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Crónicas de la Nada

Nuestra Lluvia

Nuestra Lluvia

Apareció de repente, aunque no la invitaron.

El día estaba soleado, y lo menos que esperábamos es que apareciera la lluvia. Pero llegó, puntual, a eso de las seis de la tarde.

No sé por qué es la hora en que las nubes desatan sus nudos y dejan caer sobre la tierra las gotas gruesas de agua que van mojando lo que hallan a su paso.

Siempre ha sido igual. Poco antes del anochecer, inicia la lluvia, para lavar los pecados del día. Cae inmisericorde, sin pensar en que casi nadie carga un paraguas ni impermeable para protegerse de ella. O quizá por eso lo hace, para mojarlos a todos por negligentes.

En mi ciudad poco llueve. Sólo en las tardes de mayo y de septiembre. Entonces, las calles se vuelven ríos, y los cielos torrentes.

La lluvia, cuando cae por la tarde, es bendita, porque alivia el calor del día. Sólo moja la tierra y al despistado que osa caminar sin tomarla en cuenta.

Otras veces llueve todo el día. Entonces es simple llovizna, pertinaz, perseverante, que no se va hasta mojar a todos.

A veces llueve por las noches. Esa lluvia es asesina, porque sorprende a muchos y los embarca hacia el más allá.

Así es la lluvia en mi ciudad. Prefiero la de la tarde, la que llega y nos acompaña con el café, con la plática, con las anécdotas.

Entonces sí, me gusta ver llover y no mojarme.

 

Septiembre 9 de 2009

Refacciones

Refacciones

Un simple cambio de amortiguadores y el auto dejó de temblar.

No salió tan barato, porque cada vez que le cambiamos algo, los mecánicos parece que nos quisieran vender de nuevo el coche. Que no entienden que si seguimos con el mismo es porque no tenemos dinero para comprar uno nuevo.

Y a veces ni para arreglarlo, pero no hay remedio. Sale más caro dejarlo así, y luego un día quedarse tirado por alguna calle perdida de Dios, pagar grúa, pagar el doble por la reparación y aparte, quedarse a pie.

Hace tanto tiempo que hay un auto en mi vida, que se perdió la costumbre de andar en camión. Hay un metro en mi ciudad, pero como parte de un lugar donde no vivo, a un lugar donde tampoco vivo ni trabajo, de nada me sirve.

Quizá algún día, cuando pase cerca de casa, decida dejar el auto y volver a mis tiempos de transporte público. Libro incluido, claro.

Por lo pronto, ahorro para reparar el coche. Un cambio de aceite y la máquina volvió a rugir. Unos amortiguadores nuevos y el coche volvió a su estabilidad. Quedó como nuevo.

Ojalá algún día podamos decir lo mismo con nuestros cuerpos. Unas rodillas nuevas, un par de riñones de segunda mano, y volvimos a ser jóvenes  como antes.

Tal vez un día. Por ahora, no queda más que aguantarnos y morirnos.

 

Septiembre 8 de 2009

El ladrón

El ladrón

El hermano de Adrián llegó una noche a su casa y encontró que un ladrón se había metido.

Tiene una casa grande, como que le va bien en la vida, y como aparte es vecino de su otro hermano, tienen las dos viviendas pintadas igual, y cualquiera pensaría que es una mansión.

El caso es que el hermano de Adrián vive modestamente, sin muchos lujos. Sólo lo necesario.

Eso no lo sabían los ladrones, que se metieron buscando riquezas, y sólo hallaron unos cuantos papeles, nada de joyas, menos dinero en efectivo.

Ya enojados, sacaron toda la ropa que hallaron en las recámaras, quitaron las sábanas de las camas, las cortinas de las ventanas e hicieron un montón en el centro de la sala.

Encima pusieron un letrero con una sola palabra: “Jodidos”.

Al menos no le prendieron fuego.

Cuenta Adrián que su hermano buscó por todos lados y no le faltó nada.

Ese día todo les causó angustia. Ahora, les da una risa tremenda  cada vez que se acuerdan.

 

Septiembre 7 de 2009

Los amos

Los amos

Desde el principio, Adán Pérez se consideró el rey de la creación.

Nadie escuchó que Dios le haya dado ese puesto, pero él convenció a todos. Era fácil creerlo, pues definitivamente era más inteligente, podía caminar en dos piernas, y hasta asumir las características principales de los demás.

