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Crónicas de la Nada

Mi Musa y su Flor

Mi Musa y su Flor

La Musa se resiste, pudorosa.

Mira la flor, hermosa como ella, pero mitiga el deseo, y la deja en el mismo lugar.

La flor se yergue majestuosa pese a su sencillez. Es apenas un tallo verde, coronado por unos pétalos amontonados en simetría perfecta, hasta formar unos labios púrpura, como dispuestos a dar un beso.

Mi Musa la desea, pero adivina que hay un compromiso. Si la toma, tendrá que entregarse completa, sin reservas, y su espíritu deberá fundirse con el mio. La inspiración total.

La flor le atrae. Prendida en el cabello de mi Musa resaltará mutuamente la belleza de ambas. Las otra musas se llenarán de envidia. A ellas nadie les regala flores, sólo les exigen.

Mi Musa no. Deja brotar la inspiración porque se sabe amada. Cuando aparece, le gusta juguetear, esconderse, quitarme la pluma, ocultar el papel en un cajón, mostrarme la lengua. Al final, siempre termina sentada en mis piernas, ofreciendo su leve cintura a los brazos de mi deseo literario.

Lo hace por reciprocidad. Desde siempre hemos estado juntos, en el amasiato perfecto, mucho antes de que supieramos de nuestra existencia y dependencia mutua.

Seguramente piensa en eso mientras alarga su brazo para alcanzar la flor. Se rindió a la seducción.

Toma la flor, la acerca a sus labios y apenas roza los pétalos. Los dos colores púrpura se confunden en el breve beso. Igual que su mirada en la mia. Igual que la intención del beso.

Sonríe mi Musa. Se sabe amada. Yo también. 

Ella y Él

Ella y Él

El lugar rebosaba de jóvenes que protestaban contra algo.

La pareja destacaba porque para nada tenía el ímpetu juvenil de los demás.

Una chica saltaba sin cansancio, otras enarbolaban banderas y la movían de un lado a otro, en tanto que otros platicaban animosamente.

Nadie vio como los dos ancianos luchaban para abrirse paso entre la multitud. No había agresividad para ellos, sólo indiferencia.

La mujer, menuda, encorvada y con paso vacilante, como si dudara en seguir manteniéndose sobre sus piernas, llevaba de la mano al marido, un hombre que seguramente fue fuerte en su mocedad, pero ahora, aunque conservaba algo de vigor, portaba solamente oscuridad en sus ojos.

Uno a otro se llevaban de la mano. Ella, para guiarlo, y él, para sostenerla.

Cada uno, solo, difícilmente podría ir muy lejos, pero juntos hacían la fuerza que la juventud se había llevado.

Otros tiempos, cuando eran más jóvenes, seguramente se llevaron de la mano en los caminos del amor, para recorrer juntos los misterios de la vida y la muerte, porque el amor, en su máxima expresión, se parece mucho a la muerte. El éxtasis total.

Juntos recorrieron la larga rampa que los separaba del edificio. Nadie los vió, aunque pasaron en medio de todos.

Eran dos fantasmas seniles que sólo se tienen uno a otro. Ella es los ojos de él. Él, es la fuerza de ella.

Un sueño

Un sueño

Bienaventurado aquel

para quien cualquier banqueta

 es mullida cama

y un cartón maltrecho es cobija cálida,

porque de él será el reino de la calle,

y su sueño siempre será una realidad.

Los cambios

Los cambios

Las cosas que uno se entera leyendo periódicos en el internet.

Unas malas encías pueden ser síntoma de que viene un infarto.

La sandía es más barata y tan efectiva como el viagra.

Las adolescentes suben a sus páginas fotos de ellas mismas en poses más que sensuales.

Un montón de cosas que antes no sucedían. Y hablamos que ese antes son apenas un par de años.

Ahora el mundo cambia tan rápido, que en diez años, es otro. Para nuestros abuelos hubiera sido muy complejo, y para los antepasados, cosa del demonio.

El status quo del mundo tardaba siglos en modificarse lo que ahora apenas dura unos años.

Eso en cuanto a costumbres.

El que se aferra, se hace viejo, y sin necesidad de tener muchos años.

Ya  veremos pronto a viejitos de 25 años, asidos al mismos artista de su adolescencia, o a la moda de sus quince años.

