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Crónicas de la Nada

Crónicas de la Nada

Mi Musa y su Flor

Mi Musa y su Flor

La Musa se resiste, pudorosa.

Mira la flor, hermosa como ella, pero mitiga el deseo, y la deja en el mismo lugar.

La flor se yergue majestuosa pese a su sencillez. Es apenas un tallo verde, coronado por unos pétalos amontonados en simetría perfecta, hasta formar unos labios púrpura, como dispuestos a dar un beso.

Mi Musa la desea, pero adivina que hay un compromiso. Si la toma, tendrá que entregarse completa, sin reservas, y su espíritu deberá fundirse con el mio. La inspiración total.

La flor le atrae. Prendida en el cabello de mi Musa resaltará mutuamente la belleza de ambas. Las otra musas se llenarán de envidia. A ellas nadie les regala flores, sólo les exigen.

Mi Musa no. Deja brotar la inspiración porque se sabe amada. Cuando aparece, le gusta juguetear, esconderse, quitarme la pluma, ocultar el papel en un cajón, mostrarme la lengua. Al final, siempre termina sentada en mis piernas, ofreciendo su leve cintura a los brazos de mi deseo literario.

Lo hace por reciprocidad. Desde siempre hemos estado juntos, en el amasiato perfecto, mucho antes de que supieramos de nuestra existencia y dependencia mutua.

Seguramente piensa en eso mientras alarga su brazo para alcanzar la flor. Se rindió a la seducción.

Toma la flor, la acerca a sus labios y apenas roza los pétalos. Los dos colores púrpura se confunden en el breve beso. Igual que su mirada en la mia. Igual que la intención del beso.

Sonríe mi Musa. Se sabe amada. Yo también. 

Ella y Él

Ella y Él

El lugar rebosaba de jóvenes que protestaban contra algo.

La pareja destacaba porque para nada tenía el ímpetu juvenil de los demás.

Una chica saltaba sin cansancio, otras enarbolaban banderas y la movían de un lado a otro, en tanto que otros platicaban animosamente.

Nadie vio como los dos ancianos luchaban para abrirse paso entre la multitud. No había agresividad para ellos, sólo indiferencia.

La mujer, menuda, encorvada y con paso vacilante, como si dudara en seguir manteniéndose sobre sus piernas, llevaba de la mano al marido, un hombre que seguramente fue fuerte en su mocedad, pero ahora, aunque conservaba algo de vigor, portaba solamente oscuridad en sus ojos.

Uno a otro se llevaban de la mano. Ella, para guiarlo, y él, para sostenerla.

Cada uno, solo, difícilmente podría ir muy lejos, pero juntos hacían la fuerza que la juventud se había llevado.

Otros tiempos, cuando eran más jóvenes, seguramente se llevaron de la mano en los caminos del amor, para recorrer juntos los misterios de la vida y la muerte, porque el amor, en su máxima expresión, se parece mucho a la muerte. El éxtasis total.

Juntos recorrieron la larga rampa que los separaba del edificio. Nadie los vió, aunque pasaron en medio de todos.

Eran dos fantasmas seniles que sólo se tienen uno a otro. Ella es los ojos de él. Él, es la fuerza de ella.

Los cambios

Los cambios

Las cosas que uno se entera leyendo periódicos en el internet.

Unas malas encías pueden ser síntoma de que viene un infarto.

La sandía es más barata y tan efectiva como el viagra.

Las adolescentes suben a sus páginas fotos de ellas mismas en poses más que sensuales.

Un montón de cosas que antes no sucedían. Y hablamos que ese antes son apenas un par de años.

Ahora el mundo cambia tan rápido, que en diez años, es otro. Para nuestros abuelos hubiera sido muy complejo, y para los antepasados, cosa del demonio.

El status quo del mundo tardaba siglos en modificarse lo que ahora apenas dura unos años.

Eso en cuanto a costumbres.

El que se aferra, se hace viejo, y sin necesidad de tener muchos años.

Ya  veremos pronto a viejitos de 25 años, asidos al mismos artista de su adolescencia, o a la moda de sus quince años.

Yo espero ser un joven de muchos años, que se adapta al cambio. Ese es el secreto:  aceptar lo que va llegando, tomar lo que nos acomoda, y dejar que los demás se queden con el resto.

