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Crónicas de la Nada

El pasado

El pasado

Por Francisco Zúñiga Esquivel

Es interesante leer el periódico.

Sobre todo si es una edición de hace siete décadas años.

Los titulares son similares, pero nos hablan de cosas que hoy aparecen en los libros de historia.

Un periódico de hace 72 años nos habla de una guerra civil en España de la que hoy prácticamente no hay sobrevivientes. Los que no murieron por las balas, los mató el tiempo.

Narra la coronación de Jorge Sexto, en Inglaterra. Quienes le desearon un largo reinado, nunca imaginaron que quien lo tendría sería su hija, Isabel II.

También habla de la boda de Eduardo de Windsor, el hombre que prefirió una mujer al trono británico.

Ahí leemos actividades del presidente, un paro de maestros, y una esquela.

Era el periódico de entonces, la historia de hoy. El presente del ayer.

Los hechos son los mismos, pero con otros protagonistas. Porque la historia es cíclica, aunque de pronto surge alguno distinto, que es quien cambia el orden de las cosas.

No seremos nosotros, porque cambiamos poco el escaso mundo que nos rodea.

Pero a diferencia de otros, hemos  visto el pasado. Y lo hemos visto igual que el hoy.

El Loco

El Loco

Ser un loco debe ser interesante.

Digo un loco de verdad, de esos que había en los barrios hace tiempo y que deambulaban por todos lados, sin hacerle daño a nadie, ni causar destrozos.

Eran libres, los muchachos nos reíamos con ellos y de ellos, y nos dieron mil anécdotas para contar ahora que de pronto nos topamos con alguien que compartió sus mocedades con nosotros.

En el San Pedro de hace unas décadas, había muchos de ellos. El más famoso era Rico, quien siempre andaba por todos lados con sus botas viejas, llenas de polvo, y su gorra de beisbolista.

Dormía en un molino de nixtamal. Ahí lo dejaban quedarse. Luego supimos que en realidad esa propiedad era de él. Esa y toda una manzana, que hoy vale muchos millones de pesos, y que alguien le quitó, aprovechando que sus padres habían muerto y a él nada le importaba eso.

Ni lo necesitaba.

Rico era feliz. Le encantaba pararse a mitad de las calles para dirigir el tráfico. Pasaban pocos autos en ese entonces, pero todos le hacían caso.

Nunca hizo daño a nadie. Hasta el día en que consiguió una novia, tan orate como él.

Pasaban juntos todos los días, comían lo que la gente les daba, y se la pasaban sentados por las tardes en la plaza. A veces se veían por el río, sin nada que hacer.

No había lujuria en esa relación. Sólo compañerismo, compañía mutua. Eran el uno para el otro.

Pero un día, su costumbre depara los autos lo perdió.

Cuando un hombre se enamora, comete mil locuras. Si eso hacemos en nuestro sano juicio, imagínense un loco.

Rico quiso impresionar a su novia, y se paró en medio de la vía del tren, con su silbato en la mano. A un lado, su dulcinea.

Extendió la mano al frente, sopló el silbato con todas sus fuerzas, pero ni así se paró la enorme máquina.

Los arrolló y Rico salió con una pierna fracturada. Su novia no tuvo la misma suerte. Se la llevo el tren, literalmente.

Pero Rico, loco al fin, ni cuenta se dio. La extrañó unos días, y luego volvió a su rutina, parando autos en todos lados.

Por ahí anda todavía. Con la conciencia tranquila, gracias a su locura.

 

Alice

Alice

La sorpresa es que Alice visita más seguido a su papá.

Se volvió a  casar y su nuevo marido sí la lleva a verlo.

¿Es más buena gente?, pregunto, enarbolando mi ignorancia de la vida y obra de otra gente.

No, me dice mamá, sólo que éste marido es más joven que el otro, y puede empujar su silla de ruedas.