Yo espero ser un joven de muchos años, que se adapta al cambio. Ese es el secreto:  aceptar lo que va llegando, tomar lo que nos acomoda, y dejar que los demás se queden con el resto.

Jóvenes de mentalidad, pero comiendo mucha sandía.

Los hijos

Se da uno cuenta que los hijos crecen cuando los temas cambian.

De pronto empiezan a preguntar por los cambios de la bolsa de valores y cómo afectan al bolsillo de la familia.

O de porque no pueden cambiar la bicicleta por una motocicleta. En sus teléfonos, los jugadores de fútbol dejan el lugar a chicas adolescentes que sonríen desde el interior de un dormitorio.

Nada grave ni que cause pena. Sólo señales de que están entrando a un mundo distinto, donde no siempre podremos estar.

Sus amigos llegan hasta la puerta gritando sus nombres. Salen y entran como si la vida fuera un constante ir y venir. No se cansan.

Cuando detienen su andar un rato, preguntan cosas que nos asombran, y un día, la pregunta temida: quieren saber cómo éramos a su edad.

Iguales, definitivamente, y nos compusimos.

 

La basura

La basura

Por Francisco Zúñiga Esquivel

Todos los días, por la mañana, al bote de basura aparece lleno.

Las cáscaras de plátano, los botes de leche vacíos, envoltura de un sinfín de cosas, las bagazos del café, papeles al por mayor, algún aparato que dejo de funcionar.

Rebozan la bolsa negra que cubre el interior, y amenazan salir para invadir la zona limpia de la cocina. Quisieran pero les frustrarán su intención con un buen nudo en la punta de la bolsa. Si no cabe, vendrá otra, pero todos se van juntos en el camión de la basura.

Nada se queda. Y pocas veces se va algo en buenas condiciones. Hay días en que algún alimento se queda en el refrigerador, y al paso de los días pierde su sabor, su aspecto de tentación y su frescura,  y termina en el mismo bote junto a la lata de elotes vacía.

Se desperdicia su talento.

Otras veces lleva algún dulce que a nadie le gustó. Permaneció por ahí, rodando de compartimiento en compartimiento del refrigerador, buscando un comensal que nunca llega. Al fin, todos se dan cuenta que nadie lo quiere, y lo condenan al cesto de basura.

Todos los días se llena el bote, aunque tenga buen tamaño. Y todos los días se va, nunca se guarda para el otro. Sólo así permanece limpia la casa.

Lo curioso es que no se necesita limpiar a conciencia para llenar el bote de la basura. Es simplemente lo que desechamos todos los días. Lo que ya no sirve, lo que pierde su utilidad, lo que no nos conviene.

Ojalá así pudieras hacer con nuestros sentimientos y nuestros rencores. Tirar todos los días lo que no necesitamos o lo que nos hace daño. Mantener limpio el espíritu de malos pensamientos, de odios sin razón, de cargas pasionales sin sentido. Mandar al bote de la basura todas nuestras iniquidades.

Seríamos más limpios, sin duda. Y más felices.

 

Mundo de falacias

Mundo de falacias

La vida está llena de falacias, y se convierte en nuestra mente y nuestras creencias en un mundo totalmente distinto al real.

Lo vamos construyendo con ladrillos de ignorancia hasta levantar castillos y murallas insalvables.

Preguntaba un niño a su papá si los ricos comían siempre a la misma hora, todos juntos, en una gran mesa. Lo veía en las películas de la televisión.

El papá sonreía. Los que comen siempre a la misma hora son los que no tienen tan dinero. En una gran mesa, le contó al niño, con comida de todo tipo.

Lo que no le dijo es que comen en la media hora que les dan en la fábrica, en un comedor donde se confunden unos con otros, y los tacos de uno con los emparedados de otro y el fideo de un tercero que nada tenía en la despensa.

Su inocencia lo salvaba. A los demás no, porque crecemos e insistimos en mantener las mismas creencias, con una terquedad insalvable.

Insistimos en que los demás nos comprueben que el mundo sigue igual que hace diez o veinte años. Quieren que cruces la ciudad en cinco minutos, que halles los mismos personajes en una ciudad que ya vive otro acto de su gran obra teatral.

Y asi vivimos, construyendo un mundo de falacias alterno al mundo real.

