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Crónicas de la Nada

Crónicas de la Nada

La tarde

La tarde

La tarde comienza a apoderarse del día, hasta que lo hace totalmente suyo.

La ciudad entra en un ritmo distinto. Se percibe hasta con los ojos cerrados, porque es una sensación, no un panorama.

Un familia de tres, jóvenes los padres, más joven aún el bebé, bostezan al unísono mientras esperan el camión que los llevara ¿a su casa?.

Una chica, oficinista a juzgar por su vestimenta, camina apresurada, con riesgo de que se le rompa el tacón de un zapato o de tropezar con la banqueta. Acabada la jornada, le espera el descanso, o quizá el otro trabajo, el de la casa.

Me detengo a un lado de la calle, justo a la mitad de la cuadra. La calle, que por las mañanas es un tren interminable de autos, ahora ofrece huecos en la circulación donde se puede jugar en el aire.

Nadie nota mi presencia, pese a la soledad de las banquetas. Todos buscan la salida de la obligación para entrar a la tranquilidad.

La tarde, gris en el oriente, luminosa en el poniente, es cómplice de sus deseos. Los deja huir, les crea el ambiente para que bajen la guardia, se olviden de todo y emprendan la huida.

Hago lo mismo, resignado.

El león viajero

El león viajero

No es la selva, pero en la colonia Tampiquito, los leones abundan por doquier.

Hay que tener cuidado, porque acechan por todos lados. Escondidos entre las ramas de los árboles. En los techos, en los patios, vigilando desde lo alto.

Es la colonia Tampiquito, una de las más tradicionales de San Pedro Garza García, donde el león se ha ido convirtiendo en el símbolo de todos. 

Aunque sólo vive en África, en los zoológicos y en los circos, su regia figura está en todos lados: En los pendones de los reyes, afuera de las bibliotecas, en los edificios Públicos, en los cuentos de hadas y en las fábulas.

Entonces, ¿por qué no en Tampiquito?, dice Luis Alvarez, impulsor de la idea.

En ninguna calle hay tantos como en la 21 de Marzo, un largo sendero sin salida. Están en los patios, en los árboles, y hasta sobre las antenas parabólicas.

Los niños los pintan de colores. Blancos con melena de color. Otros quedan como caleidoscopio. Algunos son de colores sobrios, otros psicodélicos.

Un día, Luis y el León emprendieron un viaje por Europa, y después Estados Unidos. Se tomaron cientos de fotografías en calles, edificios y bares.

En Monterrey no pudo hacer lo mismo. Cuando pidió permiso en los municipios, todos lo vieron como bicho raro. A él, no al León.

Así que éste se quedó como rey de Tampiquito.

Cansancio

Cansancio

Hay días en que el cansancio altera los sentidos.

Las manos pesan, la lengua se traba, el cerebro se embota. Los sentimientos se duermen y los deseos agonizan.

Es el cansancio. A veces es físico, a veces es simple aburrimiento. La vida es tan igual cuando no la vemos, que termina por aburrirnos.

En esos días quisiéramos escapar de todo, huir hacia el infinito, o más allá si es posible.

Caminar, sin prisas, pero sin deseos de mirar atrás, hasta perdernos en la eternidad. Solos, sin nadie que nos siga, para alcanzar el grado máximo de soledad.

Son días que los pensamientos huyen ,  las musas se olvidan de nosotros, y las ideas se burlan de nosotros desde un lugar inalcanzable.

Lo que siempre es divertido, en ese instante es cansado, tedioso, esclavizante.

Es el cansancio, que aparece de cuando en cuando, y nos avisa que no somos eternos, que debemos pagar tributo al tiempo, so pena de que nos cobre todo junto, réditos incluidos, y no nos alcance la vida para pagarle.

Así son algunos días. Pero al final, no es nada que un vaso de whisky o de tequila, no puedan curar.

Desempolvando el tiempo

Desempolvando el tiempo

A fuerza de zangoloteo, las mujeres sacaron la juventud escondida que traían en el cuerpo.

La mayoría tenía años de no moverse de esa manera, pero al ritmo de reaggatón, de salsa, de cumbia, fueron desempolvando las coyunturas, hasta que tomaron algo de elasticidad.

No fue la de los veinte años, pero algo recuperaron.

Durante un par de décadas habían pasado la vida cuidando niños, esperando al esposo, y procurando que todo estuviera completo en casa.

