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Crónicas de la Nada

La generación perdida

La generación perdida

La cafetería era el punto de reunión para todos los estudiantes.

Ahí íbamos a terminar la plática, el intercambio de ideas, o ponerse de acuerdo para ver dónde iba a ser la fiesta.

Era tan fácil ponerse de acuerdo porque había tanto tiempo libre. No había obligaciones, todos vivíamos en la misma ciudad, y las noches no eran tan peligrosas como lo fueron después.

El tiempo pasa, y no es lo mismo los Tres Mosqueteros que 25 años después. Debe ser que a Gardel nadie le dijo que 20 años sí lo es.

Por eso, cuando Roberto y Walter convocaron a todos a reunirnos un cuarto de siglo después de terminar la escuela, muchos respondieron al llamado, pero pocos pudieron hacerlo.

Por enésima ocasión todos fallaron. Todo cambió, y si antes todos acudían, ahora no pueden hacerlo porque el trabajo, el cónyuge o la distancia lo impiden.

Se quedó pendiente el machacado y la clase del recuerdo. Se quedó pendiente el reencuentro de los amigos, las anécdotas y los recuerdos.

Quedan los números telefónicos, las direcciones electrónicas y la vuelta de algunos amigos y amigas, que se reconectaron.

Ya nos pondremos al corriente.

Por lo pronto, la foto se queda pendiente.

Para qué sirve leer

Para qué sirve leer

¿Para qué sirve leer?, pregunta Ángel.

No le ve mucho caso, porque luego lo que pueda ver no le sirve de nada.

-          ¿Cómo supiste que en Canadá hace frío?- le respondo.

-          Por que lo leí.

Ya ves, le pude decir, pero qué caso tiene si en la sonrisa mostró el reconocimiento.

La verdad, es que leer puede no servir para nada, más que para pasar el rato, divertirse, conocer lugares donde nunca estaremos, aprender la filosofía de personas que nunca veremos, saber porque la lluvia cae, porque el sol es brillante, y porque el mar es inmenso.

También sirve para tener un tema de conversación cuando te topas a un desconocido, y para saber qué pasa en el mundo.

Leer sólo sirve para miles de cosas. Nada más..

Pero a la gente no le gusta leer y se sorprende cuando le respondo que sí, que el libro de 600 páginas que traigo en la mano es para leer, no para sostener una mesa con patas disparejas, ni para sentarme sobre él y alcanzar a ver por el parabrisas del auto.

Se les hace tan imposible que alguien pueda leer tanto. ¡Si conocieran a la mujer que leyó 25 mil libros!

Quien pudiera tener tanto tiempo para leer.

La vida y sus trajines nos dejan sin esa oportunidad, y la intimidad del cuarto de baño, sentados en el sanitario, se convierte en la única oportunidad de tranquilidad para leer.

Pero dura unos minutos, y no alcanzas más que a leer unas páginas.

No importa, mientras haya letras en el mundo, siempre podremos leer, aunque sean los anuncios de la calle.

Mi libro

Mi libro

Alguna vez, cuando era niño, pensé ser escritor.

Luego me volví periodista. Así que he sido las dos cosas, porque no hay periodista real, que no sea escritor.

Fue un giro del destino, que me jaló hacia este oficio o profesión, que algunos llaman el más hermoso del mundo.

Debe serlo, porque muchos incursionan atraídos por el glamour y la aventura que ven en las películas. Un glamour que no existe.

Otros, llegan con afán de aventuras. Esas sí existen y generan infinidad de anécdotas e historias que nos gusta contar en las esperas eternas de las antesalas, o cuando se muere alguien.

Porque aquí muchos mueren jóvenes, los he visto. Las malpasadas, las tensiones, el estrés, la depresión, y mil cosas a que estás expuesto te acercan al borde de la tumba. Muchos la saltamos, pero otros caen sin querer. Y algunos pocos  deciden dejarse caer.

Aún así, quien entra, no puede salir jamás. Y otros, que no tienen tanta valentía, se pasan la vida coqueteando con el oficio, pero sin decidirse jamás a entrar a él. Prefieren ser infieles a su profesión.

Es como una amante, que llena sus fantasías surgidas en la rutina de su consultorio u oficina.

Se dicen periodistas porque escriben algo.

Yo, que soy periodista, lo dudaría. El periodista escribe todos los días, y sin darse cuenta va creando uno y otro libro.