La juerga de Adán

La juerga de Adán

La noche había dejado de ser doncella.

En un rincón del Paraíso, Adán seguía jugando y platicando con sus amigos.

Se notaba: no le preocupaba el mundo ni lo que le dijeran al llegar a casa. Disfrutaba como si fuera soltero.

Los otros contertulios miraban constantemente a la Osa Polar, la que camina en el cielo. Esa les decía la hora, y les preocupaba que Venus iba bajando poco a poco rumbo al horizonte del poniente, desvistiéndose sin rubor de su brillo, para ir a dormir.

Menudo problema les esperaba a todos en casa, cuando llegarán y su hembra los recibiera con los colmillos descubiertos y las garras preparadas para un zarpazo.

Sólo Adán seguía como si sintiera ser el amo de la creación.

Al fin comenzó a desgranarse al mazorca. Elefante argumentó tener trabajo muy temprano al día siguiente. León dijo algo de irse con él para cuidarlo, por si acaso, y el Conejo aprovechó para irse de “aventón” con los grandes.

Uno a uno se fueron retirando, hasta que quedó, como siempre, Serpiente y Adán.

-         No te preocupa que Eva te haga pleito por llegar tarde.

-         Que si me preocupa… ¡me aterra!- respondió Adán.

Eva y las hijas de Eva siempre se ponen furiosas si su hombre no llega a la hora acostumbrada. Quién sabe que se imaginarán, pero reaccionan como si ellos anduvieran en malos pasos.

Si supieran que todo lo que ellos buscan es alejarse un poco de ellas, para sufrir un poco su ausencia y disfrutar mejor su presencia. Pero no se les puede decir, porque se enojan.

-         Mira, -siguió Adán- todo es estrategia.

Serpiente, que en eso de la astucia se las sabe todas –o cree que se las sabe todas- se quedó inmóvil como una estatua. Pensaba y no adivinaba la estrategia de Adán.

-         Cuando no llegó temprano, Eva se pone inquieta primero. Mira a la ventana para ver si aparezco, pero cuando pasa más tiempo, comienza a molestarse.

Ese momento, continuó Adán, es un poco riesgoso, porque implica ver una mala cara toda la noche.

No se compara, de todas maneras, con lo que viene después. Los minutos siguen transcurriendo, y si no se asoma, Eva va subiendo de furor. Le molesta que no le avise, que ande en otros lados donde ella no está, que disfrute sólo de la vida, que la existencia de él no gire en torno a ella. Quién sabe, porque nadie puede meterse en el pensamiento de la mujer.

- Después de varias horas, está tan furiosa, que llegar a casa es mortal. Prefiero meterme en un avispero, o con todo respeto, en un pozo lleno de serpientes venenosas.

Desconcertado por completo, Serpiente no pudo refutar eso.

-         Pero cuando la noche transcurre y no llego, empieza a pensar que algo me pasó. Entonces se preocupa porque quizá estoy tirado por ahí, aplastado por una piedra enorme, o me arrastró el agua de un río, o un árbol me partió la cabeza.

-         Ah, ya entiendo .- razonó Serpiente- entonces te esperas a que se preocupe para que no te haga pleito.

-         Exacto –exclamó Adán- y preparo mi cara más triste y a veces, hasta premio alcanzo.

Ni duda cabe, pensó Serpiente para sí, para tratar a Eva, hay que ser más astuto que una serpiente. Aunque jamás logrará ser más astuto que una mujer.

Al final, razonó, ella siempre gana, aunque no nos demos cuenta.

 

 

Ella

Ella

Por Francisco Zúñiga Esquivel

Con  un medio siglo a cuestas, decidió darse la oportunidad de volver a amar.

Fracasos había suficientes en su vida para desalentarlo, pero esos ojos pizpiretos lo cautivaron, y la sonrisa que le lanzaron terminó por esclavizarlo.

Se mostró dispuesto a recorrer medio mundo para volver a verse en el espejo de sus ojos. No era tan lejos, después de todo, pero representó un enorme esfuerzo.

Volvió por ella, pese a las advertencias de sus amigos. Qué podía esperar, le dijeron, si por la edad podría ser su hija. Hasta su nieta, dijo un despistado.