Jóvenes de mentalidad, pero comiendo mucha sandía.

Los hijos

Se da uno cuenta que los hijos crecen cuando los temas cambian.

De pronto empiezan a preguntar por los cambios de la bolsa de valores y cómo afectan al bolsillo de la familia.

O de porque no pueden cambiar la bicicleta por una motocicleta. En sus teléfonos, los jugadores de fútbol dejan el lugar a chicas adolescentes que sonríen desde el interior de un dormitorio.

Nada grave ni que cause pena. Sólo señales de que están entrando a un mundo distinto, donde no siempre podremos estar.

Sus amigos llegan hasta la puerta gritando sus nombres. Salen y entran como si la vida fuera un constante ir y venir. No se cansan.

Cuando detienen su andar un rato, preguntan cosas que nos asombran, y un día, la pregunta temida: quieren saber cómo éramos a su edad.

Iguales, definitivamente, y nos compusimos.

 

La basura

La basura

Por Francisco Zúñiga Esquivel

Todos los días, por la mañana, al bote de basura aparece lleno.

Las cáscaras de plátano, los botes de leche vacíos, envoltura de un sinfín de cosas, las bagazos del café, papeles al por mayor, algún aparato que dejo de funcionar.

Rebozan la bolsa negra que cubre el interior, y amenazan salir para invadir la zona limpia de la cocina. Quisieran pero les frustrarán su intención con un buen nudo en la punta de la bolsa. Si no cabe, vendrá otra, pero todos se van juntos en el camión de la basura.

Nada se queda. Y pocas veces se va algo en buenas condiciones. Hay días en que algún alimento se queda en el refrigerador, y al paso de los días pierde su sabor, su aspecto de tentación y su frescura,  y termina en el mismo bote junto a la lata de elotes vacía.

Se desperdicia su talento.

Otras veces lleva algún dulce que a nadie le gustó. Permaneció por ahí, rodando de compartimiento en compartimiento del refrigerador, buscando un comensal que nunca llega. Al fin, todos se dan cuenta que nadie lo quiere, y lo condenan al cesto de basura.

Todos los días se llena el bote, aunque tenga buen tamaño. Y todos los días se va, nunca se guarda para el otro. Sólo así permanece limpia la casa.

Lo curioso es que no se necesita limpiar a conciencia para llenar el bote de la basura. Es simplemente lo que desechamos todos los días. Lo que ya no sirve, lo que pierde su utilidad, lo que no nos conviene.

Ojalá así pudieras hacer con nuestros sentimientos y nuestros rencores. Tirar todos los días lo que no necesitamos o lo que nos hace daño. Mantener limpio el espíritu de malos pensamientos, de odios sin razón, de cargas pasionales sin sentido. Mandar al bote de la basura todas nuestras iniquidades.

Seríamos más limpios, sin duda. Y más felices.

 

Mundo de falacias

Mundo de falacias

La vida está llena de falacias, y se convierte en nuestra mente y nuestras creencias en un mundo totalmente distinto al real.

Lo vamos construyendo con ladrillos de ignorancia hasta levantar castillos y murallas insalvables.

Preguntaba un niño a su papá si los ricos comían siempre a la misma hora, todos juntos, en una gran mesa. Lo veía en las películas de la televisión.

El papá sonreía. Los que comen siempre a la misma hora son los que no tienen tan dinero. En una gran mesa, le contó al niño, con comida de todo tipo.

Lo que no le dijo es que comen en la media hora que les dan en la fábrica, en un comedor donde se confunden unos con otros, y los tacos de uno con los emparedados de otro y el fideo de un tercero que nada tenía en la despensa.

Su inocencia lo salvaba. A los demás no, porque crecemos e insistimos en mantener las mismas creencias, con una terquedad insalvable.

Insistimos en que los demás nos comprueben que el mundo sigue igual que hace diez o veinte años. Quieren que cruces la ciudad en cinco minutos, que halles los mismos personajes en una ciudad que ya vive otro acto de su gran obra teatral.

Y asi vivimos, construyendo un mundo de falacias alterno al mundo real.

Ella

Ella

Por Francisco Zúñiga Esquivel

Con  un medio siglo a cuestas, decidió darse la oportunidad de volver a amar.