Son miles de caracteres diarios. Miles de palabras que hilan historias. Miles de historias que forman libros.

Pero al final, el principal libro que los periodistas escriben, es su propia  vida.

Sólo espero que en mi caso, aún queden muchas páginas por redactar.

El dinero

Su voz se quebró, pero se adivinó un cierto orgullo.

Pedía perdón al hijo, porque le dio más billetes que caricias.

Todo le proveyó. Juguetes, ropa cara, bicicletas, cuarto privado, aparatos electrónicos a por mayor, los juegos de moda.

Y dinero. Bastaba estirar la mano y el niño tenía dinero.

Todo eso pensaba el hombre, mientras lloraba al ver a su hijo.

La vida es triste. La vida es implacable. La vida es cruel.

El joven tomó su nuevo camino. Tanto tuvo, y ahora nada tendría.

Le hubiera gustado tener más tiempo junto a su padre, ir a tomar una cerveza juntos, como amigos, ver el fútbol, ir al cine, platicar de todo y nada.

Pero él nunca estuvo ahí. Estaba ocupado haciendo dinero.

El hombre reconoció:

-         Pero te di todo. Ese fue mi error.

Y en el “pero”, se notó que el orgullo mató al arrepentimiento.

Las Palabras

Las Palabras

Adán Pérez es un hombre de pocas palabras.

Lo es porque cada vez que hablaba tenía que inventarlas. A él le tocó ponerle nombre a todas las cosas.

Cuando fue creado del barro, el mundo era tan nuevo que nada tenía nombre. Adán tuvo que ir poniéndoselo a las cosas, inventando vocablos, combinando sonidos, hasta que formó palabras.

Siempre creyó que él fue el único creador del lenguaje. La verdad es que Dios se las iba poniendo en la punta de la lengua, porque Adán de nada tenía antecedentes.

Así se pasó la vida, poniéndole nombre a las cosas. Hasta que llegaron los constructores de la torre de Babel, que vinieron a ponerle a todo en la torre. Literalmente hablando.

Aún así, Eva Pérez se quejó siempre de que Adán fue hombre de pocas palabras. Habiendo tanto sentimiento entre ellos, pocas veces se lo decía.

En realidad, Adán la amaba. Al principio no, pues sólo era su compañera.

Pero cuando tocó la dulzura de su piel, y probó la miel de sus labios, la amó.

Era tan suave como la piel del durazno, tan tierna como las flores que brotaban en las tardes de primavera.

Pero Adán era hombre de pocas palabras. Simplemente la amaba.

-          Por qué Eva –preguntó una vez al Señor- nunca esta contenta. Siempre quiere escuchar que la amo.

-          Así son –le dijo Él- para las mujeres, el amor nunca es suficiente.

El regalo

El regalo

Gemma y Roxana no pueden ocultar su alegría.

Están acostumbradas a dar, no a recibir. Y les regalaron una laptop.

En su barrio, en la colonia La Luz, nadie tiene ese tipo de cosas, porque no hay mucho dinero en el bolsillo de los papás.

Tampoco hay muchas niñas como ellas, que se dedican a recoger botellas de plástico para cambiarlas por regalos, que luego van y llevan a otros lados.

Ellas solas, en el mes de julio, reunieron más de 15 mil piezas de plástico de todo tipo. Todo lo cambian por regalos, que llevan a instituciones de beneficiencia.

No son ricas, y distan mucho de serlo. Pero ven la pobreza en los otros, no en ellas.

Satisfacen la necesidad de otros, y dejan las suyas para después.

Al menos alguien las tomó en cuenta. Les regalaron una laptop. También muchos aplausos, en justo reconocimiento a su labor.

Pero a ellas no les importaron.

Altruistas y trabajadoras, no dejan de ser niñas. Y sólo tuvieron ojos para el regalo.

Ramón

Ramón

Ramon y yo compartimos muchas horas en la redaccíon, en las noches que se antojaban interminables.

Hubo otras, de juerga o de plática de cafè. Eternos desvelados, apareciamos en el Vips o en el Fastory mucho después de que la noche había perdido su doncellez, acompañados muchas veces por Chema Alanís.

Ahí, con otros contertulios, arreglamos mil veces el mundo.

Éran tiempos de altos vuelos, pero Ramón no había echado anclas, como nosotros, y se dio el lujo de ir en pos de sus sueños.

Los cumplió totalmente.