Alice es joven, relativamente. Apenas arriba de los 40, pero una embolia la dejó baldada, con poco movimiento y atada a una silla de ruedas.

Aún así, se las ha arreglado para casarse dos o tres veces. Pero su otro marido tenía 80 años y no podía empujarla. Por eso no iba a ver a su padre.

Viuda del otro, ahora tiene un nuevo esposo. Lo conoció en el mismo asilo donde ella vive. Más joven que el otro, apenas 74 años.

Recuerdo a Alice muy joven, casi adolescente. No he vuelto a verla más que en fotografía y en las pláticas de sobremesa.

La imagino con su marido. El, gallardo septuagenario, empujando la silla donde ella, con su sonrisa eterna, nos susurra que el amor no está vedado a nadie.

Ni por la discapacidad, mucho menos por la edad.

 

Mayo 11 de 2009

Madre

Madre

Por Francisco Zúñiga Esquivel

Al principio, Eva Pérez no entendía qué pasaba con su cuerpo. Era feliz con Adán, y le encantaba esa comunión estrecha de sus cuerpos, cuando por las noches, él se acurrucaba junto a ella.

Era hermoso sentir como se fundían en un solo cuerpo, y no alcanzaba a comprender el por qué después se sentía más compenetrada que nunca con él.

Menos entendía el por qué de pronto su hambre se despertó como un torrente incontenible. Adán tampoco comprendía como en un cuerpo tan frágil, tan delgado, podía caber tanto como Eva comía.

Así pasaron los meses. Eva fue cultivando un abdomen inflado, enorme, que curiosamente la hacía ver más hermosa.

Por las noches, cuando descansaba, sentía como si una nueva vida bullera dentro de su vientre. Algo pasaba, y Eva no lo comprendía.

Al fin, pasadas nueve lunas, Eva sintió los primeros dolores de su vida. Era como si una espada la partiera en dos. El aire le faltaba, y un sudor brotaba de cada poro.

Fueron momentos trágicos para ella y Adán. Él pensó que Eva moriría en cualquier momento, y su semblante se entristeció.

Qué equivocados estaban. Eva no murió, sino que dio a luz un pequeño ser, tan igual a ellos, pero con todo en miniatura.

Sus manos, sus pies, su nariz, sus ojos. Eva contemplaba como Adán, extasiado, podía contener en sus manos al nuevo ser.

Era tan vulnerable. Al abrazarlo por vez primera, Eva se infundió de una paz interior como nunca había sentido. Ese pequño que había crecido en su vientre, era suyo, era la fusión final de Eva y Adán.

Cuando todo pasó, el Señor fue a verla. La encontró amamantando al bebé.

Al verlo, Eva le dijo:

-          Ahora, Señor, me siento más cercana a ti. Ahora entiendo lo que es amar sin esperar nada  a cambio. Lo que es el dolor por el sufrimiento mínimo de otros. El poder de proteger a alguien más allá de mis fuerzas. EL haber contribuido a crear un nuevo ser. Con todo respeto, me siento como tú.

El Señor sonrió. Siempre lo hacía ante las simpleza de sus creaturas. Simpleza que se basaba en la lógica más aplastante: la de la inocencia.

-          Ahora eres un poquito como yo. En un grado que Adán jamás podrá alcanzar.

-          ¿Por qué, Señor?

-          - Porque eres madre.

 

Mayo 10 de 2009

-           

Ella y él

Ella y él

Ella y él

Por Francisco Zúñiga Esquivel

Para Eva Pérez, su mundo completo cabe en una cama, en una silla, es un cuarto.

Su mundo entero es Adán, y lo demás no importa. Puede faltarle todo, pero mientras lo tenga, es feliz.

A ella no le interesa ni tener amigas, ni conocer otros lugares, ni saber porque las gallinas ponen huevos y no asteroides. Todo gira en torno a Adán, aunque a veces se enoje con él, y él sienta que sólo el odio los une.

