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Crónicas de la Nada

Crónicas de la Nada

Comprando niños

Comprando niños

Todo era tan simple.

Santa Clós traía los juguetes y los niños los compraban en el hospital. Mucho después supimos que la cigüeña también los importaba desde Francia, pero para entonces, ya no creíamos en historias incongruentes.

A nuestros hermanitos, los compraron en el hospital.

Mamá se iba unos días, y luego regresaba con un hermanito, sorpresa para todos. Al verlo, la imaginación volaba: suponíamos que los bebés estaban en largos estantes, como en el supermercado, y que los papás se pasaban días enteros, eligiendo muy bien cuál se iban a llevar.

No había devolución, y si salía enfermizo, o se ponía feo, o resultaba muy llorón, había que aguantarse.

Y vaya que algunos salieron así de chillones.

Seguramente –pensaba nuestra mente infantil- los echaban en un carrito como los del supermercado, aunque seguro traían una cuna o un portabebé. Ahí van los papás, con su nuevo hijo, contando el dinero para ver si completarían al llegar a la caja.

Lo único que no podíamos calcular, era cuánto costaba el bebé. Seguramente mucho dinero, pero valía la pena, porque su llegada alegraba a toda la familia. Los tíos, los abuelos, los primos mayores, llegaban a conocer al nuevo miembro de la familia.

A veces nos tocaba a nosotros ir a conocer a los que compraban los otros tíos. O los amigos.

Con el tiempo, supimos que los bebés llegaban de manera más prosaica y menos poética. Pero la alegría que despertaban en todos, era la misma.

Lo recordé mientras hacía fila en el supermercado, y ví a un niño dentro de uno de los carritos, junto con otra mercancía.

-          ¿Dónde estaba el estante con los niños que no lo ví?- pregunté en voz alta.

Varias señoras sonrieron. Quizá también recordaron cuando pensaban que a los niños los compraban en el hospital, en el supermercado o en París.

 

Enero 14 de 2010

La otomí

La otomí

En medio del grupo destaca su vestimenta color chillante.

La lleva con orgullo, como marca de raza en medio de un mundo extraño.

Hace tiempo dejó su tierra, en la sierra de un estado lejano, para venir a esta ciudad, donde la pobreza es peor para los que nada tienen.

Con su familia consiguieron un pedacito de tierra en lo alto de una loma, y ahí hicieron su hogar. Acostumbrados a las alturas, no les fue difícil vivir ahí. Acostumbrados al trabajo duro, no les fue complicado crecer. Y acostumbrados a la frugalidad, todo los rindió al ciento por ciento.

La mujer está ahora en medio de un grupo de señoras y funcionarios vestidos muy elegantemente. Su blusa color fiucha, con tres olanes blancos alrededor y un delantal tan blanco como la conciencia de un niño, es más comùn en ese barrio que los trajes Arman de los visitantes.

Es el alcalde y sus colaboradores. Fueron a inaugurar un programa escolar, y la invitaron a ella, fiel representante de la raza otomí, que ahora ocupa un lugar importante en el estrado.

Todos hablan y ella mantiene su seriedad. Parece esculpida en piedra. Rostro de piel morena, con mejillas chapeadas por el sol, y un pelo negro como ala de cuervo, peinado cuidadosamente en una trenza que cuelga a su espalda.

Al fin, le piden que hable, y lo hace con una voz suave, cantarina, en su idioma. Es una lengua hermosa, aunque muchos no la entendemos. Pero ahí, entre las señoras que ven con sorpresa lo que pasa, hay más como ella, sobreviviente de una raza que se niega a perecer y mantiene sus valores, su idioma, sus principios y todo aquello que les da una identidad propia.

Habla poco, pero sustancioso. Para qué dar palabras de más si unas pocas son suficientes.

Y al buen entendedor pocas palabras.

Enero 12 de 2010

Suicidio gozoso

Suicidio gozoso

El personaje inicia su historia platicando que le gusta sentarse a ver como se mata la gente.

Es un policía de un pueblo pequeño, rebelde redimido, con el humor negro que da el contacto permanente con tragedias ajenas, y un fúnebre sentido de la distracción.

Pero luego aclara: no se pone a ver como se cuelgan o se dan  un balazo. No, sólo los ve como se van suicidando lentamente.