No tenía la fuerza ni las garras del león o el tigre, pero aprendió a fabricar cuchillos afilados como garras. No tenía la fuerza del elefante, pero con cuerdas y palancas pudo mover lo mismo y hasta tumbar árboles.

Supo transformar la tierra, dominarla y obligarla a dar el fruto que él quería, algo que ningún otro animal pudo entonces ni en el futuro.

Adán comprendía el por qué de las cosas. Aprendió a preguntar, a indagar, a sacar conclusiones.

Podía pasarse horas viendo las estrellas, preguntándose si eran bolas de fuego, de gas, o simples globos de colores. Así aprendió que los astros llevan un camino definido, y los hijos de Adán pudieron fijar las mejores fechas de cosechas, primero, y así inventaron el tiempo.

Los hijos de Adán heredaron esa inteligencia, y mientras los demás animales huían a selvas lejanas o a las partes inaccesibles de las montañas o se hundían en el fondo del mar para evitar el dominio de esos descendientes, ellos terminaron por dominar el mundo, inventando máquinas que los hicieron más rápidos que el guepardo, casas más grandes que las montañas, y aparatos que los llevaron mucho más alto a que lo que cualquier águila imaginó alguna vez.

Los animales fueron su instrumento, su comida y su recreo. Adán, a través de sus hijos, Los dominó a todos y olvidó que alguna vez compartieron penas en el paraíso.

 Era sin duda el amo de la creación.

Sólo algo no pudo dominar. A Eva. Ni él ni sus hijos.

Las hijas de Eva no dominaron al mundo, pero dominaron a sus hombres. Y consiguieron lo que quisieran.

Y los hijos de Adán ni cuenta se han dado, y siguen pensando que ellos son los amos.

 

Septiembre 6 de 2009

Música

Música

Las canciones son hermosas por lo que evocan, por los recuerdos que sacan de la memoria, o del corazón.

Cada quien tiene su canción, y apenas escucha los primeros acordes, la adivina y una comezón comienza a surgir en el espíritu.

Imposible controlarlo. Para algunos, es el recuerdo de algún amor perdido. O del inicio de la relación que viven.

Para otros quizá sea la imagen de un ser querido que se adelantó en el camino.

O los tiempos felices de la adolescencia.

A veces, aparecen por ahí artistas de hace veinte años o 30 años, muy distintos a lo que recordamos de ellos.

Las melenas huyeron. Las bolsas bajo los ojos delatan que traen muchos ayeres en las alforjas.

Sus pasos ya no son ligeros, y parecen una parodia de lo que un día fueron. Pero sus fanáticos van y los ven, no por lo que son, ni por lo fueron, sino por lo que ellos mismos alguna vez vivieron escuchando esa música.

Cada quien piensa que la mejor música es la de antes, la de uno. Es igual. Hay música que vive por siempre y se puede tocar en esta y en todas las generaciones .  Esa es quizá la mejor música.

Pero si no nos evoca nada, no vale.

Septiembre 5 de 2009

Respuestas

Respuestas

Por Francisco Zúñiga Esquivel

Después del funeral, el hombre aquel se encerró a llorar a su hijo.

No hallaba las respuestas. ¿por qué a él? Por qué no murió el hijo de otro.

Tampoco halló quién le diera respuesta. Nunca buscó la presencia de Dios para poder encontrarlo en esos momentos tan difíciles.

No recordó la vez que fue a pelear con el maestro porque amonestó al niño por pegarle a las niñas.

Tampoco las veces que sobornó a las autoridades frente a la vista del niño.

No se acordó que siempre le decía que nadie debía ganarle, que cuando se pierde se arrebata.

No supo que él fue formando ese ser antisocial, que alguna vez se le enfrentó y le causó el primer dolor, cuando osó levantar la mano contra él.

Ahora, en uno de sus tantos enfrentamientos, perdió la vida.

Era su hijo, y le daba derecho a llorarlo.

Pero no halló respuestas. O tal vez, no las quiso hallar.

Septiembre 4 de 2009

Sola

Sola

Alguna vez fue joven y fuerte.

Hoy, está atada a una cama de hospital, por la enfermedad.

No sabe si podrá salir, porque su futuro está en manos de Dios, y a veces siente que Él ya quiere que descanse.

Fue madre, lo que significa mucho trabajo, angustias, desengaños. Crió a cuatro hijos, tres varones y una mujer.

Pero ella sólo recuerda los buenos momentos, las alegrías, los triunfos, los amigos que le llevaban.

Seguramente eso es lo que le hace más llevadera su enfermedad.