Fracasos había suficientes en su vida para desalentarlo, pero esos ojos pizpiretos lo cautivaron, y la sonrisa que le lanzaron terminó por esclavizarlo.

Se mostró dispuesto a recorrer medio mundo para volver a verse en el espejo de sus ojos. No era tan lejos, después de todo, pero representó un enorme esfuerzo.

Volvió por ella, pese a las advertencias de sus amigos. Qué podía esperar, le dijeron, si por la edad podría ser su hija. Hasta su nieta, dijo un despistado.

A él no le importó, porque la amaba. Y cuando se ama, el hombre se vuelve ciego, sordo, mudo, inconsciente. Cruzo medio mundo de ida y otro medio mundo de regreso, para traerla a su casa. Ella estaba encantada y lo recompensó con días de éxtasis, le renovó su juventud, y hasta le hizo sacar fuerzas que ya creía perdidas.

Nunca fue más  feliz. Soportó con indiferencia las miradas indiscretas en la calle cuando paseaba con ella tomados de la mano. Volvió a disfrutar el vértigo de la velocidad en los juegos mecánicos, corrió por los bosques buscándola y se revolcó entre las hojas muertas tiradas en el bosque.

Acarició hasta el cansancio esa piel casi adolescente. Le enseño todos los trucos de amor que aprendió en su disipada vida. Le abrió su corazón para que zurciera las heridas que otros amores dejaron. Se miró en esos ojos avellanados hasta perderse en el laberinto de las pasiones.

Y un día ella se fue. Se llevó las tardes de música y café. Los amaneceres con sus baños de luz. Las noches de olvido.

Él se quedó otra vez con su medio siglo. Frente al cuarto vacío, con una mirada abrazó todos los recuerdos y los metió a su corazón.

Sus amigos le reconfortaron. Volvieron a su casa, con una guitarra y un par de botellas de vino. Si no hay amor, que haya borrachera.

-          Te duele la partida –le dijo uno.

-          Sí, pero más me dolería no haberla tenido.

Reinicio

Reinicio

En la aventura de la vida, hay mañanas en que quisiéramos desvanecernos como el vapor que sale de la cafetera, y aparecer en otro lado.

Tal vez en alguna ciudad donde hemos sido felices, o un país lejano donde dicen que todos viven bien.

Olvidarnos del trabajo rutinario, de la ingratitud de los jefes, de la tozudez de algunos compañeros, de los bajos ingresos, de los problemas todos.

Ansiamos una nueva oportunidad, donde todo es bello. Donde tengamos mejores oportunidades, y donde nos valoren.

Suena bien, pero poco probable.

Primero tenemos que encontrar quien nos contrate, porque nadie nos a va mantener. Y segundo, volver a empezar es eso, empezar. Salir de la nada otra vez.

Si en el entorno propio es difícil, en un medio desconocido debe ser más complicado. Aunque con más experiencia, en medio de gente inteligente que valore en su real magnitud lo que hacemos, quizá motive a dar ese plus que se pierde con la rutina.

Habrá que intentarlo, aquí, allá y en todo lugar.

 

Un poco de poesía

Un poco de poesía

A Benedetti, que tantos momentos agradables nos dio.

Pongamos un poco de poesía en nuestras vidas.

No es necesario escribir poemas, para no devanarnos los sesos buscando la rima de las palabras.

Tampoco se requiere ser un conocedor de las palabras. Basta sentir un poco la poesía.

En la vida, dicen, todos tenemos un poco de músico, poeta y loco. Nos surge espontáneo, sin buscarlo.

No escribimos versos, ni narramos puestas de sol, ni hacemos cantos al amor o a la vida. Pero somos poetas, porque los poetas siempre son locos soñadores.

Cuando nos enamoramos nos volvemos locos, y por tanto poetas. Pero luego, la pasión se adormece, y olvidamos esa poesía que traemos dentro.

Vamos a buscarla y poner un poco de poesía en nuestras vidas.

Hay mil maneras, y cada quien encontrará la que mejor le apetezca. Poner un florero con alcatraces al centro de la mesa. Por gusto, nada más.

Una rosa en la solapa del traje, o en el bolsillo de la camisa. Una sonrisa en el rostro, un te quiero sincero, una mirada coqueta.