Poco tiempo le dedicaron a ellas mismas.Algunos quisieron recuperarlo en diez minutos, pero el peso del tiempo se impuso. Fue mejor ir poco a poco, hasta lograr que se desentumieran los años, y el ritmo fluyera cadencioso.

Un par de días antes, ninguna de ellas pensó que iban a estar bailado como jovencitas. Alguna recordó la vez que abandonaron un bar, por la pena de ver bailar a las jovencitas como ellas quisieran y no podían.

Un par de clases de baile, y descubrieron que también podían. Ahora no hay quien las pare.

Los que sufrirán son los maridos, que tendrán que aguantarles el ritmo.

Y quién sabe si lograrán desempolvarse igual. 

El dinero

El dinero

¿Qué tan necesario es el dinero.?

Quizá no da la felicidad, pero permite muchas probar opciones para alcanzarla.

Igual facilita negociarla mejor.

Y sin embargo, hay montones de personas que no tienen mucho dinero y son felices.

A Cándido le preocupa que un dìa su hijo, apenas recièn nacido, le pedirà que vaya a su escuela y él no podrá, porque sus horarios no se lo permiten.

Desde ahora, dice, lo involucrará en su trabajo para que lo comprenda un día. Es que tiene que trabajar, porque hay que ganar dinero.

Juan tiene dos trabajos. Vuelve a casa muy noche, y cuando llega, su hija ya duerme. En la mañana sale antes que ella se despierte.

Al final no ganan tanto que no puedan prescindir de ese dinero. Pero ya prescindieron del tiempo de sus hijos, que no volverá.

El dinero se recupera. Va y viene, aunque a veces sentimos que es más lo que se que lo que viene.

El tiempo no. Ni la niñez de los hijos. Crecen en un parpadeo, y no nos damos cuenta cuántas cosas perdimos: Sábados de sol, domingos bajo las cobijas viendo televisión, tardes de correr en el parque, noches de contar cuentos, lágrimas y risas.

Si no lo vemos, es como si no existiera. Hay que verlo, disfrutarlo y recordarlo.

Rostros desconocidos

Rostros desconocidos

Por Francisco Zúñiga Esquivel

En algún lugar encontraron una fotografía original de Shakespeare. Estaba guardada en la bodega de una familia, que la había conservado, quizá sin saber el valor histórico que tenían en el desván.

El Shakespeare que vimos se parece algo al que estamos acostumbrados a ver, pero definitivamente que no es la misma persona.

Igual pasa con muchos personajes históricos. Alguna vez, en la oficina de un senador, encontré colgada en la pared una foto de Benito Juárez. Era un hombre de rasgos toscos, indígenas, totalmente distinto al que nos muestran las estampas y fotos oficiales.

De hecho, Juárez es quizá el mexicano del que existen más figuras en el mundo. Todas se parecen, como se parecen los hermanos, nada más.

Hasta las fotos de los santos difieren mucho de la verdad. En alguna iglesia tiene la imagen de Santa Teresita de Jesús junto al altar. Es una jovencita de rasgos finos, muy blanca, con mejillas sonrosadas.

En las oficinas, tienen una foto, también grande, de la misma santa. Fuera del hábito, en nada se parecen. La fotografía muestra a una mujer joven, simpática, pero no muy agraciada, según los canones de belleza que nos han impuesto.

Por eso la tienen escondida, como si la belleza del espíritu estuviera en los rostros, no en el alma.

Así somos, pero no nos aceptamos.

Se nos olvida que la perfección la inventaron los artistas. En la vida real tenemos arrugas, rostros asimétricos, ojos saltones o narices grandes.

Eso no nos hace feos, simplemente no da personalidad propia.

Marzo 10 de 2009

Tiempo perdido

Tiempo perdido

Un martes a las diez de la noche hacía el plan del otro día.

El miércoles a la misma hora, sentado en la misma silla, me preguntaba dónde había quedado el día.

Los pendientes seguían pendientes, y el reloj había dado 24 vueltas al minutero sin que hubiera terminado todo lo que había por hacer.

Me preguntaba por qué el tiempo se va tan de prisa que no da tiempo ni de almacenar los recuerdos. Un día completo consumido en la vorágine de ir y venir, de hacer lo que otros necesitan, de trabajar para que otro se enriquezca y de construir, ladrillo a ladrillo, mi propio infarto.

Una ojeada alrededor me hizo ver cuántas cosas se están perdiendo. Para todo falta tiempo.

