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Crónicas de la Nada

Mi Musa

Mi Musa

La musa alza los brazos, estira su esbelto cuerpo todo lo que alcanza, y lanza un coqueto bostezo.

Está despertando, luego de un largo sueño.

Es hija de la imaginación y la constancia, y ha descubierto el secreto de la eterna juventud, pero celosa de su hallazgo, no lo comparte. Lo quiere para ella sola, porque adora ser hermosa por siempre.

Lo que no sabe es que nació de mi imaginación y mi constancia. Que cuando pierdo una de ellas, se rompe el hechizo que le da vida. No se lo diré, para que siga feliz.

La musa me mira y guiña un ojo. Una sonrisa de media luna ilumina su rostro, y un brillo travieso viaja en su mirada. Le gusta sentirse admirada, querida, amada y deseada.

No sabe que su labor es reunir los retazos de inspiración que voy tirando por el mundo, para hilar una frase, un comentario o un escrito que pueda ser mi humilde mensaje al mundo.

Mi musa sigue desperazándose. Me encanta verla cuando despierta, porque los rubores del sueño que interrumpió momentos antes ilustran su rostro, y alcanzo a adivinar sus pensamientos.

No puede ocultarlos ante mí, porque ella alimenta mi inspiración con su presencia, su sonrisa, su figura y su encanto.

A veces desaparece días enteros, incluso meses. Se  va, pasea, o duerme, o viaja, o se distrae, pero nunca puede serme infiel. Siempre será mi Musa. La que inspira,  la que guía mis dedos para que el tecleo se vuelva caricia.

Gracias, Musa, por volver. Gracias por seguir aquí. Por despertar. Y por seguir unida a mí.

Las estrellas

Las estrellas

Ando buscando las estrellas.

Así me dijo la mujer, casi como disculpa mientras empujaba el montón de carritos en el estacionamiento de un supermercado.

Quizá pensó que iba a reprimirla por estorbar el paso.

Una mujer de edad mediana, vestida con esa ropa impersonal que les da una figura anodina, casi anónima, como si buscaran hundirla en la humildad total, ubicarlas casi como servidumbre del cliente.

No las alcanzo a ver,  me dijo, mientras yo bajaba de mi auto, encaminado a gastar en media hora lo que quizá ella no gana en toda una semana.

Alce la vista al cielo antes de responder. No se veían las estrellas, porque las luces de la ciudad, tan intensas en ese lugar, las opacaban. Las ocultaban igual que su uniforme ocultaba la personalidad de esa mujer.

No se ven, le dije, porque las luces las apagan, las ocultan de la vista.

No me hizo caso. Siguió escudriñando el cielo en la búsqueda de las estrellas, quizá para anclar alguna ilusión que le hiciera más amable su vida.

Le ayudé, que más puede uno hacer cuando se enfrenta a semejante sensibilidad. Tal vez era una poetiza anónima, de esas que nunca han escrito un verso, pero lo sienten y lo expresan sólo pensamiento, temerosas de que alguien académico destroce su inspiración.

Hay que irse a donde no haya tanta luz, le dije finalmente. Apenas y alguna estrella brillante podía competir con el farol que se alzaba en medio de ese lugar.

Algo se rompió en esperanza. No había estrellas que alegrarán su noche de trabajo.

Y entonces recordé un verso perdido en mi memoria. Si de noche lloras por el sol, no podrás ver las estrellas.

No busque las estrellas, le recomende finalmente, vea la luna llena, qué hermosa nos regala su presencia.

Y ella sonrió.

 

Satisfacción

Satisfacción

La respuesta de Edgar es rápida cuando le preguntamos qué necesita: Nada, estoy bien.

Si no conociera su historia podría creerlo. Pero Edgar es un sobreviviente a sus 16 años.

Apenas ve las imágenes de lo que pasa a su alrededor, pero tiene una visión del futuro plena y tan clara como un cielo sin nubes.

Hace unos años era un cadáver viviente, y hoy, hasta novia tiene. Es invidente, pero sabe que él puede guiarla.

Edgar era un jovencito brillante, pero un giro del destino cambió su vida cuando por equivocación bebió un veneno que lo tuvo en estado de coma por muchos días. Salir de ese estado fue como salir de un cascarón y literalmente un nuevo nacimiento. Tuvo que aprender a hablar, a comer, a caminar, a vivir.

Para alguien que no tiene recursos económicos y para quien su única familia es una madre que lucha por él, no debe ser fácil. Salvo que sea un guerrero natural, como lo es Edgar.

Ahora estudia en una universidad para jóvenes de escasos recursos, donde gracias a la perseverancia no tiene que pagar. Se gana su beca con el mismo estudio.

Y aunque su casa es modesta, y no hay más que lo necesario, no necesita nada. Prefiere canalizar la ayuda a otra familia, que él considera sí necesita.

Tal vez Edgar tiene razón, porque desde su perspectiva de vida, no necesita nada. Tiene lo ideal: una vida que ya había perdido. Una visión reducida que lo impulsa a ver más detenidamente cada imagen que pasa  frente a él, y le permite disfrutar a detalle lo que otros sólo dejamos pasar.

Tiene una madre que vale por una familia. Una maestra que se preocupa por él, amigos que lo acompañan en su lucha.

Tiene lo necesario: Un mundo por conquistar y la fuerza para hacerlo.

La Vida es el futuro

La Vida es el futuro

La vida es el futuro, no cabe duda.

Lo que piensan que  todo tiempo pasado fue mejor,  viven en la muerte del presente, porque eso es el pasado. El presente, es la existencia que tenemos.

La vida es el futuro, porque se ofrece llena de posibilidades. Las ilusiones siempre se albergan en el tiempo por venir. Es donde encuentran el nido que les ayude a incubarse hasta brotar, como hermosas mariposas, convertidas en flamante realidad.

No hay proyecto que se viva hacia atrás, al tiempo ido. No hay esperanza que no busque la luz en el camino que viene.

En el pasado, en cambio, se aferran las nostalgias. Son aquellas que no dan una felicidad por lo que ya no podremos vivir. Pero vienen cargadas de la tristeza que da la ausencia, y siempre traen una dosis de dolor, que si se excede, nos va matando lentamente o atando a un mundo que sólo existirá en nuestros recuerdos.

No nos dejará vivir ni siquiera el presente.

Prefiero guardar esos recuerdos, y sacarlos en las tardes de lluvia, o en las noches cuando la luna se va de juerga y me deja solo.

Son para atesorarlos y aliviar los momentos en que la nostalgia insiste en remover las heridas de esas batallas que perdimos algún día.

Pero no son la vida.