Dejemos que nuestra vista se pierda por la ventana, en la puesta de sol, o en el brillar de la luna. Que la inocencia de los niños nos alcance, y podamos jugar, rodilla en tierra, como cuando teníamos cinco años.

Pongamos un poco de poesía. Sazonemos con picardía la conversación de sobremesa, o lancemos un guiño a alguien que no conocemos.

Una caricia prohibida a quien amamos, y un beso lanzado al aire, a ver quien lo quiere atrapar.

Eso es poesía. El sentimiento que se deja volar.

Los amigos

Los amigos

En este camino que es la vida, los amigos no se eligen, simplemente llegan.

Al menos en mi caso. sería ingrato decir que voy por el mundo buscando quién puede ser amigo.

Lo es quien se acerca a platicar mientras esperamos un autobús. Lo es el hombre que vende jugos todas las mañanas, a dos cuadras de casa.

Lo es el niño que me saluda cuando paso por su escuela.

Tengo muchos amigos. Simplemente llegan, se van posicionando de un lugar en mi vida, y se convierten en amigos. Algunos má amigos que otros, porque permanecen en una estimación especial aunque pocas veces aparezcan.

Algunos crecieron conmigo, compartimos cuitas y fracasos de adolescentes. Criamos hijos al mismo tiempo, y ahora, los vemos como enfrentan gradualmente su propio mundo.

Otros llegaron mientras esperabamos afuera del kinder a que salieran los hijos, o mientras buscabamos inscribirlos a algún curso. Otros simplemente tocaron a la puerta un domingo por la mañana, y ya no se fueron.

Imposible nombrarlos a todos. Son tantos, que siempre faltaría alguno de especial estimación.

Así son mis amigos. No los elijo, simplemente llegan.

 

Mayo 18 de 2009

La inspiración

La inspiración

Los temas surgen por doquier, en lo que nos dicen los amigos, lo que vemos en casa, lo que amamos en la ciudad, lo que odiamos en el auto, lo que sufrimos en el baño, lo que gozamos en la oscuridad.

Todo vende, diría alguien.

No es la inspiración.

La encontramos en la forma. Brota fluida sobre cualquier renglón, surge de los teclados, salta sobre las líneas de una libreta, corre fluido en la promesa de amor, va y viene en la ilusión de un niño, rebota certera en los recuerdos del viejo.

Es la inspiración la que mueve todo. Es como la argamasa que funde el ladrillo con otro ladrillo. Es el crisol donde el oro toma forma de alhaja. Es el cielo donde las nubes encuentran el lienzo para su creatividad.

La inspiración nos lleva de la mano de las musas, sin prisas, pero sin problemas.

Si falta, aunque tengamos miles de hojas, lápices, computadoras e ideas, no saldrá nada que valga la pena.

El oficio ayuda siempre.

Pero es la inspiración la que hace una frase inolvidable.

 

16 mayo 2009

El argentino

El argentino

Es platicador hasta el cansancio, y conoce a medio mundo.

Apenas lo he visto dos veces, pero en el intermedio, acabó por conocer a un racimo de mis amigos.

¿Cómo se hizo la conexión?

Lo ignoro, pero ya los conoce, y hace un mes, ni los conocía a ellos, ni yo lo había visto, ni me imaginaba que existía.

Pero tiene dos factores que lo explican: vende empanadas y es argentino.

Lo tope un domingo que él paseaba en bicicleta por el centro de la ciudad. Las calles cerradas garantizaban su tranquilidad, y se paró a platicar como si no tuviera otra cosa que hacer en la vida..

Se llama José, como medio mundo, y vino desde la Argentina media década después de ver la luz primera.

La edad y la experiencia no le evitaron el flechazo fugaz: Unos ojos femeninos made in Monterrey lo hechizaron, y dejo todo. Cruzó la mitad del planeta –y seguro que en el camino conoció a medio mundo- para venirse tras ella.

Aquí es feliz vendiendo empanadas. Un trabajo modesto, negocio propio, que le permite vivir, conocer gente, y estar junto a su amada.

Un adolescente cincuentón, que anda en bicicleta, que emigra a otro rincón del orbe y que se enamora al primer vistazo.