Muchos años después, lo encontré una noche de nostalgia en Houston. Iba armado con casi cien cervezas, que se fueron diluyendo camino de la madrugada.

Cada una fue un historia, un recuerdo, un proyecto.

Fue quizá la última vez que platicamos con tanta calma, él siempre con ese estilo sarcástico, casi agresivo que tenía, y que fue el que lo llevó alto.

Estuvo donde pocos han estado. Fue buen periodista, excelente amigo.

Pero la vida no es perfecta. Si lo fuera, todos seríamos felices.

Ramón emprendió otra vez el vuelo, a buscar nuevos mundos que arreglar.

Seguro debe estar ahora, viéndonos y esbozando esa sonrisa, tan amplia como burlona.

Ahi donde esté, seguro nos vamos a encontrar alguna vez.

Pero por ahora, lo extrañaremos. 

Qué culpa

Qué culpa

Que culpa tienen los niños de los errores de uno.

Por ahí, en una nota periodística se asomó una historia del niño con el nombre más largo del mundo.

Ni vale la pena repetirlo, que son tantas letras corremos el riesgo de poner una mal. U omitirla.

Cuando crezca, ese niño irá la escuela y su nombre no cabrá en ningún gafete. La calificación no tendrá lugar para poner asignaturas, sólo el nombre.

Y no habrá solicitud donde quepan tantos caracteres.

Hay un poema de Machado que siempre pensé era de Miguel Hernández que dice: Dicen que el hombre no es hombre, hasta que escucha su nombre de labios de una mujer. Puede ser.

Este niño no escuchará su nombre en labios de nadie. Quizá ni de su padre, porque aprenderlo implica  romper paradigmas.

Dice Iram que los hijos no tienen culpa de los errores de los padres.

Ni de los caprichos, agregaría yo.

El celular perdido

El celular perdido

Se perdió mi teléfono celular.

Estaba viejo, maltratado y cuando se caía, se desarmaba totalmente. Pero era mi celular.

En realidad no era un aparato muy valioso, pues no traía ninguno de esos valores agregados que tanto los encarecen.

Cuando todos los demás sacaban sus teléfonos celulares para mostrar videos, fotografías y horas y hora de música, yo lo dejaba guardado.

El mío, les decía casi como disculpa, no trae nada. Sólo saldo.

Alguna vez vi un teléfono igual al mío en una tienda de conveniencia, junto a los chicles para el mal aliento, los condones para la amiga de ocasión.Tan barato como esas cosas.

Pero pese a todo eso, me había encariñado con él. Supongo que anda por ahí, hecho pedacitos, aplastado por las ruedas inmisericordes de algún auto tan arrogante que no se detiene a ver qué es lo que atropella.

Pobre de mi celular.Pese a su humildad, algo tenía de especial. En su memoria estaban almacenados un montón de números telefónicos de mis amigos.

Lo confieso, poco les hablo, pero en la amistad, siempre hay que mantener el vínculo.

El número telefónico lo es.

En este deceso comunicacional, la tecnología vino en mi auxilio. Bastó un llamado a mis amigos, por medio del internet, para recibir una lluvia de mensajes, unos de condolencia, otros de ofrecimiento para compartir conmigo sus agendas, y todos con el número de sus teléfonos. Hasta algunos que no tenía, ahora los tengo, porque los enviaron.

No valía mucho mi teléfono, pero su pérdida tuvo un gran valor.

Me trajo a muchos amigos. 

Los consejos de Eva

Los consejos de Eva

Eva Pérez tuvo hijos e hijas, pero un día se hizo vieja, y tuvo nietos y nietas.

El mundo cambió pero no la cambió a ella. Las costumbres evolucionaron y desaparecieron, sin que ella alcanzara a entenderlas.

Cuando apenas veía y sus piernas nada conservaban de la agilidad y la dulzura que tanto seducieron a Adán, las nietas acudían con ella para reir con sus ocurrencias.

Ella les contaba lo que había aprendido, lo que había vivido y luego siempre sacaba una frase chistosa. Ella las inventaba, en su simpleza.

Porque Eva Pérez fue una mujer simple, dedicada a su marido, a su familia, y su mundo fue pequeño. No necesitaba más.Ni siquiera tuvo oportunidad de elegir marido. Eran sólo ellos, y como pudieron congeniaron.

Por eso cuando veía a las nietas y a las bisnietas, y a las tataranietas, y a las choznas que andaban riendo a escondidas por todo, sabía que Cupido andaba haciéndoles cosquillas en las mejillas y metiendo mariposas en el estómago.