La visita prometida a alguien, el café de la tarde, el proyecto inconcluso, la película que se empolva esperando que la vea. El libro que guarda celosamente sus letras, cansado de tanto tiempo de estar en el librero.

Había más, pero no terminaríamos de enumerarlo.

El tiempo corre, y es mejor aprovecharlo.

 

Marzo 5 de 2009

 

Periodistas

Periodistas

Esto del periodismo no es tan sencillo.

Hay quienes dejan todo por la profesión, como si fuera un apostolado. Hay quienes rechazan otras oportunidades de empleo más remunerativas para seguir trabajando en la reporteada.

Hay quienes se aprovechan de ellos.

Por eso no es fácil. Contaba Arnoldo que no cobraba sus consultas astrológicas porque eso estaba en la parte romántica de su carta astral.

El problema de los periodistas, decía mientras tomábamos café,  es que tiene la profesión en el lado romántico de su carta astrológica. Por eso no les importa cobrar, sino subsistir.

En algo tenía razón, porque son pocos los periodistas que se enriquecen. Y quienes lo hacen, es porque para ellos la profesión es un medio de hacer dinero, como lo es vender autos, o casas. Un medio solamente.

Los demás viven y mueren con modestia.

Muchos periodistas de la vieja guardia se han ido. Lo hacen con las alforjas vacías, y hay quien tiene miedo morirse porque no tiene ni para pagar el ataúd.

Se lo gastó o se lo bebió en el camino.

En eso nadie la gana a los periodistas. Tienen mil anécdotas y vicencias. Conocen a miles de personas que para otros son algo prohibido y para el periodista son simplemente un mortal  más, así sea la artista más bella o el político más encumbrado.

He visto a muchos periodistas que llegan pobres al final del camino.

Pero felices, de haber vivido la mejor de las profesiones.

Febrero 4 de 2009

La pareja

La pareja

Como todo un galán, se emperifolló para salir con su pareja.

Ella, maquillada suavemente, muy discreta, lucía una amplia sonrisa. Evidentemente era un placer salir con él.

Caminaban juntos por la calle. Él iba con su camisa muy limpia, de cuadros, abrochado hasta el último de los botones. Su pantalón, casual, perfectamente combinaba con el resto de su indumentaria.

El peinado se veía un poco pasado de moda, pero aún así se le veía bien. Ella, a su lado, con esa coquetería inherente a las mujeres, caminaba como quien va junto a un príncipe azul.

Iban contentos. Sonreían a todos los que se cruzaban en el camino, y les infundían un halo de esperanza en el futuro.

El amor existe, indudablemente, pensé al verlos.

El azar dio una oportunidad para abordarlos. Por tomar un atajo, se metieron a un camino sin salida.

-          Por ahí no, les dijimos, es por aquel lado.

Una sonrisa iluminó el rostro del hombre y aunque le agregó algunas arrugas, no le afectó en lo más mínimo su apostura.

Gracias, respondió, y la tomó de la mano.

Y la pareja de ancianos siguió su camino, rumbo al supermercado. Felices, igual que si anduvieran de fiesta.

 

Febrero 3 de 2009

Olvido generacional

Olvido generacional

En sus mocedades era tremenda.

Apenas con doce años se escapaba a despoblado, con sus amigos, en vez de ir a la escuela.

Por las noches, se perdía y traía con el alma en vilo a su mamá, buscándola por todas partes.

Era rebelde, caprichosa. Pedía libertad, y si no se la daban se la tomaba por su cuenta y riesgo.

Creció y todo eso se le olvidó. Sus hazañas, que tantos dolores de cabeza causaron a propios y extraños, se quedaron en un rincón donde no llega el recuerdo.

Se le borró el casete, como decían ella cuando era jovencita. Ahora, los discos compactos no se borran.

Pero ella no es de esta época. Si lo fuera, no se le hubiera borrado todo lo que vivió en el viaje a su adultez.

No le extrañaría que ahora sus hijas busquen un poco de libertad. Sólo un poco, la necesaria para platicar con un muchacho que le agrada.

Se le borró el casete, por eso se escandaliza por lo que hacen.

Al fin que ellas, las hijas, no conocen su historia.

 

Febrero 28 de 2009

 

Nombres

Nombres

Hay crisis que no tienen nombre, pero existe al menos una Krisis Mundial que sí lo tiene ... Y apellido también.

Así se llama una regiomontana, Krisis Mundial, con K, según consta en el Registro Civil del Estado.

Y no es el único nombre, digamos, original.