Para Eva el amor tiene mil caras. Y todas son caprichosas, veleidosas. Cambia en un instante,  y olvida el momento anterior.

Eva quiere que Adán esté en todo. Que le fabrique una mesa diferente a todas, que le revise las cortinas, que le traiga ese fruto tan dulce que a ella le gusta.

Así es su vida. Así quiere que sea.

Adán no. A él le gustaría recorrer los caminos sin prisas de tener que llegar a casa antes de la cena. Le encantaría perderse dos o tres días siguiendo el riachuelo donde viven los peces que le gustan a Eva.

Quisiera pasar la noche fuera, viendo las estrellas, en total soledad.

Le gusta pasar la tarde con amigos, emprender torres de Babel y andar libre.

No lo hace, porque sabe que eso a Eva le enoja. Entonces, él se controla y regresa a casa, y hasta finge que le gusta, por responsabilidad.

Si ve un fruto dulce y se acuerda, se lo lleva, pero no siempre es su prioridad. Pero finge que se acordó, para tenerla contenta.

Para él lo rojo es rojo, y lo verde es verde. Así de simple.

Siempre, Eva le pregunta si la quiere. Y a veces, qué haría por ella.

El dice sí a lo primero, y luego calla, como si pensara.

Y piensa. No en lo que haría por amor a ella, sino en lo que no hace, por ese mismo amor.

Mayo 3

El amor en los tiempos de la influenza

El amor en los tiempos de la influenza

El amor en los tiempos de la influenza

Nunca fue bella.

Nunca pensó que lo fuera. Por eso no lo era.

Eso no le impidió esperar pacientemente a su príncipe. Lo quería azul, como los de los cuentos de hadas.

Con el tiempo, decidió conformarse con alguno, aunque fuera amarillo, o rojo. Tampoco llegó.

Era fácil entender por qué. Se miraba al espejo y no se gustaba. Menos a ellos.

Su boca tenía un rictus permanente de tristeza, de desilusión. Todos lo confundían con una mueca de coraje por la vida.

Así pasaron los años. No cambió. Escondía la sinuosidad de su cuerpo bajo una roja holgada. Se decía a ella misma que deseaba ser amada, no amaba ser sólo deseada.

Aprendió sola a maquillarse. Y no aprendió bien. Lo hacía mejor cualquier payaso.

Ya había perdido la esperanza, cuando llegó la influenza porcina con su peligro de contagio y muerte.

 Ella no tenía motivo para vivir, pero tampoco para morir.

Se protegió con un tapaboca y salió a la calle como todos los días. Se sentía como delincuente, con el rostro cubierto. O como una musulmana.

Sus labios se perdieron en la intimidad del trapo, y sólo dejó al descubierto sus ojos del color del tabaco maduro, y unas pestañas largas como las noches de hastío.

Su cabello, suelto para no captar virus, era sedoso, negro. Así la vio él.

No era un príncipe, ni siquiera conde o duque, pero tenía una bonita sonrisa y una mirada alegre y sincera.

Él sólo vio sus ojos acanelados, y se enamoró de ellos. Alguien con esa mirada, se dijo, debe ser bella.

Ella temía no cumplir sus expectativas y alargó el momento de descubrirse la cara.

Por fin lo hizo, y en vez del gesto avinagrado de siempre, ella encontró una sonrisa que a él le encantó. Era tan bella que valía la pena atarse a esos ojos del color del trigo maduro.

Bendito amor, bendita influenza.

 

 

Mi Musa

Mi Musa

Se fue la Musa.

Con eso de que por todos lados anda la influenza, mi Musa optó por escapar y tomarse unas vacaciones.

No es que tema contaminarse, pero el pretexto es válido para escapar. Ella es etérea, por tanto las leyes físicas no le hacen el mínimo efecto.

Sólo las espirituales, y ahí van incluidos las pasionales, las sentimentales. Por eso a veces, caprichosa y volátil, asume un papel de "no te entiendo" que nos distancia.