Discutían las niñas y sonreía la abuela.

-          Verdad, abuelita Eva, que uno debe mirar bien al hombre con el que se va a casar.

.-          - Sí, hijita, cuando lo buscas, abre bien los ojos.

Suspiró Eva, y terminó su frase.

-          Pero cuando lo enceuntres, ciérralos poquito.

Los grumos del chocolate

Los grumos del chocolate

De niño siempre me preguntaba por qué el chocolate instantáneo no se disolvía totalmente en la leche.

De grande, sigo tomando chocolate en polvo con la leche, y me sigo haciendo la misma pregunta.

Interrogantes que no se satisfacen, y que van rodando con uno por la vida, siempre apareciendo en las mañanas, cuando se inicia el día.

Cuando me vuelvo a hacer la misma pregunta, mientras bató sin cesar la leche con la cuchara, empiezo a comprender a Sócrates, el filósofo.

Cierto, la única conclusión que alcanzamos cuando buscamos la sabiduría, es que hay tantas cosas por aprender, que no nos bastarían mil vidas para aprenderlo. Por algo dicen que el Diablo sabe más por viejo, que por diablo.

Me haré viejo, pero no tanto como el Diablo, y mezclaré cientos de veces el chocolate instantáneo en la leche, y cientos de veces me preguntaré el porqué se forman los grumos.

Pero igual me deleitaré porque al final, cuando la respuesta no llega, engulló ese polvo amontonado que flota sobre el lácteo, y por un instante, vuelvo a ser niño, cuando las respuestas no importaba, sólo el momento.

Paisajes desde el cielo

Paisajes desde el cielo

Desde el cielo todo tiene otra perspectiva.

El mundo cambia, y las montañas, de por sí hermosas, adquieren una personalidad intrigante.

Un pequeño arroyo se convierte en un hilito azul, que se extiende interminable.

 

Cientos, miles de casas son sólo puntos que van marcando los cuadros, las manzanas de las barriadas, hasta formar una metrópoli cautivante.

Nada conocemos de todo lo que se ve, pero desde las alturas, todo es hermoso, por distinto.

Hasta lo prosaico va adquiriendo una tonalidad de interés. Veo en las postales lo hermoso que son otros países en sus paisajes, llenos de árboles, construcciones hermosas, parajes encantadores, y pienso en lo que tengo en mi país.

Lo recuerdo desde el cielo, y veo que nada tiene que pedirle a esos lugares.

México es hermoso. Monterrey es hermoso. Desde el cielo y desde la tierra.

Quiza más que parajes, lo que ha faltado son fotográfos.

El adiós a los muertos

El adiós a los muertos

A veces, los vivos nos impiden despedir a los muertos.

La muerte no tiene agenda, y llega en cualquier momento, llevándose a los amigos.

No permite despedidas, sólo un recuerdo, algún adiós a ese recuerdo, y la exigencia de seguir viviendo, porque el mundo sigue girando.

No importa quién se vaya, la vida continúa.

Es por eso que debemos dar preferencia a los vivos, que se quedan entre nosotros. A algunos de ellos, los veremos toda la vida y quizá sean quienes espolvoren la tierra encima de nuestro féretro.

Esos muertos son los que nos recuerdan que a debemos atenderlos hoy, en vida, a esos que nos exigen tiempo y atencion.

Lo siento por los que se van, pues no tienen nuestro adiós. Tampoco lo necesitan, pues ya no alcanzarían a verlo.

Los recordaré, haré una oración por ellos, y si un dia me los topo allá, en el otro mundo, les pediré una disculpa.

Seguro lo entenderán. 

Los dos

Los dos

En el principio eran dos, y no lo sabíamos.

El médico tocó el abdomen hinchado, y halló una cabecita. Luego encontró los pies.

Viene bien, y es un bebé grande.

Lo que no sabía era que la cabeza era de uno, y los pies del otro. Estaban tan bien acomodados, que nos engañaron por casi siete meses.

Fue la primera sorpresa que nos dieron.

Desde entonces, han sido fuente inagotable de anécdotas. Aún reímos recordando como la prima le dio de comer dos veces al mismo, y al otro lo dejó hambriento.

O la vez que le dimos la medicina al gemelo sano. O cuando el abuelo le dio su “domingo” dos veces al mismo. O cuando el payaso no dejaba al otro pegarle a la piñata.