A él no le importó, porque la amaba. Y cuando se ama, el hombre se vuelve ciego, sordo, mudo, inconsciente. Cruzo medio mundo de ida y otro medio mundo de regreso, para traerla a su casa. Ella estaba encantada y lo recompensó con días de éxtasis, le renovó su juventud, y hasta le hizo sacar fuerzas que ya creía perdidas.

Nunca fue más  feliz. Soportó con indiferencia las miradas indiscretas en la calle cuando paseaba con ella tomados de la mano. Volvió a disfrutar el vértigo de la velocidad en los juegos mecánicos, corrió por los bosques buscándola y se revolcó entre las hojas muertas tiradas en el bosque.

Acarició hasta el cansancio esa piel casi adolescente. Le enseño todos los trucos de amor que aprendió en su disipada vida. Le abrió su corazón para que zurciera las heridas que otros amores dejaron. Se miró en esos ojos avellanados hasta perderse en el laberinto de las pasiones.

Y un día ella se fue. Se llevó las tardes de música y café. Los amaneceres con sus baños de luz. Las noches de olvido.

Él se quedó otra vez con su medio siglo. Frente al cuarto vacío, con una mirada abrazó todos los recuerdos y los metió a su corazón.

Sus amigos le reconfortaron. Volvieron a su casa, con una guitarra y un par de botellas de vino. Si no hay amor, que haya borrachera.

-          Te duele la partida –le dijo uno.

-          Sí, pero más me dolería no haberla tenido.

El regalo de Adán

El regalo de Adán

Por Francisco Zúñiga Esquivel

 

Adán Pérez tiene tantas cosas que hacer, que no le queda espacio en la memoria para recordar las fechas célebres.

A veces olvida hasta su cumpleaños.

En cambio, Eva, por más cosas que haga recuerda todo. Sobre todo lo relacionado con su relación con Adán: Cuando fueron creados, el minuto exacto en que lo vió por vez primera, la primera tarde que pasaron juntos, la primer puesta de sol, el primer beso, el primer hijo.

Adán a duras penas recuerda que desayunó por la mañana. No se le da eso de los archivos históricos, pero aprendió a ser práctico.

Por eso siempre trae en el bolsillo algo para regalarle a Eva. Cuando ella lo recibe con un brillo especial en la mirada, él sabe que celebra algo. Eva espera que Adán lo recuerde, y que lo haya recordado con tiempo suficiente para tenerle un regalo.

A ella le encantan los regalos, por eso se inventa cada celebración que espantaría a cualquier bolsillo decente.

Y aunque diga que lo importante es el cariño, Eva piensa que el cariño puede demostrarse con un regalito.

Nada complicado, porque en realidad, lo que significa ese regalo, es que Adán la recordó. Son simples señales.

Por eso Adán aprendió a tener en bolsillo siempre algo: Una fruta, una  flor, una nuez con forma caprichosa. Cualquier cosa, para sacársela, literalmente, del bolsillo, cuando Eva recuerda el aniversario de no se qué.

Y sencillos que son los hombres, Adán sólo espera un mismo regalo.

A ella.

Reinicio

Reinicio

En la aventura de la vida, hay mañanas en que quisiéramos desvanecernos como el vapor que sale de la cafetera, y aparecer en otro lado.

Tal vez en alguna ciudad donde hemos sido felices, o un país lejano donde dicen que todos viven bien.

Olvidarnos del trabajo rutinario, de la ingratitud de los jefes, de la tozudez de algunos compañeros, de los bajos ingresos, de los problemas todos.

Ansiamos una nueva oportunidad, donde todo es bello. Donde tengamos mejores oportunidades, y donde nos valoren.

Suena bien, pero poco probable.

Primero tenemos que encontrar quien nos contrate, porque nadie nos a va mantener. Y segundo, volver a empezar es eso, empezar. Salir de la nada otra vez.

Si en el entorno propio es difícil, en un medio desconocido debe ser más complicado. Aunque con más experiencia, en medio de gente inteligente que valore en su real magnitud lo que hacemos, quizá motive a dar ese plus que se pierde con la rutina.

Habrá que intentarlo, aquí, allá y en todo lugar.

 

Un poco de poesía

Un poco de poesía

A Benedetti, que tantos momentos agradables nos dio.

Pongamos un poco de poesía en nuestras vidas.

No es necesario escribir poemas, para no devanarnos los sesos buscando la rima de las palabras.