Mi Musa se niega a inspirar. Le dan celos que a veces cualquier incidente puede causar una crónica. O le molesta que la fecha condicione el tema.

Entonces no huye, sólo se esconde. Se niega a hablarme y sólo me mira de reojo, para ver cuánto la veo.

Musa incomprensible, pero imprescindible en la vida de quien plasma sus ideas en el papel o el ciberespacio.

La dejaremos. Tan volátil es, que volverá, solícita, imcomprensible y cariñosa, a seguir infundiendo su hálito de inspiración.

 

Eva Bonita

Eva Bonita

Aún en su vejez, Eva Pérez acostumbraba aciclarse todas las tardes.

Primero, se daba un baño gratificante, si había tiempo, o un regaderazo rápido no lo tenía, aunque después de cierta edad, aprendió que siempre hay tiempo para todo. Y aprendió también a encontrarlo, si es que no lo había.

Salía envuelta en un aura de vapor, porque siempre le gustó el agua caliente, más incluso que los panecillos de media tarde.

Se peinaba con un cepillo especial, que le lustraba los cabellos, según platicaba mientras lo pasaba una y otra vez por la cabellera que nunca perdió su color castaño, gracias al tinte que descubrió.

Luego, se maquillaba muy discretamente, sólo para realzar un poco los ojos, que nunca fueron suficientemente bellos como para dejarlos sin su cuidado.

Un poco de rubor en las mejillas, y algo de perfume tras las orejas, porque ahí es donde más se penetra y se guardan los aromas, no en la nariz, como creían las nietas.

Buscaba un vestido bonito, que le realzara la figura, porque es cosa de entender que la mujer, es toda, no sólo pedacitos, así que luego de cuidar cada pieza de su cuerpo, lo enfundaba en una ropa que le favoreciera.

Acicalada totalmente, se sentaba a mirar la ventana, como por casualidad, hasta que llegaba Adán, siempre distraído.

- Nunca te dice que te ves bonita -le dijeron un día sus nietas, que ya eran bastantes- es un descuidado ese abuelo.

- No lo dice -respondió la Eva anciana- pero vuelve todas las tardes. No lo dice, pero lo siente.

Y guiñando un ojo a la más pequeña de las nietas, coronó su frase:

- Y eso me basta.

 

Humanizándonos

Humanizándonos

Por Francisco Zúñiga Esquivel

Éramos  dos desconocidos, y en esos casos, el que está frente al escritorio es el que lleva siempre la desventaja.

Ella, menuda, de edad madura, se levantó con dificultad de su silla, con un gesto agrio, de fastidio.

Le faltaban datos a mi solicitud, y lo dijo con un desgano contenido. Hay que poner el lugar a donde va a llegar, me dijo, con dirección y todos los datos.

No pensé en eso cuando fui por la visa, pero acostumbrado a improvisar, saqué mi lista de datos y puse la dirección de uno de los hostales que tenía como opción para hospedarme durante el  viaje.

Ella lo vio cuando le entregué la solicitud. Lo pensó unos momentos y me dijo que faltaba el número de registro de la casa.

-          Además la zona donde está esta casa no es muy adecuada- replicó.

Dude, pero repliqué. Conocía la zona, en pleno corazón de La Habana. Un lugar hermoso, pensé, con edificios coloniales, muestra de cinco siglos de arquitectura, un parque enorme donde es posible ver a todas las generaciones de cubanos pasar y pasear.

-          Pero está a un lado del Capitolio, ahí es bonito y no sé que sea peligroso.

Por primera vez la funcionaria volteó a verme desde su corta estatura. Su rostro seguía inescrutable.

-          Estéticamente no es un lugar adecuado.

Si fuera mujer, La Habana sería hermosa, pero su virtud sería el encanto y enigma que encierra en cada una de sus calles. Una mujer –si lo fuera- de mil rostros, y todos interesantes.

