Los sueños de Eva

Mucho quería Adán a Eva.
Todo le aguantaba, su mal humor repentino, sus caprichos, sus veleidades.
A cambio, tenía muchos momentos de ternura, otros de pasión, y asumía un encanto inigualable, que un solo momento de esos, valía por los otros.
Que tampoco eran tan malos ni tan frecuentes.
Era un equilibrio perfecto, gracias a que lo pesaban en la balanza del amor.
No todo le gustaba a Adán de ella. A veces, por ejemplo, no entendía por qué dormía tanto.
Eva podía acostarse con el sol, y levantarse con el mediodía. Y lo hacía bostezando y extrañando la cama.
A veces se levantaba temprano, cuando Adán tenía que salir, y luego volvía al lecho, a seguir durmiendo.
Morfeo –que aún no lo inventaban los griegos- era el principal rival de Adán. Y siempre perdía.
Un día, Adán se resignó, y decidió hacer su propia vida, al menos mientras ella dormía. Inventó algunas actividades, construyó una casa, hizo muchos muebles, inventó juegos.
En fin, fue creando un mundo gracias a los sueños de Eva.
Sólo que luego ella despertaba, y él estaba ensimismado en su labor, y por varias horas seguía en lo mismo.
Eva nada decía, al principio. Pero luego, un día, por fin explotó.
- Adán, tu siempre con sus cosas, ya ni me pones atención.
Adán, sólo sonrió.
Noviembre 15 de 2009
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