Esa está en el futuro, donde su existencia es incierta, pero donde también tenemos la oportunidad de ir hilando la esperanza, las ilusiones, los proyectos, la perseverancia, hasta crear una red que soporte nuestras locuras y nos dé el premio supremo de seguir vivos.

Claro, el hilo puede romperse en cualquier momento, y dejarnos caer al vacío de la muerte. Ahí donde seremos pasado.

No importa, es preferible arriesgarse, y para lograr llegar a la meta, primero hay que pensar que puedo hacerlo. Vivir cada momento con intensidad, pero proyectado al futuro como si pudiera  vivir cien años.

Si no los alcanzo, no pasa nada. Pero ¿si llegó a ellos? Qué tendré en las manos para hacer llevadera mi vida. Nada.

Vayamos pues viendo al futuro. Ahí está la vida, esperando por los vencedores.

Adios 2014

Adios 2014

Cada año de mi existencia ha tenido vida propia.Conforme los acumulo aprendo mejor a valorarlos, porque cuando uno de ellos muere -como esta noche el 2014- también muere una parte de mi.

El pasado no vuelve, y siempre queda la sensación de que no aprovechamos debidamente el tiempo que se nos da.

Este año no es excepción, pero la Perspectiva es distinta. Tuvo días malos, y en alguno llegue a pensar que era el peor día de mi vida. Estaba equivocado, porque vino otro día peor, más difícil y del que sin embargo recuerdo cada instante.

En este año se rompió la brecha generacional y el dolor ensombreció la alegría espontánea que siempre viajaba conmigo. Mi antes y mi después se fueron casi simultáneamente, y de pronto ví un vacío profundo. Un Vacío que sabía llegaría, y otro -el que estaba encaminado al futuro- que nunca esperaba sucediera.

Pero no puedo decir que ha sido un año todo malo. En los momentos difíciles mi familia y yo sentimos el apoyo de mucha gente, tanto de nuestros familiares como de los amigos.

Nunca pensé que tanta gente me considerará amigo. La partida de mi hijo desencadenó una serie de muestras de solidaridad que hubiera preferido no conocer, pero que en los últimos siete meses nos ha ayudado a cruzar el mar más tormentoso que pueda existir en la vida del hombre.

Por eso hoy, que parte el año, quiero agradecer a todos aquellos que tuvieron un momento al menos para estar con nosotros. Aquellos amigos que sin pedirlo se presentaron solicitos y hasta tomaron tareas que ayudaron a solventar esos momentos. A aquellos que estuvieron ahí, a los que soportaron las nostalgias y las ausencias.

Hubo todo tipo de apoyo. Y aún ahora, siento la preocupación sincera de muchos que esperan una respuesta positiva de que estos días, estas fiestas, no han acabado con nosotros. No acabarán.

Cierto que no he podido imbuirme de la alegría que ronda en todos los corazones, pero tampoco navegamos en el mar de la tristeza. He comprendido que la vida tiene todo tipo de experiencias, y el dolor es uno de los precios que hay que pagar para estar vivo.

Y hay herencias que empujan a vivir. Ahí está, con una enorme sonrisa y una curiosidad insaciable, recordando a cada momento que hay un compromiso con los que se fueron.

Se va el 2014, pero su recuerdo queda tatuado en el alma. Recibo con gusto al 2015 porque sé que la vida es el futuro, no el pasado, y hay una manita que se estira ansiosa de tomar la mia para que lo lleve a conocer los caminos del mundo. Y hay mucha más gente que gira en mi universo y me levanta de toda prueba.

Gracias a todos por las muestras de cariño que mi familia, Ángeles, mi mujer, mis tres hijos que aún tengo conmigo - Karen, Diego, Lucero- y mi nieto han recibido.Les deseo el mejor de los años. Que haya dicha en sus días, amor en su corazón, prosperidad en su bolsillo, salud en su cuerpo. Y bendiciones de Dios, que nunca nos abandona.


Bienvenido 2015. Buen año para todos.

El Mosquito

Se subió al auto sin permiso.

Osado, como todo aventurero, se metió y se posó sobre el asiento.Yo tuve la culpa, porque llevaba el vidrio abajo. Si lo hubiera cerrado, jamás se habría metido ese mosquito.

Mosquito o mosquita, no sé, porque  la vista no alcanza para tanto.

Se posó primero en el asiento, pero enseguida sintió que no era su lugar, y volvió a volar de un lado a otro.

Voló a ras del tablero, y aterrizó en un extremo. Imaginé que estaba viendo el mundo a través del parabrisas, emocionado, en parte, y asustado, en complemento.

Por un instante intente ponerse en sus zapatos, literalmente hablando.Un pobre mosquito –o mosquita, porque nada traía ni rosa ni azul- perdido, arriba de un vehículo que no sabía ni para donde iba.

Lo sentí desvalido. Pobre, pensé, seguramente está llamando a su mamá con un grito destemplado en una frecuencia que el oído humano no capta.

Volvió a volar, desorientado. El panorama cambiaba a cada momento, y no se explicaba por qué.

Se fue al asiento trasero y tampoco le gustó. Cinco cuadras después, el pobre mosquito seguía buscando una salida, o un destino.

Lo encontró cuando detuve el auto.

Salió, a un mundo desconocido, al peligro, a la aventura. Pero sobre todo, a la libertad.

Voló tres metros y se perdió a mi vista. En su lugar, ví a mucha gente.

Caminaban por la ciudad, quizá tan desorientados y perdidos como el mosquito.

El Niño

El Niño

Es travieso. Al fin niño.

Siempre anda por el pasillo o correteando por el patio.

Y nunca lo hemos visto que cruce la puerta y entre a alguna habitación.

Le gusta asomarse de repente, cuando sabe que no lo van a alcanzar. O cuando sabe que andamos descuidados o desprevenidos.

Tal vez por eso elige los momentos cuando hay visita, sobre todo si anda gente de un lado a otro del patio.

En la fiesta, pasa desapercibido. Y muchos no lo conocen. Pero no siempre. Hay veces en que dice adiós desde el pasillo. Lo dice sin palabras, sólo con la mirada. Es cuando se queda a sus anchas y es dueño de todo.

Lo vi hace tiempo, un par de veces.

Una vez, cruzó corriendo frente a mí y se escondió no sé dónde. La otra, estaba parado, viéndome. Su mirada era triste, de abandono. Mi miró un instante, y luego corrió a esconderse, atravesando la pared.

Imagínense. Un niño de unos cinco años, solo en el mundo, viviendo en un hogar que ya no es suyo, con gente que seguramente no es su familia.

En una dimensión que ya no es la suya.

Es algo que los vivos no podemos comprender.