La libertad de los padres de darle un nombre a su hijo o hija es absoluto, pero definitivamente hay quienes abusan, por no decir que pecan, en la búsqueda de algo original.

Emmor Evanivaldo suena extraño, pero no tanto como Astro Adan, Astrobélico, Aeropajita, Licurgo o Aniv Marisol.

Anivarser Yamilett es el nombre de una chica regiomontana. Y quizá corrió con mejor suerte que Grangelia o Plania. A Tarzán, otro niño regio, o Astrolovio, seguramente querrían cambiarse de nombre.

En la lucha entre el bien y el mal, hubo empate en el caso de Cristopher Luzbel. Pero hubo inequidad con Luzbelia, Luzbelina, Satana y Ángel Cristo, nombres que no están en el Santoral, pero sí en el Registro Civil.

Proceso, quizá sea abogado, Marciano, astronauta. San Juan Crisostomo podría ser sacerdote, y Circuncisión... Cirujano, definitivamente.

Con esos nombres, ¿será mejor tener un número?. También los hay. Uno se llama Uno, y el otro se llama Dos.

Si tienes un nombre común, no te quejes. Podrías tener uno muy original como Erastro, Oruam, Astroberta, Maigranelly, Antolín Grandu, Prócoro o Pomposa.

Y así, mejor me quedó con el apodo de la secundaria.

 

Febrero 27 de 2009

 

 

La foto

La foto

Faltó gente en la foto.

Nadie sobraba, ni había huecos, pero faltó gente.

Hasta el fotógrafo estaba porque la magia de la tecnología le permite tomar su foto y aparecer en ella. Sólo requiere un poco de agilidad, aunque los cinco metros que recorrió en 12 segundos, no le van a dar un récord mundial.

Dice que cuando preparó su foto, no pensó en quienes estaban. Tampoco en los que faltaban.

Simplemente vio un grupo contento, amistoso, que merecía ser inmortalizado mientras dure el papel.

Así surgió la foto. En ella cada quien muestra su personalidad. Un rostro muestra propiedad, como corresponde a un maestro. Pero la maestra tiene una sonrisa mayor que la de la media luna que nos veía en el cielo.

Como siempre, no faltó el que quiso llamar la atención y alzó su copa de metal llena de cerveza.

La pareja siempre sonriente, pero sin excesos. Los esposos que se fueron al frente ante la falta de sillas para subirse.

Ella, guapa, claro. Y el fotógrafo que nadie supo cuando se metió en la historia.

Todos posaron en un momento de inspiración.

Los que se fueron, no alcanzaron. No sabían que la primera inspiración sería del fotógrafo.

Ojalá hubieran ahuyentado el sueño unos minutos más. Ojalá se hubieran mezclado con todos.

Ya habrá otra oportunidad. La cámara lo dice. 

Febrero 20 de 2009

Grandes

Grandes

Hay días en que todo camina tan rápido que apenas estás abriendo los ojos para acostumbrarte a la luz, cuando ya es hora de dormir.

Piensas que se van los minutos, y en realidad son horas las que volaron. El tiempo no alcanza, la vida se hace corta, y la eternidad está a la vuelta de un segundo.

No es el tiempo. Somos nosotros.

El tiempo es una invención del hombre cuando se dio cuenta que no era eterno. Comenzó a medirlo, pero en realidad va midiendo el escaso espacio que tiene en la inmensidad de lo eterno.

Somos una brizna en el Amazonas. Una mota de polvo en el espacio. Un guijarro en la Sierra Madre.

Una insignificancia si nos comparamos con el mar, con las montañas o el sol. Ya no se diga con el universo, porque salimos muy mal parados.

Vistos desde la luna, ni siquiera existimos. Desde otra galaxia, el planeta es nada.

Pero insistimos en ser los amos de la creación. Cómo, si somos tan poca cosa. Cómo, si apenas vivimos un instante, si hasta las tortugas son más longevas que nosotros.

Ah, lo olvidaba. Somos grandes porque tenemos alma, aspiraciones, deseos, amor, enjudia, voluntad, y un montón de sentimientos más que nos dan el placer de acercarnos a la eternidad y la grandeza.

Aunque no nos veamos desde la luna.

  

Febrero 21 del 2009

La afanadora

La afanadora

Trabajo hay mucho, dice la mujer.

Toda su vida lo ha hecho. Trabajo duro, de largas jornadas, aceptando pacientemente las órdenes que recibe, por necias que sean.

Lo dice sin esperanza, mientras llena otra de las tantas solicitudes que encuentra en una feria del empleo.