Tampoco se requiere ser un conocedor de las palabras. Basta sentir un poco la poesía.

En la vida, dicen, todos tenemos un poco de músico, poeta y loco. Nos surge espontáneo, sin buscarlo.

No escribimos versos, ni narramos puestas de sol, ni hacemos cantos al amor o a la vida. Pero somos poetas, porque los poetas siempre son locos soñadores.

Cuando nos enamoramos nos volvemos locos, y por tanto poetas. Pero luego, la pasión se adormece, y olvidamos esa poesía que traemos dentro.

Vamos a buscarla y poner un poco de poesía en nuestras vidas.

Hay mil maneras, y cada quien encontrará la que mejor le apetezca. Poner un florero con alcatraces al centro de la mesa. Por gusto, nada más.

Una rosa en la solapa del traje, o en el bolsillo de la camisa. Una sonrisa en el rostro, un te quiero sincero, una mirada coqueta.

Dejemos que nuestra vista se pierda por la ventana, en la puesta de sol, o en el brillar de la luna. Que la inocencia de los niños nos alcance, y podamos jugar, rodilla en tierra, como cuando teníamos cinco años.

Pongamos un poco de poesía. Sazonemos con picardía la conversación de sobremesa, o lancemos un guiño a alguien que no conocemos.

Una caricia prohibida a quien amamos, y un beso lanzado al aire, a ver quien lo quiere atrapar.

Eso es poesía. El sentimiento que se deja volar.

Los amigos

Los amigos

En este camino que es la vida, los amigos no se eligen, simplemente llegan.

Al menos en mi caso. sería ingrato decir que voy por el mundo buscando quién puede ser amigo.

Lo es quien se acerca a platicar mientras esperamos un autobús. Lo es el hombre que vende jugos todas las mañanas, a dos cuadras de casa.

Lo es el niño que me saluda cuando paso por su escuela.

Tengo muchos amigos. Simplemente llegan, se van posicionando de un lugar en mi vida, y se convierten en amigos. Algunos má amigos que otros, porque permanecen en una estimación especial aunque pocas veces aparezcan.

Algunos crecieron conmigo, compartimos cuitas y fracasos de adolescentes. Criamos hijos al mismo tiempo, y ahora, los vemos como enfrentan gradualmente su propio mundo.

Otros llegaron mientras esperabamos afuera del kinder a que salieran los hijos, o mientras buscabamos inscribirlos a algún curso. Otros simplemente tocaron a la puerta un domingo por la mañana, y ya no se fueron.

Imposible nombrarlos a todos. Son tantos, que siempre faltaría alguno de especial estimación.

Así son mis amigos. No los elijo, simplemente llegan.

 

Mayo 18 de 2009

El jabón

El jabón

Observaba Adán a Eva y a las hijas de Eva.

Eran tiernas, delicadas, frágiles cuando querían serlo. Pero a veces mostraban una fortaleza que ni él se sentía capaz de tener.

Eran muy distintas a él y sus hijos. Los muchachos eran toscos, agresivos a ultranza, arriesgados por deporte.

Vivían con raspones en rodillas y codos y más de uno llevaba en la frente la marca que dejan las caídas de los árboles, o el rodar por las pendientes de las montañas.

Además, las hijas de Eva eran cariñosas y solícitas con él. Al llegar a casa, siempre lo recibían con mimos y caricias. Le gustaba como lo rodeaban y lo hacían sentir el mejor de los papás.

Que no era muy difícil en ese entonces.

Siempre estaban pendientes de lo que necesitará, de que su café estuviera caliente, de que la comida no estuviera salada, de que hallará limpio su rincón, que estuviera contento.

Tan bien lo trabajan sus hijas, que a veces sentía que Eva tenía celos.

Los muchachos, en cambio, eran distintos. Apenas un hola pasajero, y era bastante.

-          Muy distintos unos a otros – le comentó un día al Señor- no sé como pueden estar destinados hombres y mujeres a vivir juntos, y a atarse uno a otro por su misma voluntad.

Pensaba Adán también en lo voluble del carácter de sus hijas, y en lo enigmático de su pensamiento.

-          Vivirán bien – le dijo el señor-, y se buscarán siempre.

-          Pero son como el agua y el aceite,  y esos nunca se mezclan.