-Ya le pegaste una vez, y no se vale repetir- insistía, hasta que vio doble.

Mil historias, y continúan, 16 años después.

Aún duermen juntos. Pelean siempre, pero no se separan. Y si hay necesidad, se defienden uno al otro. O se tapan las travesuras.

Así son. Llegaron por mayoreo, y no valió devolución.

Así seguirán, unidos por algo más fuerte que la sangre.  Algo que los simples mortales, los que llegamos de uno en uno, no podremos entender.

Sólo ellos, porque son dos. O quizá sean uno, pero partido en dos.

Julio 20 de 2009

 

 

 

EL Paraíso

EL Paraíso

A veces, Adán se olvida de Dios.

Trabaja tanto y se siente tan autosuficiente, que no recuerda que polvo era y al polvo ha de volver.

Es entonces cuando Eva aparece y se lo recuerda. No se lo dice, ya veces ni siquiera es su intención, pero ella logra compenetrarse mejor con el Espíritu Divino.

A veces, Adán siente un poco de envidia, porque mientras él batalla tanto para encontrar a Dios cuando se pierde en sus actividades, Eva lo tiene siempre consigo.

Pero el Señor es bueno, y le perdona a Adán sus olvidos. Lo deja andar por todos lados, pero como Padre amoroso, lo cuida, le hace rendir su trabajo, y hasta le da el mando sobre todas las especies de la tierra.

Él cree que también manda sobre Eva, pero ni ella ni Dios le quieren decir que no es así. Ella tiene la ventaja de que entiende mejor a Dios, y Dios es el único que puede entenderla.

Toda acción de Eva es oración, aunque lo haga en silencio, lo cual, hay que decirlo, es muy difícil. Si una virtud tiene, es que la palabra le pertenece y seguramente fue ella la que inventó todas las palabras.

Adán es de acciones, y a veces de pocas palabras.

Por eso se olvida de dónde vino.

Entonces es cuando Dios le manda a Eva. Y ella, con una simple sonrisa, le hace recordar a Adán que Dios existe.

Y en las noches, le hace recobrar el paraíso.

Aprendiendo de la Vida

Aprendiendo de la Vida

Hay tantas cosas que aprender en la vida.

Lo primero, y que a veces dejamos para el último, es aprender a vivir. Nos pasamos el tiempo viendo como se mueven las manecillas del reloj, y no vemos el sol en su diario girar.

Contemplamos caer las hojas del calendario, y nunca nos preocupamos por ver como caen las hojas de los árboles y como vuelven a crecer.

Tenemos tantos milagros en la vida diaria, que nos los percibimos, ni los disfrutamos.

Es tan corta, sin embargo, que se va diluyendo entre las horas, como el agua entre las peñas que intentan detener el agua en los ríos.

Mucho hay por aprender. Yo sólo intento aprender a vivir. A disfrutar una puesta de sol, y a poder conversar con los hijos.

A amar a una mujer, y compartir el mundo con ella.

A disfrutar el trabajo, y triunfar porque sé hacer lo que hago.

Es apenas una pizca de las cosas que quisiera aprender. Pero si no inició en eso, lo demás no lo aprenderé.

Cada día inició el aprendizaje, porque lo que llevo no es nada frente a lo que falta.

Cada día lo disfruto, aprendiendo, aunque al final de la vida, me dé cuenta que nada alcance a aprender.

O quién sabe.

 

Cadena de favores

Cadena de favores

A veces son ochos, a veces sietes, muchas veces son nueves.

Se batalla, porque los dieces no se regalan, pero Lupita va viento en popa en sus estudios.

Hace tiempo quería ser enfermera, pero lo veía tan lejano, porque en su familia no hay recursos para la escuela.

Hay voluntad, eso sí, y con un poco de suerte y un altruista que se cruzó en el camino, la chica va avanzando en el camino del estudio.

Su mamá quisiera puros dieces, y ella no siempre los alcanza.

No importa, a fuerza de perseverar ha conservado su beca, y un día seguramente será una profesionista honesta y capaz.

Lleva escuela, indudablmente.

A veces, sus padres quisieran tener muchas cosas para agradecer a quienes creen les han ayudado. No las tienen, sólo el agradecimiento.

En realidad, eso basta. No se requiere más, porque un día Lupita tendrá que pagar todo lo que ahora recibe.

Lo hará con alguien a quien no conoce, y a quien ayudará desinteresadamente.