Se para en la cafetería para mirar al que fuma un cigarrillo  tras otro. Ese tendrá cáncer seguro.

Luego admira al gordito que pide dos hamburguesas dobles, con queso y mucho tocino. Grasa al por mayor tapando las arterias.

Gente así, que se va matando lentamente, disfrutando su suicidio.

Dicen que cada siete minutos una persona muere por culpa del cigarrillo. Viéndo optimista, cada siete minutos una persona deja de fumar.

En todo caso, es lo mismo, diferente enfoque, igual resultado.

Todos sabemos que fumar mata, que las grasas traen colesterol y  triglicérido, y que estos tapan arterias, y que dan embolias.

Pero lo seguimos haciendo. Seguimos disfrutando nuestro suicidio.

 

Enero 13 de 2010

Sorpresa

Sorpresa

A Àngel le sorprendió saber que el Internet se conectaba por teléfono, y que para navegar en la web, había que prescindir de las llamadas telefónicas.

Más sorprendido quedó Fer de que no se acordará como sufrían porque se cortaba la conexión, y por los regaños de los papás, que a veces necesitaban el teléfono.

Fer tiene 18 años, Ángel 16. en dos años, la tecnología cambió, al grado de que uno no conoció lo que el otro sí.

Si con esa diferencia de edades hay sorpresas, con mayor razón para los que ya cargamos varias décadas en los calendarios.

La última vez que se reunieron los viejos amigos de la primaria, lo más complicado fue mandarle a cada uno un croquis para llegar al lugar del festejo.

Tan fácil que es mandarlo por correo electrónico, dijo alguien. – No le se, batallo mucho- dijo el anfitrión, y mejor se gastó un día completo repartiendo los croquis, cuando la tecnología le hubiera reducido  todo el esfuerzo a cinco minutos. Y sin pararse de su escritorio.

La tecnología avanza al ritmo de los niños. Los otros, no siempre aguantamos la velocidad.

Pero no es para preocuparse. Ya ven, Fer, con 18 años, se vio “viejo” frente al adolescente de 16.

Es un consuelo enorme para lo cuarentones.

 

Dic 11 de 2010

Rutinas

Rutinas

Lo único que no cambia en el mundo es la tendencia constante el cambio.

Lo vemos todos, lo sabemos todos. Aunque no siempre lo aceptamos.

Nos vamos haciendo viejos cuando ya no podemos cambiar, cuando la rutina nos da seguridad, y nos molestamos hasta porque alguien se sentó en nuestro lugar donde tomamos el sol.

Hay viejos de 30 años, que pelean sus espacios con fiereza, como si el mundo no tuviera millones de kilómetros y millones de lugares donde pararnos. Los hay de mucha mayor edad, similares en sus gestos, sus actitudes, sus enconos.

Lo vemos en las oficinas. Son los que inmediatamente marcan su territorio con fotos familiares, algunas pertenencias, a fin de que nadie se coloque en “su” lugar. Un lugar que generalmente nadie les da.

Otros son peores. Nunca cambian la rutina diaria. Siempre siguen el mismo camino, el mismo número de pasos, y no se atreven siquiera a cambiar de día para ir al cine o a cenar.

Se va perdiendo el sentido de la aventura. La rutina les da tranquilidad, y se convierte en una burbuja donde nada los alcanza.

Sólo el tiempo.

 

Enero 9 de 2010

Conmovida

Conmovida

Era una pequeña choza. Un cuarto de madera con mil hendiduras por donde entraba el frío del mediodía, el frío que apenas empezaba, y que esa noche,sería gélido como las montañas de hielo de la Antártida.

Todos íbamos a ver cómo le dejaban algunas despensas y muebles a la familia que la noche anterior se había quedado sin casa. Un incendio acabó con todo y los dejó donde mismo. Exactamente igual que como estaban, pero sin techo.

Si antes no tenían nada, ahora tampoco. Si antes sentían hambre, hoy también. Nunca tuvieron televisión, ni lavadora.

Estaban tan pobres como siempre, pero sin techo. Aunque con muchas esperanza, porque el político aquel y su esposa –por los que ni siquiera votaron- les llenaron de ilusiones: Les ayudarían a reconstruir, les conseguirían algunos muebles, le pondrían suelo de concreto a la casa.

Casi se sentían afortunados por haber sufrido aquel incendio.