Emiliano

Emiliano

Nada queda en ti de ese bebé frágil que llegó al mundo hace 365 días.
Sólo esos ojos inquietos que siguen buscando por todos lados el secreto de la verdad absoluta.
Te recuerdo en tu primer día, con apenas poco más de dos kilos en tu frágil cuerpo, luchando por salir adelante en un mundo que todavía no te esperaba. Pero tú, travieso y curioso como siempre, te adelantaste.
Eras tan vulnerable en apariencia, pero yo sabía que debía tratarte con respeto, porque eras un guerrero que nos enseñó que no hay Goliath a quien un David decidido no pueda vencer. Y tú lo hiciste.
Ahora eres un bebé enorme, lleno de una vitalidad que no acaba en todo el día, y es capaz de cansar a tres generaciones. Desde abuelos, hasta tu mamá, los tíos y los primos.
Un primer año que nos llena de alegría porque estás en nuestra vida, y aunque a veces te gusta echarla al suelo, la recogemos con gusto para seguir jugando a tu lado.
Hemos vivido ya muchas cosas juntos, hijo de mi hijo. Hemos jugado, viajado, platicado, y reído en sincronía. 
De tu mano, he vuelto a aprender ciertas verdades de la vida que estaban empolvadas en mi memoria. Tú das los primeros pasos, y yo te sigo, sorprendido de la decisión con que enfrentas tus retos.
La vida no te ha tratado bien, pero tú no lo sabes aún. Y que bueno, porque puede verter por tí esas lágrimas que el dolor arranca de cuando en cuando, y enfrentar solo la realidad de la pérdida del eslabón generacional que nos unía a tí a mí, hasta entenderla para poder explicarte lo inexplicable cuando un día preguntes por qué tu Papá no esta.
Un año no es nada. Pero para tí es una vida entera, es tu vida completa. Tendrías que dar cincuenta vueltas para alcanzarme. Aunque tu paso es mucho más rápido, al paso de los años el mío seguramente se hará más lento, hasta que un día me sorprenda caminando al mismo ritmo que tú.
Espero vivir para verlo y acompañarte. Festejar contigo muchos años más y verte crecer, andar en bicicleta, correr tras una pelota, escribir tu primeras letras, escuchar tus historias, mirarte salir en pos de una bella sonrisa, y mirarte en la cima de tus deseos y tus metas. Verte crecer, para que al final del camino, poder contarle a tu padre todas esas anécdotas y triunfos tuyos que lo llenen de orgullo por ese hijo que no pudo ver crecer.
Pero aquí estoy yo, y pondré mi parte para hacer lo posible e imposible para que tu tengas una vida feliz.
Felicidades, Hijo de mi Hijo, por este primer año.
Y te reitero, que mi mundo es tuyo.

Un día de vida


¿Cuánto vale un día de vida?

Nadie lo sabe. Don José sí. A él le costó su casa, su taller, su patrimonio.

Todo lo vendió, y todo lo invirtió en darle un día de vida más a su esposa, cuando supo que estaba enferma del corazón.

Se quedó sin nada. Y solo, porque su mujer finalmente no sobrevivió.

No le importa. Su sacrificio valió la pena porque ella vivió durante seis meses.

En ese tiempo, pudo disfrutar su presencia, compartir los recuerdos que atesoraron juntos. Juntos recorrieron de nuevo las décadas de vida en común.

Disfrutaron sus hijos, ya mayores, y a sus nietos, apenas germinando.

Hicieron planes, porque a veces las cosas se olvidan.

Ella se fue finalmente, pero le dejó seis meses de recuerdos, que atesora en su corazón, porque sabe que tienen más valor que ninguna otra cosa.

Don José no tiene casa, ni patrimonio.

Pero a cambio, tiene más valor que nadie.

Emiliano

Emiliano

Es el más pequeño de la casa, y paradójicamente es quien ocupa más espacio.

A donde quiera que se mire, está él, ya sea en la presencia de un par de minúsculos zapatos, un corral portátil, el andador, un montón de biberones, o juguetes dispersos por sillones y el suelo.

No habla aún, y es quien recibe más frases de todo tipo. Todos le hablan, aunque no entienda ni la mitad de lo que le dicen.

Cuando llega a algún lado, monopoliza la atención, y todos se  vuelven invisibles ante su presencia, porque quien lo ve, quiere llamar su atención. Y aunque se muestra groseramente indiferente, incluso apático a quien lo llama, todos insisten en buscar su aprobación.

Vino a cambiar el mundo. Antes de él, todo era anodino, sin gracia, pero llegó y revolucionó todo. Su presencia alegra, su ausencia entristece el ambiente, y el más leve bostezo acerca un sinnúmero de brazos dispuestos a arrullarlo.

Trae consigo toda la energía del mundo, y recarga sus pilas con unos minutos de sueño. Nada lo cansa, pero al final del día, es el único que puede lograr la profundidad del descanso en un segundo.

Va llenando la vida de recuerdos, de anécdotas, de travesuras y aventuras. En su sonrisa cabe toda la felicidad del mundo, y en sus brazos, el amor completo.

No sé si siempre será así, y si con el tiempo seguirá buscando la complicidad que ahora encuentra en el abuelo para explorar el mundo que le regalan y aun no conoce. No sé si su sonrisa siempre brotará con la misma alegría cuando crucemos nuestros tiempos.

No se siquiera si estaré a su lado para apoyarlo en sus primeros pasos hacia el mundo real, como ahora lo hago para que aprenda a caminar.

Espero estar ahí, y serle útil. Suplir en algo la figura que le faltó tan tempranamente en su vida, y compartir -cómplice eterno- su tiempo cuando sus travesuras se vuelvan aventuras que le ayuden a enfocar su vida.