Cuatro hijos, pero sólo una está día y noche a su lado. Los demás siempre tienen excusas. No la dejan, claro, pero es apenas unos ratos, una noche, un tiempo determinado.

Ninguno ha dejado trabajo, familia, descanso totalmente como lo ha hecho la hija. Todos dan apoyo, cierto, pero ninguna da entrega.

Dos o tres noches cuidándola son suficientes. Hay que descansar, hay que trabajar. Hay que vivir.

Olvidan que la madre alguna vez –muchas veces- dejó todo por cuidarlos. Por acompañarlos. Por llorar con ellos.

Ahora está en una cama de hospital, acompañada sólo por su hija y por el compañero de toda la vida, que se resiste a dejarla sola, y saca fuerza de su pasado para velarla. Fiel en la enfermedad como lo fue en la salud.

Igual pone en riesgo su salud, su trabajo.

Sólo ellos, el esposo y la hija.

Por algo dijo un viejo: Dios te de hijos que te llenen de orgullo, y al menos una hija, que será la única con la fuerza suficiente para cuidarte en tu vejez.

Septiembre 3 de 2009

El periódico

El periódico

Por Francisco Zúñiga Esquivel

 

Hace muchos días que no leo un periódico.

Lo veo, por las mañanas, en algún escritorio, pero no lo leo. A veces, si acaso, lo hojeo.

Se va volviendo innecesario, porque las noticias las encuentro en todos lados. Enciendo la televisión por la mañana y aparecen algunas. Si tengo suerte, acertaré a la hora de los titulares y hasta de varias noticias me enteraré.

En radio hay noticias todo el día. Repetidas, cierto, y basta escuchar una hora para enterarse de todo lo que tienen que decir.

Pero no es eso lo que me evita leer los periodicos. Es el internet, donde encuentro un sinfín de información, los periodicos de todo el mundo, revistas y blogs que me informan de todo. Absolutamente de todo.

El reto es alcanzar a leerlos, lo que se vuelve imposible.

Leo simplemente las noticias más interesantes. Lo demás se queda para quien se interese más.

Es por eso que no leo periódicos en muchos días. Y muchos meses sin leerlos como antes, cuando había tiempo, cuando recorría de punta a punta, de página a página todo el ejemplar, incluidos los avisos de ocasión.

Aún asi, creó que no desaparecerá totalmente el periódico.

Al menos no lo veremos. Muchos de nuestra generación aun dudan al tomar un teclado.

Pero además el periódico da un placer extremo al leerlo. Y con él se puede espantar una mosca, envolver la fruta, limpiar el piso, hacer piñatas y un sinfín de cosas más para las que la computadora no sirve.

Había pensado incluir que no se puede llevar al baño, pero mentiría.

Las laptops si se pueden llevar.

 

Septiembre 2 de 2009

Hambre y dinero

Hambre y dinero

El hambre

Raúl está delgado, demasiado delgado.

Su sonrisa es amplia, pero se nota que hay hambre. Se le nota en la quijada pronunciada, en los pómulos dibujados sobre el rostro demacrado.

Su color moreno logra ocultarlo un poco, pero su complexión es de hambre.

Cuando platico con él lleva dos horas haciendo fila interminable para recibir una despensa con la que espera darle de comer a su mujer y cuatro hijos por una semana. O tres días.

Justifica su presencia porque no trabaja. Dice estar enfermo, de algo desconocido que una curandera le quito, pero ahora está en recuperación. Igual que el mundo, que se recupera de una crisis. Pero para Raúl esa crisis será de toda su vida.

Cómo puede haber alguien con hambre, a tal grado que se le note en lo escuálido que queda el cuerpo, con los huesos dibujados, pienso intermitentemente durante los días siguientes.

Días después estoy en la entrega de un premio a un empresario, dentro del templo del saber del poder económico.

El lugar se llena de trajes de corte a la medida y paño fino, y de vestidos de diseñador, comprados a un precio que bastaría para darle de comer a Raúl y su familia durante un mes.

Las mujeres, como todas, se hermosearon para la ocasión. Lucen bien, pues no tienen otro oficio que el de ser bonitas.

Frente a mí están dos que muestran sus rodillas, huesudas, marcadas.

Veo sus rostro, demasiado delgados. Escuálidos. Los pómulos demasiado marcados. Las venas parecen saltar en la frente. Igual que Raúl, el pobre.

No hay grasa en su cuerpo. Pero los huesos se nota bajo la piel.

Seguramente hay hambre en sus vidas. El precio de lucir delgada.

Mucho dinero y hambre.