-          La verdad –respondí con toda la diplomacia que pude acumular- es que uno cuando viaja lo que busca es bajar costos.

Rubriqué la frase con una sonrisa que buscaba complicidad. Un brillo distinto apareció en sus ojos. Para el cubano el turista es fuente de ingresos. De abusos a veces. Un turista con poco dinero, que va a convivir con ellos y conocerlos es bienvenido.

-          Consiga el número, y no hay problemas- me dijo, con una sonrisa.

Y no los hubo. Porque ahora ya no éramos desconocidos. La sonrisa cómplice apareció humanizándonos.

Ahora éramos dos personas , de carne, hueso, ilusiones y pobrezas.

El mago del cristal

El mago del cristal

Este hombre no trabaja, se divierte.

En sus manos se desliza la barra de vidrio, rígida y transparente, y le da el soplo del fuego que la ablanda.

La materia no se destruye. Luis Romero Costilla la transforma. La vuelve arte.

Es un orfebre del cristal, porque en sus manos, el vidrio toma el valor del oro. Aún recuerda cuando hace 42 años hizo su primer obra: un árbol contrahecho. Pero su padre le felicitó por lo bien que le quedó, y lo animó a hacerlo mejor.

Desde entonces pudo hacer un bosque, pero prefirió crear un mundo: De sus manos, el vidrio sale transformado en barco, flor, iguana, avión, delfín, bailarina. En lo que uno quiera.

Luis Romero Costilla usa su imaginación y cualquier cosa. Un cuchillo para mantequilla le da forma plana a las alas de un aeroplano, la tapa de una pluma fuente hace escamas perfectas en un pez. Es su herramienta, lo que se encuentra en cualquier cajón.

Ser artista del cristal tiene su precio, y Luis no ha salido ileso.

Sus manos llevan el estigma de mil quemaduras. No importa. El fuego purifica todo, al cristal lo torna versátil y a Luis lo convierte en mago.

Por eso no se cansa.

Como un Merlín del vidrio, Luis Romero Costilla sigue creando su mundo de cristal.

La dulce Eva

La dulce Eva

Un día el Señor encontró a Adán en lo más profundo del bosque, sólo.

Sentado en una piedra, miraba a unas hormigas en su trabajo. Estaba totalmente absorto, al grado que no escuchó al Señor cuando se le acercó.

Era común que Adán Pérez se perdiera de repente. Como si se escondiera, desaparecía por horas, y luego salía de los lugares más inesperados. Eva siempre lo buscaba sin respuesta, y cuando se convencía de que no lo hallaría, optaba por irse a desaburrirse en otras cosas.

El Señor se detuvo atrás de Adán, pero éste seguía pendiente sólo de las hormigas.

-          Hola, Adán, ¿qué haces tan solo?

Este tardó en responder, y cuando lo hizo, un torrente de palabras fue saliendo sin control. Contó que estaba tratando de hallar un espacio para si mismo, porque a veces sentía que Eva lo ahogaba

No es que no la quisiera o no pasara buenos momentos con ella, pero como que a veces sentía la necesidad de estar solo, libre en sus pensamientos, y sin tener que escuchar la perorata que no dejaba de salir de los labios de su mujer.

-          Bueno, pero Eva es una creatura hermosa, complaciente contigo, inteligente, llena de virtudes.

-          No lo niego, y lo disfruto.

-          Te ama, y es un ser sumamente dulce contigo.

Adán volteó a verlo, sonrió evocando esos dulces momentos.

-          Sí señor, pero acuérdate que hasta la miel más sabrosa termina por empalagarte.  Y a veces, viene con abejas.

 

La tarde

La tarde

La tarde comienza a apoderarse del día, hasta que lo hace totalmente suyo.

La ciudad entra en un ritmo distinto. Se percibe hasta con los ojos cerrados, porque es una sensación, no un panorama.