La mujer, esposa del político, salió demudada. Le afectó ver como vivían. Para ella, acostumbrada a una casa grande, auto a la puerta, dinero sin economía, aquello era como el infierno. Peor, era la pobreza.

Si hubiera tenido los poderes de un genio, habría cambiado la vida de esa familia. Pero no lo tenía.

Sólo pudo salir de ahí conmovida. Nada más.

Enero 8 de 2010

Pequeño error

Pequeño error

Siempre pensé que las Crónicas de la Nada podían verse en www.cronicasdelanada.blogia.com.

Será que soy tan acelerado, que siempre tiendo a saltarme los pasos innecesarios, a menos que lo exija el protocolo.

Práctico, o pragmático, como dicen algunos amigos más avezados en el arte de las palabras adecuadas.

Atrabancado, decía la autora de mis días cuando era adolescente.

No sé, pero como siempre me evitó escribir el triple w, pensé que escribiendo la dirección con triple W  todo mundo podría verlas.

Y no. Uno de estos días, recibo un correo de Joel, que me dice que no pudo abrir la página. ¿Pero cómo -pensé- si acabo de verla?

Como otra de mis características es que generalmente no me exaltó, antes de emitir una opinión abrí la página. No hubo sorpresas, simplemente no abría.

Era simple, la página Web requiere ponerle un prefijo http:// para conectar. El triple W no sirve.

Me reí de mi mismo hasta que me cansé, porque hace justo un año que empecé ese blog, y siempre mando el triple W.

Por eso nadie las lee. Aunque quisiera.

Bueno, sirve de experiencia. Cuántas cosas estaré dando por hecho, sin saber que me he equivocado en algo tan simple como un par de letras bien colocadas.

Eso me propongo averiguar.

 

Enero 7 de 2010

 

Los Reyes Magos

Los Reyes Magos

Llegaron los tres reyes a Belén y preguntaron por todos lados dónde había nacido un bebé.

Los llevaron a todas las casas donde había recién nacidos.

No quisieron preguntar por un rey, porque la experiencia les decía que era mejor tenerlo en secreto.

Así fueron recorriendo todas las casas donde había parturientas, y en todas descubrieron que no había ningún Rey. Niños hermosos, sí, pero nada más.

Como Reyes, los tres debían ser generosos. Como magos, casi milagrosos.

Así fueron dejando en cada hogar que visitaron, un regalo para el recién nacido. Y cuando veían los ojos tristes de los niños mayorcitos, el corazón se les partía y hurgaban en sus bolsas hasta encontrar algo de lo que llevaban para el Rey recién nacido.

El milagro se fue dando y completaron para todos.

Al fin, luego de recorrer todo Belén, hallaron un portal, donde una vaca y un burro daban calor a un bebé. Arriba, la Estrella que los había guiado. Abajó, un amor que se transmitía a todos alrededor.

Una simple imagen, de pobreza total. La cueva donde estaba  el portal, un pesebre hecho cuna, con el niño dormido, cubierto con el manto de su madre.

No requería más.

Los reyes sacaron sus regalos. Mirra al Hombre, Oro al Rey e Incienso para el Dios. Todo eso era ese pequeño, aunque casi nadie lo entendiera.

Dieron sus presentes y sus respeto, y los Reyes salieron. Cuando iban lejos, con las bolsas vacías, uno de ellos comentó.

-         Fue grandioso ver a Dios convertido en un Niño, pero creo que fue más grandioso el poder desprendernos de todo lo que llevábamos para darselo a los demás.

-         Porque te desprendiste desinteresadamente –dijo otro, porque aparte de mago, era sabio.

-         Bueno, si tantos nos gustó- replicó el tercero- ¡hagámoslo cada año!

Y así nacieron los Reyes Magos.

 

Enero 6 de 2010

 

El patinador

El patinador

Por la ventana de su oficina, la alcaldesa miraba orgullosa la pista de hielo que había colocado en pleno centro de la plaza del pueblo.

Se veía hermosa, llena de jovencitos y niños que patinaban con su mejor esfuerzo, aunque éste no se reflejará en una estampa artística.

No importa, pensó, basta con que se diviertan.

Sólo un niño no patinaba. Tendría unos ocho o nueve años, y sentado en las gradas, miraba como avanzaba la fila de pequeños que esperaban a recibir sus patines. Luego volteaba a ver a los que se deslizaban por la pista de hielo, con una paciencia jobiana.