Una vida simple. Y placentera.

 

Mayo 15 de 2009

 

Los días

Los días

El día se fue.

Cada minuto se diluyó entre las horas, hasta dejarlas vacías. Segundo a segundo, fue desfilando, hasta dejar vacío el envase que era este día.

¿Dónde quedó el tiempo? ¿En el trabajo, sobre el escritorio o se perdió en el monitor de la computadora?

Siempre queda una sensación de que perdimos muchos. Todo es obligación, y el trabajo nos arrastra, por voluntad de otros que quizá no tienen a dónde ir, y prefieren arrastrar a los demás en su desgracia.

Los días se suceden como las cuentas de un rosario, pero aquí no vale volver a empezar. Hace décadas que tenía todo el mundo por delante.

El mundo y el tiempo para recorrerlo.  Apenas he logrado caminar unos cuantos kilómetros, pero falta mucha circunferencia por conocer.

Mañana volveré a empezar. Y otra vez mil cosas arrastrarán mi intención hacia el lado oscuro de la existencia. Ahí donde todo se pierde. Donde a nadie le interesa que el tiempo es inagotable, pero no para nosotros.

Nos iremos perdiendo, muriendo cada minuto, cada segundo.

Y al final, no encontraremos ni recuerdos.

 

El pasado

El pasado

Por Francisco Zúñiga Esquivel

Es interesante leer el periódico.

Sobre todo si es una edición de hace siete décadas años.

Los titulares son similares, pero nos hablan de cosas que hoy aparecen en los libros de historia.

Un periódico de hace 72 años nos habla de una guerra civil en España de la que hoy prácticamente no hay sobrevivientes. Los que no murieron por las balas, los mató el tiempo.

Narra la coronación de Jorge Sexto, en Inglaterra. Quienes le desearon un largo reinado, nunca imaginaron que quien lo tendría sería su hija, Isabel II.

También habla de la boda de Eduardo de Windsor, el hombre que prefirió una mujer al trono británico.

Ahí leemos actividades del presidente, un paro de maestros, y una esquela.

Era el periódico de entonces, la historia de hoy. El presente del ayer.

Los hechos son los mismos, pero con otros protagonistas. Porque la historia es cíclica, aunque de pronto surge alguno distinto, que es quien cambia el orden de las cosas.

No seremos nosotros, porque cambiamos poco el escaso mundo que nos rodea.

Pero a diferencia de otros, hemos  visto el pasado. Y lo hemos visto igual que el hoy.

El Loco

El Loco

Ser un loco debe ser interesante.

Digo un loco de verdad, de esos que había en los barrios hace tiempo y que deambulaban por todos lados, sin hacerle daño a nadie, ni causar destrozos.

Eran libres, los muchachos nos reíamos con ellos y de ellos, y nos dieron mil anécdotas para contar ahora que de pronto nos topamos con alguien que compartió sus mocedades con nosotros.

En el San Pedro de hace unas décadas, había muchos de ellos. El más famoso era Rico, quien siempre andaba por todos lados con sus botas viejas, llenas de polvo, y su gorra de beisbolista.

Dormía en un molino de nixtamal. Ahí lo dejaban quedarse. Luego supimos que en realidad esa propiedad era de él. Esa y toda una manzana, que hoy vale muchos millones de pesos, y que alguien le quitó, aprovechando que sus padres habían muerto y a él nada le importaba eso.

Ni lo necesitaba.

Rico era feliz. Le encantaba pararse a mitad de las calles para dirigir el tráfico. Pasaban pocos autos en ese entonces, pero todos le hacían caso.

Nunca hizo daño a nadie. Hasta el día en que consiguió una novia, tan orate como él.

Pasaban juntos todos los días, comían lo que la gente les daba, y se la pasaban sentados por las tardes en la plaza. A veces se veían por el río, sin nada que hacer.

No había lujuria en esa relación. Sólo compañerismo, compañía mutua. Eran el uno para el otro.

Pero un día, su costumbre depara los autos lo perdió.

Cuando un hombre se enamora, comete mil locuras. Si eso hacemos en nuestro sano juicio, imagínense un loco.

Rico quiso impresionar a su novia, y se paró en medio de la vía del tren, con su silbato en la mano. A un lado, su dulcinea.