Un familia de tres, jóvenes los padres, más joven aún el bebé, bostezan al unísono mientras esperan el camión que los llevara ¿a su casa?.

Una chica, oficinista a juzgar por su vestimenta, camina apresurada, con riesgo de que se le rompa el tacón de un zapato o de tropezar con la banqueta. Acabada la jornada, le espera el descanso, o quizá el otro trabajo, el de la casa.

Me detengo a un lado de la calle, justo a la mitad de la cuadra. La calle, que por las mañanas es un tren interminable de autos, ahora ofrece huecos en la circulación donde se puede jugar en el aire.

Nadie nota mi presencia, pese a la soledad de las banquetas. Todos buscan la salida de la obligación para entrar a la tranquilidad.

La tarde, gris en el oriente, luminosa en el poniente, es cómplice de sus deseos. Los deja huir, les crea el ambiente para que bajen la guardia, se olviden de todo y emprendan la huida.

Hago lo mismo, resignado.

El león viajero

El león viajero

No es la selva, pero en la colonia Tampiquito, los leones abundan por doquier.

Hay que tener cuidado, porque acechan por todos lados. Escondidos entre las ramas de los árboles. En los techos, en los patios, vigilando desde lo alto.

Es la colonia Tampiquito, una de las más tradicionales de San Pedro Garza García, donde el león se ha ido convirtiendo en el símbolo de todos. 

Aunque sólo vive en África, en los zoológicos y en los circos, su regia figura está en todos lados: En los pendones de los reyes, afuera de las bibliotecas, en los edificios Públicos, en los cuentos de hadas y en las fábulas.

Entonces, ¿por qué no en Tampiquito?, dice Luis Alvarez, impulsor de la idea.

En ninguna calle hay tantos como en la 21 de Marzo, un largo sendero sin salida. Están en los patios, en los árboles, y hasta sobre las antenas parabólicas.

Los niños los pintan de colores. Blancos con melena de color. Otros quedan como caleidoscopio. Algunos son de colores sobrios, otros psicodélicos.

Un día, Luis y el León emprendieron un viaje por Europa, y después Estados Unidos. Se tomaron cientos de fotografías en calles, edificios y bares.

En Monterrey no pudo hacer lo mismo. Cuando pidió permiso en los municipios, todos lo vieron como bicho raro. A él, no al León.

Así que éste se quedó como rey de Tampiquito.

Triunfador

Triunfador

No siempre se gana.

Eso iba pensando Adán Pérez, tras un largo día donde los fracasos menudearon en todo lo que intentó.

Triste, sin ánimos, se encaminó a casa, dispuesto a enfrentar lo que viniera.

A veces es tan difícil llegar a casa, porque el humor de Eva es más variable que la temperatura de Monterrey. Y es mucho decir, porque en esa ciudad amanecen a cinco grados y a las diez de la mañana ya los termómetros registran 35. 

Adán no sabía que le esperaba cuando entró a casa.

Eva Pérez estaba en la cocina, preparando la cena. Apenas lo vió entrar, sintió el pesado fardo de fracasos que llevaba encima su hombre.

No dijo palabra. Se acercó a Adán y lo recibió con un suave beso en los labios, le quitó su mal día de encima, le despeinó el pelo, y se le quedó mirando a los  ojos.

Rubricó todo con la sonrisa más luminosa que encontró en su repertorio.

Y como por arte de magia, Adán se sintió un triunfador. 

Cansancio

Cansancio

Hay días en que el cansancio altera los sentidos.

Las manos pesan, la lengua se traba, el cerebro se embota. Los sentimientos se duermen y los deseos agonizan.

Es el cansancio. A veces es físico, a veces es simple aburrimiento. La vida es tan igual cuando no la vemos, que termina por aburrirnos.

En esos días quisiéramos escapar de todo, huir hacia el infinito, o más allá si es posible.