Pero sin estudios, se lamenta, no queda más que barrer, limpiar, trapear pisos. Es lo único que le dan.

A veces, si tienes suerte,  te toca en una oficina donde no hay quien ensucie. Una pasada de aspiradora, limpiar el piso cuando a alguien se le cae el café, tirar papeles. Trabajo fácil.

Otras veces te toca un supermercado, donde hay gente todo el día. Gente que cree que su compra incluye el derecho a ensuciar todo lo que toca. Es entonces cuando sufre, porque no para ni para respirar.

Termina el día con callos en las manos. En esas jornadas, sus manos perdieron toda feminidad. Son manos duras, curtidas a base de mover la escoba.

Trabajo sí hay, lo que no hay es buena paga. Gana poco y deja una buena parte en los camiones que debe tomar para ir de su casa al lugar de trabajo.

Es que no tengo estudios  ,dice. Y pone, bajo su nombre, a regañadientes, el puesto que desea: afanadora.

 

Febrero 19 de 2009

Paternidad juvenil

Paternidad juvenil

Lo reconocimos de inmediato al acercarnos. Vamonos, le dijimos, pero no aceptó. Iba cerca, y luego regresaba a trabajar, en un restaurante donde le dan empleo de fin de semana.

Es cuando puede trabajar, pues el resto de la semana debe estudiar. Es muy responsable, nos diría más tarde su mamá, al platicar con ella.

Tan responsable, que últimamente camina, para ahorrarse el dinero del camión. Es que le urge reunir lo suficiente para comprarle el regalo a su hijito, que pronto cumplirá años.

 Es una historia larga. Un hijo no planeado, calentamiento de hormonas juveniles en una tarde de soledad.

Ahora, los dos, adolescentes apenas, son padres. Pero responsables. El trabaja, ella también. El camina, para ahorrar para el regalo de su niño.

Seguro jugarán juntos. Como niños que son ambos.

Aunque no sea famoso como otros padres adolescente.

 

Febrero 18 de 2009

 

El viejo soldado

El viejo soldado

Por Francisco Zúñiga Esquivel

¿Cuánta batallas habrá peleado este hombre?, se preguntó el imberbe oficial al ver el guerrero de uniforme raído.

Las huellas que mostraba eran pocas, en comparación a las guerras libradas. Una cicatriz muy fina, quizá de algo cortante, cruzaba su mejilla izquierda, y sobre la frente, al lado izquierdo, había otra, más gruesa, como de quemadura.

Quizá una bala, pensó el joven oficial.

Para ese soldado, cada batalla era una guerra. Había que pelearla como si fuera la última, para sobrevivir.

El viejo soldado lo miró, con cierta arrogancia. Los años no habían mermado nada sus músculos, y la experiencia le ayudaba a salir relativamente indemne de cada batalla.

El oficial se sintió empequeñecido ante el otro, pero su soberbia lo elevó de nuevo:

-          ¡Soldado!, ¿sabes cuál es la diferencia entre tu y yo? –gritó el oficial

Esperaba que le dijera algo ofensivo, para enviarlo en primer lugar a la línea de combate, donde seguramente perecería. No le agradaba alguien tan fiero y sin el miedo que otros le tenían. Ni el respeto.

El soldado sonrío. Ya no parecía tan viejo. Hasta algunas canas se oscurecieron.

-          La diferencia es que tu tienes mando, y por tanto, más responsabilidad que yo.

-          Cierto – dijo satisfecho el oficial.

-          Sí – continúo el soldado como si no lo hubiera escuchado- yo sólo soy responsable de mi vida. Tú, en cambio, eres responsable de la vida de todos nosotros. Si yo me equivoco, moriré.

El soldado acarició su espada, antes de seguir:

-          Si tú te equivocas, vivirás el infierno en la tierra, por la vergüenza de tu torpeza y la insensatez de tu soberbia.

El joven se quedó mirando.

-          Y no será nada comparado a lo que te espera después.

Así dijo el viejo soldado, y se fue a pelear.

 

Febrero 17 de 2009

La lluvia

La lluvia

A través de la ventana, la lluvia traviesa moja todo lo que halla en su caída.

Nada se salva. Los adoquines de la calle van tomando un color oscuro, y lo terroso desaparece. Los árboles agitan las hojas, cansados por las gotas que se posan en ellas. Las tejas de un tejado cercano brillan, rojas como rubor de quinceañera.