Las nubes

Las nubes

Las cosas no son lo que parecen. A veces Dios, que es muy juguetón, las disfraza para probar que tan observadores somos.
Para Él es fácil. Le basta decirle a la naturaleza, sugerirle apenas, que haga tal o cual cosa
A veces es un simple juego de sombras. A veces esconde la sorpresa tras la lluvia, o debajo del pasto en una meseta perdida entre montañas.
Su juego preferido es disfrazar las cosas como nubes. Parecen simples bolas deformes de humo, de algodón, pero pueden ser realmente lo más inverosímil que pueda uno imaginar.
Por eso cuando viajo en avión me gusta ver las nubes. Desde el cielo ofrecen otro aspecto. Uno las ve desde arriba, tal y como las ven los ángeles. 
A veces son como un mar blanco, luminoso, límpido, que forma olas lentas y pesadas. Su superficie es casi plana, pero tiene mil aristas, como el océano. La diferencia es que pareciera agua congelada.
Otras veces es denso y envuelve con su aliento negruzco. Vas penetrando como si entraras a la boca de un lobo, a una cueva oscura de la que no sabes si vas a salir. Es un mar tenebroso en donde te hundes, lleno de turbulencias que sólo sirven para asustar, pero no tienen el suficiente poder para tumbar el avión.
Aparece luego un cielo albo, luminoso, mensaje de que tras la oscuridad siempre vendrá la luz.
Hay otro cielo de nubes que es una delicia, porque va formando mil imágenes en tercera dimensión. Es lo más parecido al cielo real, porque forma ciudades, figuras, imágenes, personas, seres mitológicos, situaciones y puedes encontrar el paraíso si tienes suficiente imaginación.
Es el que me gusta ver desde la ventanilla del avión. Encuentro en él ciudades, historias increíbles, figuras fantásticas, seres especiales.
Y sobre todo, imagino que en ciertas nubes está Alguien a quien no he visto en mucho tiempo, y que sólo ahí puedo ver, aunque sea por un instante, de lejos y a través de una ventanilla de avión.
Mi imaginación me ayuda a crear ese vínculo que la razón rechaza. Y recuerdo que cuando él era niño le contaba historias fantásticas que creía tan ciertas como el amor que sentía brotando de mi corazón. 
Por eso me aferro a mi imaginación, que se convierte en el vínculo para llegar a él y verlo, agitando la mano desde una nube y diciéndome: hola, Pa.

Amigo

Amigo

 

Hace mucho tiempo que te conozco, y aunque hemos convivido a la largo de los años, nunca habías llegado a mi casa.

Desde niño recuerdo que aparecías de vez en cuando. Eras como un pariente lejano de esos que viene de vez en cuando, pasa unos días con nosotros y luego se va de nuevo, para seguir siendo alguien de quien todos platican, pero pocos conocen.

La primera vez que nos visitaste fue cuando perdimos a mi primito, Cecilio. Apenas tenía tres años. Recuerdo que llegaste y nos mandaron a otra casa a dormir, porque te hospedaste en la casa de los tíos, que en ese tiempo, estaba junto a la nuestra.

No entendía entonces qué eras, pues lo mío era jugar y disfrutar, no andar con meditaciones esotéricas.

Recuerdo que después estuviste cuando aquel amigo del barrio se ahogó en unas  vacaciones. Luego cuando mi abuela Sara se alivió de sus pesares y sus males.

Y volviste muchas veces al barrio, siempre para llevarte a mis amigos, compañeros de juegos de béisbol, de correrías, o de pleitos.

No imaginaba entonces que un día seríamos amigos. Que conviviríamos a diario en las calles de la ciudad, que conoceríamos los mismos lugares, que compartiríamos horas de infiernos ajenos.

Te hiciste parte de la vida, compañero indiscutible de jornadas de trabajo, al que buscábamos a diario, y nos lamentábamos cuando no te encontrábamos. El Muerto Nuestro de cada Día, decía yo en la  redacción cuando llegaban con la noticia que ocuparía las ocho columnas de mi periódico.

Así fui conociéndote en todas tus facetas. Y en todos tus efectos. Sé que tu presencia destruye familias, destroza vidas que acaba reputaciones, y que tu llegada trae dolor, a veces ignominia, desesperación, herejía, odio, coraje.

Y muchas veces, descanso.

Lo sé, porque te he visto en muchos rostros. Vi tus alas sobre la escena de muchos accidentes, donde un instante de descuido o de negligencia te facilitó la llegada.

Te ví en la desesperanza de muchos, que te llamaron y buscaron el camino hacia ti, montados en una bala, viajando en una soga, soñando gracias a medicamentos peligrosos, o saltando hacia ti porque te vieron al fondo de un puente o en la luz de la máquina de ferrocarril.

Te hallé en el rostro infantil de muchos que cayeron abatidos por las balas inmisericordes de una guerra que nadie entendía cómo inició, pero que costó vidas que te alimentaron.

Eras parte de mi vida, realmente. Pero nunca te habías hospedado en mi casa. Hasta ese aciago día, en que no quise verte, y me negaba a reconocer que ahí estabas, rondando el hospital donde mi hijo luchaba por vivir.

Sé que esos son tus dominios. Es uno de tus campamentos. En tus aventuras, siempre vienes a descansar en los hospitales, y más en uno como el Universitario, porque no necesitas buscar a nadie. Todos llegan a ti.

Al percibir tu conocida sombra, quise pensar que era otra vida la que buscabas. Dos días me aferré a esa esperanza, pero al fin, se acabó y tuve que recibirte, estrecharte la mano, y ofrecerte mi hospitalidad.

Días difíciles, porque tuve que vivir el purgatorio que siempre había conocido desde afuera. Cualquier dolor físico no se compara a ese dolor del alma que se rasga de arriba abajo cuando se va un hijo. Tu llegaste por mi hijo. Te lo llevaste cuando su vida era apenas un capullo que empezaba a despuntar. Te lo llevaste cuando empezaba, no le diste tiempo de nada. Sin misericordia segaste su existencia.

Y te quedaste tres meses, rondando hasta que finalmente, cuando todo parecía mejorar, te llevaste a mi padre. Y cierto, reconozco que el dolor anterior opacó fácilmente a éste. Que mi alma estaba cauterizada, que la llaga no duele más cuando se le abre otra llaga.

Si la primera fue una carga que nunca espere, esta fue una liberación, porque trajo descanso a un cuerpo cansado, disminuido, y le devolvió la dignidad.

Comprendo que no fue nada personal. Sólo es tu trabajo, Ángel de la Muerte, llevarte a quien tú sabes que debe partir. Nos tocó dos visitas tan seguidas, como a pocos les tocan. Y volviste a tocar las puertas, con ese accidente donde el Tío y el Primo casi se matan. Salieron ambos de mi casa, y en el camino, les hiciste la broma.

Porque tienes buen humor, aunque a veces sea un poco negro.

Sé que estarás en mi futuro, y que un día, llegarás a mi puerta para preguntar por mí. Y no te importará si tengo cosas pendientes, si ame suficiente, o si pague los impuestos a la vida. Llegarás y tendré que acompañarte. Porque eres parte de la vida, y quizá tu llegada implique el paso a otra vida.

Hasta ahora no me lo has querido decir. Pero en esta visita comprendí muchas cosas de ti. Al sentirte hospedada en mi hogar, entendí conceptos que antes ni imaginaba.

No te doy las gracias, Ángel de la Muerte, pues preferiría que no hubieras llegado. Y preferiría que sigamos viéndonos fuera de casa.

Pero sé que esto no depende ni de mí, ni de ti.

Para ti es un trabajo, para nosotros, un destino.

La personalidad del café

La personalidad del café

Hay mañanas en que el café tiene un sabor especial.