Caminar, sin prisas, pero sin deseos de mirar atrás, hasta perdernos en la eternidad. Solos, sin nadie que nos siga, para alcanzar el grado máximo de soledad.

Son días que los pensamientos huyen ,  las musas se olvidan de nosotros, y las ideas se burlan de nosotros desde un lugar inalcanzable.

Lo que siempre es divertido, en ese instante es cansado, tedioso, esclavizante.

Es el cansancio, que aparece de cuando en cuando, y nos avisa que no somos eternos, que debemos pagar tributo al tiempo, so pena de que nos cobre todo junto, réditos incluidos, y no nos alcance la vida para pagarle.

Así son algunos días. Pero al final, no es nada que un vaso de whisky o de tequila, no puedan curar.

Desempolvando el tiempo

Desempolvando el tiempo

A fuerza de zangoloteo, las mujeres sacaron la juventud escondida que traían en el cuerpo.

La mayoría tenía años de no moverse de esa manera, pero al ritmo de reaggatón, de salsa, de cumbia, fueron desempolvando las coyunturas, hasta que tomaron algo de elasticidad.

No fue la de los veinte años, pero algo recuperaron.

Durante un par de décadas habían pasado la vida cuidando niños, esperando al esposo, y procurando que todo estuviera completo en casa.

Poco tiempo le dedicaron a ellas mismas.Algunos quisieron recuperarlo en diez minutos, pero el peso del tiempo se impuso. Fue mejor ir poco a poco, hasta lograr que se desentumieran los años, y el ritmo fluyera cadencioso.

Un par de días antes, ninguna de ellas pensó que iban a estar bailado como jovencitas. Alguna recordó la vez que abandonaron un bar, por la pena de ver bailar a las jovencitas como ellas quisieran y no podían.

Un par de clases de baile, y descubrieron que también podían. Ahora no hay quien las pare.

Los que sufrirán son los maridos, que tendrán que aguantarles el ritmo.

Y quién sabe si lograrán desempolvarse igual. 

El dinero

El dinero

¿Qué tan necesario es el dinero.?

Quizá no da la felicidad, pero permite muchas probar opciones para alcanzarla.

Igual facilita negociarla mejor.

Y sin embargo, hay montones de personas que no tienen mucho dinero y son felices.

A Cándido le preocupa que un dìa su hijo, apenas recièn nacido, le pedirà que vaya a su escuela y él no podrá, porque sus horarios no se lo permiten.

Desde ahora, dice, lo involucrará en su trabajo para que lo comprenda un día. Es que tiene que trabajar, porque hay que ganar dinero.

Juan tiene dos trabajos. Vuelve a casa muy noche, y cuando llega, su hija ya duerme. En la mañana sale antes que ella se despierte.

Al final no ganan tanto que no puedan prescindir de ese dinero. Pero ya prescindieron del tiempo de sus hijos, que no volverá.

El dinero se recupera. Va y viene, aunque a veces sentimos que es más lo que se que lo que viene.

El tiempo no. Ni la niñez de los hijos. Crecen en un parpadeo, y no nos damos cuenta cuántas cosas perdimos: Sábados de sol, domingos bajo las cobijas viendo televisión, tardes de correr en el parque, noches de contar cuentos, lágrimas y risas.

Si no lo vemos, es como si no existiera. Hay que verlo, disfrutarlo y recordarlo.

Rostros desconocidos

Rostros desconocidos

Por Francisco Zúñiga Esquivel

En algún lugar encontraron una fotografía original de Shakespeare. Estaba guardada en la bodega de una familia, que la había conservado, quizá sin saber el valor histórico que tenían en el desván.

El Shakespeare que vimos se parece algo al que estamos acostumbrados a ver, pero definitivamente que no es la misma persona.

Igual pasa con muchos personajes históricos. Alguna vez, en la oficina de un senador, encontré colgada en la pared una foto de Benito Juárez. Era un hombre de rasgos toscos, indígenas, totalmente distinto al que nos muestran las estampas y fotos oficiales.