Es el milagro de la lluvia, preámbulo de lo que vendrá, cuando llegue la primavera. Hoy abona la tierra, cual sembrador puntual, con su agua.

Mañana todo florecerá gracias a ella. La vida, que en el invierno se esconde, asomará tan pronto el sol cambie su manera de mirar la tierra.

Entonces nadie recordará la lluvia. La verán como algo lejano, como el pariente que vive en otro país y de cuando en cuando aparece.

Pocos comprenderán que el milagro de las flores y la lozanía de los árboles se debe a ese visitante invernal que tanto nos molestó en su momento.

La lluvia vuelve gris el ambiente para quienes no saben ver. Los poetas, los locos y los niños, que viene siendo casi lo mismo, ven otra cosa. Ven diversión, belleza realzada en las cosas que componen el mundo.

Trae nostalgia, y también es bueno. Porque fecunda la imaginación y la inspiración de los poetas, para desgranarlo en versos que trascenderán todos los tiempos.

Por ahora, sólo inspiró esta crónica de la Nada.

 

Febrero 16 de 2009

El otro amor

El otro amor

Hermosa la camioneta.

Resalta en el panorama de esa calle, con su color amarillo. Muy bien cuidada, como si fuera una mujer.

A simple vista, parecía como si acabara de salir de la agencia de autos, recién estrenada.

En su vidrio posterior tenía un signo de pesos, señal de que estaba en venta.

Su dueño la coloca todos los días en el mismo lugar, para que la vean propios y extraños.

Se nota que quiere a su camioneta. Se nota en lo bien cuidada que está.

Pero la vende, porque los amores no son eternos. Y aunque lo sean, a veces requieren sacrificios.

Y cuando se trata de elegir, alguien tiene que irse. Ahora le toca a la camioneta amarilla. Se va a ir, apenas encuentra quien se enamore lo suficiente de ella como para pagar el precio.

Su dueño, no sé quién sea, tiene que pagar el precio por otro amor, más permanente, más satisfactorio.

El vehículo es el precio. No hay lugar para dos amores.

Junto al signo de pesos, hay una leyenda sobre el cristal: Urge, me caso.

Eso lo explica todo. Una mujer, vale mucho más que cualquier otro amor.

 

Febrero 14 de 2009

Los jodidos

Los jodidos

Los días no son dulces para Pedro.No deja de pensar lo que su mujer le dijo: hay carencias en la casa.En realidad, se lo dijo mucho más coloquialmente: !que jodidos estamos!

Eso lo puso a pensar. Quizá no tienen una gran casa, pero es de ellos. no falta comida, y tres veces al día.

Ella tiene mucha ropa, aunque para una mujer nunca será suficiente.
Tal vez no hay dinero de sobra, pero queda al menos para ir al cine una vez al mes.
No tiene auto, ni nuevo ni viejo, pero él disfruta andar en camión. Y ni modo que diga es flojo, porque tiene dos trabajos y aparte hace otros por su cuenta.
Pero no se le quita de la cabeza lo que dijo su mujer. Su esfuerzo se volatiliza, minimizado por un comentario hiriente, quizá espontáneo, no razonado.
"Jodidos". La palaba resuena en su oídos, se mueve como una abeja punzante en su cerebro, y lo persigue día y noche.
Pobre Pedro. No sabe que sólo está jodido el que ansia algo que no tiene.
Aunque tenga mucho, lo estará porque algo le falta.
Y aunque tenga poco, no estará jodido porque nada le falta, nada necesita.

El viejo

El viejo

Invariablemente vuelve a tomar el mismo tema, con las mismas opiniones, siempre caústicas, como si nada le gustara.

Se queda callado, como si entrara en la conversación de los demás, atentamente, casi aprendiendo.

En realidad, sólo espera que alguien haga un hueco en la plática para entrar él. Vuelve a retomar el mismo tema, donde lo dejó, o a veces, repitiéndolo. Es igual, nadie lo escucha.

De pronto, interrumpe a los demás para hablar de lo que él quiere, solamente. O entra y cambia el canal de televisión que los demás ven, porque a él no le gusta.

Es el viejo de la casa. El que deambula a veces como un fantasma, invisible para los demás.

Los nietos llegan, lo saludan y se van a jugar.  No vuelve a existir en toda la tarde.

Por eso habla y habla sin parar, buscando un espacio entre los demás.

Nadie lo es cucha, nadie lo entiende.

Pero ya llegarán a mi edad, piensa el viejo. Y peor para ellos, si no llegan.