Ese es el pago. Ayudar a los demás, hasta formar una cadena inagotable de favores.

La adolescencia

La adolescencia

Los mejores recuerdos de la vida están en la adolescencia.

Para entonces, uno ya tiene la conciencia suficiente para recordar las cosas por toda la vida, pero no la que se necesita para actuar cuerdamente y evitar las aventuras y los problemas.

Es una época difícil donde todo es fácil, irónicamente.

Grandes aventuras suceden en esa época, se forman las amistades de siempre, se aprende a sobrevivir, y termina uno perdiéndose en el mundo de los adultos.

Cuando veo a los adolescentes y su despreocupación total, pienso cómo pudimos ser así. Debe ser que la madurez gana en mi pensamiento.

Nos olvidamos que reprobamos materias, que nos fuimos de casa sin permiso, que vagamos por el mundo en lugares donde nunca debimos estar, que aprendimos a mentir, y que fuimos felices porque no sabíamos aún qué era lo malo y qué era lo bueno.

Todo se valía.

Y todo eso fue lo que nos dio la madurez que hoy nos incita a guardar esos recuerdos para evitar los malos ejemplos.

No vale. Aceptémonos como fuimos, que nada podemos cambiar.

Y seremos más humanos a los ojos de nuestros hijos.

El café de las mañanas

El café de las mañanas

El aroma se extiende por toda la casa, e invita a probar ese líquido oscuro, como petróleo, que se va formando en la cafetera.

Es la primera hora de la mañana en la casa. Tal vez afuera será la décima hora, pero aquí, en el castillo que es el hogar de cada hombre, es apenas la primera hora.

No ha sido fácil la noche. Como siempre, hubo que lidiar con el sueño que no llega, o que se esconde tras la plática, tras la historia interesante que tiene ese libro en turno, o tras el televisor, donde pocas veces encuentra algo tan interesante como para verlo más de diez minutos.

El despertar se antoja más liviano, y la bebida que va tomando color ayudará a serlo más agradable.

Es poca, para que no pierda el sabor. Preferible hacer café tres veces, que tomarse un café requemado a la tercera taza.

Hay quien dice que sólo toma café cuando hace frío. Otros nada más por la mañana. Algunos nunca, porque les desata el monstruo de la gastritis.

Pobres mortales. Se pierden del placer de disfrutar una buena taza de café a todas horas. Es una compañera agradable, lo mismo al platicar con un amigo, que al cortejar a una mujer, al escribir un libro, o al ver una película.

A todas horas, en todo lugar se puede disfrutar. Pero coincido con muchos: Por la mañana, al despertar, es altamente placentero.

Tomemos café.

El pan de Canela

El pan de Canela

El chiste se ha vuelto viejo a fuerza de contarlo.

Llega el Fher con sus bolsas llena de pan. Lo traen desde Veracruz, donde lo amasa su abuelo, al estilo de antes: a mano, con cariño y horneado en horno de piedra.

Es un pan enorme, redondo como luna llena, sabroso como manjar de reyes, y vasto como banquete de príncipe.

Siempre llega con dos piezas, listas para degustar con el café de la tarde.

Uno es un enorme volcán, aunque otros le dicen concha. No sé, en mi barrio infantil, el señor de la tienda les decía volcanes, y crecimos creyendo con ese nombre.

Es  que no hay pan como el mexicano, sabroso y con nombres llenos de ingenio. Los polvorones, las conchas, los marranitos, las pambadas, las margaritas, las revolcadas.

En todas las tiendas siempre estaba el canasto, enorme, con orejas que no escuchaban, corbatas que nadie se ponía en el cuello, tomates que no servían para una ensalada, revolcadas que no hallabas con quién.

Luego, llegaron los panes embolsados, pero en el otro barrio a donde llegamos a colonizar, igual pasaba don Ramón, en su bicicleta y con el canasto en la cabeza, como en las películas.

Ahora ya no pasa. Le ganó el camión que trae Mariano con altavoz y muchas charolas.

Pero de cuando en cuando, van los papás del Fher a Veracruz y traen pan. Llega Fher con sus dos piezas, grandes y seductoras, siempre con la misma frase.

Uno es el pan de canela, dice.

E invariablemente le respondemos: ¿Y no se enoja Canela si nos lo comemos?

Chiste viejo a fuerza de contarlo. Risas nuevas a fuerza de divertirnos.