La alcaldesa quiso saber qué pasaba con él. Era tan barato, apenas diez pesos, conseguir una entrada, que sólo el que no quisiera podía hacerlo.

Bajó de su oficina, salió a la plaza y se acercó a donde el niño esperaba. Comprobó que no pensaba patinar, y llena de curiosidad, se acercó a él.

-          ¿Y tú no patinas?- le dijo con toda la delicadez que fue capaz.

-          No, sólo vine a ver, yo vengo a patinar mañana.

-          ¿Y hoy por qué no?

El niño la miró con desenfado. Cómo podía no comprender que él no podía patinar ese día. Que él no tenía los diez pesos que cobraban.

-          Bueno, yo patino mañana, porque a mi papá le pagan hasta mañana. Entonces, vendré a patinar mañana. Me lo prometió.

La alcaldesa del pueblo notó entonces que a pesar del frío el niño aquel llevaba apenas un suéter ligero, muy desgastado. Que los zapatos, aunque limpios, evidentemente era una talla mayor a la de sus pies.

Buscó una moneda entre su bolso. Hurgó entre el maquillaje Max Factor y las tarjetas de crédito. Una lapicera de oro se enganchó con fino prendedor. Al fin encontró la moneda. Diez pesos.

-          Ten, ve y patina de una vez.

En un instante, el pequeño se transformó en el niño más feliz del mundo. Corrió a pedir sus patinas, y aunque se resbaló muchas veces, no dejó de reir y divertirse.

La Alcaldesa lo vio durante un rato antes de irse a seguir trabajando.

“Qué fácil –pensó mientras subía los escalones rumbo a su oficina- es hacer feliz a un niño. Y qué barato”.

 

Enero 5 de 2010

 

Una luz insignificante

Una luz insignificante

Estamos tan ocupados viendo la oscuridad que poco reparamos en las estrellas.

Vemos el futuro tenebroso, el panorama oscuro,  y se nos olvida que aún en la noche más negra, hay miles, millones de estrellas titilando en lo alto, esperando que las veamos.

Hay estrellas luminosas, que saltan a la vista. Otras, modestas, se conforman con ser parte de la escenografía celestial nocturna. Ahí están, con su lucecita, contribuyendo a llenar de esperanza a quienes la ven.

Pero nuestro aura es pesimista. Preferimos ver la crisis, la pobreza, la delincuencia, la inseguridad, el fin del mundo que se acerca. Hay mucho de que preocuparse, cierto.

No vemos que también hay esperanza y que podemos influir en ella. Los niños que llegan vienen inocentes, sin mácula en sus pensamientos.

Somos nosotros, los adultos, lo que vamos mancillando esa pureza de alma y pensamiento, con nuestros ejemplos. El niño hace lo que ve, lo imita.

Por eso cuando crecen fuman, beben con exceso, defraudan a quien se deja, abusan de los débiles, y emprenden un camino que los lleva al mal.

No duran mucho, decimos, por suerte.

Lo que no decimos es que todos somos parte de la humanidad, y cada hombre o mujer que se pierde, es culpa de todos nosotros.

Seguiremos perdiéndolos, si insistimos en ver la oscuridad, no la luz, por pequeña que sea, titilando desesperadamente por llamar nuestra atención.

Enero 4 de 2010

Propósitos

Propósitos

Este año empezó distinto. Aún no amanece y ya estoy con la carabina al hombro, listo para trabajar y sacar el pan de todos los días.

Hace muchos años que no lo hacía. A estas horas apenas iba llegando a casa.

Ahora cambió, no se por qué, ni quiero analizarlo.

Pero para mí, habla de lo que será este 2010, un año de trabajo duro, constante, para mi y para todos.

Ya le sacamos la vuelta a la crisis, y pese a ella, el 2009 fue bueno. Viajamos, disfrutamos del mundo –o de la parte que nos toca- apoyamos a otros, compramos lo que quisimos, financiamos proyectos.

El 2010 será mejor, lo sé, pero hay que ganarlo. Trabajar duro, pero con inteligencia.

El burro trabaja mucho, y nunca deja de ser burro.

Entonces, trabajemos, pero que no sea como burros, porque estaríamos dándole vueltas a la piedra del mismo molino eternamente y sin darnos siquiera cuenta.