1 septiembre 2009

Arco Iris

Arco Iris

Siempre habrá un arco iris de esperanza.

 

La noche larga

La noche larga

La noche es larga.

Los minutos se van sucediendo como cuentas de un rosario, lentas, inacabables.

Se alarga el tiempo y el trabajo no se termina.

¿Por qué los días se van tan rápidos y las noches se eternizan?

El reloj apenas camina. Hace una eternidad que marcaba cinco minutos antes, y ahora, apenas y se movió.

El otro reloj va igual, no hay error.

El trabajo no se acaba,  mientras se procesa, los segundos van formando un pirámide, porque en su lento caminar terminan por amontonarse uno tras otro. Los podría tomar y hacer confeti con ellos.

Se va haciendo larga la noche. Hace tanto tiempo fue tarde, y siglos en que hubo una mañana radiante de sol.

Ahora, todo es oscuridad. Una lámpara ilumina la calle a medias, y se presta para que una pareja de enamorados se esconda de nadie, para disfrutar un instante de intimidad.

Para ellos el tiempo pasa rápido, para los demás no.

La maestra

La maestra

Llevaba en sus manos un montón de libros.

De edad mediana, robusta y con el pelo evidentemente teñido.

Algunos años habían pasado desde que esos libros habían sido el tema para que nuestro conocimiento abrevara.

Historia, si mal no recuerdo, era la clase que nos daba.

Caminaba rumbo a la escuela donde había pasado sus años enseñando letras, matemáticas y quién sabe cuántas materias y a cuántas generaciones.

Nosotros habíamos sido sus alumnos cuando corríamos por la adolescencia, y le había tocado sufrir nuestras travesuras mientras jugábamos a ser adultos sin ley.

Aprendimos. De su historia, de su disciplina. Los rebeldes de entonces se convirtieron en hombres de bien, domesticados por la universidad, primero, y luego por la profesión.

Me acerque a ella, pero ni cuando me paré enfrente dio señal de conocerme.

Me presenté con el nombre que siempre he tenido. –Usted me dio clases, ¿Recuerda?

Su mirada la traicionó. No, no se acordaba.

Yo sí. Era una mujer joven aún cuando llegaba cada media mañana a contarnos cómo vivieron nuestros ancestros. En la clase estaba su hija, un cerebrito que no admitía menos de cien, y a quien nos gustaba molestar, no sé si porque era hija de la maestra o porque era un fenómeno entre tanto estudiante revoltoso.

Tuve que contarle la mitad de la historia, hasta que fingió recordarme.

-          Bueno, es que seguramente eras de los tranquilos.

Sí, pensé. O de los discretos.

Temas agotados

Temas agotados

De pronto los temas se acaban.

Pudiera pensarse que la vida tuvo un receso, pero no. Es tan rápida, que no da tiempo a detenerse para observar la vida de los demás.

Las historias se nutren de los demás. A nadie le suceden tantas cosas para armar una novela, y aunque así sea, el hilo de los acontecimientos no da para formarla. Hay que agregarle, recortarle un poco, maquillarla y sazonarla con otras historias.

Así se crean.

Cuando los temas se acaban, es porque dejamos de ver a los demás. Simplemente pasan como en el dominó, sin ver.

Cada uno tiene una historia que contar. Pero hay que saber leerla, porque no siempre la saben narrar.

Hay que adivinarla, ver en sus ojos su pasado, y en su mirada su futuro.

En sus manos traen el mapa de su vida. En su rostro, cada arruga, cada cicatriz dicen algo. Es una anécdota, una tragedia, un triunfo o una derrota.

Así pasan. Sin vernos. Sin tomarnos en cuenta.

Pero el que escribe debe saber leer en sus movimientos. Sólo así resurgen los temas.

Queda otra opción: hablar de la nada.

La huida de Adán

La huida de Adán

Un día, Adán Pérez decidió marcharse.

Se sintió presionado, confundido, con ansias de libertad.

Las cadenas que sentía eran inmensas y no se creía suficientemente preparado para soportarlas.

Al principio todo era bello. Su vida con Eva era de lo mejor, pues se iban conociendo. Cada día descubrían algo entre ellos, y gozaban de su amor como si fuera la primera vez.

Luego llegaron los hijos, y Adán comenzó a comprender aquello de ganarse el pan con el sudor de su frente.

Ojalá sólo fuera la frente. Tenía que sudar duro todo el cuerpo para ir arrancándole a la tierra lo que necesitaba en casa.