No hay  cambios en el protocolo, simplemente es diferente. La misma cantidad de agua, la misma cuchara, el mismo número de cucharadas que van cayendo sobre el filtro de la cafetera. El mismo tiempo, pues lo domina el ritmo que ya tiene el aparato.

Pero el sabor es más pleno, y queda en el paladar una suave sensación de placer que se extiende hacia el futuro inmediato, y va entrando en cada arteria, hasta llenar de alegría todo el cuerpo.

A veces empieza con el aroma, cuando la cafetera resopla buscando el punto ideal para la temperatura del agua, y extiende los olores por la cocina, primero, y después a toda la casa, se mete bajo las sábanas para despertar a quienes aún duermen, hurgando con su hálito sus sentidos para arrancarles la pereza, y los invita a acudir al ritual de la primera taza de café.

Otras, en la espera. Cuando las teclas de la computadora encuentran el ritmo perfecto para hilar las palabras que luego formarán una historia, o un artículo que quizá no cambie el mundo, pero termine por dar una idea de cómo es a alguien que no lo sabía.

Otras, inicia entre las páginas de un libro. Mientras la vista recorre páginas y páginas, en busca del entendimiento o el final de una historia.

No hay en realidad, nada especial para que el café adquiera ese sabor especial que algunas mañanas me regala. De hecho, no lo descubro sino hasta que la taza va vaciándose, y queda la sensación inexplicable de que un buen amigo está a punto de irse.

Es el mismo sentimiento que me embarga cuando llegó a las últimas páginas de un buen libro. Entonces, como cuando veo agotarse el café de mi taza, quisiera detener el tiempo, o que se repitiera en ella el milagro de la multiplicación de los panes y el pescado. Pero en versión cafetalera.

Podría rellenar la taza. Pero se pierde el encanto. No es el café en sí lo especial, sino esa taza de café. La próxima, aunque la infusión sea hermana de la primera, tendrá su propio sabor, quizá tan bueno como la primera, pero diferente. Cada una es única. Y las disfruto igual, pero cada una a su tiempo, para brindarles ese valor único.

Es difícil saber en qué consiste. Pero da igual. Lo importante, es la oportunidad de vivirlo y sentirlo.

Recuerdos

Recuerdos

Imposible olvidar ese día de hace 21 años. Debían llegar a las 11, pero arribaron al mundo poco después de las 9 de la mañana. Entonces no lo sabía, pero traían un equipaje lleno de travesuras, anécdotas, alegrías, desvelos, anhelos, ilusiones, y muchos retos.
A lo largo de los años fuimos combinando complacencia con disgustos siempre acrisolados con un enorme orgullo de tener a estos gemelos y el amor que como hijos les debía.
Anduvimos juntos en muchos lados y corrimos muchas aventuras. Lo mismo en el tenebroso y obscuro mundo de las cavernas que hallábamos dentro de los cines, que en la selva inhóspita y peligrosa que teníamos frente a la casa, la que los demás -carentes de imaginación- pensaban era el Arroyo del Obispo.
Pero nosotros sabíamos que había leones, elefantes y caníbales, y cada tarde salíamos de cacería. 
También escalando juntos todas las montañas del mundo, aunque para los otros sólo fueran las paredes del pasillo de la casa. 
Volamos al espacio a bordo del sillón de la sala y alguna vez recorrimos el mundo en una tarde, venciendo todos los obstáculos, principalmente el de lograrlo sin que el auto saliera de la cochera.
Vivimos mil viajes de fantasía que luego fueron haciéndose realidad. Recorrimos muchos kilómetros juntos, llegamos a muchos lados.
Somos los únicos que hemos llegado a Guanajuato para visitar a las momias cargando aún las maletas en el Museo. Recorrimos La Habana y nos tomamos juntos una cerveza a bordo de la Guagua. Nos corrimos juntos una larga parranda en Zacatecas, hasta que quedaron ebrios de tanta nieve, dormidos sobre una mesa en la Acrópolis. 
Tantas aventuras que hoy no podemos repetir, porque crecieron. Y porque Paco se adelantó en el viaje sin retorno.
Pero los quiero igual, Cuates, Enanos, Pelones, Jimaguas.
O los quiero más. Aunque uno no esté.
Diego: Dios te de muchos años de vida, salud y prosperidad.
Paco: Dios te haya dado un lugar en su gran Mansión.
Es el primer cumpleaños que pasan separados, o quizá el último que pasan juntos.
Felicidades, Hijos.


El dolor

El dolor

La noche estaba avanzada, y las primeras estrellas de la tarde iban ya muy lejos, tras las montañas.

La alegría seguía insomne entre el grupo, que entre bohemia, platicas, algunas historias inverosímiles pero divertidas, mantenía la reunión, esperando que la madrugada comenzará a tender su manto de rocío.

Las pláticas iban y venían, y el alcohol se negaba también a ir a dormir. Seguía como compañero de andanzas nocturnas, aunque el mayor recorrido apenas era de unos metros para alcanzar la hielera donde la cerveza reposaba en su tumba de hielo.

La plática derivó a mil temas, y las botellas fueron vaciándose para dejar su lugar a otro.

La música lejana, suave, con historias de amor incomprendido, noches felices y sueños compartidos iba reposando suave en los corazones. Los mismos versos contaban diferente historia a quienes la escuchaban.

Una botella de whisky fue a dormir el sueño eterno al cementerio improvisado en un bote de basura. Otra de vodka dejó su espíritu etílico en el aliento de quienes la bebieron.

Sólo quedaba el tequila. Bravío con sus 42 grados de alcohol.

Uno de los amigos levantó la botella. Pero no todos aceptaron.

-          ¿Saben ustedes si hay algo más fuerte que el tequila?

La pregunta fue para todos, que bien habían soportado la desvelada, la noche y las copas. El fantasma de una borrachera flotaba en el interior de la botella, como el genio del cuento, que no cumpliría deseos, sino que despertaría sentimientos, alegrías o simplemente acabaría con ellos.

-¿Qué es más fuerte que el tequila?- repitió, con el mero ánimo de seguir viviendo la noche, aunque no hubiera respuesta consensuada.

Cada uno dijo una bebida que se le ocurrió. Quizá el sake japonés, o el vodka ruso, o el alcohol que hacen en La Chona, Aramberri Nuevo León. La que se le ocurrió o la que le causó la mayor resaca de su historia

Agotados las posibilidades, una voz se alzó segura.

-          ¿Saben que es más fuerte que el tequila? –respiró hondo y prosiguió- . El dolor, porque nada lo mata.

Extremos de la vida

Extremos de  la vida

 

Son los extremos de la vida. 