Trabajo duro, pero que sea fecundo. Que sea inteligente, no nomás trabajar por trabajar.

Trabajar para disfrutarlo, mientras lo hacemos y cuando cosechemos los frutos.

Ese es mi propósito de este año.

 

Son las siete de la mañana. Disfruten su sueño, el de las horas que preceden al amanecer, y el que tengan para este año.

Feliz, próspero, dichoso, productivo, alegre, y lo que se les ocurra.

 

 

Enero 2 de 2010

Un brindis

Un brindis

Como cada fin de año, alce mi copa y brinde.

Esta vez no quise mencionar a los que se fueron, sino a los que no están.

Los otros, los que se adelantaron en el camino fueron muchos este año, y a cada uno de ellos lo recordamos.

Pero la noche de año viejo, el brindis fue por lo que no están. Y son bastantes.

Brinde por el que hace años tomó echó un par de cosas a una bolsa para partir a un país extranjero, a luchar contra el idioma, el color de la piel, la cultura. Por ellos brinde, porque han triunfado.

Recordé a aquel amigo que está lejos, prisionero de una ideología, y que ve pasar sus mejores años sobre un mar azul que lo amenaza en lugar de hacer amistad con él.

Por los que dejan su juventud desperdiciada en el mundo de las drogas, o los que abandonan sus proyectos de vida mucho antes de pensarlos siquiera.

Brinde por los que sufren los embates de la vida. Por los que persiguen una felicidad que siempre les huye. Por los que vivieron esclavizados por el trabajo, y hoy, viejos y cansados, viven esclavizados del hambre.

Por ellos brinde y por otros que no alcanzaría a mencionar.

Y descubrí que la copa, siempre estuvo llena.

 

Enero 1 de 2009

 

El año que se va

El año que se va

En esencia, es un día más.

Tiene 24 horas como todos, amanece, y obscurece como siempre.

Igual, simplemente igual.

Pero el hecho de estar al final del calendario, de ser la última hoja del almanaque le da una esencia distinta.

Su llegada le da tintes de nostalgia a la vida, y aunque queramos ver solamente al futuro, no podemos sustraernos a la tentación de hacer un repaso a los últimos doce meses.

Dicen que todo tiempo pasado fue mejor. No vale en el caso de los años. Siempre el que va feneciendo fue malo.

Siempre lo vemos bajo la óptica de que el nuevo será mejor, y que al caer la última hoja del calendario también caen los malos momentos, la crisis, la mala suerte, los hechos tristes y trágicos.

No hay tal.

El año que se va fue bueno. Primero, porque pudimos terminarlo, y segundo, porque a lo largo de sus 365 días siempre tuvimos un motivo para vivir y pedir vivir al día siguiente.

No me quejo. Este año me trato bien. Yo lo trate mejor.

Lo recordaré con la alegría con que uno ve a los viejos amigos.

Al año Nuevo, habrá que recibirlo con un buen brindis, pero por lo pronto, mi atención seguirá con mi viejo amigo, el año que se va.

Hay que despedirlo con una gran fiesta.

 

31 Diciembre 2009

 

Redivivo

Redivivo

Apenas unos pantalones y unas camisas se quedaron el guardarropa.

Todo lo demás se va, junto, como han estado durante años.

La mayoría está en buen estado, para usarse aún por muchas puestas. Pero han estado tanto tiempo guardados, inservibles por falta de uso, que nadie los va a extrañar.

También cientos de papeles dejaron los cajones para ir a buscar mejor suerte en el bote de basura. Recibos de pago de cosas que cumplieron su ciclo hace varios veranos, historias impresas que deleitaron la mente alguna vez, revistas que nunca se leyeron.  Había folletos de lugares que conocimos y a los que alguna vez pensamos volver.

Pero olvidados, se llenaron de polvo, y se volvieron inservibles. Lo que no se usa no sirve. Lo que se pierde en un rincón, no se usa. Por tanto, no sirve.

Fue una limpia para recibir al nuevo año con cajones limpios.

Igual será en la mente y el alma. Hay que limpiar rencores, malos sentimientos, envidias, malos deseos, pensamientos inicuos, recuerdos ingratos. Mandar al bote de la basura todo aquellos que nos daña, para empezar de nuevo.

