furtivas la alcanzan. La del rayo de sol y la de mi mirada.

Su sueño no se perturba por los ruidos de la calle, ni los gritos del vendedor, ni el rugido de los camiones repartidores. Sigue ajena al tiempo y al movimiento de las cosas.

Su belleza lo vale.

Un diamante es valioso. Si es diferente a todos, es más valioso.

Así pienso de ella.

Aún en esos instantes, cuando su mente divaga en el carrusel de los sueños, la siento mía. Quizá su viaje la lleve a otras gentes, a otros hombres, a otras vidas, pero el vínculo de compartir las sábanas y las noches es tan elástico que no se rompe.

La veo casi con reverencia. El tiempo no ha respetado su pacto. Pero le ha pagado el precio, la indemnización justa.

No es la niña que enlazaba juegos. Ni la adolescente que se atrevió a trenzar sus ilusiones con las mías.

Es mujer que aún lleva sus sueños a bordo, pero viaja en el carro de la madurez.

Ya alcanzó esa etapa de las mujeres sin edad. Donde la juventud está en la mirada y en su sonrisa.

Y ambas, me pertenecen.

Mi mundo

Volteo a ver el calendario, y descubro que desaparecieron seis meses.

En algún momento pasaron por mi vida y no los ví, inmerso en el trabajo, las responsabilidades, el mundo que no me pertenece.

Debe ser que el tiempo ya no tiene alas. Ahora vuela en avión supersónico.

Debe ser efecto de la modernidad, en que todo es más rápido porque la tecnología lo impulsa.

Hasta el tiempo.

Tras mucho pensar, logró rememorar todo lo que ocurrió en estos seis meses. Los momentos íntimos de felicidad, el viaje que renueva relaciones, las comidas en familia, los festejos con amigos, la carne asada de los sábados y la plática placentera que viene después.

Son momentos que vivimos por inercia. Los disfrutamos, pero no siempre quedan suficientemente registrados en la memora. Van acomodándose en el montón, a como pueden.

Se fue la mitad del año. Seis meses que no habrá forma de recuperar. Pero quedan otros seis meses, en los que podemos revalorar cada instante de la existencia, cada paso que damos , cada mirada que lanzamos.

Por lo pronto, extenderé los brazos, para albergar al mundo en ellos.

Mi mundo primero, y luego el resto.

El Kopi Luwak

El Kopi Luwak

El mejor café del mundo, dicen los expertos –yo sólo soy bebedor- es el Kopi Luwak.

Tiene un sabor exquisito, y nada se compara a eso.No lo he probado, ciertamente, pero si hay consenso, lo aceptaremos. Yo, la verdad, prefiero el de casa.

No porque sea mejor, sino porque se prepara especialmente para uno. Es decir, le ponemos cariño.

Pero el resto del mundo, salvo excepciones de algunos amigos, no ha probado el café de mi cafetera. Entonces, seguramente seguirá creyendo que el Kopi Luwak es el mejor.

Lo que muchos no saben es que ese sabor especial se lo da el intestino de un animal. El Luwak o civeta, que se lo come, lo digiere y luego lo arroja –sí, ahí por donde se imaginan- para que los recolectores lo saquen de sus heces, lo laven y lo vendan a precios estratosféricos, que seguamente pocos pueden pagar.

Quienes lo han probado, dicen que no hay nada mejor. Salvo el mío, claro.

Tal vez es la personalidad que toma tras andar en la inmundicia. Antes de convertirse en e lcafé más caro, es sólo excremento. Y si nadie lo encuentra, queda como excremento. Abono para otras plantas de café y algo que los no conocedores jamás pisarían, menos se comerían.

Tal vez ahora muchos andan inmersos entre la inmundicia de la vida, sus pasiones y sus vicios.

Pero tienen una esperanza. Quizá alguien los descubra, y entonces, serán como el Kopi Luwak: los mejores.

La tarde de la Iguana

La tarde de la Iguana

En el mundo animal, Hércules es una iguana macho.

En el barrio, es un compañero más. Todos lo conocen, unos le temen, otros lo ven con curiosidad, y otros de plano lo confunden con víboras, lagartijos, cocodrilos y lo que su imaginación les dicta en el momento.

En su mundo, seguramente es un macho atractivo, pero como en el barrio es la única iguana, no hay quien lo pueda asegurar.

Visto de cerca es temible. Como un lagarto o dragón pero en pequeñito.

En el barrio no le tienen miedo. Ya saben que no hace nada, y que es como un manso cordero, salvo cuando el hambre le gana. Entonces se vuelve un león, pero no pierde su forma de iguana.