 

Emiliano, con su enorme sonrisa, gratuita, espontánea, con la que recibe cada nueva experiencia que el día le da. Todo es nuevo para él, desde la tortilla sazonada con sal que la abuela le da para que se entretenga, hasta el soberbio paisaje lleno de montañas que el abuelo le muestra desde la terraza familiar, cono parte de la herencia que le toca.

 

Don Francisco, en el evidente ocaso de su vida, aún sonríe, igual que Emiliano, con una mueca amplia ausente de dientes. Sólo que el niño los espera y el anciano los fue dejando por el camino.

 

Pero aún en sus similitudes, la perspectiva es distinta. A Emiliano no le importa qué le dan. Todo come, en la confianza absoluta en el amor maternal. No distingue si la papilla es chícharo, pollo o zanahoria. Su hambre es cíclica y puntual cada tres horas.

 

Don Francisco también come papilla, pero añora los sabores sencillos de la mesa familiar. El aroma del huevo con chorizo, el dulce frescor de la sandía, el delicioso café de la mañana.

 

En el hospital no hay nada de eso, sólo la dieta suave que la nutrióloga recomienda. Pero no le han llevado sandía y él la pide. Mientras se la doy, la noche que me toca cuidarlo, pienso en Emiliano, al que esa mañana le di, igual, de comer en la boca.El bebé engullía todo, impetuoso. El viejo pide calma para poder masticar. Uno devora, el otro saborea. Uno tiene una vida entera para ir aprendiendo a comer con calma. El otro, ya no tiene tiempo para buscar sabores nuevos.

 

Los dos pasan el tiempo en cama. El bebé porque aún no puede pararse, aunque se esfuerza por fortalecer sus piernas y brazos, y cualquier día de estos comenzará primero a gatear y luego a caminar. El anciano vive acostado porque las fuerzas se le escaparon sin permiso. Aunque lucha por pararse, el peso de los años lo detiene. 

 

Hace un mes y medio ambos posaron para dejar constancia al futuro de que convivieron en el tiempo, unidos por dos generaciones que los acompañaron en la fotografía. Eran tiempos de alegría porque el viejo cumplía un año más de vida. Emiliano ni siquiera completaba la mitad de uno.

 

 El mundo cambió desde entonces. Una vida se apagó y dejó a Emiliano la herencia de crecer sin padre. Igual que el viejo hace casi ochenta años.

 

 Y ahora la vida del primer Francisco, el que le heredó el nombre al Abuelo y al Padre de Emiliano, para que el apellido le llegará al bisnieto, se apaga. La llama de uno se enciende apenas, y la del otro ya no tiene cera para mantenerla.

 

Son los dos extremos de la vida, y la prueba palpable de que ésta no acaba, sino sólo se transforma. El viejo se va, pero su semilla ha encontrado tierra fértil para germinar y mantenerlo en esta vida a través del bisnieto que abre el nuevo círculo donde el antiguo se cierra.

El Viejo y el Joven

El Viejo y el Joven

"El Mundo es de los fuertes, los cobardes no tienen lugar".

Mientras lo decía, el Viejo dejó correr las lágrimas que por enésima vez le reclamaba la vida.

El cuarto del hospital, apenas  unos minutos antes tan claro, lleno de esperanza, ahora se antojaba sombrío. La buena noticia de su salida, tras tres semanas enclaustrado, se ensombrecía por la noticia de que al llegar a casa no estarían esperándolo todos sus nietos.

Aquel que llevaba su nombre ya no estaba. El mismo día que él partió rumbo al hospital, el hijo de su hijo partía a la Morada Eterna. Mientras a él lo revivían en una sala de urgencia, en otro nosocomio, un médico dictaminaba la muerte oficial del muchacho.

Ironías de la vida: Ambos llegaron con el corazón disminuido, pero el Viejo, el hombre de mil batallas, había ganado una más. En cambio, el Joven, el fuerte, el que iniciaba su vida, la había perdido.

En el Viejo el corazón disminuido fue la causa de su mal, en el joven, el efecto irreversible que  luego se extendió por todo su cuerpo, días antes tan vibrante. Un bacteria se lo acabó, sin dejar ni  siquiera el consuelo de algún órgano sano que pudiera dejarlo vivir un poquito en otro cuerpo.

Ahora, el Viejo lloraba a su nieto. La Muerte, vieja conocida, llegaba de nuevo. La había visto durante días, acechante a la puerta de su cuarto, lista para tomarle la mano y guiarlo a una nueva Morada. Con 85 años, poco hay que hacer, y muchos aceptan resignado la mano que se tiende y parte. Pero él no. Decidió luchar una vez más.

La vio durante días, en un hospital primero, y luego en el otro, al que lo  trasladaron. Era un hombre joven, sin rostro, al que lo acompañaba un muchacho, que tampoco pudo reconocer. Los vio muchas veces, y sabía perfectamente que no eran ninguno de los muchos visitantes vivos que llegaron.

Se preparó para morir, pero no se resignó, y entre su enjundia y la ciencia, se logró el milagro. Dios le permitió otra oportunidad. Nunca imaginó el precio.

La Vida es cruel, inmisericorde. Cuando da, alguien debe pagar. Al Viejo le dio más días o años, y se los cobró al Joven. Éste no tuvo oportunidad. Aunque luchó con toda la  fuerza de sus veinte años y al amor a su esposa e hijo, no pudo vencer. "Nunca había visto a nadie luchar tanto por quedarse", me dijo un paramédico que presenció durante 45 minutos como el muchacho ponía todo su esfuerzo para aferrarse a la vida tras caer en paro cardíaco. "Diez minutos son suficientes para dejarlo, el no se dejó".

Fue una primera batalla que ganó. Pero la Muerte se empecinó en llevárselo y la guerra siguió. Lo sitió, lo atacó sin descanso, lo fue minando en sus fuerzas. Doce veces se lo llevó, y doce veces el muchacho se zafó de sus  garras y volvió a vivir.

Cada vez dejaba jirones de vida, de resistencia, hasta que finalmente, la Muerte venció. En su insistencia por cumplir su  capricho se olvidó del Viejo, quien con sus pocas fuerzas, y su muchas mañas, fue saliendo, venciendo y sobreviviendo, sin saber que otro pagaba por él.

Al conocer la noticia, el Viejo supo que aquellos extraños visitantes era la Muerte y su Nieto, que esperaba dócil a ver el fin de esa otra lucha que, bajo otras  circunstancias, él debía tener en un futuro muy lejano. Tan lejano que ya no existiría.

La Vida es cruel, no perdona. Pero reconoce al valiente. El Viejo también. Por eso su frase llevaba doble significado. El Mundo es de los fuertes. Quienes nos quedamos, debemos ser fuertes ante la tragedia, porque aún tenemos mucho mundo por conquistar.