El año viejo es un buen pretexto para quemar algunas naves, para obligarnos a construir otras nuevas, más eficientes, que nos lleven a lugares mucho más lejanos.

No basta tirar la ropa, ni limpiar los cajones. Hay que limpiar el pensamiento y los sentimientos. Tallar bien en el alma, hasta dejar limpia cada sensación que brote de ella.

Volver al principio, redivivo.

Y sobre todo, renovado y mejorado.

Diciembre 30 de 2009

Fidelidad

Fidelidad

Eché una mirada a mi alrededor, y mis ojos se toparon con los de un extraño personaje.

-          Te conozco- le dije, sin duda alguna.

-          Soy la Fidelidad- me respondió.

Poco lo había notado, en realidad. Era la primera vez que le ponía atención. La Fidelidad. Había visto como se habla de la muerte como un personaje, del humor, incluso del odio, pero nunca de la fidelidad.

Pero ahí estaba, con su túnica clara que permitía ver un cuerpo bastante más que flaco.

-          Estás enfermo- pregunté solícito.

-          No –contestó- así soy.

Pidió una bebida, y se puso a repasar a la gente que llenaba aquel bar. Me explicó que la Fidelidad no está reñida con los buenos momentos y que uno puede andar donde sea, sin dejar de ser fiel.

-          Quienes me tienen a su lado nunca me ven. En cambio, los que más me ven, enseguida me rechazan. Donde quiera que me ven, voltean la cara, me corren, me dicen hasta de que me voy a morir, y me avientan lo que hallan. Algunos –y sobre todo algunas- hasta de su casa me echan.

Pero hay enfermedades que asustan y obligan a ser fieles, le dije.

-          Le pierden el miedo, creen que a ellos no les pasará.

Muchas cosas más me platicó Fidelidad, tan interesantes en torno a él, que pasamos un largo rato bebiendo, discutiendo hasta terminar tan amigos como siempre.

 

Diciembre 29 de 2009

La relatividad del tiempo

La relatividad del tiempo

La relatividad del tiempo

Fue un día largo, bastante peculiar.

Comenzó, como siempre, con el esfuerzo de levantarse, pero esta vez, en vez de quedarnos en casa, acudimos a un acto político.

Nadie se dio cuenta que era a destiempo. Hubiera sido la primera clave para descubrir su verdadera naturaleza.

Fue una consecución de personas y hecho a lo largo de ese día, y de pronto, descubro que la noche llegó. Cómo, si la intención era estar un rato, nada más.

Sentí que había desperdiciado el día, que lo había tirado a la basura por estar en un lugar donde quizá ni siquiera quería estar, pero al que que la curiosidad me fue maniatando, hasta perderme por completo.

Bueno, sí. Despertar.

Volví a abrir lo ojos y me dí cuenta que habían pasado apenas 10 minutos desde la última vez que estuve conciente. En mi sueño, peculiar por cierto, pasó un día completo. En la vida real, apenas 10 minutos.

Es la relatividad del tiempo.

Para cada quien tiene una velocidad distinta.

 

Diciembre 28 de 2009

Buenos deseos

Buenos deseos

Sólo buenos deseos encuentro por todos lados.

A donde vaya, así sea lugares tan disímbolos como una iglesia o un bar. Lo mismo me desea felicidades el albañil que trabaja en el casa, que el tendero, que el muchacho con pinta de pandillero que todos los días pasa por el frente de la casa y me saluda muy amablemente.

Como si los malos deseos, peores pensamientos y malvadas acciones quedaron encerradas en algún cajón de la casa. Todos se vistieron con una sonrisa, y cobijan a los demás con el afecto que encuentran por todos lados.

Me gustaría que siempre fuera así. Hasta en las páginas de los periódicos se refleja, sin tantos actos de barbarie. Hay sangre, pero lo que podríamos llamar normal, un par de accidentes, algún homicidio cometido bajo los efectos del alcohol, o por la pasión que se despierta en cualquier momento.

Pero aún esos son sin maldad manifiesta.

Ojalá así fuera todos los días, llenos de buenos deseos. Ya se que esos son los que usaron para empedrar el camino del infierno, pero entre tanto, algunos se pueden lograr.

Y serán suficiente para ir cambiando el rumbo de nuestras vidas.

Estos días me he dado cuenta que es falso que el mundo no pueda cambiar. Sí es posible. Si todos cambiamos un poquito.