-          Adán –le respondió con paciencia el Señor- si le pones jabón, el  agua y el aceite sí se combinan.

Entonces entendió Adán que ese jabón es el amor. Y que por eso es tan resabaladizo y a veces tan frágil como una pompa de jabón.

 

Mayo 17 de 2009

La inspiración

La inspiración

Los temas surgen por doquier, en lo que nos dicen los amigos, lo que vemos en casa, lo que amamos en la ciudad, lo que odiamos en el auto, lo que sufrimos en el baño, lo que gozamos en la oscuridad.

Todo vende, diría alguien.

No es la inspiración.

La encontramos en la forma. Brota fluida sobre cualquier renglón, surge de los teclados, salta sobre las líneas de una libreta, corre fluido en la promesa de amor, va y viene en la ilusión de un niño, rebota certera en los recuerdos del viejo.

Es la inspiración la que mueve todo. Es como la argamasa que funde el ladrillo con otro ladrillo. Es el crisol donde el oro toma forma de alhaja. Es el cielo donde las nubes encuentran el lienzo para su creatividad.

La inspiración nos lleva de la mano de las musas, sin prisas, pero sin problemas.

Si falta, aunque tengamos miles de hojas, lápices, computadoras e ideas, no saldrá nada que valga la pena.

El oficio ayuda siempre.

Pero es la inspiración la que hace una frase inolvidable.

 

16 mayo 2009

El argentino

El argentino

Es platicador hasta el cansancio, y conoce a medio mundo.

Apenas lo he visto dos veces, pero en el intermedio, acabó por conocer a un racimo de mis amigos.

¿Cómo se hizo la conexión?

Lo ignoro, pero ya los conoce, y hace un mes, ni los conocía a ellos, ni yo lo había visto, ni me imaginaba que existía.

Pero tiene dos factores que lo explican: vende empanadas y es argentino.

Lo tope un domingo que él paseaba en bicicleta por el centro de la ciudad. Las calles cerradas garantizaban su tranquilidad, y se paró a platicar como si no tuviera otra cosa que hacer en la vida..

Se llama José, como medio mundo, y vino desde la Argentina media década después de ver la luz primera.

La edad y la experiencia no le evitaron el flechazo fugaz: Unos ojos femeninos made in Monterrey lo hechizaron, y dejo todo. Cruzó la mitad del planeta –y seguro que en el camino conoció a medio mundo- para venirse tras ella.

Aquí es feliz vendiendo empanadas. Un trabajo modesto, negocio propio, que le permite vivir, conocer gente, y estar junto a su amada.

Un adolescente cincuentón, que anda en bicicleta, que emigra a otro rincón del orbe y que se enamora al primer vistazo.

Una vida simple. Y placentera.

 

Mayo 15 de 2009

 

Inmensidad

Inmensidad

¿Qué se puede pescar en la inmensidad?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Acariciando el cielo

Acariciando el cielo

Tan cerca del cielo y tan lejos del paraíso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hércules en la ventana

Hércules en la ventana

A veces espero aferrado al aire de la ventana a que llegues

Pero no vuelas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los días

Los días

El día se fue.

Cada minuto se diluyó entre las horas, hasta dejarlas vacías. Segundo a segundo, fue desfilando, hasta dejar vacío el envase que era este día.

¿Dónde quedó el tiempo? ¿En el trabajo, sobre el escritorio o se perdió en el monitor de la computadora?

Siempre queda una sensación de que perdimos muchos. Todo es obligación, y el trabajo nos arrastra, por voluntad de otros que quizá no tienen a dónde ir, y prefieren arrastrar a los demás en su desgracia.

Los días se suceden como las cuentas de un rosario, pero aquí no vale volver a empezar. Hace décadas que tenía todo el mundo por delante.

El mundo y el tiempo para recorrerlo.  Apenas he logrado caminar unos cuantos kilómetros, pero falta mucha circunferencia por conocer.

Mañana volveré a empezar. Y otra vez mil cosas arrastrarán mi intención hacia el lado oscuro de la existencia. Ahí donde todo se pierde. Donde a nadie le interesa que el tiempo es inagotable, pero no para nosotros.

Nos iremos perdiendo, muriendo cada minuto, cada segundo.

Y al final, no encontraremos ni recuerdos.