Quienes se  van, como el Joven, si han sido fuertes, encontrarán nuevos mundos por conquistar. El hijo de su hijo, padre de su bisnieto, fue fuerte hasta el último momento, y en su nueva Vida tendrá muchos mundos por descubrir. Y los va a conquistar.

Es un futuro de fe, que no veremos seguramente. Por eso, ahora, en el recuerdo de esos momentos, el Viejo brindó a su nieto el homenaje de sus lágrimas. A su Hijo, la sabiduría de sus años. Y a su bisnieto, el amor incondicional que se transmite en la sangre, y que permitirá soldar el eslabón que ahora falta en la cadena generacional.

La batalla de la Vida

La batalla de la Vida

La vida no se detuvo un solo instante.

Allá, arriba, en una cama de hospital, mi hijo preparaba su último viaje. Nada se llevaría en su equipaje. Ni sus sueños, ni sus proyectos, ni sus ilusiones, ni su futuro que debió ser brillante. Ni siquiera su cuerpo. Todo se quedaba aquí, en el mundo real, maltrecho luego de dos días de luchar por quedarse.

Recordé a su hijo, el hijo de mi hijo, y su propia lucha por sobrevivir al mundo en el que despertó de pronto, adelantado en el tiempo, apenas seis meses antes. Era un pedacito de gente que se aferraba a la vida con la misma fuerza con que días después aferró mi dedo con toda su manita.

Ahora, mi Hijo había enfrentado su propia lucha, y salía derrotado. Hay quienes ganan aún perdiendo batallas, pensé, pero nada me consoló. Esta vez, su mano estaba inerte cuando lo despedí.

Recordé las últimas palabras que  cruce con él, apenas dos días antes: -Tu preocúpate por aliviarte, hijo, tu papá se ocupa de todo lo demás.

Y él, obediente, respondió: Sí, Pa.

El milagro no se produjo, y él se había ido. O quizá se había aliviado en la manera que yo no quería.

Salí del hospital, deseoso de encontrarme con mis pensamientos. Era un bonito día, soleado, en el que la vida bullía por todos lados.

Un hombre mayor caminaba dificultosamente aferrado a su bastón y al brazo de su esposa. Un estudiante, quizá de la misma edad que Paco, caminaba junto a una chica, evidentemente buscando enamorarla. Una niña lloraba junto a su mamá, y una madre le daba de  comer a su niño.

Un joven pasó junto a mí, cargando a su bebé. Así debería ser la vida de Paco, pensé, pero la Vida, la dueña de nuestras existencias, nos había jugado una broma.

 A veces la vida te sonríe, otras veces ríe contigo, y algunas, se ríe de ti. Hoy, se burlaba de nosotros, pero no nos iba a doblar. Empezaba mi propia batalla, y no estaba seguro de tener las armas necesarias para pelear, ni la resistencia para soportar el  tiempo que durará la lucha.

Volví a ver la gente que seguía sonriendo, soñando, jugando, amando, comiendo, pensando, deseando, sin importarle que mi hijo estuviera arriba, esperando su último viaje. El viaje al país de Nunca Jamás.

Apenas tenía 20 años. Ni siquiera la mitad de los años que yo tengo. Apenas bosquejaba lo que sería su existencia. Todo se  truncó, como la flor del camino que es pisoteada por el descuido de los caminantes.

La vida sigue. Hoy me muestra el filo de la espada, y me obliga a probarlo con una estocada directa al corazón.

Yo tomo mi escudo, mi espada, el blasón de mi hijo y del hijo de mi hijo, y me preparo a esta batalla.

La vida no se detiene, pero tampoco me puedo bajar de ella. Tengo que seguirla y volver a montarme en ella.

Aunque duela la caída y los raspones. Aunque las heridas de la batalla sangren y las llagas se nieguen a sanar. Aunque la espada siga clavada hasta la empuñadura.

Estamos en la lucha, y no nos vamos a rendir.

El Papa Juan Pablo II

El Papa Juan Pablo II

Apenas fueron unos segundos, pero para la mujer aquella fue el éxtasis.

Tenía casi 24 horas en el mismo lugar, a la intemperie, con frío, hambre, pero los breves instantes en que vio al Papa Juan Pablo II, mientras pasaba en el coche especial por la calle donde ella esperaba, fueron suficientes para que su alegría se desbordara.

La vi desde el día anterior. Estábamos en el Distrito Federal por el mismo motivo: ver al Papa y cubrir lo que sería su última visita a México. La mujer frisaba en los sesenta años, y la acompañaba su hija, una mujer aún joven.

Se habían apostado sobre Paseo de la Reforma, donde al día siguiente pasaría el Sumo Pontífice cuando se dirigiera a la Basílica de Guadalupe, para la segunda misa solemne que presidiría.

En ese momento, no alcanzaba a comprender toda la emoción que despertó en la mujer. Para mí era la cuarta vez que lo veía. El día anterior, mi camarógrafo Mike Méndez y yo habíamos estado en la misa de beatificación de Juan Diego, y durante más de tres horas tuvimos a Juan Pablo II al alcance de nuestra vista.

Si esa señora hubiera estado ahí, seguro hubiera muerto de emoción, pensé. Aunque no fue tan sencillo, porque para estar en esa ceremonia, tuvimos que abandonar la cama a las tres y media de la mañana, salir a conseguir un taxi para llega a la Basílica antes de las cinco y media de la mañana para poder alcanzar un lugar. Los que llegaron después, ya no entraron.

Fue una jornada larga, de trabajo. El teléfono sonaba a cada momento y había que pasar el reporte a uno y otro noticiero de Multimedios. Todo México estaba a la expectativa de ese fenómeno social llamado Juan Pablo II, y de lo que iba a hacer con Juan Diego.

Mike y yo fuimos elegidos para esa cobertura tan importante. Quiero creer que fue el talento y la preparación profesional lo que inclinó la baza a nuestro favor para ser los enviados especiales. Los únicos de todo el grupo informativo, aunque en el bolsillo traía las acreditaciones de varios compañeros que figuraron como candidatos, pero no fueron requeridos al final.

- Guárdala -le diría unos días después a uno de ellos- en unos años, nadie se  va a acordar si fuiste o no, y puedes presumir que sí estuviste-.

Ignoró si conserva la credencial y si la mostrará de vez en cuando para presumir.

Pero ahora estábamos ahí, en un momento especial donde sólo unos pocos cientos de 110 millones de mexicanos, pudieron estar.

Muy distinto a la primera vez que vi a Juan Pablo Segundo. Entonces él era joven, fuerte, impactante en su presencia, y yo era un adolescente que revoloteaba en cualquier lámpara que alumbrara.