Si todos actuamos como si fuera Navidad. Si todos fuéramos buenos por un día.

Sé que es como el hubiera, que no existe, pero estamos en la resaca navideña. Se vale soñar.

 

Diciembre 26 de 2009

 

 

La Navidad

La Navidad

Llegó Navidad, tan pronto que casi ni la esperábamos.

No dio tiempo ni de poner el piño tradicional, y apenas alcanzamos a envolver regalos.

Desafiamos al tiempo y a la crisis y nos pusimos a envolver regalos para los niños, y para los abuelos. Para los primeros, porque su ilusión nada sabe de dificultades, y para los segundos, porque sabemos que cada Navidad es una oportunidad de decirles que los queremos, quizá la última.

Aunque a veces no sepan como responder.

Es tan bella la Navidad, porque aflora nuestros buenos sentimientos, y nos hace alzar la copa para brindar por aquellos menos afortunados que nosotros.

Debo reconocerlo, en estos momentos,  siento a todos menos afortunados que yo.

La vida sonríe, nos regala, nos seduce, nos acompaña y da suerte.

Quizá no como a otros, pero me da lo que necesito: amor para corresponder, regalos que disfrutar, una familia que compartir, salud para hacer todo lo que se me ocurra. Y amigos para compartir momentos inolvidables.

No hace falta dinero en la cartera, y hay suficiente comida en la alacena. El techo de la casa no se caerá hoy.

Vaya, son día de felicidad y los pequeños detalles no importan. Podemos sortearlos.

Diciembre 25 de 2009

Pobres y ricos

Pobres y ricos

No me explico por qué unos somos pobres y otros ricos.

O mejor dicho, porque unos somos ricos, y otros pobres.

Qué será lo que determina que unos tengamos todo lo que necesitamos, vivamos sin carencia, sin la ansiedad o la angustia que da el no tener,

Al levantarnos de la cama lo hacemos con gusto y la seguridad de que en el camino de ese día sólo tendremos éxito, No habré suplicios ni duda de que nuestros deseos se cumplirán, como si tuviéramos un genio en una botella.

Otros, en cambio pueden avizorar días de sufrimiento. Estarán siempre en la picota de la incertidumbre, con la angustia atada al cuello como una piedra de molina.

Nada les saldrá bien.

Quizá tengan todo lo material: dinero, placeres, grandes casas, viajes, comidas suntuosas. Pero seguirán siendo pobres. Y la Vida les jugará bromas a cada instante.

Vaya, se reirá de ellos, pero nunca reirá con ellos.

Los otros, los que somos ricos, no nos preocupa si tenemos o no dinero. Ese viene y va. La ropa, en realidad, no la ocupamos tanto. Vale unas tres o cuatro mudas, y lo demás es lujo. Así que vivimos con lujo.

Nos importa tener un hogar, no mil casas. Nos importa tener una mujer que nos ame, no mil mujeres que nos den placer.

Y así en todo. Tenemos lo que necesitamos, tal vez un poco más. Tenemos amor, gente que nos ama y a quien amar.

Lo demás, no importa mucho si se tiene lo esencial.

 

Dic 1 de 2009

Atar la vida

Atar la vida

No supimos ni como, pero el año se fue volando. Literalmente.

Apenas estamos reponiéndonos de la cuesta de enero, y ya se vislumbra otra, llena de deudas, cargas fiscales, pagos de todo.

Parece como si el principal pago que damos a la vida es nuestro tiempo. Como si los fiscalizadores de las cosas terrenas también nos quitaran lo único que tenemos, que es nuestra vida.

El tiempo se va, porque hay que trabajar más para vivir. Y entonces no nos queda tiempo de vivir. Qué paradoja.

Quizá es tiempo de hacer a un lado tanta obligación, y comenzar a buscar algo que hacer por gusto. Tal vez no deje dinero, pero nos tendrá contentos.

Es tan difícil hacer toda la vida algo que no nos agrada o con lo que no somos compatibles.

Y en cambio, cuando disfrutamos la profesión, es más fácil soportar la idea de que no nos hará millonarios más que en experiencias.

Se va un año, queda apenas un mes y días. Se va la vida.

Hay que atarla, y no dejarla ir.

Aunque nos digan que estamos locos de atar.

Noviembre 30 de 2009