De hecho, Juárez es quizá el mexicano del que existen más figuras en el mundo. Todas se parecen, como se parecen los hermanos, nada más.

Hasta las fotos de los santos difieren mucho de la verdad. En alguna iglesia tiene la imagen de Santa Teresita de Jesús junto al altar. Es una jovencita de rasgos finos, muy blanca, con mejillas sonrosadas.

En las oficinas, tienen una foto, también grande, de la misma santa. Fuera del hábito, en nada se parecen. La fotografía muestra a una mujer joven, simpática, pero no muy agraciada, según los canones de belleza que nos han impuesto.

Por eso la tienen escondida, como si la belleza del espíritu estuviera en los rostros, no en el alma.

Así somos, pero no nos aceptamos.

Se nos olvida que la perfección la inventaron los artistas. En la vida real tenemos arrugas, rostros asimétricos, ojos saltones o narices grandes.

Eso no nos hace feos, simplemente no da personalidad propia.

Marzo 10 de 2009

La nueva edad de Eva

La nueva edad de Eva

La vida de Adán Pérez tiene mil interrogantes.

Hay tanto que aprender, en qué pensar, que a veces se queda por horas cavilando sobre una duda.

Así lo encontró el Elefante.

Vale mencionar que el Paraíso es como la selva de Tarzán. Hay todo tipo de animales, todos hablan el mismo idioma, y pacen juntos el León con el Cordero.

Pero cuando las tripas le empiezan a gruñir al León, Cordero siempre recuerda que tiene que lavarse el pelo, y se va a su casa.

Elefante no tiene ese problema. Ni el del León ni el del Cordero.

Y es buen amigo de Adán. A veces hasta se toman una cerveza juntos o un buen vaso de vino en el Noe´s Bar.

Sólo una, porque con dos Adán comienza a verlo de color rosa.

Esa tarde, Elefante platicaba con Adán. O mejor dicho, éste hablaba y Elefante escuchaba.

- Cuando conocí a Eva, teníamos la misma edad, pues yo abrí los ojos por la mañana y ella por la tarde. Me dormí una siesta, y al despertar ya estaba ahí.

- Es una historia que todos sabemos - respondió Elefante, que como todos saben, tiene una memoria prodigiosa.

- Sí -replicó Adán Pérez- pero el tiempo no es equitativo, y no nos trata igual a todos.

Elefante meditó unos segundos, mientras pensaba en su calva infantil. Ciertamente, el tiempo es más benévolo con unos. Y malvado con otros, pensó, recordando al Buitre.

- Me acabo de dar cuenta -prosiguió Adán- que aunque nacimos juntos, ahora yo soy mayor que ella como diez años. No entiendo.

- Debe ser - razonó Elefante- que las mujeres son malas para las matemáticas.

 

 

 

Tiempo perdido

Tiempo perdido

Un martes a las diez de la noche hacía el plan del otro día.

El miércoles a la misma hora, sentado en la misma silla, me preguntaba dónde había quedado el día.

Los pendientes seguían pendientes, y el reloj había dado 24 vueltas al minutero sin que hubiera terminado todo lo que había por hacer.

Me preguntaba por qué el tiempo se va tan de prisa que no da tiempo ni de almacenar los recuerdos. Un día completo consumido en la vorágine de ir y venir, de hacer lo que otros necesitan, de trabajar para que otro se enriquezca y de construir, ladrillo a ladrillo, mi propio infarto.

Una ojeada alrededor me hizo ver cuántas cosas se están perdiendo. Para todo falta tiempo.

La visita prometida a alguien, el café de la tarde, el proyecto inconcluso, la película que se empolva esperando que la vea. El libro que guarda celosamente sus letras, cansado de tanto tiempo de estar en el librero.

Había más, pero no terminaríamos de enumerarlo.

El tiempo corre, y es mejor aprovecharlo.

 

Marzo 5 de 2009