El Papa iba a Monterrey y decidimos ir a verlo. Estaba aún en edad de pedir permiso, pero me salté ese pequeño protocolo, y nos fuimos hasta el centro de Monterrey. Tuvimos que caminar mucho, pero para unos muchachos no era nada. Además, la emoción inédita de conocer a un Papa lo justificaba todo.

Y logramos llegar a poca distancia del puente que luego se llamaría Del Papa. Lo  vimos relativamente cerca, con la nitidez que da la juventud a los ojos. Era un hombre de carne y hueso, que estaba al alcance de todos los que habíamos ido a verlo.

No recuerdo cuánto tiempo estuvo ahí el Papa.

Apenas se elevó el helicóptero en que se lo llevaron, la corriente humana se volvió avalancha incontenible, y tuvimos que gritarnos unos a otros para no perdernos entre la multitud.

Regresamos caminando hasta el barrio, y la aventura superó la emoción de conocer al personaje.

Pasaron 11 años para verlo de nuevo. Todo había cambiado. El periodismo se había apoderado de mi vida, mi carrera iba boyante y todo sonría. Casado y con una hija en camino, todo era alegría en mi existencia.

Esa vez no me tocó cubrir el evento. Pero la curiosidad puede más que la cordura, y un personaje como el Papa no llegaba a Monterrey todos los días.

Y unos noveles periodistas no podían dejar de estar presentes en el acontecimiento del año, y quizá de muchos años. Sotero Monsiváis, Alejandro Salas y yo nos encaminamos en el viejo coche hasta lo más cercano que pudimos hallar un lugar.

Decir cercano es casi piropo. Tuvimos que dejar el coche en el lado sur del cerro de la Loma Larga, subir caminando la cuesta, y luego bajar al lado norte, y caminar hasta el lecho del Río Santa Catarina, que era un mar de gente.

Hoy no lo caminaría ni para ver al nuevo Papa.

Logramos llegar hasta la orilla del camino por donde pasaría. Durante unos segundos, logramos tenerlo a una distancia menor a dos metros. Todo un triunfo, porque la hazaña fue comparable a la de Aníbal cruzando los Alpes -y sin elefantes- o el Che Guevara por la Sierra Maestra.

Que diferencia a la de doce años después, 31 de julio del 2002, donde mi calidad de periodista me acreditaba para tener un lugar en otro acontecimiento inédito donde el protagonista era otra vez Juan Pablo II, que pese a ser un anciano con unas simples migajas del vigor aquel con que lo vi la primera vez, todavía tenía la fuerza de jalar multitudes y despertarles la fe y la esperanza de verlo por unos segundos aunque tuvieran que esperar días enteros a la intemperie.

La ceremonia fue larga. A ratos en el teléfono,  a ratos escribiendo detalles en la libreta, a ratos escuchando y viendo la ceremonia, pasaron las horas. Juan Pablo II dio su mensaje. Todos sabíamos que era el último. No habría seguramente otra visita a México.

Él también lo sabía. Su salud ya no lo permitiría.

Fue entonces cuando lo dijo: “Me voy pero no me voy, me voy pero no me ausento, porque aunque me voy, de corazón me quedo”.

Guardé la frase con la disciplina periodística que para entonces me habían dado los años. Era la frase exacta, era la nota. Así empecé mi redacción.

Esa misma tarde, todo México repetía esa frase de Juan Pablo II. Me voy, pero no me voy.

Ahora, otros doce años después, 35 desde la primera vez que lo vi llegar al Puente del Papa en mi querido Monterrey, comprendo que no fue una frase de cortesía, sino una profecía.

El Gabo

El Gabo


¿Y usted cuál considera que es su mejor novela?

No quise quedarme con la duda. No era la primera vez que tenía a Gabriel García Márquez tan cerca, pero sí la primera vez que "me la debía".

Unos minutos antes, había huido literalmente para perderse en el ascensor, cuando quisimos entrevistarlo, mientras estábamos en MARCO, dentro del contexto de la entrega del Premio Iberoamericano de Periodismo.

Cuando volvió, me acerque, y le dije, bueno, platiquemos como amigos, como periodistas.

Así sí, dijo, o pensó decirlo. O creo que le escuché.

El caso es que estuvimos platicando de todo y nada, como corresponde a un par de periodistas, escritores y bebedores sociales de refresco. No es que haya aberración al alcohol, pero era miércoles, y además el momento ameritaba estar sobrio. No estábamos solos, pero de alguna manera logré acapararlo por varios minutos.

Por esos tiempos, yo había leído casi toda su obra, y el seguramente nada de la mía. Espero haya leído la reseña al día siguiente. Incluso había leído El Olor de la Guayaba, donde Plinio Apuleyo Mendoza tiene una larga conversación con el escritor. Este libro lo leí antes que otros del colombiano cuando aún no recibía el Nobel, y yo era casi un niño.

Conocí a García Márquez en la primaria, porque en una lección venia un fragmento de Cien Años de Soledad. Apenas unas líneas que narraban cuando José Arcadio Buendía organizó la fundación de Macondo.

Escuché luego el nombre Macondo en una canción de Oscar Chávez, y empezó a sembrar curiosidad. Ya después, en la prepa, supe que había un libro que se llamaba Cien Años de Soledad. Pero eran tiempos en que leía lo que caía en las manos, había en la biblioteca, me prestaban o costaba menos de diez pesos. Y los libros de García Márquez no entraban en ninguna de esas clasificaciones.

Tuve que esperar a tener en las manos el dinero del primer aguinaldo de mi carrera de periodista para comprarlo. No lo pensé, apenas cobré y corrí a la librería Iztaccíhuatl a comprarlo. Estuve quince días tratando de leer el prólogo, hasta que la noche de San Silvestre, al llegar de madrugada a casa, ya brincado el nuevo año, decidí brincarme esa parte y comenzar donde decía: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo". Y ya no lo solté hasta acabarlo, cuando el sol se asomaba por la ventana.

Desde entonces fue más fácil leerlo, porque mi bolsillo ya podía sustentarlo, y fui integrando a mi humilde biblioteca los libros no sólo de Garcia Márquez, sino de muchos otros autores que aún no eran suficientemente conocidos para mí, más que como referencias bibliográficas.

Leí tres o cuatro veces Cien Años de Soledad, pero será que me gustan las historias, o de pronto perdía la fluidez, pero no era el que más me gustaba de los libros escritos por el Premio Nobel. 

Esa noche tuve la oportunidad de preguntárselo. Se lo solté a boca de jarro, a quemarropa.- ¿Y usted cuál considera que es su mejor novela?

Su respuesta fue lacónica. Como los diálogos de sus libros.

- El amor en los tiempos del cólera.

Creo que coincidimos.