No se sentía capaz de soportar semejante peso. Él ansiaba no tener ataduras, volver a ser como al principio, cuando todo el mundo de Eva era sólo él.

Sí quería a sus hijos, pero lo presionaban tanto que sólo quería irse.

Se fue. Se lo dijo a Eva, y ella asintió. Si él no quería estar ahí, ella tampoco quería que estuviera.

Adán Pérez salió sin ver qué derrotero tomar. Sólo caminó y caminó hasta que se cansó. Luego se sentó a meditar, y sobre todo a disfrutar de su soledad y su nueva libertad.

Pero la opresión lo fue invadiendo. Extrañaba a su familia. Ya no era una carga, sino la nostalgia.

Volvió, con la cola entre las patas.

Çírculos

Çírculos

La vida es una secuencia de círculos, nunca en línea recta.

No podríamos sobrevivir, porque la rectitud sólo existe en la imaginación de los soberbios.

Somos una serie de círculos. Algunos se entrelazan, y van formando una red. Otros, simplemente se abren, se cierran, y permiten pasar a otro totalmente distintos.

Cuando un círculo en nuestra vida se vuelve obsoleto, pequeño, se vuelve vicioso. Es dar vueltas una y otra vez, sin llegar a ningún lado.

Ni cuenta nos damos. Por tanto girar, creemos que seguimos en la vida loca, cuando en realidad es un mareo creciente que nos va a llevar al suelo. A morder polvo.

Pero en la ebriedad del momento, no sabemos reconocerlo.

Hablábamos de los círculos. Esos que giran y vuelven a empezar donde mismos.

A veces me preguntó en cuántos círculos voy viajando eternamente sin llegar a ningún lado.

¿Será ese el destino? Viajar sin punto final.

Debe ser de retrasados, que no les importa dónde estén. A los otros, los locos que necesitamos renovar sangre, proyectos, vida y objetivos, un círculo simplemente representa una piel que debemos quitarla, despegarla del cuerpo, para que éste pueda respirar.

Aunque sean círculos, es imprescindible que nos lleve a algún lado.

A menos que estemos muertos en vida.

Viajar en camion

Viajar en camion

Viajar en camión urbano, al menos en mi ciudad, es toda una aventura.

O lo era, no sé si todavía. Hace tantos años que ese placer está vedado. La prisa de la vida diaria, que a veces hace que se nos olviden los días, o que se pierdan entre tanto trajinar, no permite darse el tiempo para viajar en camión.

Era una aventura diaria. Nunca sabías a quién te podías encontrar. En alguna parada subía un amigo que no veías en mucho tiempo, o veias un amor furtivo en cada chica guapa que subía, o de pronto te veias como héroe si un tipo malintencionado subía al camión.

Salvo lo primero, lo otro nunca sucedía. Pero era emocionante ir tejiendo historias con la gente que subía y viajaba. El hombre malencarado de sombrero enorme bien podría ser un pistolero de los de antes, venido a menos. La mujer madura, quizá era una heroína con el rostro ajado por el sufrimiento y el trabajo.

Tal vez junto a uno viajaba un millonario venido a menos, o un detectivo privado que seguía a alguien.

No todo era bonito. A veces tocaba ir de pie, junto a un trabajador peleado con el jabón que sin recato alguno levantaba su brazo frente a mi nariz.

O una señora de carnes bastantes pronunciadas que se sentia volkswagen y en realidad era un trailer de doble cabina y cabuz enorme.

Todo era aventura. Y debe seguir siendolo, pero se necesita tiempo para viajar en camión.

Curioso, el tiempo es infinito, pero la vida nos los quita con tanta actividad.

Habrá que pedir vacaciones para viajar, para viajar.

Sí, en camión todo el día.

Mi ignorancia

Mi ignorancia

 La duda surgio al escuchar la palabra.Qué significa, preguntó alguien.

Quien trabaja con palabras debe saber de palabras y sus significados, como el que trabaja con madera debe saber que martillo es mejor para cierto tipo de clavo.

Pero al menos en mi caso, mi ignorancia cubre muchos aspectos, y con tantas palabras en el mundo, hay un montón que todavía no entran en mi vocabulario, y muchas más que sólo pasan, pero no se quedan.

La ventaja de vivir de esto, es que el contexto le da significado a las palabras. No importa que falte una letra, que la impresión no deje leer alguna palabra. El resto le da una pista al cerebro, y éste completa lo que falta.

Asi ha pasado con esa palabra. Siempre la he escuchado asociada con otras, que me da la idea. Pero en el significado, dude.