Extendió la mano al frente, sopló el silbato con todas sus fuerzas, pero ni así se paró la enorme máquina.

Los arrolló y Rico salió con una pierna fracturada. Su novia no tuvo la misma suerte. Se la llevo el tren, literalmente.

Pero Rico, loco al fin, ni cuenta se dio. La extrañó unos días, y luego volvió a su rutina, parando autos en todos lados.

Por ahí anda todavía. Con la conciencia tranquila, gracias a su locura.

 

Alice

Alice

La sorpresa es que Alice visita más seguido a su papá.

Se volvió a  casar y su nuevo marido sí la lleva a verlo.

¿Es más buena gente?, pregunto, enarbolando mi ignorancia de la vida y obra de otra gente.

No, me dice mamá, sólo que éste marido es más joven que el otro, y puede empujar su silla de ruedas.

Alice es joven, relativamente. Apenas arriba de los 40, pero una embolia la dejó baldada, con poco movimiento y atada a una silla de ruedas.

Aún así, se las ha arreglado para casarse dos o tres veces. Pero su otro marido tenía 80 años y no podía empujarla. Por eso no iba a ver a su padre.

Viuda del otro, ahora tiene un nuevo esposo. Lo conoció en el mismo asilo donde ella vive. Más joven que el otro, apenas 74 años.

Recuerdo a Alice muy joven, casi adolescente. No he vuelto a verla más que en fotografía y en las pláticas de sobremesa.

La imagino con su marido. El, gallardo septuagenario, empujando la silla donde ella, con su sonrisa eterna, nos susurra que el amor no está vedado a nadie.

Ni por la discapacidad, mucho menos por la edad.

 

Mayo 11 de 2009

El amor en los tiempos de la influenza

El amor en los tiempos de la influenza

El amor en los tiempos de la influenza

Nunca fue bella.

Nunca pensó que lo fuera. Por eso no lo era.

Eso no le impidió esperar pacientemente a su príncipe. Lo quería azul, como los de los cuentos de hadas.

Con el tiempo, decidió conformarse con alguno, aunque fuera amarillo, o rojo. Tampoco llegó.

Era fácil entender por qué. Se miraba al espejo y no se gustaba. Menos a ellos.

Su boca tenía un rictus permanente de tristeza, de desilusión. Todos lo confundían con una mueca de coraje por la vida.

Así pasaron los años. No cambió. Escondía la sinuosidad de su cuerpo bajo una roja holgada. Se decía a ella misma que deseaba ser amada, no amaba ser sólo deseada.

Aprendió sola a maquillarse. Y no aprendió bien. Lo hacía mejor cualquier payaso.

Ya había perdido la esperanza, cuando llegó la influenza porcina con su peligro de contagio y muerte.

 Ella no tenía motivo para vivir, pero tampoco para morir.

Se protegió con un tapaboca y salió a la calle como todos los días. Se sentía como delincuente, con el rostro cubierto. O como una musulmana.

Sus labios se perdieron en la intimidad del trapo, y sólo dejó al descubierto sus ojos del color del tabaco maduro, y unas pestañas largas como las noches de hastío.

Su cabello, suelto para no captar virus, era sedoso, negro. Así la vio él.

No era un príncipe, ni siquiera conde o duque, pero tenía una bonita sonrisa y una mirada alegre y sincera.

Él sólo vio sus ojos acanelados, y se enamoró de ellos. Alguien con esa mirada, se dijo, debe ser bella.

Ella temía no cumplir sus expectativas y alargó el momento de descubrirse la cara.

Por fin lo hizo, y en vez del gesto avinagrado de siempre, ella encontró una sonrisa que a él le encantó. Era tan bella que valía la pena atarse a esos ojos del color del trigo maduro.

Bendito amor, bendita influenza.

 

 

Mi Musa

Mi Musa

Se fue la Musa.

Con eso de que por todos lados anda la influenza, mi Musa optó por escapar y tomarse unas vacaciones.

No es que tema contaminarse, pero el pretexto es válido para escapar. Ella es etérea, por tanto las leyes físicas no le hacen el mínimo efecto.

Sólo las espirituales, y ahí van incluidos las pasionales, las sentimentales. Por eso a veces, caprichosa y volátil, asume un papel de "no te entiendo" que nos distancia.