El día que se perdió, todo el barrio lo buscó en los árboles, en los techos de las casas, en los jardines, en los lotes baldíos. Como es capaz de emular al hombre araña y trepar por las paredes, revisamos los patios de los vecinos.

No lo hallamos, porque en realidad, no había salido de casa.

Como los bebés que se pierden y al final los descubrimos dormidos bajo la cama, así Hércules.

Todo su instinto animal de animal salvaje falló por su curiosidad. Quiso ver que había dentro de un aire lavado, y encontró un cilindro, tipo carrousel, que arroja el aire.

Ahí se trepó Hércules y ahí se quedó atrapado, boca arriba. Por horas intentó salir, pero a cada paso, el carrousel giraba y el seguía donde mismo: bocabajo y atrapado.

Ahí lo encontramos, con su orgullo hecho trizas, pero indemne. Ciento por ciento.

El respiro aliviado, y el barrio también.

La Hija

Era un bomboncito, color rosado, totalmente ajena al mundo que la rodeaba.

Respiraba con la tranquilidad que da la felicidad que traía bajo el brazo, dispuesta a compartirla con todos.

Sus ojos aún no abrían, y ni una sonrisa permeaba su rostro, redondo como luna llena.

Indefensa, pero desafiante al mundo que la esperaba y que seguramente ya planeaba conquistar desde entonces.

Fue hace 19 años, justamente.

Desde entonces el mundo ha cambiado para todos. Karen creció, se hizo mujer, y anda por ahí, conquistando el mundo, armada con su confianza en si mismo, un par de idiomas y la seguridad de que merece todo lo bueno que le sucede.

Abrió sus alas, y de aquel bomboncito sólo queda la ternura que esconde en cada uno de sus actos.

La vida le regaló un unicornio que cambia de color, para cabalgar en él hacia donde están los sueños que va trenzando pacientemente hasta convertirlos en proyectos y objetivos.

En él vuela, viajando por su mundo propio en busca del destino que ya ideó, pero siempre con la brújula lista para regresar a casa, al hogar.

Ahí la esperan, impacientes, sus muñecas repollo, su vivero y su tortuga.

Y claro, nosotros.

 

 

Karen

Karen Sentada en el aeropuerto de la ciudad de México, Karen espera su vuelo.

Llegó con mucha anticipación, por aquello de que se pueda confundir, y le quede tiempo para reencontrar su avión.

Sola, enfrenta su primera gran prueba. Viajar a un país desconocido, donde hallará otra cultura y donde sólo ella será responsable de sí misma.

Ya es dueña de su vida, pero nunca había asumido esa responsabilidad.

El vuelo que emprendió es mucho más alto de lo que puede llevarla el avión que la traslada al norte.

Su viaje es mucho más lejos. Acaba de abrir sus alas, para volar por si misma. Está descubriendo que el horizonte es apenas una escala en sus posibilidades.

Ya no la sostenemos, y apenas podemos verla. Los instrumentos de vuelo están ahora en sus manos, y ella sabrá cómo manejarlos.

Volará alto, sin duda, más alto que todos nosotros.

Tiempo joven

Tiempo joven

Para los jóvenes el tiempo no importa.

Tienen tanto, que no les asusta desperdiciarlo.

Por eso pasan las tardes viendo televisión, conociendo toda la geografía del sofá, o se ponen a chatear cuando el tiempo apremia para llega a algún lado.

Se me olvido, suelen decir.

La verdad es que los relojes son sólo un adorno, en caso de que lo tengan.

Siente que la vida es eterna, porque no recuerdan como empezó y piensan que no va a terminar.

A los papas, por jóvenes que sean, los ven como viejos, y su anecdotario apenas alcanza a lo que hicieron la semana pasada.

Si les contamos alguna anécdota de cuando eran bebés, les divierte e intentan hallarla en sus recuerdos, pero no lo logran.

No saben del tiempo. No es que no lo valoren. Simplemente tienen tanto que no les importa perderlo.

Llegará un día cuando sientan que se acaba. Y lo cuidarán.

Por lo pronto, sin ricos, porque tiene todo el tiempo del mundo.

La hormiga

La hormiga

Por Francisco Zúñiga Esquivel

La hormiga sube por la pantalla de la computadora con la facilidad que le da la naturaleza para escalar muros, por lisos que nos parezcan a los humanos.

Seguramente va enceguecida por la luz, pero Naura le dio un instinto de orientación que la lleva a una salida. Trae un objetivo, y lo sigue pese a todo.

Va caminando, mostrando su cuerpo a contraluz, delgado, acinturado, y firme.