Ya lo dije, mi ignorancia es muy amplia.

Así que es mejor asumir el papel correspondiente, y así como el mecánico va y pregunta lo que no sabe, optamos por ir e investigar el vocable para no inventar.

Fue así como el diccionario entró a la sociedad. 

Dos pesos

Dos pesos

Eran dos pesos, pero de los de antes.

Unos billetes grandes, rojizos, con un calendario azteca impreso en un lado, y no recuerdo qué en el anverso.

Dos pesos cada domingo.

A veces eran monedas, grandes, plateadas, con una efigie de Morelos, de perfil, en un extremo, y el águila de siempre por detrás.

En mis manos, era una fortuna. Con dos pesos podía comprar lo que quisiera. Un refresco, que era calmar mi sed luego de jugar al béisbol o de correr como loco a todo lo largo de la calle, que en ese tiempo estaba aún huérfana de autos.

Podía comprar un pan grande, que nunca compré, porque nunca tuve hambre suficiente, hasta muchos años después cuando llegó la adolescencia con su engullir todo lo que hallaba al paso.Un chocolate, uno montón de dulces, y diez chicles de pastilla. Pero eran mejor los Totito, porque eran más baratos y hacían globitos. Los otros los dejábamos para las mamás.

Con un peso podía subir a un camión e irme de aventura. Claro que no me dejaban, porque ni credencial de primaria tenía por ese entonces.

Tantas cosas que podía comprar, porque ningún deseo era suficientemente caro a esa edad.

Era tan simple la vida, que un dulce nos hacía felices.

Todo era jugar, dormir, saber que los brazos de mamá estaban siempre tras la puerta de la casa.

Y claro, los domingos, los dos pesos de papá. 

La incomprensión de los sexos

La incomprensión de los sexos

Adán y Eva Pérez tuvieron una larga vida.

Y toda la vida la pasaron intentando entenderse uno al otro. No lo lograron.Igual han pasado su vida miles, millares, millones de hombres y mujeres, todos hijos de ellos.

Cada uno somos hijos de Adán, como somos Hijos de Eva, y hemos heredado sus inquietudes, sus dudas, sus temores, sus zozobras, sus traumas.

Cada quien en lo que se refiere a su sexo.

Ha sido como una guerra de los sexos, donde cada quien busca dominar al otro, pero sin lograrlo. Cada uno elige su propio enemigo, y todos los días enfrenta su propia batalla.

Muchas veces los hijos de Adán creen que están a punto de obtener la victoria, y cada vez, las hijas de Eva los desengañan.

Y cuando por fin vencen, siempre aparece otra que los arrasa. Parece ser el destino del hombre, ser avasallado por la mujer.

Ella tiene más armas. Sabe que el hombre es débil ante la carne, y Dios le dio unos coquetería natural, una sonrisa radiante, un rostro hermoso, un cuerpo grácil, y una mirada que mata el alma de amor.

Sólo ella tiene la fórmula para resucitarla. Por eso domina al hombre.

A cambio, el hombre tiene la fuerza, y la usa para seducirla.

 

Todos los días libran su batalla. y cada tarde, cuando acuerdan tacitamente esconderse en la penumbra de una habitación, ambos se sienten vencedores.

El rebozo

El rebozo

Camina entre los autos, con paso indeciso.

Tiene una edad indefinida, y no hay manera de ver si sus ojos están circundados de pequeñas arrugas, o si aún conserva el brillo en sus pupilas.

Es pobre, ni duda cabe. Se nota en su vestimenta. Un vestido claro, de tela barata, y un rebozo negro, que le cubre la cabeza y el rostro, pese al calor de 40 grados.

Imagino que lo lleva por vergüenza, a pesar de que por debajo de él debe estar cocinándose lentamente.

Debe ser difícil llegar a la ciudad y ver que no encajas. Ni su vestimenta, ni su educación, ni su cultura, ni sus ilusiones.

Campo estéril para sus sueños, que se perdieron, atropellados por uno de los tantos autos entre los que deambula con la mano extendida y la mirada oculta, para no ver quien le humilla con el regalo de una moneda.

Tiempos hubo en que ser pobre no era vergonzoso. Lo era vivir sin trabajar, acostumbrarse a estirar la mano para pedir todo regalado.

Pero los tiempos cambian, las necesidades también, y ella llegó con el deseo de progresar en una ciudad que es para ellos el sueño citadino.

No lo logró y  tiene que mendigar.

Una moneda y un poco de comprensión.