Mi Musa se niega a inspirar. Le dan celos que a veces cualquier incidente puede causar una crónica. O le molesta que la fecha condicione el tema.

Entonces no huye, sólo se esconde. Se niega a hablarme y sólo me mira de reojo, para ver cuánto la veo.

Musa incomprensible, pero imprescindible en la vida de quien plasma sus ideas en el papel o el ciberespacio.

La dejaremos. Tan volátil es, que volverá, solícita, imcomprensible y cariñosa, a seguir infundiendo su hálito de inspiración.

 

Humanizándonos

Humanizándonos

Por Francisco Zúñiga Esquivel

Éramos  dos desconocidos, y en esos casos, el que está frente al escritorio es el que lleva siempre la desventaja.

Ella, menuda, de edad madura, se levantó con dificultad de su silla, con un gesto agrio, de fastidio.

Le faltaban datos a mi solicitud, y lo dijo con un desgano contenido. Hay que poner el lugar a donde va a llegar, me dijo, con dirección y todos los datos.

No pensé en eso cuando fui por la visa, pero acostumbrado a improvisar, saqué mi lista de datos y puse la dirección de uno de los hostales que tenía como opción para hospedarme durante el  viaje.

Ella lo vio cuando le entregué la solicitud. Lo pensó unos momentos y me dijo que faltaba el número de registro de la casa.

-          Además la zona donde está esta casa no es muy adecuada- replicó.

Dude, pero repliqué. Conocía la zona, en pleno corazón de La Habana. Un lugar hermoso, pensé, con edificios coloniales, muestra de cinco siglos de arquitectura, un parque enorme donde es posible ver a todas las generaciones de cubanos pasar y pasear.

-          Pero está a un lado del Capitolio, ahí es bonito y no sé que sea peligroso.

Por primera vez la funcionaria volteó a verme desde su corta estatura. Su rostro seguía inescrutable.

-          Estéticamente no es un lugar adecuado.

Si fuera mujer, La Habana sería hermosa, pero su virtud sería el encanto y enigma que encierra en cada una de sus calles. Una mujer –si lo fuera- de mil rostros, y todos interesantes.

-          La verdad –respondí con toda la diplomacia que pude acumular- es que uno cuando viaja lo que busca es bajar costos.

Rubriqué la frase con una sonrisa que buscaba complicidad. Un brillo distinto apareció en sus ojos. Para el cubano el turista es fuente de ingresos. De abusos a veces. Un turista con poco dinero, que va a convivir con ellos y conocerlos es bienvenido.

-          Consiga el número, y no hay problemas- me dijo, con una sonrisa.

Y no los hubo. Porque ahora ya no éramos desconocidos. La sonrisa cómplice apareció humanizándonos.

Ahora éramos dos personas , de carne, hueso, ilusiones y pobrezas.

El mago del cristal

El mago del cristal

Este hombre no trabaja, se divierte.

En sus manos se desliza la barra de vidrio, rígida y transparente, y le da el soplo del fuego que la ablanda.

La materia no se destruye. Luis Romero Costilla la transforma. La vuelve arte.

Es un orfebre del cristal, porque en sus manos, el vidrio toma el valor del oro. Aún recuerda cuando hace 42 años hizo su primer obra: un árbol contrahecho. Pero su padre le felicitó por lo bien que le quedó, y lo animó a hacerlo mejor.

Desde entonces pudo hacer un bosque, pero prefirió crear un mundo: De sus manos, el vidrio sale transformado en barco, flor, iguana, avión, delfín, bailarina. En lo que uno quiera.

Luis Romero Costilla usa su imaginación y cualquier cosa. Un cuchillo para mantequilla le da forma plana a las alas de un aeroplano, la tapa de una pluma fuente hace escamas perfectas en un pez. Es su herramienta, lo que se encuentra en cualquier cajón.

Ser artista del cristal tiene su precio, y Luis no ha salido ileso.

Sus manos llevan el estigma de mil quemaduras. No importa. El fuego purifica todo, al cristal lo torna versátil y a Luis lo convierte en mago.

Por eso no se cansa.

Como un Merlín del vidrio, Luis Romero Costilla sigue creando su mundo de cristal.