La hormiga no pide permiso. Para ella no hay límites y entra lo mismo en la mesa de quienes  comen, que en la pared donde hizo su hogar, o en la tierra de sus antepasados.

Esta hormiga quizá no conoce lo que es esa tierra, el suelo natural de nuestro planeta. Está dentro de la casa, sobre una mesa, y quizá su hogar es en algún muro a donde entra por un hueco imperceptible.

Es exiliada en su mundo. Se ha adaptado perfectamente a su entorno, aunque tenga que compartirlo con los humanos.

Lástima que estos sean más fuertes y no todos la acepten.

Andará por ahí la hormiga, cargando galletas, fideos, y frijoles, de la mesa a su guarida, hasta que una mano sin respeto por la vida ajena decida retirarla para siempre.

Culpas

Culpas

El camión tuvo la culpa, me dio un cerrón.

Así lo dijo el muchacho, cuando recuperó el conocimiento.

Había chocado contra un poste, a 160 kilómetros por hora. Destrozó el auto que le habían regalado, y causó la muerte de su amigo.

Apenas 16 años y cargar toda la vida con el estigma.

Pero su juventud encontró la solución. El culpable fue el chofer del camión que entró al carril y provocó que él, por evitarlo, perdiera el control.

Sus padres optaron por aceptar el veredicto y la justificación. Nadie recordó que el jovencito conducía a 160 kilómetros por hora, ni que eso implica recorrer más de 40 metros por segundo. 200 metros en apenas cinco segundos.

Ni tiempo para reaccionar, y menos alguien con tan poca experiencia al volante.

A una velocidad moderada, ese cerrón que argumentó no hubiera sido tal. Perfectamente lo hubiera evadido, o alcanzado a frenar.

Pero no hay culpables. O todos tienen un poco de culpa. El padre que le da un auto sin pensar si tiene la madurez para evitar que se convierta en un arma mortal. O el mismo jovencito que conduce temerariamente. O la autoridad que permite que se violen los límites de velocidad impunemente a cambio de una dádiva.

No importa quién y en que porcentaje se tiene la culpa. Se perdió una vida.

Sólo queda reflexionar. Y evitar se repita

 

El diagnóstico

El diagnóstico

La muchacha apenas podía respirar. Los dolores eran tan punzantes, que sentía como si alguien la desgajara por mitades.

Nunca, ni cuando se le picó la muela hasta quedar como una bolita negra, sintió tanto dolor. Ni cuando se clavó el tenedor en el hombro, por andar corriendo y peleando con sus hermanos, ni cuando su compañera de clase le rebanó la mejilla con la misma navaja que le sacaba punta a los lápices.

A un lado, la madre, una mujer madura, la consolaba. También la sostenía para poder entrar a la maternidad.

Como pudo, la pobre chica llegó, cargando su enorme estómago, y ansiando que pronto terminara todo.

Pero el doctor, tras examinarla, dio su veredicto:

-          Todavía le falta, váyase a casa, descanse, y nos vemos unos días.

La madre, que hasta entonces había permanecido callada, como simple utilería en ese acto de una obra donde no era la actriz principal, por fin habló-

-          Doctor, ya se está aliviando, el muchacho ya casi sale.

El médico, amable, la miró con cierta compasión. Sonriendo , insistió en su diagnóstico. Todavía faltaban días.

La mujer insistió, pero el doctor zanjó por la lógica.

-          Señora, yo me quemé las pestañas diez años para poder ser médico, para saber que le faltan todavía unos días.

La madre alzó la vista desde su metro y medio de estatura para alcanzar a ver a los ojos al médico.

-          Yo no estudie, doctor, pero tuve doce hijos, y sé cuando un chamaco va a nacer.

El médico abotonó su bata, blanca como la conciencia del recién nacido y volteó a ver a una enfermera.

-          Señorita, por favor, pase rápido a la paciente. Ya se va a aliviar.

 

La música

La música

La letra es incomprensible. De pronto parece francés, se nota alguna influencia en español, pero nada se entiende.

Cada palabra se desgrana conforme transcurre la canción, y se va convirtiendo en un galimatías total. No importa, la música lo dice todo, y si no se entiende el mensaje, lo vamos inventando con el sentimiento que despierta.

Cada nota se va hilando con otra, como las ideas. las palabras siguen tan incomprensibles como antes, pero un historia va surgiendo.

Gana el lenguaje universal de la música. Triunfa el arte y la inspiración ajena, conjugada con la propia que crea su canción, distinta  a la original, pero tan válida como aquella.

Igual se disfruta, igual se siente, igual se desea.

Las palabras sobran, aunque hagan falta. Ya no importa si es catalán o rumano, o latí.

Es música, y basta.